La pesca y la vida
La proteína básica en la dieta de los pueblos ribereños de la Amazonia se encuentra en el pescado. En lagos o ríos, en la selva inundada, con veneno, red, arpón o anzuelo. Pescar es un arte que se pierde a medida que la selva se degrada.

En la laguna de Yarinacocha, cercana a la ciudad de Pucallpa, trabajan gran número de pescadores profesionales, especialmente cuando se produce el fenómeno del mijano, un movimiento migratorio de los peces.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 214 de la revista Cáñamo, octubre de 2015.
La extraordinaria naturaleza amazónica nace en Los Andes, cuando el deshielo del verano da lugar a pequeños y cantarines hilos de agua que se convierten en nerviosos cursos, cuyo anárquico discurrir se atempera en el descenso, cuando se someten a sus tradicionales cauces, y comienzan a reconocerse ríos. Dos de ellos, el Apurímac y el Urubamba, copulan en el piedemonte y nace el Ucayali, que riega el territorio shipibo, quizás el espacio de mayor riqueza natural de toda la Amazonia. Los sedimentos que regala la joven cordillera colman de nutrientes los suelos de la cuenca, donde, con exuberancia inigualada, medra la vida vegetal, que un número incontable de especies animales aprovecha para vivir. Y peces, tantos peces que cuando Bernardo, que apenas tiene catorce años, empuña su flecha y sale a pescar a la laguna de Yarinacocha, tras un par de horas de actividad gozosa regresa a casa con enormes y deliciosos pescados. Su madre los limpia y prepara, ya sea asados, envueltos en hoja o en caldo, y cuando la comida está lista invita a todos voz en grito: “¡Pihue moa!” Vengan a comer ya. Todos juntos.
Bernardo es buen pescador pero aún no ha alcanzado el nivel de su papá, uno de los expertos de San Francisco en la captura del paiche, el gran pez amazónico que puede alcanzar tres metros y doscientos cincuenta kilos de peso, de sabrosa carne, muy apreciada por los comerciantes. Sale el hombre a bordo de su pequeña canoa tallada en gran tronco para enfrentar al peligroso animal, armado con un arpón y siglos de sabiduría. Rema hasta el centro de la laguna y espera pacientemente el burbujeo en la superficie, señal de que el gigante emerge de las profundidades en busca de oxígeno. Se levanta sobre la canoa, arma el brazo y clava el arpón en el lomo. Comienza el peligro: el paiche trata de escapar y arrastra la canoa, que se desliza veloz. El hombre se deja llevar en un primer momento pero paulatinamente jala de la cuerda anudada al arpón y se acerca al pez. Una vez ha recogido toda la cuerda, hace creer al animal en la posibilidad del escape, suelta nuevamente y el desgraciado pez se debilita en busca de la libertad. ¡Qué inteligente depredador es el ser humano! Al tercer o cuarto intento, el pescado inerme recibe dos machetazos en la cabeza y, muerto, es subido a bordo.
El destino del paiche no es tanto el consumo familiar como la venta. Desde que en el siglo XIX se establecieron rutas comerciales en el Amazonas, ha sido uno de los productos más comerciados. Una vez el gigante ha sido convenientemente troceado, salado y desecado, padre e hijo se dirigen al pueblo mestizo de Yarina o tal vez a Pucallpa, venden la carne y con el dinero obtenido compran pantalones, faldas, blusas, machetes, zapatos, azúcar, sal, ollas y otros productos.
Lo que te acabo de contar sucedió en los años cincuenta del siglo pasado. Fue tanto el intercambio de paiche por dinero (¡más de todo!, ¡es el desarrollo!) que en la laguna de Yarinacocha ya no queda ni ésa ni la mayoría de las especies que permitían la buena vida de la selva prodigiosa. En la comunidad shipiba de San Francisco de Yarinacocha el paiche sólo existe en la memoria de Bernardo, hoy un vigoroso setentón. Recuerda con nostalgia la abundancia de antaño. “A veces íbamos a agarrar con tarrafa [red redonda que se lanza desde la canoa], a veces con flecha. Había tucunaré grande… Ahora ya no hay. Demasiados peruanos, ya no hay pescado. Ahora el tucunaré cuesta quince soles [cinco dólares] el kilo. Bien carísimo. A veces el tucunaré pesa dos kilos: treinta soles. A veces palometa grande cuesta doce soles el kilo. Ya no se puede. Los pobres ya no pueden comer pescado; el pescado es de ricos”.

El abuelo Bernardo aún fabrica las flechas que empleaba en otros tiempos. Hoy queda ya poco pescado para picar en la laguna de San Francisco de Yarinacocha.
llegan los peruanos
Bernardo cuenta que en verano iba con sus mayores a pescar a Cashibococha, una laguna frecuentada por los cashibos, tradicionales enemigos de los shipibos. El abuelo de Bernardo le contaba que en su juventud los cashibos llegaban hasta el pueblo y les atacaban. “¡Eran bravos! Picaban a la gente con flecha envenenada. ¡Uhhh! Mucho peligro. Pero nosotros les hacíamos correr al monte, porque teníamos escopeta y ellos no. Ellos no eran civilizados, no querían civilizar, querían seguir así nomás, en el monte, desnudos”. Pobres cashibos: mucho me temo que fueron más veces víctimas que verdugos; al fin y al cabo, pese al supuesto peligro que representaban, los shipibos se desplazaban hasta Cashibococha, su territorio, con la certeza de llenar el fondo de su canoa con grandes ejemplares de doncella, un pescado de cuero muy apreciado por los shipibos. Sucedía en verano, cuando la sequía estacional hacía mermar el caudal de la red fluvial, las lagunas perdían su conexión con el río y los pescados quedaban confinados. El nivel bajaba tanto que apenas quedaba una capa de agua de cincuenta centímetros sobre el fondo. Bernardo cuenta los pescados estaban tan amontonados que se podían coger con las manos. En una ocasión no se contentaron con el pescado. “Vamos a buscar cashibos”, propuso el abuelo con un brillo divertido en los ojos. Bernardo sintió miedo: se acordó de las flechas envenenadas y tuvo ganas de regresar. Avanzaron hacia el otro extremo de la laguna, fijando su vista en las orillas, buscando movimiento. Estaban cerca de darse por vencidos cuando el padre de Bernardo, señalando hacia la orilla, susurró: “Allí”. Todos miraron atentos mientras se acercaban precavidamente. Pero cuando fijaron su atención se llevaron una gran sorpresa. En vez de cashibos desnudos armados hasta los dientes distinguieron a peruanos vestidos, empuñando machetes, entregados a despejar una amplia franja de monte en el que unos meses más tarde habrían de entrar vacas y cerdos, sembríos de maíz y arroz: los peruanos habían llegado a Cashibococha.
En los cincuenta eran unos miles, pero los invasores siguieron llegando de manera intensa y se reprodujeron hasta ser más de medio millón de explotadores de un bosque tan exuberante como frágil. Arrasaron. Y sin embargo, aún hoy hay algunos momentos del año en el que un pálido reflejo de la antigua prodigalidad de la selva irrumpe en la cotidianidad: el mijano. En febrero, las aguas de Yarinacocha presentan su máximo nivel, lo que dificulta la pesca. “Mucha agua, el pescado se esconde”, dice el dicho. Paradójicamente, cuando la creciente alcanza su cota máxima el Ucayali se conecta con lagunas al fondo del bosque que permanecen aisladas, a veces durante años, donde abunda el pescado. Entonces grandes bancos de peces salen al río y lo surcan con destino a otras lagunas, como la de Yarina, donde lo más seguro es que caigan en las redes de personas como Elvis, el nieto del viejo Bernardo.

Elvis y su primo, shipibos de la comunidad de San Francisco de Yarinacocha revisan su red durante el mijano, un fenómeno que devuelve por unos días al año la abundancia de pescado de otros tiempos.
El puerto de San Francisco presenta gran actividad. En pequeñas canoas, los vecinos de la comunidad recogen los pescados de sus redes, que devuelven a las aguas verdosas. Pálido reflejo: los pescados no han alcanzado su madurez. Elvis, que tiene el aspecto universal del universitario que es, cuenta ya diecinueve años pero su cuerpo no ha desarrollado musculatura de hombre de monte. Revisa su malla bajo el sol intenso, en la tarde calurosa y húmeda. Me saluda con un gesto propio de cantante de reguetón o jugador de baloncesto de la NBA. Cuenta que ha pasado el día pescando (algo que no ha hecho en los últimos seis meses) y que ha capturado veinte kilos. Además de los pescadores artesanales de la comunidad se ven también botes de hasta diez metros, propulsados por motores fuera borda, ocupados por grupos que faenan con grandes redes. “Son pescadores de Yarina”, explica Elvis. “Pescan para vender”. En realidad Elvis y su familia también destinan parte del pescado a la venta, para sufragar los gastos de la universidad; lo que Elvis quiere decir es que los otros son pescadores profesionales. La ganancia, para unos y otros, no es grande; puesto que hay tanto pescado, el kilo se paga a dos soles, menos de un dólar.
La gaseosa que tomamos en una tiendita de la comunidad cuesta setenta céntimos de sol. Elvis estudia educación en la Universidad Nacional Intercultural de la Amazonia; sus delicadas manos, llenas de arañazos, dan fe de ello. Explica que la pesca ha dejado de ser practicada por los muchachos de la comunidad, centrados en los estudios. “Si estamos en clase no tenemos ganas de pescar”. Muy de vez en cuando sale a pescar con los compañeros de la universidad, aunque lo que más le gusta hacer los fines de semana es “salir a bailar, a divertirme un poco”. Le pregunto si otros muchachos de San Francisco pescan. “Algunos pero no todos. Porque no tienen canoa, no tienen flecha. Algunos no tienen nada. No tienen remo ni anzuelo”.
De vuelta a la gran cocina familiar, como si la abundancia de pescado nos hubiera trasladado a otros tiempos, me encuentro a la familia engullendo hasta el hartazgo. En la mesa hombres y muchachos; en el suelo, alrededor del fuego, la gorda Mercedes al mando, rodeada de ollas, hijas y nietas, comiendo con las manos un menú a base de boquichico, de talla pequeña pero pescado fresco de la laguna al fin y al cabo. Es una gente muy generosa pero no es tan frecuente que me inviten a comer, porque la comida es cara y no tienen muchos recursos. Pero en esta ocasión, cuando la matriarca me ve, se apresura a gritar como en otros tiempos. “Carlos, ¡pihue moa!”. Ven a comer ya. Todos juntos.

El río Ucayali, fuente del Amazonas, avanza trazando vueltas y creando a su paso lagunas antaño ricas en pescado.
LAGUNAS CAPRICHOSAS
Las lagunas que jalonan el curso del río Ucayali son fruto de su vigoroso devenir. El Ucayali es un río de meandros que la fuerza de la enorme masa de agua llega a convertir casi en circunferencias.

La circunferencia nunca se hace realidad porque cuando ambos extremos se conectan el río sigue derecho y la antigua vuelta queda a un lado, conectada al curso pero ajena a su correr.

En estas lagunas, el pescado suele ser especialmente abundante, y los shipibos siempre han optado por establecerse en sus orillas y obtener comida con facilidad: una despensa natural.
La laguna de Vencedor, en el río Pisqui, un afluente del Ucayali, no es natural sino fruto de la capacidad humana para moldear la naturaleza sin dañarla. A mediados de los noventa, el río iniciaba, cincuenta metros por debajo de esta comunidad shipiba, una gran vuelta cuyos extremos acabarían por unirse en pocos años. Los vecinos querían acelerar el proceso para crear una laguna-mercado, y decidieron abrir un canal que uniera uno y otro lado. Primero despejaron un camino de dos metros de ancho, arrancando de raíz cualquier palo que se interpusiera. Después cavaron una zanja de un metro de anchura y metro y medio de profundidad. Con la primera creciente, en enero, el agua entró y comenzó a llevarse todo por delante, grandes palos incluidos. Al término del primer invierno el canal se había convertido en un curso de veinte metros de anchura. Un año después, el Pisqui había cambiado definitivamente de curso y los vecinos de Vencedor eran dueños de una hermosa laguna, que en este momento surco con Omar y Darwin para llenar con pescado el fondo de la canoa.
UN ADULTO DE DIECISIETE AÑOS
A sus diecisiete años Darwin es un adulto, puesto que ya tiene su mujer y su hijita, y es capaz de conseguir para ellas la proteína fundamental: el pescado. Mientras su hermano Omar, de catorce años, impulsa la canoa a remo desde la popa, Darwin se coloca en la proa, dispuesto a lanzar la tarrafa en cuanto advierta la señal en la superficie. Lanza sin resultado tres o cuatro veces; lo hace con gran pericia, fuerza y equilibrio. “Ocho kilos”, estima Darwin que pesa la red. Sus gemelos son anchos, lampiños, fibrosos, y sus pies fuertes. Tiene una figura escultural. Viste un short verde y una camiseta de fútbol del Bayern de Munich; se protege del sol con una gorra. Súbitamente un lagarto de dos metros se zambulle en la orilla cercana. Una tortuga toma el sol en un tronco. Omar señala animales para mi cámara fotográfica como si él fuera guía y yo turista. El Pisqui, lejos de las ciudades, sigue siendo un lugar rico en fauna. Nos acercamos a la orilla, cubierta de vegetación acuática. “Aquí hay bastante boquichico, en el gramalotal”. Darwin escudriña buscando el preciado pez. Sentado en la proa, ha cambiado la tarrafa por el arco y la flecha. Dispara dos veces, con éxito, pero son ejemplares pequeños. “Hay que tarrafear”, decide. Poco después Darwin advierte un banco de pescado y vuelve a lanzar. A la media hora el fondo de la canoa está tapizado por diez kilos de pescado para comer y regalar.
El pescado es tan importante en la dieta de los shipibos que en su idioma la palabra yápa significa tanto pescado como comida. Para proveerse del alimento fundamental han desarrollado a lo largo de los siglos innumerables técnicas, adaptadas a las distintas especies que ocupan hábitats dispares. Se calcula que en la Amazonia peruana hay más de ochocientas especies de peces, y casi un centenar son consideradas por los shipibos buenas para comer. Las encuentran en los grandes ríos, en las pequeñas quebradas en el bosque, en charcos, en lagunas, en los bosques inundados… Las capturan con redes, anzuelos, venenos, trampas, flechas o arpones… Es habitual ver a niños de cinco o seis años en el puerto de la comunidad de Vencedor, armados con su vara y su anzuelo, entregados a la pesca con pasión, jugando y aprendiendo. A medida que crecen, acompañan a sus mayores en expediciones de pesca algo más exigentes.

Darwin, pescando con flecha en la cocha de Vencedor.
el hijo "afasi"
Ananías, que tiene trece años, viene a buscarme el sábado a las cuatro y media de la madrugada, poco antes de que despunte el alba. En el puerto espera Reinón, su padre. Embarcamos en la canoa y surcamos, con otro hijo y un vecino, el Chato, que impulsa la canoa con una larga pértiga, como un gondolero. Río arriba, en la otra orilla, echamos pie a barro (estamos en época de lluvias), atravesamos el fundo ganadero de un vecino mestizo y seguimos por un camino, abierto para la extracción de madera. A medida que avanzamos el camino se estrecha y la vegetación se espesa. Reinón se detiene con frecuencia para señalar las huellas recientes de un pecarí o un tapir, o para indicarme las propiedades de una y otra especie vegetal. “Ajosacha”, dice mientras arranca una plantita y me hace oler la raíz. Cuenta que de muchacho su padre le levantaba a las cuatro de la mañana, le hacía tomar un preparado con esa planta y le mandaba al monte, sin desayuno, solo, para que trajera carne o pescado a la casa. Esa disciplina conocida en el castellano regional como “dieta”, era parte fundamental de la formación de las generaciones anteriores.
Dos horas después el camino deja de existir: apenas se intuye el paso de personas en la ligerísima depresión de las hojas que tapizan el suelo. Llegamos a un arroyo de un metro de anchura, de aguas verdes y opacas, que se empoza cada tantos metros. Sin preámbulos, como niños que se entregan a un juego, dejan sus pertrechos en un pequeño claro, consiguen una vara flexible y anudan un sedal de nailon verde con anzuelo. El cebo son pedacitos de pescado que han traído en la mochila. Reinón reta a su vecino y a sus hijos: “A ver quién chapa más”. Y no transcurre ni un minuto antes de que saque del agua un ejemplar de fasaco de casi un kilo. Su vecino, el Chato, no se queda atrás. En una hora Reinón ha capturado veinte o veinticinco grandes pescados; entonces dejan de picar y nos movemos, siguiendo el curso de agua gracias a caminitos casi indistinguibles; así actúan los vecinos de Vencedor sobre la naturaleza, alterándola lo mínimo para disfrutar de sus dones largamente. El abigarrado piar de los pájaros, una sinfonía, celebra su determinación.

Ananías, tratando de pescar.
Me canso de atestiguar, empuño mi vara y me entrego, como ellos, a la pesca. Para mi sorpresa, los peces pican con frecuencia y no tardo mucho en sacar cinco ejemplares. En esa tensión de la pesca, en esa espera alerta, en esa búsqueda del espacio apropiado, no me doy cuenta de que estoy bajo de un árbol invadido por hormigas de un rojo claro. Cuando saco mi sexta pieza, con un movimiento brusco de la vara, el pescado describe la parábola por encima de mi cabeza y golpea el hormiguero; furiosas, las hormigas me propinan dolorosos mordiscos venenosos en el pelo, la cara, el tórax y los brazos.
Cuando me repongo del susto escucho la voz recia y lejana de Reinón. “¡Vamos ya!”. De vuelta al punto de partida me los encuentro listos para salir. Me preguntan cuántos pescados he chapado. “Seis”. “Más que Ananías”, observa el Chato. “No creo”, respondo. Pero Chato no está haciendo una suposición; Ananías, el hijo de trece años de Reinón sólo ha chapado dos. “Es afasi”, suspira con resignación su padre: es perezoso, no se le da bien el trabajo, quiere decir. Tal vez debería hacerle dietar, pienso, como antaño: enviarle solo al monte, a las cuatro de la mañana, alimentarle sólo si trae carne o pescado suficiente. El problema es que Ananías va al colegio: está aprendiendo otras cosas.