NARCOTRÁFICO EN EL AMAZONAS (y II)Secretos de cocina
En la tri-frontera amazónica de Perú, Colombia y Brasil, indígenas y mestizos de los tres países participan en la elaboración de decenas de toneladas de cocaína que parten cada año, vía Amazonas, hacia el resto del mundo. La selva y sus gentes pagan el precio: deforestación galopante, ríos contaminados y formas de vida ancestrales degradadas por la posibilidad de conseguir dinero fácil.

Los laboratorios para la obtención de pasta base de cocaína se establecen en la espesura de la selva amazónica. Foto: Xavier Carrión.
Texto por Carlos Suárez Álvarez. Fotos por Xavier Carrión y Carlos Suárez Álvarez.
Publicado originalmente en el número 159 de la revista Cáñamo, marzo de 2011.
Darwin es uno de esos a los que llaman “raspachines”; dedicación que ya se puede calificar de tradición indígena, desde que a finales de los setenta la producción de cocaína se estableció en la selva buscando impunidad en este territorio tan extenso como incontrolable. Desde entonces, “raspar” coca, es decir recolectar, constituye un nuevo rito de paso hacia la adultez. Darwin, de la etnia uitoto, tiene dieciséis años. Viajó desde la orilla colombiana del río Putumayo a Leticia buscando empleo. Lo consiguió: trabajando de sol a sol en una bodega cobraba ciento sesenta mil pesos (sesenta euros) por quincena, un sueldo bajo incluso para los estándares de vida en la región. “Un amigo me dijo: Ven a trabajar en la coca, pagan bien”. Llegaron a Caballococha, el pueblo mestizo más importante de la parte peruana de la tri-frontera. “Vengan mañana”, les dijeron. Y al día siguiente comenzaron. Así de fácil.
QUEMAR Y SEMBRAR
Para sembrar la mata de coca (antes sagrada, ahora maldita) fue necesario acabar primero con unas cuantas hectáreas de bosque amazónico. En realidad, si echamos una mirada retrospectiva, fueron más que “unas cuantas”. Tal vez el vicepresidente del anterior gobierno colombiano, Francisco Santos, exagerara un poco al asegurar que en los últimos quince años la siembra de coca ha acabado con dos millones de hectáreas de selva amazónica, y rayara el melodrama al tildarlo de “ecocidio”; tal vez exagere también el gobierno peruano al achacar a la cocaína dos millones y medio de hectáreas de bosque amazónico nacional deforestado dentro de sus fronteras. Sí, tal vez fuera Santos demasiado efectista al acusar a los consumidores europeos y estadounidenses de acabar con cuatro metros cuadrado de selva virgen por cada raya inhalada.
Pero lo cierto es que en las últimas décadas, cuando llega el verano amazónico en Perú, Colombia y Bolivia, por doquier, cuadrillas de hombres, armados con machetes, hachas y motosierras tumban extensas zonas de vegetación. La sequía estacional y el sol del verano hacen de las suyas y un par de semanas después se prende la mecha. Las llamas devoran hojas y madera, y el suelo amazónico palia su acidez y queda listo para recibir los esquejes. Las matas crecen.
Ahora es época de cosecha, el turno de Darwin. Darwin trabaja en un cocal de diez hectáreas, a un par de horas de camino del pueblo más cercano, selva adentro, aunque no tanto como para que el ejército y la policía peruana desconozcan el sembrío. Mientras dura la campaña duerme en un campamento anexo. “Allí hay niños, mujeres, hombres jóvenes y viejos… Mucha gente, todo tipo”, cuenta Darwin con una sonrisa al acordarse del cuadro. El primer día Darwin sólo pudo cosechar treinta kilos. “Al principio la mano me dolía, pero luego se hace callo, se pone amarillo”, dice tocándose la palma. Le fue cogiendo el tiro y ya alcanza los cincuenta kilos por jornada, a 2.600 pesos por kilo, 130.000 pesos al día, casi lo mismo que cobraba en quince días de trabajo en la bodega. ¿Caben dudas de la razón por la que siempre habrá “raspachines” dispuestos? En treinta días de trabajo Darwin gana cuatro veces el salario de un profesor de enseñanza secundaria. Otros cosechadores más experimentados pueden doblar esta cantidad.
Quien esté dispuesto a asumir mayores riesgos, alcanza cifras exorbitantes. “Hace una semana”, recuerda Darwin, “el patrón nos preguntó si queríamos llevar cuarenta kilos de base a Benjamin Constant [un pueblo en el lado brasileño desde el que se embarca la mercancía hacia el océano Atlántico vía Manaos]. Nos pagaba un millón de pesos por kilo transportado: cuarenta millones”. Quince mil euros por el trabajo de una noche. Demasiado fácil, demasiado apetecible. Los muchachos declinaron; sospechaban que en vez de recibir cuarenta millones, muy probablemente recibirían cuarenta disparos: dos lenguas menos.
Un regidor indígena de la pequeña ciudad de Caballococha (cerca de la cual trabaja Darwin, penetrado completamente por la economía de la cocaína) reconoce la importancia del cultivo para la economía local, especialmente en las comunidades indígenas: “Es un delito pero el hambre, la miseria, la pobreza nos obliga a ello. Las comunidades nativas siembran plátano pero por ese producto no pagan el precio que quieren”. El hombre, indígena, que prefiere guardar el anonimato, critica la situación a la que está condenada la región: abandonada por el gobierno central, sin expectativas. La comunidad indígena de Cushillococha es ejemplo de esa bonanza: antenas satelitales florecen entre casas de techos de palma, que protegen pantallas planas y equipos de sonido mastodónticos, motos de gran cilindrada que apenas pueden circular por las pistas de barro, colegio cuyas aulas se vacían cuando una fiesta se aproxima y los adolescentes tienen que ganar una platica extra… y ninguna fuente de ingresos más allá de la producción de hoja de coca.

Es necesario quemar la selva para hacer los grandes sembríos de coca, lo que ha convertido esta actividad en un importante factor de deforestación. Foto: Carlos Suárez Álvarez
EL PROCESO
Los cocaleros (a los que más vale calificar como agricultores bien pagados, ¿para qué sembrar plátano si apenas podría vivir con su venta?) prensan y empacan la cosecha y la transportan hasta el laboratorio o cocina. Son necesarios cien kilos de hoja para obtener un kilo de base de cocaína. A veces es el mismo cocalero quien se encarga de la transformación, pero lo más habitual es que sea otro eslabón de la cadena, más precavido, violento, armado, más vinculado a las redes internacionales del narcotráfico. Las cocinas suelen establecerse en la espesura, protegidas de los sobrevuelos de vigilancia, y difícilmente controlables por la policía peruana, a la que le faltan los medios y los hombres para enfrentarse al poderoso y violento entramado narcotraficante.
Mario, de treinta años, es un habitual en las cocinas. Natural de Medellín pero residente en la ciudad colombiana de Leticia, enganchado al basuco, malvive en el puerto hasta que la necesidad le hace vencer el miedo. “Esta es la última vez que lo hago”, confiesa en voz baja, para no ser oído. “Muy peligroso, el otro día mataron a diez en una balacera. Todos caen: raspachines, cocaleros, químicos… Por problemas entre bandas rivales, la guerrilla…”, susurra con un gesto de temor. Pero además de llevarse “quinientas mil picaduras de zancudo, hambre, sed y diarrea”, se va a embolsar seiscientos mil pesos (doscientos cuarenta euros) por una semana de trabajo.
Camina en una de las piscinas de tres metros por quince cavadas en el suelo, forradas con plástico, en las que, en una mezcla de agua y líquido de batería de carro, se macera la coca. Con sus pisadas reduce a pedacitos las hojas, que van dejando salir el principio activo. Otros dos compañeros caminan a su lado y ocasionalmente remueven con las manos; así lo hacen durante todo el día. Por la noche se deja macerando y a la mañana siguiente, después de un par de caminadas, se trasvasa el líquido resultante a un gran bidón, en el que se mezcla con gasolina. Se remueve incansablemente con palas hasta que “pinta”, y tres líquidos con densidades diferentes se superponen: lo desechable por un lado, la gasolina por otro, y finalmente lo que se conoce como “el suero”, cuyo sabor y propiedades se comprueban con la lengua, que al contacto queda adormecida. El suero se recoge en un balde, donde se mezcla con cal, bicarbonato y permanganato sódico; se revuelve y en unos diez minutos se ha solidificado; después de una semana de trabajo habrán producido ciento cincuenta kilos de base de cocaína, y habrán vertido a la red fluvial cientos de litros de desechos químicos altamente contaminantes, otro golpe más a esta naturaleza tan prodigiosa como maltratada.

Primer paso en la elaboración de la base de cocaína: las hojas se maceran durante un día en una mezcla de agua con batería de carro. Foto: Xavier Carrión.
DON GUSTAVO
Conviviendo a duras penas con este proceso feroz, diversas etnias de la Amazonia colombiana utilizan tradicionalmente la hoja de coca. El procesamiento no es, por supuesto, contaminante; el consumo, social y ritualmente controlado, no es problemático, al contrario, permite la comunicación, propicia la curación, facilita el trabajo y anima los bailes tradicionales. Estimulante suave, con dosis de cocaína ínfimas, sobre el mambe también pesa el anatema de la prohibición internacional.
Cuando cae la tarde don Gustavo, dueño de maloca (la gran casa tradicional indígena) de la etnia macuna, se dirige a su pequeño sembrío de coca y recolecta con gran respeto, tras concentrada oración, una a una, un kilo de hojas de coca. Mientras lo hace recuerda el tiempo en el que también cayó en las redes de narcotráfico. “Loco. Estuve tres años perdido en la droga. Muchos se dañaron en el río Mirití: los yucuna, tanimboca… Todos consumieron droga. Yo era químico. Y los abuelos de nosotros cerraron. Dijeron: Vamos a vender a los blancos la hoja de coca, y que la procesen en su tierra. Porque los abuelos ya miraron que los hijos se iban a dañar. Vendemos porque necesitamos platica para vivir”.

Producir el mambe, un polvo a base de hoja de coca, usado tradicionalmente por los pueblos indígenas de la Amazonia, implica una serie de cuidados rituales. Cuando se cosecha, las hojas se arrancan una a una. Foto: Carlos Suárez Álvarez.
Cuando ha llenado su canasto regresa a la maloca, ya en oscuridad. En una gran paila, su ayudante tuesta a fuego lento las hojas de coca. Cuando están crujientes, las retira y las pulveriza con un mortero. El polvo se mezcla con cenizas de hojas de yarumo, un árbol local, y el resultante se tamiza. Don Gustavo ya tiene su mambe.
A las siete de la noche se sienta entorno a una mesita de madera. Sopla rapé de tabaco en las fosas nasales de sus invitados y les ofrece una cucharada de mambe. Entonces se conecta con sus espíritus aliados y comienza a contar cuento, a curar el mundo con su palabra de coca: “Hay veces que yo le pregunto a la gente: ¿Cómo está el mundo? El mundo está mal, me dicen. No, el mundo no está mal. Mi Dios dejó todo completito. Nuestra cabeza sí es un poquito mala; es la que lo desvía a uno. ¿Qué uno va a hacer, cómo va a crecer, qué piensa? Va a oír consejos de los abuelos, de los tíos, de la mamá y del papá. Y así ya comienza a salir. Ésa es la orden. Y el mundo que mi Dios dejó, cuidar. No dañar sino cuidar”.