Mambe, de la maloca a la universidad
Hoja de coca pulverizada y ceniza componen el mambe, la forma en que los indígenas de la Alta Amazonia consumen coca. Usado para establecer la comunicación, propiciar la curación, facilitar el trabajo y animar la fiesta, las múltiples propiedades del mambe le han abierto camino desde la selva hasta las ciudades. Estimulante suave, con dosis de cocaína ínfimas, el mambe, como todos los derivados de la hoja de coca, está sujeto a una prohibición que data de 1961. Numerosos investigadores reivindican su potencial curativo para, entre otras cosas, tratar la adicción a la cocaína.

El mambe es una mezcla de polvo de hoja de coca y ceniza de la hoja de un árbol llamado yarumo.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 124 de la revista Cáñamo, abril de 2008.
Es una tarde cálida y húmeda, con el azul límpido del cielo que queda tras las grandes tormentas amazónicas. El sendero que lleva a la maloca de Don Gustavo está hoy muy transitado. Llegados desde la cercana ciudad de Leticia –al sur de Colombia, en la frontera amazónica con Perú y Brasil– y de las comunidades de alrededor, indígenas de diversas etnias, blancos, niños, viejos, mujeres y hombres, componen la abigarrada procesión que cruza esa masa de vida imparable y misteriosa que es la selva. Se encaminan a la fiesta de inauguración de la maloca de Don Gustavo, cuyo suelo será esta noche pisado por primera vez, golpeado con palos, aplanado con las plantas de los pies de los bailadores, acondicionado ritualmente para las fiestas que seguirán. Los caminantes avanzan con ganas, bromeando, alentados por la visión de la maloca que, construida en una suave elevación del terreno, se divisa como un apacible refugio, como la casa grande, fresca y acogedora que es. Esperando a todos los llegados, dentro, sin camisa, con los brazos abiertos, la tez cobriza, el estómago abultado, la sonrisa y el saludo, Don Gustavo, el maloquero, el anfitrión, saluda a los recién llegados: “¡Oiga! ¿Cómo está? Qué bueno tenerle por aquí. Cuelgue su hamaca ahí. Venga, ¿quiere algo de comer?”, una y otra vez la misma fórmula, repetida a decenas de visitantes, sin por eso perder su sinceridad.
En la maloca, esta noche, ciento cincuenta personas bailan hasta el amanecer, comen, beben. También mambean e inhalan rapé de tabaco. Esta noche el maloquero y sus invitados buscan, con la ayuda de los espíritus de las plantas, la sanación. Esta noche el mambe es, una vez más, el espíritu que endulza los corazones. Uno de los bailadores se levanta del banco y se coloca en el centro de la maloca, iniciando el enésimo baile de la noche. Los invitados se suman, mujeres a un lado, hombres a otro, frente a frente, girando una y otra vez sobre sí mismos, cantando con un ritmo repetitivo, tranquilo, pero aun así, enérgico. El espíritu de la fiesta es alimentado constantemente por el mambe, que está a disposición de todos, y el rapé, que el sobrino de Don Gustavo, Pablo, va soplando de cuando en cuando en las fosas nasales de quien lo desee.

Don Gustavo sopla rapé de tabaco a uno de sus invitados.
TRADICIÓN, EVOLUCIÓN
El profesor se sienta relajadamente en la silla y saca de su cartera de piel dos frascos, que coloca sobre la mesa. Uno es pequeño y oscuro, el otro verde, del tamaño de un bote de mermelada. Sigue disertando acerca de algunos conceptos generales de la sociedad amazónica mientras abre el frasco verde, lo inclina por encima de su cabeza y deja caer parte del contenido en la boca. Al cabo de unos segundos, los que tarda en transformar el polvo verde en una bola compacta que acomoda en su carrillo, explica ante los oyentes que asisten sorprendidos al ritual: “Esto es mambe, una costumbre amazónica. Para algunos es vicio…”, y ríe. Después abre el botecito oscuro, saca un palito impregnado de una sustancia pastosa, de color marrón, y se lo pasa por la lengua. “Esto es ambil, pasta de tabaco. Coca y tabaco van siempre juntos”.
Juan Álvaro Echeverri, profesor de antropología de la Universidad Nacional de Colombia en la ciudad de Leticia, es uno de los investigadores sociales que más tiempo ha dedicado a entender el uso del mambe en las sociedades amazónicas. “Entre los indígenas, el mambeo es cotidiano. Desayunan y se ponen a mambear”. Al parecer, la coca comenzó a utilizarse en la Alta Amazonia hace unos dos siglos. Entonces la planta llegó a la selva y rápidamente sedujo a diversos grupos indígenas. Thomas Whiffen, un explorador inglés que recorrió el río Putumayo a principios de siglo XX observó que el consumo era una costumbre generalizada. “Los indios son unos verdaderos maniacos de la coca. Fue imposible observar alguien que por algún tiempo no estuviese bajo su influencia”. Otro testimonio de la época lo dejó el comerciante Joaquín Rocha: “Dicen los adeptos de este vicio o costumbre que la coca da fuerza para el trabajo, ánimo valeroso para cualquier empeño, vence el tedio de la inactividad, acompaña en la soledad y reconforta en el abatimiento. Con tal acervo de ventajosas condiciones, no es de admirar que los blancos que viven en la tierra de los huitotos hayan hecho, como los indios, una necesidad de este uso y que anden provistos, allá donde vayan, de su bote de mambe”.

El antropólogo Juan Álvaro Echeverri, investigador de la Universidad Nacional de Colombia, mambeando durante una charla.
El mambe es fruto de la combinación de hoja de coca –Erythroxylum coca, variedad ipadu– pulverizada y ceniza de yarumo –Cecropia sciadophylla–, cuya función es liberar el alcaloide para permitir su actividad. Pese a ser una costumbre relativamente reciente, ocupa un lugar principal en las cosmovisiones y prácticas culturales de las etnias macuna, yucuna, huitoto, andoque y muchas otras. “Ningún indígena”, asegura Echeverri, “aceptaría nuestra afirmación de que la coca y su forma de procesamiento han sido adquiridas de otros grupos en tiempos no muy remotos. La coca, junto con el tabaco, están en la fundación misma de la sociedad”.
La forma de consumo del mambe distingue a la tradición amazónica de la andina, donde la hoja se masca entera y se escupe después de haber extraído el jugo. Desde un punto de vista botánico, cabe reseñar que la variedad que se cultiva en la selva, conocida como ipadu, contiene el alcaloide en concentraciones inferiores a las de Los Andes; mientras que en la ipadu no sobrepasa el 0,25%, en las variedades andinas la concentración del alcaloide oscila entre el 0,63% de la coca boliviana y el 0,77% de la colombiana. Además de la cocaína, la hoja de coca despliega muchas otras virtudes. Una investigación dirigida por el etnobotánico Timothy Plowman, demostró que ingerida, la hoja de coca proporciona elementos nutricionales: “Cien gramos de hojas de coca basta para satisfacer las necesidades nutricionales de un adulto en 24 horas. Gracias a sus contenidos de calcio, proteínas, vitamina A, vitamina E y otros nutrientes, esta planta ofrece al campo de la nutrición humana posibilidades aún más amplias que al campo exclusivamente medicinal”. Dados todos estos atributos, y considerando que el consumo patológico es prácticamente inexistente, resulta chocante que la planta, al menos en su forma natural, siga sometida a las más duras restricciones internacionales.

El ayudante de Don Gustavo recoge cuidadosamente las hojas de coca.
Son ya casi cincuenta años desde que se declaró la planta demoníaca: sin valor terapéutico, susceptible de abuso. Para el antropólogo Anthony Henman, autor de la obra de referencia Mamacoca, defensor del mambe e inventor de una forma casera de producirlo, la prohibición está impidiendo la aparición de formas sanas de consumo de cocaína: “Cuando uno mambea sé está echando cocaína a la sangre, pero está entrando poco y constante, entonces uno tiene un nivel de estimulación que puede mantener durante horas. Es muy diferente al modelo de uso de la cocaína donde uno dispara y después recae en una serie de picos. El problema con la cocaína refinada es que uno siempre consume una cantidad grande; se necesita mucho autocontrol y disciplina para controlarla. Podría reeducarse la demanda de cocaína hacia formas más blandas y menos problemáticas. Una buena cantidad de los consumidores de cocaína estarían bien felices con el mambe”
Uno de esos consumidores nos cuenta su historia. Recuerda que hace unos años, cuando vivía en Bogotá, se estaba deslizando por el peligroso camino de la cocaína. “Yo no sé qué hubiera sido de mí sin el mambe”, suspira mientras saca de su bolso un tarro blanco. Lo abre, extrae de dentro una cucharilla y ofrece a los presentes una mambeada. Es por la mañana, y el joven acude sus quehaceres diarios con un carrillo hinchado por la bola de mambe, que poco a poco se va deshaciendo y bajando el aparato digestivo. “El mambe me permite estudiar y trabajar; además no deja las depresiones de la cocaína”. La estimulación es leve: aumento de la concentración, agudeza sensorial, facilidad comunicativa… Aunque equiparable por su potencia al café, el efecto es menos violento y es más difícil que produzca taquicardia o insomnio, incluso cuando se mambea por la noche, si es que se usa para conversar tras una cena entre amigos o para salir a bailar.

El mambe se introduce en la boca, se apelmaza con saliva, y se mantiene en un carrillo hasta que se va tragando.
mambe y mercado
Lejos de las costumbres indígenas Don Gustavo reflexiona sobre el uso que en determinados espacios urbanos de Colombia se está haciendo del mambe: “¿Malo? No es malo… ¿Qué puedo decir yo? Es malo un poquito porque no nacieron para ello, no saben la historia de la coca, no saben quién es el dueño de la coca ni por qué mambean. De repente mambean porque se siente bueno, ¿no? Se pone uno la coca, y se concentra uno enfrente de la computadora… Bien… Se sienten bien… Pero no saben para qué o cómo van a contactarse con mi Dios, con las energías y con los animales que están allá arriba”. Mucho ha vivido y mucho ha visto Don Gustavo para andarse con remilgos étnicos, para clamar por un uso verdadero de la coca.
Lejos de los estereotipos que caracterizan a las sociedades amazónicas como cerradas y celosas de sus tradiciones por los siglos de los siglos, las gentes de la Amazonia encarnan lo contrario: abiertas, dispuestas al intercambio, deseosas de incorporar nuevas costumbres… Constante evolución. Desde que llegaron los españoles hace cinco siglos, los indígenas han establecido comercio y comunicación con los blancos. Ése es el contexto en el que se hizo hombre Don Gustavo. Su madre era indígena de la etnia macuna; su padre un comerciante de Medellín con el que viajó por los ríos de la selva colombiana. A la muerte de su padre, como tantos otros jóvenes indígenas de la región, trabajó para el narcotráfico, sembrando la planta y transformándola en pasta de coca. “Loco. Estuve tres años perdido en la droga. Gracias a mi Dios dejé el cocal y me vine. Los blancos nos fueron a dañar a los indígenas. Muchos se dañaron en el río Mirití: los yucuna, los tanimboca… Todos consumieron químico hasta que los abuelos de nosotros cerraron. Dijeron: Bueno, vamos a sembrarles la hojita de coca, vamos a secarla, se la vendemos pero que vayan a trabajar a la tierra de los blancos. Vendemos, sí, porque necesitamos plata para vivir”.
Cercados por la economía de mercado, las actividades tradicionales se revelan insuficientes para atender a las nuevas necesidades: libros para la escuela, ropa, herramientas para el trabajo, pilas, alimentos diversos, medicina occidental… A punto de jubilarse de su modesto trabajo en la capitanía del puerto de Leticia, Don Gustavo trata de adaptarse a los nuevos tiempos; para ello ofrece sus conocimientos, su maloca, su chagra* y su pedazo de selva en el mercado turístico. Por supuesto no falta quien le acusa de vender la cultura, pero Don Gustavo tiene familia. “Yo necesito ganar plata para yo vivir y dejar algo a mis hijos. Yo voy a trabajar con turismo. Ahorita estamos haciendo la maloca y aquí también tenemos una casa para que la gente venga a dormir… Se pueden ir a bañar al río… Que vengan los blancos y miren que sí hay indígenas que viven y que están manejando su cultura”.

Don Gustavo Mejía Macuna, en la puerta de su maloca, sobre el río Tacana, cerca de la ciudad de Leticia.
TABACO, COCA, SANACIÓN
En el centro de la maloca se siguen encadenando los bailes. Como hay invitados de las etnias huitoto, andoque, carijona y bora, los pasos, los ritmos y los cantos brillan por su diversidad. Don Gustavo y sus invitados conversan largamente en una esquina, sentados alrededor de una mesa baja de madera sobre la que se distingue un bote de plástico blanco que contiene el mambe, así como cigarrillos, rapé y ambil. La coca forma un matrimonio inseparable con el tabaco en sus diversas formas, aunque es el rapé la forma de los macuna. Valiéndose de una caña, el maloquero sopla tabaco en cada agujero nasal del mambeador; el efecto es instantáneo y eléctrico, como una corriente de energía que impulsa nuevamente a la persona hacia la comunicación, que abre los sentidos. “Al soplar tabaco”, explica Don Gustavo gesticulando, “haces contacto de una vez directamente con mi Dios. De ahí viene ya la energía… Tatatatatata… ¡¡¡Abre…!!! ¡¡¡Ta…!!! La pared del mundo”. Es así como el maloquero y sus invitados cuentan historias, intercambian pensamientos, recuerdan a los que ya no están, discuten de política, reverencian a los abuelos y resuelven conflictos. “Yo cuando comienzo a contar cuentos se me abre mucho. Se me expande… ¡¡Ufff!! Vuelo y me conecto con todas las energías, con mi Dios, con la energía que está sostenida por los abuelos míos, los abuelos que tengo en el agua, del otro mundo… ¡¡Tatatatata!!”. El maloquero debe procurar un ambiente idóneo para la interrelación, la comunicación, la paz, la sanación. “La coca no cura, pero permite que la gente esté abierta a la curación”, matiza Don Gustavo. “Hay veces que yo le pregunto a la gente: ¿Cómo está el mundo? El mundo está mal, me dicen. No, el mundo no está mal. Mi Dios dejó todo completito. La cabeza de nosotros sí es un poco mala. Éste es el que lo desvía a uno. ¿Qué uno va a hacer? ¿Cómo va a crecer? ¿Qué piensa? Va a oír consejos de los abuelos, de los tíos, de la mamá y del papá; es así como comienza a salir. Ésa es la orden. Y el mundo que mi Dios dejó, cuidar. No dañar sino cuidar”.
Mientras Don Gustavo continúa “contado cuentos”, un sol naranja se eleva por encima de la masa boscosa. El baile ha terminado. Algunos de los participantes duermen en las hamacas; otros, afuera, inician el camino de regreso en la claridad del nuevo día. La transgresión cósmica ha concluido; con la ayuda de las plantas se ha vencido el ciclo del día y la noche. Los valientes que han cantado, bailado y conversado hasta el amanecer se alejan dejando atrás un mal pensamiento o una enfermedad, llevándose una amistad o una nueva canción. Poco a poco, la maloca queda vacía, pero en cada despedida vuelven a resonar, afables, las palabras del maloquero: “¿Se lo ha pasado bien? Le he visto bailar mucho, eso es bueno. ¿Quiere un poco de mambe para el camino?”