Tragicomedia en el feudo de Ultra Oil

El cronista aspiraba a convertirse en paladín de los pueblos indígenas, denunciando a la malvada Ultra Oil, que había llenado las aguas de la cuenca del río O... de cadmio y plomo. Cuando llegó al lugar de los hechos le esperaba algo muy diferente a lo que le habían contado por la tele. Y gracias a Ultra Oil pasó las navidades en su casa. 
Dos mujeres indígenas se dirigen a su plantación por la mañana. 
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en los números 183 y 184 de la revista Cáñamo, marzo y abril de 2013. 
No quiero acordarme del país amazónico por el que andaba yo con ínfulas quijotescas cuando conocí, en Gran Ciudad, a unos cooperantes que exhibían un documental sobre el río O… Me emocioné con el viejo indígena que clamaba amargamente contra la destrucción de la selva, la contaminación de los ríos, las enfermedades de la gente y los animales; me enfurecí con los dueños del gran tubo que vertía el maná negro aceitoso en una otrora prístina laguna conectada a la gran red fluvial del mundo. Me uniré a la lucha de los indígenas, denunciaré abusos, haré escarnio de la malvada petrolera Ultra Oil, decidí. Las imágenes de vertidos, siendo negras y espectaculares, suelen garantizar exclamaciones de asombro (y dinero), pensé. Buscaré mi propio vertido y mi propio viejo indignado, y publicaré un reportaje del que presumir entre personas muy concienciadas socialmente. 

De Gran Ciudad viajé a Ciudad Selvática para entrevistarme con el Líder Indígena Presidente de la Organización Verdadera, en cuya sede encontré a un holandés de dos metros, a una mujer tan rubia que seguramente era de Escandinavia, y a otros extranjeros que componían la cuadrilla asesora internacional y estaban armados con un arsenal de cámaras y computadores, pero tan atareados que no me hicieron caso, especialmente la tan rubia. Me hicieron pasar a la sala de reuniones con el Líder Indígena Presidente y su Honorable Cúpula Directiva, todos muy bien vestidos. Sólo me concedieron cinco minutos porque tenían que reunirse con otros elegantes señores del gobierno regional. Hablaron con somnolienta desgana, salvo cuando el Líder Indígena Presidente reivindicó su logro, mío mío, yo yo, un acuerdo con la petrolera y el gobierno: Se invertirán en la zona afectada quince millones de dólares en hospitales, en salud, en planes de desarrollo, nos devolverán lo que nos han quitado, esto es una lucha muy grande, mañana me voy a Lima. ¿Quince millones de dólares? Quince.
  El futuro oleoducto, por pedazos, en una lancha del río O…
DERRAMES DE CERVEZA
Al otro día embarqué en la lancha de la organización, donada por la malvada petrolera como parte del acuerdo. Suspendido en la hamaca leí algunos de los documentos que el Líder Presidente había tenido a bien de compartir conmigo. Supe que hubo actividad petrolera durante cuatro décadas, sin ningún control, que los derrames eran constantes, y la actividad, por muchas otras razones, altamente contaminante. Que en la cuenca del rió O… dos terceras partes de la población tenía niveles en sangre de cadmio, plomo y zinc por encima de los niveles de tolerancia biológica. Que un año antes de mi visita, en una acción conjunta, los indígenas de las etnias equis, ye y zeta, se tomaron las instalaciones de la empresa y paralizaron la actividad; mediante la violencia, entonces sí, gobierno y empresa se avinieron a negociar. Que con los quince millones de dólares prometidos en el acuerdo se pondría en marcha un plan de desarrollo integral, se construiría un hospital y se realizarían intensos trabajos de remediación ambiental. 

Entre lectura y modorra subían a la lancha trabajadores de Ultra Oil y sus empresas secuaces Petrosa, Amuleto y Edén. Uno de ellos tenía una extraña malformación en un brazo (perfecto: un malformado es un clásico que vende muy bien, debo fotografiarle, pensé, pero no lo conseguí). Yo les preguntaba por derrames y ellos me hablaban de la Organización Auténtica, que había nacido para denunciar la corrupción de la Organización Verdadera; yo les preguntaba por las inversiones acordadas y ellos que el Líder Indígena Presidente se había enriquecido, viajaba por el mundo y se olvidaba de sus paisanos; yo les preguntaba por remediaciones y ellos aseguraban que eran inútiles, que sólo se limpiaba superficialmente pero el petróleo penetraba en la tierra; yo indagaba en la lucha social, ellos que todos vivían de las petroleras en la cuenca del río O…, y nadie denunciaba derrames por miedo a ser incluidos en la lista negra. 

Los únicos derrames en la lancha eran de cerveza y aguardiente de caña; menudas cogorzas se cogieron algunos.
El otro lado de Petroleros, sede de la empresa Ultra Oil. 
Durante tres días surcamos el río O… dejando a ambos lados una frondosa selva; muy diseminadas, en claros de una o dos hectáreas, aparecían de vez en cuando las tradicionales unidades domésticas: la gran casa sin paredes de una familia extensa, rodeada por la chagra [plantación indígena], donde se afanaban arrancando malas hierbas mujeres con largas faldas floreadas y blusas de color. Una vida sencilla, de autonomía y libertad, por los siglos… Y a mediados del siglo XX, la cruda realidad, la realidad del crudo. Todo era diferente en Petroleros, el pueblo situado junto a la base de la empresa; horas antes de llegar ya se advertía en la lejanía una burbuja de claridad anaranjada que violaba la oscuridad de la noche. A un lado del río, en el pueblo, calles asfaltadas atestadas de gente, casas de varios pisos, alumbrado público, comercio, agitación, equipos de sonido, conciertos de tecnocumbia hasta altas horas de la madrugada, alcohol, televisión por cable… Y al otro lado, El Otro Lado, como decían con reverencia cuasi mística los trabajadores: las instalaciones de Ultra Oil, apenas visibles pero intimidantes en el escrupuloso orden de garitas, vallas, parterres… y su silencio opresor. 
cooperación verdadera 
En Petroleros, a la mañana siguiente conocí a Esperanza Concienciada, una cooperante de la Organización Verdadera que se dedicaba a explicar de pueblo en pueblo las consecuencias de la actividad petrolera y los derechos de los habitantes ancestrales. La situación era lamentable: los derrames constantes, la cultura arrinconada, los animales en fuga, la vegetación degradada. Esperanza sacó los trapos sucios: que se había formado una mafia controlada por las autoridades para intermediar en la contratación de los trabajadores; que todos los alcaldes de Petroleros acababan al término de su mandato en la cárcel por corruptos; que Ultra Oil había financiado la Organización Auténtica para dividir al pueblo indígena y debilitar a la Organización Verdadera, garante del Acuerdo Victorioso del Líder Indígena Presidente; que, por otro lado, los hombres de la comunidad de A… habían tomado el campamento de prospección de la empresa secuaz Amuleto paralizando la actividad y se habían llevado un potente deslizador, y que posteriormente se había alcanzado un acuerdo económico cuyos términos se desconocían, aunque las malas lenguas afirmaban que al jefe le habían tocado diez mil dólares y que después de eso la comunidad de A… se había salido de la Organización Verdadera y se temía su inminente adhesión a la Organización Auténtica.

 Mientras me invitaba a desayunar opíparamente con el dinero de la cooperación internacional Esperanza Concienciada me sugirió que visitara dicha comunidad de A… (que había sufrido graves vertidos en los últimos años), la comunidad de B… (en la que se iba a desarrollar una asamblea de jefes), y la comunidad de C… (que era la más afectada actualmente y se había unido a la falaz Organización Auténtica). Para ello debía abordar inmediatamente la misma lancha que me había traído hasta Petroleros, lo que hice a prisa con toda suerte de carreras y equilibrios como en una película de Harold Lloyd con banda sonora animada y divertida. 

En la lancha conocí a Amable Indígena Fuerte Maduro, quien, cuando supo la razón de mi visita, declamó: Esta mansión que es el monte… Aquí se respira aire puro. Esta naturaleza nosotros queremos conservar. Nuestros antepasados también lucharon por esta tierra para que no hubiera contaminación, pero no sabían leer ni escribir y les engañaban. Claro que su alegato no era muy compatible con el negocio ganadero que me propuso justo después, que exigía tumbar unas cincuenta hectáreas de monte. Eludí darle una negativa porque nuestra lancha sobrepasó lentamente otra de carga que había arrimado a la orilla, repleta de grandes tanques cúbicos. Cuidado con los cigarrillos, gritó el piloto. ¿Llevas químicos?, preguntaron. Plomo, respondió.
Un cargamento de plomo camino a uno de los pozos petrolíferos. 
LOS SALIVAZOS DE JEFE HOSCO
Llegamos antes del amanecer a la comunidad de B…, donde debía conseguir una canoa que me llevara hasta A… Descendí a la pequeña plataforma de hormigón que era el puerto y permanecí aturdido en medio del frenesí estibador: motores nuevos, montañas de gaseosa y cerveza, equipos de sonido, machetes, grandes cubos de plástico, bolsadas de pan, cajas de cartón marrón de contenido indiscernible. El castellano había dejado de oírse. Amable Indígena, que continuaba río arriba en la lancha, comprendió mi indefensión y, conocedor de mis planes, abordó a un hombre robusto, de ancho cuello y gesto reconcentrado, le explicó mis intenciones y le pidió que me llevara con él. El hombre era Jefe Hosco, el estratega en la victoria de la comunidad de A… sobre Amuleto. Jefe Hosco se limitó a mirarme con mala leche y me pareció un milagro encontrarme más tarde a bordo de su canoa cargada hasta los topes de objetos y tomando una cerveza tras otra para desayunar, mientras surcábamos por una linda quebrada [río de pequeñas dimensiones] hacia A… Si encontrábamos otras canoas, Jefe Hosco sonreía, alzaba la mano, y frotaba el dedo pulgar con el índice: dinero. La sonrisa del vecino se iluminaba. 

Y qué belleza la pequeña quebrada, encajonada entre altas y exuberantes lomas. 

Y qué apacible A…, de casas sin paredes esparcidas entre pequeñas chagras, el verde en la tibieza dorada de la mañana. 

Y qué acogedora la mujer de Jefe Hosco con su falda floreada. 

Y qué delicado rumor el idioma equis. 

Y qué simpáticos sus siete chiquillos, y qué contentos cuando recibieron de su padre juguetes y chucherías, y qué miedo me tenían. 

Y cómo llegaban los vecinos a la casa de Jefe Hosco, se sentaban en los banquitos, tomaban masato [cerveza de yuca] y estampaban su huella dactilar en el comprobante para recibir su sobre de dinero. Algunos se llevaban también un motor peke peke o una caja. Entonces Jefe era Sonriente, pero cuando se fueron volvió a ser Hosco, y cuando le pregunté, zalamero, por su victoria sobre Amuleto y las prebendas obtenidas me fulminó con centellas en los ojos. ¿Cómo?, replicó Hosco. Le formulé la pregunta nuevamente pero sólo obtuve una serie disuasoria de toses, expectoraciones y salivazos.
Jefe Hosco, tomando masato. 
pozo con goteras
Pasaban las horas, pasaban los días, y pasaba Jefe Hosco de mi pretensión de visitar los pozos de las inmediaciones, que tanto daño habían causado a los suyos; sin ir más lejos del patio de su casa descubrí con morbo sensacionalista que su hija tenía una malformación en el dedo gordo del pie (hice foto), y su hijo una extraña protuberancia junto a la tetilla (no hice foto). Otros vecinos con los que hablé me contaron casos similares en las comunidades cercanas. 

Hosco sólo me dirigió la palabra una noche para invitarme a compartir un vomitivo a las cuatro de la madrugada, una costumbre tribal que, en mi calidad de etnógrafo observador participante, debía haber probado; pero me pudo la pereza y un cierto asco a las regurgitaciones copiosas, que se escuchaban por todo el pueblo en la alborada, en extraño concierto con los cantos de los gallos. 

Pero yo no había llegado tan lejos para quedarme sin mis fotos, y tanto insistí que Jefe Hosco le encargó a Joven Cazador Estoico la labor de acompañarme a la Batería 7 [conjunto de pozos], recientemente cerrada, y a otra batería abandonada por décadas. 

Cruzamos la linda quebrada y caminamos por una estrecha trocha en la espesura, subiendo y bajando suaves desniveles, salvando pequeños arroyos, atentos a la presencia de animales que Cazador Estoico, pretendía matar con su escopeta. Contaminado, dijo después de una hora de camino señalando un pequeño curso de agua recubierto por una película oleosa, unos metros antes de que se abriera ante nosotros una vasta explanada, desierto erial de hierba seca, olor a crudo intenso. En el centro se erigía la boca metálica de un pozo en desuso, recubierta de petróleo que goteaba copiosamente por varias de las junturas. El líquido caía al suelo de hormigón y seguía su curso por un tubo subterráneo hasta el siguiente punto que Joven Estoico me hizo ver, ya en la espesura: un pequeño estanque de hormigón (buzón, explicó), que rebosaba para precipitarse loma abajo hasta una quebrada de aguas rojo vivo, óxido, que caía a una laguna contaminada. 

Luego seguimos durante cien metros la amplia carretera que unía el pozo con el río y regresamos. 

En el trayecto Cazador mató una perdiz.
Joven Cazador Estoico, junto a un pozo abandonado y goteante. 
accidente mortal
El recelo de Jefe Hosco no menguaba, por mucho que purgara todos sus males a las cuatro de la mañana; quizás debería haber compartido el vomitivo ritual para ganarme su simpatía, pero la pereza me pudo. Necesité otros dos días de paciencia para que le prestara a Cazador Estoico el motor con el que habría de llevarme a un pozo cerrado décadas atrás, en el que la empresa había abandonado químicos y materiales diversos. En esta ocasión se unieron a la expedición el hijo de Jefe Hosco, llamado Muchacho Descalzo Tímido, y su primo Niño Descalzo Gracioso, ninguno de los cuales hablaba castellano. 

Remontamos la quebrada por espacio de treinta minutos; se estrechaba tanto que en ocasiones los árboles de las orillas se tocaban por encima de nuestro discurrir. Arrimamos a la orilla y seguimos una pequeña trocha por la espesura entre la que rápidamente se descubrían vestigios: un oleoducto oxidado, hitos de hormigón, carretillas descompuestas, tuberías… Muchacho Tímido nos guiaba; Niño Gracioso, apenas tres años, iba el último. Tras veinte minutos la comitiva se detuvo. Salado, dijo Cazador Estoico, señalando un barrizal, rico en sales de las que se nutrían los animales de los que se nutrían los cazadores. ¿Aquí vienen a cazar?, pregunté. Ya no, química, dijo mientras taconeaba. Yo también taconeé; no estábamos sobre la tierra sino sobre costales de contenido compacto. Cazador Estoico rasgó uno y extrajo con un palo una sustancia de color caqui y olor desagradable. Químicos, repitió. 

Ellos curioseaban por allá, yo hacía fotos por acá. Encontré caído un viejo cartel de hierro oxidado y quise levantarlo para dar al escenario de riqueza iconográfica. Me agaché, agarré el cartel por la parte de atrás y cuando lo alzaba sentí un agudo pinchazo que se convirtió inmediatamente en una dolorosa quemazón. Grité. Miré el cartel y me asusté al ver que una araña muy fea permanecía inmóvil, mirándome amenazadora. Me asusté como un niño de tres años y pegué un gritito hacia mis compañeros: Araña. Ah… Araña. Ellos se acercaron. Cazador Estoico aplastó la araña con un palo. La mano me temblaba, el dolor se había extendido hasta el hombro. No era un buen lugar para recibir la mordedura mortal de una araña. Mi corazón latía apresuradamente. Cazador Estoico me miraba consternado. ¿Malo?, pregunté temiendo lo peor. Malo, concedió él. ¿No tienes medicina?, preguntó. No, no tenía el antídoto. Muchacho Tímido le dio la vuelta al cartel y encontró el nido: una bola de telaraña que abrió; dentro se agitaban miles de pequeñas arañitas. Me invadió una certeza funesta: ¿Problema?, musité. Problema, respondió Estoico, cabeceando. Iba a preguntarle el tiempo de vida que me quedaba cuando él se me adelantó: A las cinco. ¿A las cinco voy a morir?, pregunté a Joven Cazador Estoico sintiendo que el veneno de la araña se extendía inexorablemente desde el hombro hacia el tronco. Y por primera vez Estoico rio: No, a las cinco pasa. 

El tóxico inoculado me comunicó que la pobre Mamá Araña estaba tranquila con sus crías y llegó el humano a joder; ella se defendió con valentía; acabaron todas muertas.
El pozo del accidente mortal (para las arañas).
Por la tarde, de vuelta en la comunidad de A… sucedió algo insólito. Mientras tomaba un baño en la quebrada, un rumor lejano se convirtió en el helicóptero que aterrizó en la cancha de fútbol. Foto, foto, subí a toda prisa, pero sólo alcancé una comitiva que cargaba varios sacos repletos hacia la casa de Jefe Hosco. 

Son regalos para los niños, los ha traído el helicóptero de Amuleto, me informó un hombre a quien, horas después, tras escuchar su historia, bauticé como Deprimido Piscicultor. Procedía de un pueblo lejano, donde se había quedado sin trabajo; su cuñado era el profesor de la escuela de A… y le había llamado para que participara en un proyecto productivo que la secuaz Amuleto quería financiarles a Jefe Hosco y Líder Muy Untado (otro comunero de A… del que ya tenía noticia). El proyecto era una piscigranja; Deprimido Piscicultor era técnico especializado en el área. Deprimido se entrevistó en Ciudad Selvática con Hosco y Untado, y tras llegar a un acuerdo Amuleto les pagó el carísimo pasaje en el avión privado de Ultra Oil hasta Petroleros, y luego en un deslizador también carísimo hasta A… Líder Muy Untado no les acompañó porque tenía que responder a una denuncia por corrupción en Ciudad Selvática. Deprimido me explicó que Amuleto invertiría en proyectos productivos que gestionaría Muy Untado, en una posta médica (en la que Deprimido esperaba que trabajara su esposa enfermera) y en una ampliación de la escuela. Poderoso Caballero Don Dinero ya había instalado una pileta de agua corriente en la cercanía de cada casa, y pronto traería un moderno bote impulsado por dos motores fuera borda de 85 caballos. 

Me despedí al día siguiente de Jefe Hosco sintiendo por él gran admiración; nunca olvidaré su sonora manera de modelar gargajos y expulsarlos con violencia de bolas de cañón; nunca olvidaré como entre un escupitajo y otro no me hacía ni puto caso: el desdén absoluto existe, no es sólo un ideal inalcanzable. Su hijo me llevó a B… donde estaba prevista la celebración de la asamblea de todos los jefes de la cuenca, que se había retrasado porque no había llegado aún Blanco Importante del Gobierno, que iba a detallar el empleo que se iba a dar a los doce millones de dólares del programa de salud en ciernes. 
Uno de los sabedores locales montado en una de las donaciones foráneas. 
MILLONES DE DÓLARES
En B… conocí finalmente a Líder Muy Untado, Presidente del Plan de Desarrollo Integral de la Cuenca del Río O…, bajo cuya responsabilidad quedaba la administración de tres de los quince millones de dólares comprometidos en el Acuerdo Victorioso. Esos tres millones están burocráticamente retenidos por el gobierno regional, me explicó Muy Untado, pero él no tenía problemas de liquidez: unos minutos después presencié cómo la profesora de la escuela, en representación de Amuleto, le entregaba en metálico una cantidad superior a la que cobraba un director de escuela.

La asamblea se suspendió porque los jefes no pensaban que el Doctor Blanco Importante lo fuera tanto como para esperarle los cuatro días que ya se retrasaba. En ese tiempo conocí gente locuaz, dos eran los chismes favoritos: el primero, que todos los líderes (Presidente, Hosco, Muy Untado, etc…) eran corruptos, mentían y se embolsaban la plata; de eso ya tenía bastante; el segundo, que los derrames eran constantes y habituales pese a las promesas y garantías de Ultra Oil; eso me faltaba. ¡Es preciso documentar los derrames para fortalecer la lucha con la presión de la opinión pública internacional!, arengaba para que me llevaran; yo no me lo creía (ellos tampoco), pero me faltaba la foto del derrame, que debía abrir espectacularmente el reportaje. Gordo Antipático, jefe de la comunidad de D…, me invitó a que visitara con él uno terrible que había afectado un mes atrás a una vasta zona en su territorio, una capa de más de treinta centímetros de crudo, pero el día en que se suspendió definitivamente la asamblea se fue sin mí, pese a mis exhortaciones desesperadas desde la orilla, y a ofrecimientos de gasolina extra que hizo mi valedor Amable Indígena Fuerte Maduro, a la sazón en B… 

Siguiendo el consejo mayoritario decidí visitar C…, la comunidad más afectada por una intensa y prolongada actividad extractiva. Viajé en la misma lancha que me trajo, con Amable Indígena, quien llegando a C… bajó a tierra unos minutos y me presentó a Profesor Consciente con el encargo de que me llevara ante el jefe. Consciente me chocó la mano cuatro veces en cinco minutos y me acompañó a una casa a medio terminar en la que me instalé. Me puso en antecedentes con una frase de pesar: Aquí la gente se ha esperanzado con la empresa; ya no puede vivir sin la empresa. Provenía de otra comunidad, en la que aún se cazaba, se pescaba, se hacía chagra, y la gente, produciendo su propia comida, permanecía autónoma, independiente. Aquí la comida se compra con dinero, lamentó. Llegaron sus pequeños hijos y se abrazaron a las piernas. Qué lindos, admiré. Sí, lindos cuando no se ponen enfermos. Y recordó que unos meses antes había habido un brote de una enfermedad indeterminada: Se ponen a botar sangre por la nariz y la boca, parece que van a reventar. Explicó que en esos casos se les llevaba a la empresa, que los evacuaba en bote rápido a Petroleros y si era necesario en avión a Ciudad Selvática. Todo es la empresa, sentenció con resignación.
"Todo es la empresa", sentenció con resignación. 
Oscurecía cuando llegó el jefe, uniformado y beodo, alto y corpulento; se llamaba Buen Bobalicón. Entorpecido el entendimiento por el alcohol, a mi pretensión de visitar derrames recientes logró articular: Hay que coordinar con el secretario y el vice jefe, porque yo tengo ahora una reunión. Y se fue a dormir la mona. El secretario, de nombre Procedimiento Formal, se hizo cargo de la situación. Habló de exactitud en las decisiones, de respaldo de las autoridades, de documentos oficiales, de coordinación general. Luego preguntó si venía de parte de la Organización Verdadera. Soy independiente, dije. La Organización Verdadera es corrupta y Líder Indígena Presidente se ha enriquecido a costa de todos los hermanos indígenas, pero la Organización Auténtica está haciendo un buen trabajo. Caminamos al encuentro del vice jefe, entre casas cerradas techadas por láminas de zinc: en ésta una televisión con película de Bruce Lee; en la otra una bodega discoteca… Las calles eran anchas, bien delineadas, sin árboles ni chagras. Se escuchaba el castellano con una frecuencia inusitada en A… o B… El secretario me explicó que la mayoría de la gente del pueblo había llegado recientemente (era su caso) y trabajaba de manera rotativa para Ultra Oil y sus secuaces, que explotaban 17 pozos en la cercana Batería 5. El alumbrado público nos permitió ver en el suelo una pequeña culebra aplastada de listas blancas y negras. Es la nacanaca, si te muerde mueres en dos horas, pero nosotros llamamos a la empresa y ellos envían el carro y te ponen el antiofídico y ya está, explicó Procedimiento. 

Encontramos al vice jefe, Dispuesto Asustado, recién salido del baño. Le expliqué el propósito de mi visita: fotografiar derrames recientes. Habrá que pedirle permiso a la empresa, dijo poco convencido, y Procedimiento Formal convino vivamente. Les hice ver que no me permitirían entrar. Después les arengué enérgicamente, les hablé de la injusticia en el mundo, del despojo sufrido por las culturas indígenas… Dispuesto y Procedimiento reaccionaron con gallardía: Éste es nuestro territorio y no me pueden decir dónde puedo pasar y dónde no, dijo uno. Hay que denunciar, el que no mama no llora, dijo el otro. Y refirió el caso de la comunidad E…, que habían paralizado la actividad y habían logrado un generador de energía eléctrica mejor que el de C… Quedamos en que al día siguiente vendrían a buscarme al amanecer para llevarme de excursión. 

Por supuesto nadie vino, pero yo me lo esperaba y perseguí al jefe para que pusiera en marcha la operación. A esa hora, las seis de la mañana, a las puertas de las casas, los comuneros salían con su uniforme pulcro, su casco, sus diversas herramientas, a esperar los carros de las empresas, que habrían de llevarles a su puesto de trabajo. El jefe, con poca convicción, buscó al vice jefe y le pidió que me llevara a la Batería 4, cerrada tiempo atrás y recientemente remediada por una de las secuaces medioambientales. El vice jefe le pasó el muerto a otros dos jóvenes. Bajamos el río media hora y arrimamos en una estructura metálica de uso indefinido. Cuando nos disponíamos a subir a tierra, un hombre de cincuenta años, piel blanca tostada por el sol y aires de jefe, salió de la garita que guardaba el lugar y me espetó: ¿Has sacado fotos? Yo llevaba la cámara en ristre. No, respondí de mal humor a Guarda Malo. ¿Adónde van?, le preguntó a Apocado, mi joven compañero. Al aguajal, dijo, aunque no era la sabrosa fruta del aguaje lo que buscábamos, y Guarda Malo, que no se lo había tragado, desenfundó su walkie talkie y se comunicó con Guarda Malísimo en la central, pero nosotros ya nos habíamos internado en la selva. La Batería 4 me deparó unas fotografías similares a las que ya tenía (pozos goteantes, depósitos colmados de crudo, oleoductos entre la vegetación, arroyos oleaginosos) pero me permitió comprobar que la remediación era, como ya me habían advertido, superficial. En una pequeña laguna, aparentemente limpia, bastaba escarbar el fondo con un palito para que la superficie se moteara de manchas negras, que irisaban todo alrededor.
Las zonas supuestamente "remediadas" rezumaban con petróleo. 
retirada sin vergüenza
Permanecí varios días más en C… insistiendo infructuosamente a las autoridades y a otros comuneros para que me mostraran derrames de la actividad reciente, pero sólo recibí evasivas. Nadie quería exponerse a ser sorprendido en mi compañía. Fueron días de un calor opresor, sin lluvia, de una luz blanca cegadora. Una diarrea imparable y una dolorosa infección en el oído, que iba a peor, me tenían de pésimo humor. Por ratos me indignaba la pasividad de los comuneros, su aceptación del abuso y la contaminación; en realidad me disgustaba que no se sometieran a mis delirios de periodista justiciero. Mi animadversión por la empresa se atemperó cuando el jefe me informó de que la única manera que había de llegar al pueblo de Petroleros era en la embarcación de Ultra Oil. Buen Bobalicón, comprensivo con mis necesidades, redactó de su puño y letra la carta que me permitiría viajar. 

No tuve la menor vergüenza en presentarme a la mañana siguiente con el papelito firmado en el puerto de Ultra Oil, la malvada petrolera a la que iba a denunciar, y sentarme en la cómoda sala de espera hasta la salida de la veloz embarcación. Ingresar en el puerto, que estaba cercado por una valla de seguridad, fue ingresar en un mundo paralelo de orden y concierto. Llegaban los carros de la Batería 5 cargados con trabajadores que también viajaban, exhibiendo una gran variedad de uniformes: desde el juego de ropa vaquera para los trabajadores no cualificados, la mayoría indígenas, hasta monos costosísimos, con el nombre del portador finamente bordado y la leyenda: Drilling team – You are a member of a high quality performance team, que se leía en los bolsillos pectorales de cuatro hombres, blancos y amigables, que se sentaron a mi lado a esperar inciertos materiales. La embarcación llegó de Petroleros, y una veintena de pasajeros descendieron por la pasarela. Recibieron atención especial tres ejecutivos, con sus maletines oscuros y su ropa elegante; la selva se había plegado a su indumentaria, los ejecutivos de Ultra Oil parecían los dueños del lugar. Conocían a los hombres del Drilling Team, y discutieron con ellos, con la condescendencia de jefes comprensivos, cuestiones cotidianas: Si ustedes están comiendo el almuerzo de ocho dólares, mal, sentenciaba Fofito Calvo con Poder, porque a ustedes les corresponde el menú de veinticuatro dólares, y tienen derecho a cambio de menú. El precio de los menús, los monos de trabajo, las instalaciones, las embarcaciones, los regalos a los niños, los helicópteros, las indemnizaciones a las comunidades, los centenares de trabajadores… El Gran Negocio, la Gran Inversión, el Dinero, el Poder ante el que yo también me doblegaba: a su pregunta curiosa por mi presencia, dije ser antropólogo dedicado a investigar las costumbres ancestrales. ¿Habría difundido el Guarda Malo mi presencia? 

Fueron ocho horas de espera hasta que Sargento Inflexible, responsable del embarque, llamó a los viajeros. Pedía el documento, comprobaba el nombre en la lista y franqueaba el acceso. Pero yo no estaba en la lista y el papel que me dio Buen Bobalicón no servía de nada sin la firma del responsable de recursos humanos de Ultra Oil. La inapelable sequedad de Inflexible me sumergió en una ola de contrariedad. Rogué, argumenté. Yo no puedo romper el procedimiento, tiene que estar firmada por recursos humanos, zanjó. Y quedó indiferente a mi desmayo, a la infección en mi oído, a mi creciente malestar bajo la luz cegadora del mediodía abrasador. Regresé a la sala de espera y uno de los miembros del equipo de perforación aprovechó para contarme aquella vez en que viajó al Reino de España como turista y las autoridades le retuvieron y le devolvieron a su país. Aquí no hacemos eso, aquí el trato es humanitario, te irás, ya verás, dijo en un tono que sonó a venganza.
En las mañanas, una procesión de trabajadores desfila hacia las instalaciones de Ultra Oil. 
regalo de navidad de ultra oil
Subí a uno de los carros que llevaba al Centro. El conductor me pidió que me pusiera el cinturón. Avanzamos lentamente. La carretera de tierra era espaciosa, llena de señales, bien afirmada. Por un margen corrían paralelos tres oleoductos. A ambos lados, pero mantenida a distancia, se elevaba la vegetación. Un pitido rompió el silencio. Eso indica cuando el carro pasa por encima de los 40 km/h, es como una caja negra, dijo el conductor con gravedad. Estos de Ultra Oil, che, son muy rígidos, no nos permiten nada, ni siquiera podemos hablar con la gente del pueblo, y con las mujeres nada, por supuesto. Llegamos al centro, una explanada despejada en la que se erigían barracones sencillos y funcionales de las distintas empresas. El conductor me señaló al responsable de recursos humanos. Se llama Desconfiado, informó. Yo rezaba para que Guarda Malo no hubiera comunicado a Desconfiado mi intrusión, y montaba una historia exculpatoria para tal caso. Desconfiado me miró de arriba abajo. Hay cupo sólo para gente de la comunidad, el jefe me escribe esta solicitud pero no dice quién eres, qué haces aquí, dijo Desconfiado. Soy antropólogo, estoy estudiando las costumbres ancestrales, dije poniendo cara de estudiante aplicado. Desconfiado, que era blanquito como yo, cogió la hoja y firmó con displicencia. Pese a ser Desconfiado, en ese instante me cayó muy bien, me dieron ganas de abrazarle, y comencé a tener en mejor estima a la industria del petróleo. 

Tras un confortable y rápido viaje, rico en medidas de seguridad, prohibiciones y procedimientos, llegué a Petroleros. Mi diarrea empeoró y mi infección de oído comenzó a ser preocupante cuando supe que no habría lancha a Ciudad Selvática durante semanas. La única manera de salir de esa tierra contaminada era, me informaron, en el avión de Ultra Oil. Fue Amable Indígena Fuerte Maduro, nuevamente, el que me consiguió un papelito de las autoridades locales solicitando cupo en uno de los tres vuelos diarios que realizaban los aviones de Ultra Oil hasta Ciudad Selvática. Así es que cada mañana, durante cuatro días, cruzaba el río O… hasta la base de Ultra Oil, y me sentaba a esperar a que el responsable de los vuelos me hiciera un sitio en los asientos destinados a los trabajadores de la empresa y los indígenas que, por enfermedad, debían ser trasladados al hospital de Ciudad Selvática. Yo interpreté lo mejor que pude el papel de enfermo desamparado en un lugar muy lejano. Cuatro días de espera, viendo desfilar a decenas de indígenas que iban y venían en las lanchas de Ultra Oil, que recibían sus cestas de navidad, que pedían atención médica, sintiéndome insignificante, odiando el Gran Poder del Petróleo, y deseando sus favores. 

Y fue al cuarto día que Simpatiquísimo Salvador, el responsable de los vuelos, al verme llegar por la mañana cargado con mi mochila me hizo un gesto inequívoco con el brazo. Te vas en el segundo vuelo, recoge tus cosas que hay que facturar. Y estuve a punto de abrazarle. Luego, a lo largo del día, tuve tiempo de conocer las instalaciones pulcras y ordenadas, los parterres floridos, la disciplina estricta, la puntualidad inglesa… El método escrupuloso de la compañía representaba exactamente lo contrario al petróleo derramándose descontroladamente por la selva y contaminando las personas y los animales, exactamente lo contrario a la profunda desestructuración que el dinero había producido en las sencillas sociedades indígenas. 

Me subí al avión agradeciendo la eficacia de Ultra Oil, maldiciéndoles secretamente, y recordando aquella letrilla satírica escrita cuatro siglos atrás por un escéptico contumaz, que muy bien se podía aplicar a los indígenas del rio O… y a este cronista de pacotilla:   

Más valen en cualquier tierra 
(¡mirad si es harto sagaz!) 
sus escudos en la paz 
que rodelas en la guerra. 
Y pues al pobre le entierra 
y hace proprio al forastero, 
poderoso caballero 
es don Dinero.

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