El Mundialito Shipibo

De cómo un deporte inventado por los ingleses hace poco más de un siglo se ha convertido en la actividad ritual más importante del pueblo shipibo. 
Roy, a la izquierda, hijo del exitoso chamán Roger López, trata de hacerse con el control de la pelota.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 213 de la revista Cáñamo, septiembre de 2015. 
Roy me despierta con sonrisa de dientes blancos y me apremia: vamos a la inauguración del Mundialito. Llegamos al puerto atravesando la comunidad de San Francisco a lomos de una moto china, símbolo del progreso material de su familia: su papá es el exitoso chamán shipibo y empresario Roger López. En moto hasta el puerto y en bote hasta Yarina, el pueblo satélite de la ciudad-cáncer de Pucallpa. Esto fue territorio shipibo, pero ya no lo es: en 1943, por la recién construida carretera, comenzaron a llegar masivamente los “peruanos”. 

Roy tiene veintiún años, habla bien el español, estudia contabilidad en la universidad, tiene clara su meta a corto plazo: “Terminar mis estudios y encontrar trabajo. Va a ser difícil: las prácticas y el estudio. A las siete de la mañana me voy al estudio y cuando termine el estudio a la práctica”. Nada muy diferente a lo que cualquier joven de Europa o Estados Unidos puede desear. El estudio/trabajo como desafío vital; el fútbol, su gran pasión, en las horas de esparcimiento. 

El Mundialito es mucho más que un juego para las comunidades shipibas del Ucayali; ha remplazado antiguas formas rituales de integración tribal. Ningún otro evento reúne a tantas personas de tantas comunidades. “¡El triunfo es muy importante!”, afirma entusiasmado Roy, lateral derecho de la selección de San Francisco, que ha “campeonado” tres veces y este año espera igualar al gran rival, Paoyhán, que ha campeonado cuatro. Hay una importante apuesta monetaria por medio y mucho orgullo.
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El sol cae abrasador sobre el Instituto Superior Pedagógico Público Bilingüe de Yarinacocha, antaño sede del Instituto Lingüístico de Verano, la misión evangélica estadounidense que durante décadas estableció el sistema escolar bilingüe entre los “salvajes”, para adecuarlos al estado de derecho mercantil que se les venía encima. Las aulas y el auditorio, que rodean la cancha de fútbol, se han deteriorado notablemente desde que se fueron los misioneros y dejaron las infraestructuras al gobierno peruano: la pintura verde desconchada, los anjeos rotos, los tejados de zinc en mal estado, los interiores polvorientos y desordenados, las pizarras caídas… El deterioro queda disimulado por el colorido de la inauguración, la animación de los espectadores alrededor del terreno de juego, donde una veintena de equipos soportan estoicamente el azote del sol y la cháchara ceremonial de los organizadores, que reverbera a lata a través de unos altavoces. Elí Sánchez se refiere al ani sheati, la gran fiesta shipiba que concitaba a centenares de personas entorno al gran ritual de antaño: el corte de clítoris de las niñas. “Hemos perdido el ani sheati y durante mucho tiempo no tuvimos otra manera de reencontrarnos. Ésta es la forma de hoy para encontrarnos, como hacen otros pueblos en todo el mundo”. Pero ahora el ritual no es de sangre y luna por la fertilidad, como en el ani sheati, se trata de ganar al contrario y ganar. Pero ya no hay selva provisora y por eso el megáfono de lata anuncia que el único patrocinador del evento es la petrolera Maple, que tantos problemas medioambientales ha generado en territorio shipibo. Pero ya no hay autonomía territorial y por eso la inauguración se zanja con los brazos en el corazón y las gargantas entonando tímidamente el himno del Perú.
La petrolera Maple, que tantos problemas medioambientales ha causado en territorio shipibo, patrocina el evento bajo el lema: Generamos desarrollo regional con responsabilidad social.
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El día del debut de San Francisco el Instituto Pedagógico está muy concurrido. Mucha gente ha llegado desde San Francisco, incluida la familia de Roy. “He estado viendo los partidos de la mañana, los vamos a ganar a todos”, dice Roy con suficiencia. El vigente campeón se enfrenta al equipo B de Paoyhán, su gran rival; no debe representar gran obstáculo. Tal vez por eso se toman el calentamiento con tranquilidad, mientras sus rivales parecen serios y concentrados. Sólo Jayro, el entrenador de San Francisco, mantiene una actitud grave cuando poco antes del partido dicta la estrategia, rodeado por jugadores y comuneros (es el equipo de todos). La gravedad de Jayro contrasta con la despreocupación de Roy y sus compañeros, que dan el partido por ganado. Pues no lo está. A los pocos minutos de juego los aguerridos contrincantes meten el primero, merced a un error defensivo de mi Roy, que es sustituido de manera fulminante y se retira del campo cabizbajo. Al filo del final San Francisco empata y pasa a la siguiente ronda en los lanzamientos de penal. “No sé lo que les ha pasado a los muchachos hoy”, resopla Jayro, el entrenador, al término del encuentro. “Jugaron muy mal”.
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Segunda jornada. Cuando al minuto veinte de la primera parte sustituyen a Roy (otra vez) incubo la sospecha de que su bajo rendimiento sea debido a mi presencia: al fin y al cabo, no estoy documentando tanto el Mundialito como la vida de mi joven amigo y su familia. ¿Será mi observación constante una presión extra? En el descanso, con un gol de desventaja en el marcador, el equipo de San Francisco se refugia mohíno en una esquina de la cancha, bajo un gran mango, a recibir las instrucciones del técnico y las imprecaciones de la hinchada, francamente exaltada. “¡Defiendan pues!”, grita alguien, en castellano, muy empleado por los shipibos para cuestiones futbolísticas. A mí la suficiencia de Roy durante el primer día me parece infundada (y pienso que no llegarán lejos), pero en la segunda parte veo atisbos de buen juego. Empatan el partido, y nuevamente en la tanda de penales, pasan a la siguiente ronda. El humor ha cambiado tras el partido cuando jugadores y cuerpo técnico evalúan el partido, rodeados por la exigente hinchada, que no pierde detalle. “Hemos jugado al ataque. Nosotros sabemos lo que hacemos”, dice el entrenador pausadamente, y no está muy claro si habla para los jugadores o para la crítica afición de la comunidad.
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Quiero hablar con Elí Sánchez, el vicepresidente de la comisión organizadora del torneo, que en la jornada inaugural se refirió al Mundialito como el nuevo ani sheati ‘gran borrachera’, acerca del que escribí en una crónica pasada. “Aquí no sólo vienen futbolistas; vienen los abuelos, vienen las mamás… Los jóvenes ponen de su plata para poder estar aquí”, explica Elí. Existen un punto común entre el ani sheati y el Mundialito: se trata de un lugar de encuentro para gente que vive desperdigada en un territorio extenso. “Uno de los logros de este Mundialito es que un hombre que se había separado de su pareja, ha venido a reencontrarse. Hemos solucionado. Había aquí dos señores que conversaban de la agricultura, y mientras los demás gritaban gol, ellos a sus cosas: un lugar de encuentro”. Pero los paralelismos no van más allá. Es cierto que también en los ritos de antaño había competición, luchas cuerpo a cuerpo entre anfitriones e invitados, pruebas de puntería con el arco y, muy especialmente, el combate ritual que tenía lugar entre un marido cornudo y su burlador, aunque en este caso el desenlace estaba fijado de antemano: el burlador debía ofrecer su cabeza para recibir cortes largos y profundos en el cuerpo cabelludo. Pero ha habido una transformación; ahora todo gira con el balón, en torno a la competición. “Para nosotros es una satisfacción que con las actividades que no son propias pero que ya hemos hecho nuestras, nos sirven también para confraternizarnos, como se hacía en los tiempos pasados”, dice Elí, que se formó como profesor en los setenta, en estas mismas instalaciones ahora decrépitas que puso en pie el ILV. 

Los profesores fueron los primeros intelectuales shipibos, y encabezaron movimientos políticos y sindicales para reforzar la posición del pueblo shipibo en el nuevo escenario. “Nos desprendimos de la ideología misionera del Instituto y aceptamos que caímos en un paternalismo que nos llevó a otro horizonte, al olvido de nuestras culturas, de nuestras prácticas artísticas y deportivas”. Paradójicamente, fueron los misioneros quienes introdujeron el balón en las comunidades y Elí uno de los principales impulsores del Mundialito, que se creó en 1992. “En mi comunidad había una misión y era el misionero el que compraba la pelota”, recuerda. “Mis tíos, mi abuelo, jugaban al fútbol, pero un fútbol… El que pateaba más fuerte era el mejor equipo aunque no haya goles”.
Cuerpo técnico, jugadores y aficionados, atentos a la charla del entrenador en los minutos previos al primer partido. Al fondo, la laguna de Yarincocha.
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Roy está tendido boca abajo en su cama, en pleno bajón anímico. Le pregunto si está triste sin recibir respuesta. Repito la pregunta. “Estoy cansado”, replica sin mirar, sin levantar la cabeza. Su hermano Daniel se burla: “Está triste”. Roy está jodido porque le han sustituido en el minuto veinte de la primera parte. “No estaba jugando en mi sitio. Yo soy defensa”, se lamenta. Entra su madre. “Ha jugado sin desayunar. Así no tiene fuerza”, dice la gran Olga con su sabiduría doméstica práctica. “No se puede jugar sin desayunar. Es muy importante”, coincido. Parece que le anima que hablemos con él del tema, recupera cierta energía, y después de asegurar que “mañana vamos a ganar también”, se pone en el DVD unos documentales acerca de la vida y obra de grandes estrellas del fútbol mundial.
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A Roy no le va muy bien en el primer partido de la tercera jornada: el equipo rival se adelanta con un gol del delantero que él debe marcar. Afortunadamente el error de Roy se subsana y el equipo logra pasar a la siguiente ronda, que se juega unas horas más tarde. En este segundo partido la actuación de Roy es, por fin, brillante, y San Francisco bate al eterno rival, Paoyhán, el temible tetracampeón. Una gran victoria y, por eso, de vuelta en la comunidad se respira ambiente de fiesta (y se oye). Por el alto parlante, el presidente del club de fútbol, exultante pide colaboración económica para que el refresco de los jugadores al día siguiente e invita a la comunidad a participar en una reunión abierta en la que se tratarán diversos asuntos relativos a la jornada decisiva. Hacia allá camino con Roy, que dice que el juego de San Francisco despierta mucha envidia en otras comunidades: “Ellos no quieren que nosotros campeonemos. Nos dicen de todo. Un montón de palabras que nosotros no gustamos. Que somos creídos. En contra de nosotros está la mayoría. Pero a pesar de todo lo vamos a conseguir”. 

La noche es fresca, el suelo está embarrado. Se han colocado varios bancos en la calle principal, ancha, con viviendas ajardinadas a un lado y otro, varias tiendas, una iglesia evangélica, todo sencillo y rústico, en madera y hoja de palma. Varias decenas de personas revolotean excitadas hasta que el presidente del club de fútbol se coloca en el centro del gentío y toma la palabra, solemne. “Jugadores, pueblo entero… Una vez más San Francisco ha demostrado su fútbol, su estrategia, y hemos traído el triunfo para el orgullo de nuestro pueblo y la hinchada. Y si ganamos mañana el primer partido pasamos ya a la final. ¡A la final!”. El presidente se enardece, como todo el pueblo, que grita: “¡Vamos a ganar!”. “Señores, ahora sí, la hinchada está contenta”, prosigue el entusiasta presidente. “El primer día hasta la directiva, regresamos todos preocupados porque nuestros jóvenes, el primer partido… No sé qué habrá pasado, no han demostrado su fútbol. Pero el segundo partido nos superamos y hoy día los muchachos sí que han demostrado lo que es fútbol de San Francisco. ¡Nos consideran que somos de Brasil!”. La gente ríe emocionada por la comparación. “Señores. Creo que es el momento donde que estamos unidos el pueblo entero, y la población entera nos va a acompañar nuevamente”. 

Interviene el jefe de la comunidad, y aunque habla sobre todo en shipibo, entiendo claramente cuando enervado exclama: “¡Vamos a campeonar!”. Y los presentes repiten y aplauden con total convicción. A mi lado unos muchachos me dan una clave. “Lo que pasa es que en San Francisco hay televisión, y en otras comunidades no hay. Y como hay televisión, pueden ver las técnicas de los mejores jugadores del mundo”. Después intervienen varios vecinos que simplemente quieren dar su opinión. A todos se les escucha con el mismo respeto. Lo niños corretean entre las bancas. Un grupo de perros comienza una encarnizada pelea; alguien agarra un palo y disuelve brutalmente el alboroto. La reunión concluye con el presidente pidiendo fuerza para los jugadores, y se disuelve entre aplausos, alegría desbordada, risas cómplices y ladridos de perros.
En el Mundialito shipibo intervienen más de sesenta equipos. Un número similar queda excluido al no clasificar en las eliminatorias previas zonales.
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La intensa lluvia ha convertido la cancha en una piscina de barro en la que se zambullen los jugadores de San Francisco para ganar su semifinal. El adversario en la final parte con una insólita desventaja: por retrasos en el calendario ha tenido que jugar esa misma mañana dos partidos, y sus jugadores llegan a la final con 180 minutos en las piernas. El recinto está atestado de espectadores. El partido es muy emocionante porque los rivales se adelantan en la primera parte y San Francisco no da con la puerta. A medida que pasan los minutos el nerviosismo cunde entre la hinchada impaciente. Dos mujeres gritan enfadadas: “¡Suelta la pelota!”. “¿¡Por qué no se apuran!?”. Finalmente consiguen el empate y asumen el dominio del juego, pero al término del período reglamentario no hay más goles. El campeón se decidirá en los penales, la suerte favorita de San Francisco que, como en las ocasiones anteriores, inclina a su favor. La hinchada grita y jalea mientras los jugadores de San Francisco abrazan a su decisivo arquero, alzan los brazos, se quitan las camisetas y las hacen ondear por encima de la cabeza al tiempo que gritan: “¡Campeones! ¡Campeones!”. Los seguidores del equipo invaden el terreno de juego y se mezclan con los jugadores. El cuerpo técnico se abraza. Se derraman lágrimas. Se canta. 

Enseguida tiene lugar la ceremonia de clausura, con la entrega de trofeos. Los jugadores forman marcialmente frente a la mesa de autoridades, especialmente nutrida: hay altos cargos del gobierno regional, ingenieros, directores diversos, atildados y dignos, protagonistas enhiestos. Se canta el himno peruano, se suceden los discursos de las “autoridades”. Durante media hora se roban el protagonismo: el primer galardón se otorga a Gílmer Soria, presidente de la comisión organizadora del torneo, mientras los exhaustos jugadores parecen convidados de piedra. Finalmente los jugadores reciben su trofeo y su sobre con el dinero de las apuestas, pero unos minutos después de alzar el trofeo, resulta evidente que algo anda mal. El presidente del club habla airado con sus jugadores, brazos en jarra. Me acerco y entiendo que es una cuestión monetaria: falta una cantidad importante del premio en metálico. Les correspondía mil quinientos dólares, pero faltan cuatrocientos. Los jugadores, la hinchada, el cuerpo técnico, todos están reunidos, excitados, sin saber qué hacer con el enfado. Cuando ven a un miembro de la comisión organizadora, se dirigen a él en tropel. El presidente del club, con gesto desencajado, interpela: “Al ganador le corresponde cuatro mil doscientos soles como primer puesto, pero sin embargo aquí hay tres mil doscientos”. El de la comisión replica con algo de “una propuesta”. Jayro, por lo general tranquilo y bondadoso, le corta muy enfadado: “¡No, no, no! El cincuenta por ciento es para el campeón, ¿sí o no? ¡Están robando a la gente!”. 

Los ánimos están caldeados. El desafortunado miembro de la comisión trata de buscar la salida del recinto, pero está rodeado por los vecinos de San Francisco. “Pobre pueblo que viene, haciendo su sacrificio, y carambas, acá nos roban. No es así pues”, dice un hombre. “Nos piensan que somos todos ignorantes”, grita una mujer agriamente. Hay mucha confusión. El presidente del club divisa a otro responsable de la organización que se dirige disimuladamente hacia la salida, y camina a su encuentro acompañado por la turba. Alcanzan al hombre, le rodean y le piden explicaciones. “¡Hay que devolver el dinero!”. Aplausos. La gente se calienta, se envalentona. “¡Devuelvan el dinero! Todito el tiempo les estamos mirando, todito el tiempo les escuchamos; no es en este año nada más que hacen esto”. El acorralado musita, disminuido, con voz apenas audible y cara de miedo, algo de “mañana”. Pero varias mujeres gritan: “¡Hoy día!”. “¡Queremos comisión, queremos comisión!”, piden las mujeres, vestidas con la indumentaria típica, exigiendo que se presente en el recinto la comisión organizadora. El miedo oscurece la cara del afligido rehén. “¡No te dejan salir, no te van a dejar salir!”, grita alguien amenazadoramente.
Los jugadores y el cuerpo técnico estallan de alegría cuando el arquero detiene el penal definitivo.
Escoltan al rehén hasta las oficinas del Instituto, donde han localizado a Elí Sánchez, el vicepresidente de la comisión. Una marea humana rodea a ambos sujetos. La tensión está aumentando. Elí se mesa el cabello cuando una mujer desde la distancia le dice amenazadora: “Mírame a los ojos, mírame a los ojos”. A Elí le tiembla la voz, y no atina a explicarse bien, cuando se le interpela, pero finalmente reconoce que falta dinero. “Lo que falta es explicación”, dice. “Vamos a conversar”. Elí llama por teléfono al presidente de la comisión organizadora, Gílmer Soria, cuya labor ha sido reconocida en la ceremonia de clausura. A los diez minutos aparece con una moto de gran cilindrada en el recinto, pasa de largo de donde están acorralados sus dos compañeros de andanzas aparca frente a su despacho y llama a los representantes de los tres equipos premiados. 

Unas doscientas personas esperan el desenlace de la reunión frente a las oficinas. Cada cierto tiempo sus ánimos se encrespan y comienzan a silbar y a acercarse a la ventana increpando. Las más activas son las mujeres. Después de media hora, el presidente del club de fútbol de San Francisco sale de la reunión con gesto grave. “¿Hay solución?” Asiente con cara de pocos amigos, inexpresivo, dirigiéndose hacia el puerto. “Vámonos”, anuncia sin dar más explicaciones. Y todos, jugadores y aficionados, niños y niñas, hombres y ancianas, nos dirigimos al puerto, donde tres botes esperan para devolvernos a San Francisco. Son los últimos minutos del día; el cielo está completamente despejado y ha adquirido un tono violáceo. El trofeo viaja sobre el techo. San Francisco es tetracampeón.

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