La chagra de doña Eufracia y don Pijachi

Un requisito imprescindible para la autonomía: producir tu propia comida, en tu propio territorio. La chagra o plantación tradicional, esencial en las culturas amazónicas, es garantía abundancia y ejemplo de cómo aprovechar la naturaleza sin menoscabarla.
Doña Eufracia aprovecha las horas de la tarde para desyerbar y sembrar su chagra.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 215 de la revista Cáñamo, noviembre de 2015. 
Doña Eufracia y don Pijachi despiertan con el alba, se visten rápido y echan andar. Dejan atrás las últimas casas de la comunidad indígena de San José, a seis kilómetros de la ciudad de Leticia, en la Amazonia colombiana, y atraviesan un paisaje donde la huella del ser humano es tristemente visible. La selva primaria dejó paso a una finca ganadera, hoy abandonada a una vegetación que ya nunca pasará de hierba rala sembrada de pañales desechables, latas oxidadas, vidrios rotos, pilas, papeles y plásticos… El municipio de Leticia no presta servicio de recogida de basuras en las comunidades indígenas aledañas, aunque las utilice como reclamo para la gran apuesta productiva de la región: el etno-eco-turismo. 

Mientras doña Eufracia y don Pijachi continúan su camino, recuerdan que tres décadas atrás, las mismas quebradas sucias y estancadas que hoy sortean hervían de pescado; que no había que caminar mucho para encontrar cacería; que en vez de esa vegetación joven y degradada se erigía un monte virgen proveedor de materiales de construcción y medicina. 

Veinte minutos a buen paso y llegan a su linda quebrada, que han preservado con esmero sembrando decenas de palmas de canangucho, especie favorecedora de humedales. Tras cruzar el pequeño curso de agua comienza su finca, tres hectáreas en las que practican cada día el conocimiento cultural sobre el que se fundamenta cualquier sociedad: la producción de alimento. De la modesta casita sacan ollas y consiguen agua en el manantial cercano para preparar el desayuno que ofrecerán a los participantes en la minga con la que esta calurosa mañana de sábado comenzarán a establecer su nueva chagra.
 El primer paso de toda chagra: tumbar la selva. 
TRADICIÓN FUNDAMENTAL
La chagra es una de las expresiones culturales más importantes de la gran mayoría de las sociedades indígenas amazónicas (a excepción de las culturas nómadas de caza y recolección, hoy sedentarizadas). Los alimentos que se producen constituyen la parte más importante y regular de la dieta y, en consecuencia, exigen la mayor inversión de trabajo, generalmente femenino. Las chagras se establecen mediante el sistema de tala y quema: la producción sería imposible bajo el frondoso dosel selvático, que impide la llegada de luz a los estratos más bajos. Además, los suelos amazónicos son, singular paradoja, extraordinariamente improductivos debido a su acidez. Así, mediante la tala se permite la luz mientras la quema purifica el lugar de malezas e insectos indeseables al tiempo que las cenizas enriquecen el suelo temporalmente: después de dos o tres años, cuando los nutrientes hayan sido consumidos y la producción comience a declinar, se abrirá chagra en otro lugar, en un sistema rotativo que, lejos de atentar contra el bosque, refuerza su biodiversidad: entre los cultivos de primera necesidad y maduración anual, los indígenas siembran frutales que con el paso de los años alimentarán a los humanos y a una multitud de seres del bosque, circunstancia que aprovecharán los cazadores para encontrar presa con facilidad. 

Para hacer su chagra, doña Eufracia y don Pijachi han convocado una minga, una forma de trabajo esencial en la sociedad indígena. Donde la mayoría de las actividades productivas se llevan a cabo de manera personal o familiar, sin mucha gente ni complejas estructuras especializadas y jerárquicas, existen ocasiones en las que la colaboración de un grupo más numeroso de personas resulta necesaria. El establecimiento de una nueva chagra es una de esas ocasiones en las que se pide la colaboración de la familia extensa y los vecinos más cercanos. No hay, sin embargo, jefes o dinero, obligación o contrato; sólo acuden quienes tienen ganas de echar un rato de actividad física, en buena compañía. No hay pago sino reciprocidad: hoy por ti, mañana por mí. No hay dinero pero no puede faltar la comida, por eso la minga comienza con un desayuno abundante. A los participantes, cuando llegan, se les ofrece caguana de piña (bebida espesada con almidón de yuca), casabe (torta de harina de yuca), y caldo de pescado con tucupí (una salsa picante también obtenida a partir de la yuca). Aquellos anfitriones que no atiendan con generosidad a sus invitados-colaboradores, podrían ser fácilmente tildados de miserables y tendrían dificultad para atraer aliados en su próxima convocatoria. 

La mayoría de los invitados son vecinos de la comunidad de San José, una amalgama multiétnica donde son notables los efectos de la ciudad de Leticia, que frisa los cuarenta mil habitantes. Pocos vecinos tienen su propia chagra, lo que representa una mala suerte de amputación cultural, una pérdida definitiva de autonomía, un empujón más hacia la dependencia del mercado. Quizás por eso se les ve llegar contentos y recibir su desayuno tradicional con alegría. Luego, con el estómago lleno, trabajan entre bromas y chismes, aplicados con el machete a eliminar la vegetación menor (hierbas, matorrales, arbolitos): es la roza o zocala, el trabajo que toca hoy. Relajadamente, interrumpiendo el trabajo cuando lo desean, reponiéndose con caguana atentamente servida por doña Eufracia, los machetes se blanden con pericia. Una hectárea es zocalada en una mañana de trabajo. La jornada termina al mediodía. A los trabajadores se les regala una torta de casabe y un pescado ahumado, y se les emplaza para la próxima minga, en la que, hacha en mano, se habrán de tumbar los árboles más gruesos.
El casabe, una torta hecha a base de harina de yuca, no puede faltar en la minga. como regalo a las personas que colaboran. 
CAUCHO ATROZ
Como la mayoría de sus invitados a la minga, doña Eufracia Kuyuedo, de la etnia huitoto, y don Arsecio Pijachi, de la etnia ocaina, nacieron lejos de Leticia. Ellos proceden del río Igará-Paraná, en el interfluvio Caquetá Putumayo, los dos grandes ríos paralelos que cruzan la selva colombiana de oeste a este y que ya en territorio brasilero desembocan en el Amazonas. Son gente de una alegría a prueba de bombas. Es difícil entrever, en un primer momento, de qué forma el genocidio, ¡el horror!, ha marcado los pensamientos y los actos de los descendientes de los Huitoto, Bora, Muinane, Ocaina, Andoque, Nonuya y Miraña, etnias emparentadas que los antropólogos han englobado bajo la denominación de “la Gente del Centro del Mundo”. 

El horror, a finales del siglo XIX y especialmente en la primera década del XX, fue desencadenado por la eclosión de la industria automovilística y su necesidad de goma para fabricar las cubiertas de las ruedas. La vorágine atroz, la maldad sin cortapisas, la avaricia insaciable, quedaron personificadas en el peruano Julio César Arana, barón del caucho, señor feudal de un territorio mayor que Portugal, que desplegó a sus agentes del mal con la orden terminante de recolectar caucho, a toda costa. Aunque no eran sus capataces quienes se adentraban en el bosque cada día siguiendo trochas que conectaban los ejemplares diseminados del Hevea brasiliensis; ni quienes hacían incisiones en la corteza para que manara la savia; ni quienes después de recolectar componían grandes bolas de goma. No, los capataces de Arana permanecían en las “estaciones”, donde hacían acopio y esperaban a que los vapores de la Casa Arana embarcaran el precioso cargamento rumbo al mundo “civilizado”. Pero hacían algo más, con el fin de asegurarse de que los indígenas trabajaran sin descanso: esclavizaban, violaban, torturaban y mataban de manera sistemática y generalizada, en formas tan retorcidas y asquerosas que no se pueden imaginar. El horror, sí, el horror que no se ve cuando se admira el magnífico teatro de la ópera de Manaos, la casa de hierro que Gustave Eiffel diseñó para la Plaza de Armas de Iquitos. Qué ingentes cantidades de sufrimiento para qué sinfín de absurdos lujos. 

A mediados del siglo XX, décadas después del holocausto y la diáspora, la Gente del Centro recuperó su Mundo: el territorio y los conocimientos ancestrales asociados a su manejo. Doña Eufracia y don Pijachi, nacidos en los cincuenta, escuchaban con una mueca de horror los cuentos de los abuelos. Por lo demás la vida era placidez y abundancia de territorio, de carne y pescado, del conocimiento con el que explotar la naturaleza exuberante sin menoscabarla. Don Pijachi aprendió a cazar y a pescar, a construir casa, a tallar canoa y remo, a tejer canastos y cernidores… Doña Eufracia aprendió a cultivar, a procesar la yuca en mil maneras, a recolectar alimentos silvestres, a distinguir las propiedades medicinales de ciertas plantas… Juntos, un hombre y una mujer, poseían los conocimientos necesarios para vivir de manera autónoma en el bosque sin causarle daño, como siempre había sido. El blanco raramente llegaba a sus casas, espaciadas en un territorio amplio y poco poblado, pero su presencia era otra vez determinante. Misioneros catalanes habían establecido un internado en la Chorrera, en el curso medio del Igará-Paraná, que atraía niños y niñas indígenas de toda la cuenca a aprender las cosas del blanco. Recuerdos traumáticos: doña Eufracia cuenta que se les prohibía hablar la lengua materna; a quien se le sorprendía haciéndolo, se le amordazaba, excepto a la hora de la comida, durante una semana (paradoja: los represores se comunicaban entre sí en catalán mientras la dictadura franquista reprimía su lengua materna en Cataluña para imponerles el castellano). Recuerdos contradictorios: doña Eufracia desgrana bondades de monjas que le enseñaron a coser, de curas que le dieron trabajo en la ciudad de Leticia cuando decidió emigrar.
Las caucherías del Putumayo, uno de los genocidios más crueles de la historia de la humanidad y, sin embargo, en gran medida desconocido. 
PLURICAPACIDAD
Don Pijachi es un hombre de habilidades varias. Hace honor a lo que el antropólogo suizo Jürg Gasché ha denominado pluri-capacidad, un atributo que le permite abordar con soltura múltiples tareas. Su físico es incombustible, su musculatura hercúlea, de decatleta. Conoce las propiedades prácticas de cada planta como tú sabes qué se puede obtener en cada una de los comercios de la ciudad; trepa a los árboles con seguridad pasmosa; cruza los ríos en equilibrio imposible sobre delgados troncos-puentes. Es un constructor inigualable: te monta un confortable campamento en la selva en un pispás. Luego por la noche sale de cacería y no hay armadillo o boruga que se le resista. A cazar aprendió con su tío, siendo un muchachito, durante la bonanza de las pieles, allá por los setenta. Se internaban en el monte durante semanas, cazando tigres y tigrillos, para vender la piel a los comerciantes que entonces surcaban el Igará-Paraná, pieles que luego llegarían a los comercios de todo el mundo en forma de abrigos o bolsos o adornos. Qué lejos quedaba la elegancia de los compradores urbanos del desastre medioambiental que su vanidad causó. En aquellas expediciones don Pijachi forjó el conocimiento que le ha convertido en el guía preferido para turistas e investigadores que quieren adentrarse en la selva que rodea Leticia. ¡Qué espectáculo es verle evolucionar en el monte! 

La manera en la que don Pijachi emplea el hacha es otra de sus múltiples habilidades, que despliega en todo su esplendor durante la segunda minga, siete días después de la primera, en la que se tumban los árboles de mayor tamaño. Aunque ya no hay un territorio interminable para ir de un pedazo de selva a otro, don Pijachi y doña Eufracia se las han apañado para, en sus tres hectáreas, modesta extensión, rotar los espacios destinados al cultivo de forma que la tierra descanse y medre la vegetación que en su momento se convertirá en nutritivas cenizas. Estos árboles que caen con quejidos casi humanos, se secarán durante las siguientes semanas preparándose para arder. Mientras las hachas hienden la madera, resulta fácil comprender por qué los indígenas franquearon la entrada a misioneros españoles y esclavistas portugueses. Llegaban con hierro, una revolución tecnológica de tal calibre que, para obtenerlo, los pueblos del Amazonas aceptaban las condiciones de los padres misioneros para concentrarse en los pueblos que fundaban y seguían sus dinámicas rituales; o realizaban correrías para capturar a otros grupos enemigos para entregárselos a los portugueses. Un poder al que nadie quería ni podía renunciar; un poder que permitía tumbar en un día lo que antes, con piedra, podía demorar semanas; un poder que forzaba al contacto y al intercambio a pesar de las catastróficas epidemias que desencadenaron los europeos. 

Que la tumba sea un trabajo tradicionalmente masculino no significa que doña Eufracia no pueda llevarla a cabo: la he visto manejar el hacha con una destreza semejante a la que demuestra un experto en artes marciales sable en mano. Tigre y dragón, doña Eufracia es una mujer extraordinaria, de fortaleza y determinación asombrosa, digna de epítetos superlativos. Su capacidad de aguante no tiene límite. En cierta ocasión un duro golpe en el antebrazo le impidió trabajar con comodidad. Dolorida, continuó con sus labores (cargar, machetear, golpear). Cuando tiempo después acudió al hospital, la radiografía desveló una fractura total del radio, lo que no impidió que siguiera con su ritmo (cargar, machetear, golpear). En otra ocasión una ralladora motorizada, utilizada para desmenuzar la yuca, le pilló la punta de un dedo; al verla colgando doña Eufracia decidió que lo mejor sería arrancársela; lo intentó, con fuerza pero sin eficacia. Tuvo suerte, en el hospital lograron recomponerle el dedo. Su chagra es famosa en Leticia, objeto de estudio por parte de investigadores diversos, atracción para los etno-eco-turistas. Y la comida que produce en ella, la comida de sus ancestros, es un delirio que se cotiza al alza.
Don Pijachi, después de terminar la tumba de la que será su próxima chagra. 
quemar
Han pasado varias semanas desde la segunda minga. El sol ha tapizado el claro con los ocres de la vegetación desecada. Don Pijachi y doña Eufracia, antorcha en mano, caminan por el perímetro prendiendo la hojarasca; el fuego se extiende hacia el centro convirtiendo la paleta de marrones en paleta de grises: del blanco al negro no falta ni un tono. El suelo humeante se enfría durante un par de días antes de proceder a la siembra, un trabajo para el que se convoca sólo a la familia. 

Y allá que llegan las hijas y los yernos, los sobrinos y las nietas. Los hombres se arman con el azadón y remueven la tierra de metro en metro; siguen los niños enterrando las estacas de diferentes variedades de yuca, sin lugar a dudas el cultivo fundamental, el tubérculo suyo de cada día. Doña Eufracia recoge palos a medio quemar, los apila y prende hogueras aquí y allá, donde más tarde sembrará plátano, siempre exigente en nutrientes. Con una vara gruesa y puntiaguda se abren huecos en los que alternativamente se siembran colinos de piña o semillas de maíz. A lo largo de las siguientes semanas, doña Eufracia (la siembra es tarea esencialmente femenina, aunque don Pijachi también ayude) sembrará lulo, ají, pimentón, zapallo, ñame, banano, tomate, fríjol, caña de azúcar y un etcétera intercalado que garantizará una deliciosa variedad en la mesa; esta agrodiversidad, además de suculenta, constituye una defensa contra las plagas que con frecuencia asolan los monocultivos de los “blancos”.
Anitalia Pijachi, hija de doña Eufracia y don Pijachi, dos meses después de la siembra de la yuca. 
comer
Un año después la yuca está lista para ser cosechada y procesada. Aunque hay variedades que simplemente se arrancan, se pelan, se cocinan y se comen, qué rica, la que prefiere la Gente del Centro del Mundo, doña Eufracia y los suyos, requiere un procesamiento para hacerla comestible. La llamada yuca “brava” contiene un veneno mortal (hay gente que lo averiguó pero no pudo contarlo) que debe ser eliminado mediante ciertas técnicas. Ese trabajoso procesamiento comienza un día cualquiera en el que doña Eufracia y don Pijachi se levantan tempranito, se van a la chagra y arrancan tres costales de yuca, que pelan pacientemente, lavan y sumergen en el agua de su quebrada para que madure durante tres días. Al tercer día es fiesta familiar. La fiesta del casabe. Una procesión de hijas, nietos, sobrinos o tías, se dirige a la chagra con gran alegría. Cuando llegan ya está doña Eufracia liada desde hace un rato en la canoa vieja que hace las veces de batea. Allí ha colocado la yuca madura y la machuca con un pesadísimo mazo de madera. En un matafrío o exprimidor se extrae el agua de la masa, que vuelve a la batea, donde es nuevamente machucada. Entonces, desmenuzada, se pasa por un fino cernidor para retirar las fibras gruesas y dejar una fina harina, con la que se forman unas tortas que se tuestan sobre un gran plato de barro cocido. Listo para comer. 

Todo esto, que parece un procedimiento técnico es una fiesta y una reivindicación. Porque mientras se prepara el casabe don Pijachi ha traído un par de piñas, una hija ha recolectado un canasto lleno de umarí (fruto delicioso y contundente) la prima está asando unos deliciosos pescados (traídos desde Leticia, pues en la quebrada sólo quedan unos pececillos), los niños se remojan sin fin en la quebrada, se intercambia un chiste por una risotada, y un chisme por una exclamación de asombro. Hay comida, hay autonomía, hay identidad. Y hay alegría.

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