La flor de los secretos

Canachiari, toé, borrachero, burundanga, floripondio, trompetas del ángel o campanitas, son algunos de los nombres que ha sugerido en América lo que la ciencia occidental etiquetó como brugmansia. Tras la delicada belleza de su flor, esta planta esconde propiedades extraordinarias e inquietantes. Preferida para adornar los jardines, reverenciada por sus indicaciones terapéuticas, empleada para encontrar objetos robados y descubrir infidelidades conyugales, temida por su poder letal, la brugmansia forma parte de la farmacopea de decenas de etnias indígenas.
La bella flor de la brugmansia ha sugerido diversos nombres en Suramérica: floripondio, toé, campanitas, trompetas del ángel. Para los shipibos: canachiari.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 140 de la revista Cáñamo, agosto de 2009. 
De la mesa de mi casita sin puertas, abierta a quien quiera entrar, han desaparecido en mi ausencia unas gafas y una memoria USB. Tras cerciorarme de la desaparición, lo comunico a las autoridades de la comunidad indígena en la que vivo: Vencedor, un pequeño poblado de la etnia shipiba, en la Amazonia peruana. El suceso desata una serie de acontecimientos que revelan la particular relación que los indígenas de la selva mantienen con las plantas. En primer lugar, los vecinos se manifiestan consternados y, bajo su aparente tranquilidad, bulle la necesidad de dar con el ladrón. La primera medida es convocar una asamblea extraordinaria a la que acuden prácticamente todos los vecinos. Los comuneros discuten en su idioma cómo solucionar el problema del robo. Es sorprendente verlos tan preocupados y al tiempo tan relajados, sin crispación: unos tumbados indolentes, otros riendo la gracia del orador de turno. Sólo las autoridades permanecen muy serias, moderando la deliberación. Me piden que describa los objetos robados. Les explico que son unas gafas para leer que sólo me sirven a mí, pero recalco que lo importante está en el aparatito, donde guardo meses de trabajo. Tras media hora de parlamento, las autoridades abandonan el local. Pasan junto a mí en silencio, circunspectos, erguidos. “Han ido a visitar al doctor”, me informa otro comunero a mi lado. “No te preocupes Carlitos, porque Pedro va a tomar su canachiari y lo va a encontrar”. Lo del canachiari –que es el nombre que los shipibos le dan a la brugmansia– causa una excitación risueña en la gente. “¡Vamos a hacer investigación! ¡Lo vamos a encontrar seguro!”
Pedro Pérez y una de las formas de entrar en contacto con el espíritu de la planta, la noche de la “investigación”.
LA INVESTIGACIÓN DEL DOCTOR
Aunque son muy pocos los shipibos que han experimentado el misterioso mundo del canachiari, todos confían plenamente en que gracias al poder de la planta se encontrará el objeto robado y se descubrirá al ladrón. Ése es precisamente uno de los principales usos por el que tradicionalmente los doctores –es decir sabedores, es decir chamanes– shipibos y de otras etnias amazónicas han usado tradicionalmente la brugmansia. El doctor a quien se encarga la “investigación” es Pedro Pérez, un hombre enjuto, pequeño, de piel descolgada por sesenta años de vida, cuarenta y cinco de los cuales los ha dedicado a aprender de las plantas maestras. Con su aire distraído, Pedro asegura que “el canachiari es un tronco que sabe mucho y enseña muchas cosas”. “Si tú estás aquí y quieres ver a tu mujer, que está lejos, tomas el canachiari y te lleva a ver a tu mujer. Ves si está cultivando, si está cocinando…”, o si está con otro hombre, se le olvida decir, pues ése es otro de los usos típicos de la brugmansia: el control de la infidelidad. 

Tras aceptar el encargo de encontrar al ladrón el doctor se dirige a su huerto, en el que hace crecer dos plantas de unos cuatro metros de altura, si bien este arbusto o pequeño árbol puede alcanzar los diez metros. Allí recoge cuatro grandes hojas de 30 o 40 centímetros de longitud y unos 15 de anchura. Mientras lo hace explica una de las formas más comunes de consumo de esta poderosa planta: una infusión a base de dos hojas, pero advierte del peligro de tomarla de esta forma. “Un poquito nomás”, y acota con sus dedos pulgar e índice un par de centímetros sobre la pared de un vaso imaginario. Asegura que cuando la ocasión requiere una dosis mayor, la mareación puede durar hasta tres días. “Hay que ser muy fuerte. No todos pueden aguantar”. 

La segunda forma de administración la presencio por la noche. Pedro se presenta en mi casa cargado con su mosquitero y una bolsa de la que extrae las cuatro hojas de brugmansia. Me pregunta dónde guardaba las cosas que me robaron. “En la mesita”. Después de colocar el mosquitero se sienta junto a la mesa y dice: “Aquí voy a hacer mi trabajo”. Acto seguido se pone dos hojas en la frente, dos en el cogote, y con una cuerda las fija a la cabeza. “Te las pones a las siete de la tarde y a las doce te agarra la mareación”. Entonces inclina la cabeza sobre la mesa y comienza una oración en shipibo. Luego se mete en el mosquitero y me invita a que yo me meta en el mío y permanezca en silencio. Justo antes del amanecer escucho como Pedro recoge sus cosas y se va.
El maestro shipibo Roger López recolecta hojas de canachiari, en San Francisco de Yarinacocha.
exploradores e industria
El de la brugmansia es un género de seis especies de la familia de las solanáceas, nativo de las regiones subtropicales de Suramérica. En principio se la consideró perteneciente al género datura porque está estrechamente relacionada con ésta, aunque después se clasificó en un género aparte. Se sospecha que el descubrimiento indígena de las propiedades de la brugmansia proviene del conocimiento de su pariente cercana, la datura, que los antepasados asiáticos de los aborígenes americanos trajeron al nuevo continente cuando cruzaron el estrecho de Bering hace tal vez treinta mil años. En Suramérica se dieron cuenta del parecido de la datura con la brugmansia, la probaron y descubrieron que tenía propiedades semejantes. 

Viajeros y exploradores europeos reportaron su uso desde el siglo XVI. Según un informe de 1589 en Tunja –una ciudad de Los Andes colombianos–, entre los muiscas: “Cuando un jefe moría, lo acompañaban a la tienda su mujer y sus esclavos, quienes eran enterrados en diferentes estratos de la tierra, en los cuales no faltaba oro. Para que la mujer y los pobres esclavos no temieran su muerte, antes de que vieran sus horribles tumbas les daban una bebida preparada con la mezcla del tabaco embriagante y las hojas del árbol que llamamos borrachero –otro de los nombres de la brugmansia–; de esta manera sus sentidos no veían el daño que pronto les sobrevendría”. Otros exploradores egregios de los siglos XVIII y XIX, como De la Condamine, Von Humboldt y Bonpland, también observaron su uso en distintos grupos indígenas. Una interesante descripción de los efectos de la planta es la del naturalista suizo Johann Tschudi, en Perú en 1846: “El nativo cayó en un pesado estupor, fijó sus ojos inexpresivos en el suelo, su boca permaneció convulsivamente cerrada y las fosas nasales se dilataron. Después de un cuarto de hora sus ojos empezaron a girar, brotó espuma de su boca y todo el cuerpo fue presa de terribles convulsiones. Una vez que pasaron estos síntomas violentos siguió un profundo sueño que duró varias horas. Cuando el sujeto se recobró, relató las particularidades de la visita que hizo a sus antepasados”. 

¿Sería ese profundo sueño que describe el cronista lo que en literatura médica se conoce por coma? Porque ésa es precisamente una de las consecuencias que, según las investigaciones de la industria farmacéutica, pueden derivarse de una dosis elevada de escopolamina, el principio activo más importante de la brugmansia. La sobredosis puede incluso conducir a la muerte. Actualmente la industria farmacéutica comercializa varios medicamentos a base de escopolamina, y sus indicaciones son variadas: para combatir el mareo y los vómitos típicos de los viajes, como antiparkinsoniano y antiespasmódico, cuando por diversas causas médicas se hace necesario reducir la producción de las glándulas secretoras… Y una curiosa indicación: como antídoto para la sobredosis de hongos alucinógenos como la amanita muscaria.
Además de sus propiedades curativas y adivinatorias, la brugmansia es una de las plantas favoritas en los jardines de Suramérica. En la foto, una planta en una calle de Leticia, en la Amazonia colombiana.
la dieta del canachiari
“Antiguamente ningún shipibo robaba porque sabía que le descubrirían”, asegura el chamán de San Francisco de Yarinacocha, Roger López, cuyo abuelo era experto en canachiari. “Mi abuelo fumaba mucho para soñar, visionar algún problema. Por ejemplo, escuchábamos que iba a venir una tormenta grande… Fumaba y fumaba… Oh, no va a pasar nada todavía. A veces cosas que quería descubrir. Por ejemplo, escuchábamos que se pensaba que tal familiar se ha muerto o se ha perdido. Entonces tomaba para mirar, y decía: No, ahí está, va a venir. No está muerto”. Roger recuerda los cuentos que le transmitió su abuelo acerca de cómo los antiguos shipibos adquirieron este conocimiento. “El Gran Meraya –término shipibo para chamán, literalmente: el que encuentra– tomó su ayahuasca una noche y llegó hasta el sol, alrededor del cual se encuentran los pajaritos del sol. Éstos le invitaron a que siguiera hasta el centro del sol. Allí se contacto con los pájaros cana, los espíritus del canachiari, lindos pájaros de color azul celeste. Más tarde el pajarito bajó a la tierra y le entregó el conocimiento de la planta”. 

En la parte de atrás de su casa Roger tiene una mata de canachiari, que generalmente se siembra lejos de los ires y venires de los humanos, si bien en las ciudades, es muy frecuente encontrarla en los jardines privados y los parques públicos, ignorantes los floricultores de sus propiedades alucinógenas. “Es una planta con una energía muy fuerte por eso no dejamos que los niños se acerquen, porque el niño puede chocar: vómitos, diarrea, en la noche no va a poder dormir, siente que alguien viene. Y una niña o mujer con menstruación no puede pasar cerca de una planta porque le puede hacer mal. Es una planta sagrada, no es broma. Mucho respecto para todos”. Mientras recoge las hojas entona la misma canción que cantaba su abuelo: “Espíritu del canachiari, dame buena mareación. Hazme conocer tu mundo. Enséñame tu poder curativo”. Los shipibos distinguen cuatro tipos de canachiari, en función del color de las flores: blanco, amarillo, rosado y morado. La botánica académica distingue en cambio seis especies dentro del género de brugmansia. 

El destino de estas hojas que recoge Roger es el Centro de Medicina Natural Suipino, que él mismo creó hace cuatro años. A Suipino peregrinan cada año centenares de personas desde todos los rincones del mundo buscando o bien sanación, o bien el aprendizaje de las técnicas curativas chamánicas basadas en las plantas. Martin, eslovaco de 28 años, lleva dos meses aprendiendo. El proceso exige respetar lo que los shipibos conocen como “dieta”. Durante la dieta Martin se abstenido de mantener relaciones sexuales, se ha aislado socialmente, y ha mantenido un estricto régimen alimenticio, que excluye alcohol, azúcar, sal, aceite y determinadas carnes y pescados. Al mismo tiempo, Martin se ha relacionado intensamente con una planta maestra, en su caso el canachiari: lo ha fumado, se ha sometido a vaporizaciones, y ha tomado la poderosa infusión en una decena de ocasiones. “Yo soy hijo del canachiari”, sentencia solemne. Describe cómo es la mareación: “Me duró dos noches y un día. Al principio sientes dolor en el cuerpo, mucha tensión, sequedad de boca. Luego todo parece normal, no parece que estés mareado, pero empiezas a tener visiones. La gente aparece y desaparece, la tierra cambia de color, hay hombres verdes bailando dentro del árbol”. Martin ha perdido ocho kilos desde que está en Suipino debido al exigente régimen seguido. “Dieté con canachiari durante dos meses, he estado conectado todo el tiempo”. Al término de este período, durante una ceremonia en la que se encontraba bajo los efectos de la ayahuasca, el espíritu del canachiari se le apareció y le entregó un canto, es decir, una medicina. 

Junto a su dimensión espiritual, la hoja del canachiari es usada en emplastos para tratar diversos dolores, especialmente reumáticos. Para ser efectiva se mezcla con otras plantas: pión negro, marusa e incaico. Bien machacado resulta una pasta que se mantiene pegada a la cabeza con un trapo. “Se usa cuando hay problemas mentales, o cuando se ha fumado mucha marihuana, mucha droga”, asegura Roger mientras su tía Nora Ramos coloca el emplasto en la cabeza de un paciente australiano y baña la cabeza de una pareja de japoneses con la misma mezcla.
Martin, eslovaco de 28 años, aprendiz de chamán, ante una planta de brugmansia o canachiari.
misterio y desenlace
Después de la noche de investigación, el doctor Pedro Pérez se reúne con las autoridades de Vencedor, que convocan una nueva reunión de la asamblea. Pedro ha señalado a uno de los hijos de mis vecinos, y así lo anuncian las autoridades. Los padres lo niegan, pero la gran mayoría de los comuneros dan por cierta la adivinación. Por la tarde, la comunidad en bloque, con la aquiescencia resignada de los señalados, procede al registro de la modesta casa. No se encuentra nada. “Seguramente lo ha botado en algún sitio”, argumenta Pedro. Los comuneros siguen convencidos de que el muchacho ha sido el autor del hurto. 

Una noche después, el profesor de la escuela, también shipibo aunque oriundo de otra comunidad, se presenta inusitadamente en mi casa, y sin más rodeos me hace una petición. “Yo quiero que usted me deje tomar aquí el canachiari, para ver si puedo encontrar dónde lo botó”. Luego tiende su mosquitero y se repite la escena. “Una vez –recuerda el profesor antes de que le llegue la mareación– le robaron a mi mujer cien soles y el DNI, y tomé el canachiari y lo encontré”. Al día siguiente, el profesor confirma ante las autoridades la autoría del hurto y asegura que los objetos fueron botados bajo un montón de pasto, aunque no puede precisar en cuál. 

Pasan los días y la rutina va borrando poco a poco las huellas de un episodio que ha convulsionado la placidez de esta comunidad, hasta que una mañana, uno de los comuneros aparece con la memoria USB en la mano. Asegura haberlo encontrado en unas letrinas; el objeto se encuentra en perfecto estado. Las gafas ya no aparecerán y en duda quedará –para mí, no para ellos– si el muchacho se llevó o no los objetos. Lo que queda demostrado es la extraordinaria relación de la gente de la selva con las plantas, y la fe inquebrantable en los poderes de sus chamanes, intermediarios entre el mundo material y el espiritual, al que acuden en busca de conocimiento y sanación.  

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