Cuando la ayahuasca es un negocio
Ha comenzado la Edad Dorada de la curación ayahuasquera. Nuevas formas se desarrollan merced a las alianzas entre maestros locales y terapeutas extranjeros. Un mundo apasionante y, en ocasiones, turbulento: la mezcla de espiritualidad y los millones de dólares que cada año se dejan los extranjeros en Iquitos resulta explosiva.

La ayahuasca se ha convertido en un importante atractivo turístico de la ciudad de Iquitos.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 205 de la revista Cáñamo, enero de 2015.
Si vas a Iquitos te puede pasar lo mismo que a Sam y Harry, dos financieros canadienses que pese a completar un satisfactorio ayahuasca retreat de siete días, querían tomar una última vez antes de su regreso. Deambulaban por el malecón turístico cuando se acercó a ellos un hombre indígena, que se expresaba en inglés con tranquilidad y corrección. Les contó algunas historias de la selva y les mostró una gruesa cicatriz que cruzaba su antebrazo. “Es una mordedura de caimán”, dijo como quien cuenta pequeños inconvenientes de la cotidianidad. Con su apostura y verbo fácil se ganó la confianza de los turistas. La conversación viró hacia la ayahuasca. El hombre se presentó como gran chamán; Sam y Harry no necesitaron mucho más para aceptar la sugerente propuesta de tomar en plena selva. La experiencia costaría cien dólares por persona. Los gastos se incrementaron porque tuvieron que pagar el transporte: primero hasta el puerto de Nanay, en motocarro, después en bote hasta una comunidad indígena. Allí se internaron en la selva, hasta una primera casa y después cada vez más lejos en la espesura. La oscuridad de la selva y la sospecha creciente de que no encontrarían nada lejanamente parecido a las instalaciones del albergue que acababan de dejar comenzó a pesarles. El tosco cobertizo con dos hamacas sin mosquiteros les heló la sangre. El miedo se acercó al pavor cuando el hombre adujo que debía recoger algo en su casa, y les dejó solos. Esperaron su vuelta unos minutos con la decisión unánime de regresar a la ciudad. Como se demoraba, decidieron emprender el regreso solos, un error que podía haberles costado caro. Tuvieron suerte, se cruzaron con el “gran chamán” enseguida y le explicaron su decisión. El hombre se sintió afrentado: quería demostrar su conocimiento; su enfado se mitigó cuando Harry y Sam le entregaron el dinero convenido.
Y también es posible que si caminas por las calles que parten de la Plaza de Armas un hombre, a la puerta de una agencia de viajes, te asuste anunciando voz en grito “ayahuasca tours”, como me sucede a mí, y que en la siguiente agencia leas un cartel en el que se anuncia la “ceremonia de la ayahuasca”, y te decidas a entrar. Entro y el joven, un iquiteño atento y simpático, me explica que tienen un hotel en la orilla del río Amazonas y que la ceremonia de la ayahuasca es uno más de los muchos servicios que se prestan, además de excursiones en canoa, navegación por el Amazonas, expediciones de aventura, etc… Los negocios turísticos de toda la vida han visto el filón y quieren su parte. Tal vez sientas rechazo a que la ayahuasca se haya convertido en un producto más del mercado, pero reconozco que el joven habla de la experiencia con respeto (a él también le ha curado) y las tomas están bien planteadas: las ceremonias las oficia el curandero de un pueblo cercano; recomiendan a los participantes que dieten el día de la toma; les explican cabalmente que la experiencia deparará vómitos y diarreas más probablemente que extraordinarias visiones. “Esto de la ayahuasca está creciendo, hay cada vez más demanda. Los últimos cinco años se ha propagado por el internet, de boca a boca. Este año tenemos un grupo de sesenta italianos que vienen por eso. Ojalá esto siga creciendo así”. La entrevista se remata con el asunto clave: “La ceremonia de ayahuasca cuesta entre cien y ciento veinte dólares por persona”.

Para los extranjeros el centro de todo el sistema ayahuasquero pasa por tomar la ayahuasca. Sin embargo, en un contexto tradicional era sobre todo una herramienta del curandero para establecer contacto con los espíritus aliados y, por su mediación, curar. Dios es el médico, y los cantos la medicina.
MILES Y MILLONES
Los extranjeros llegan por miles y dejan millones. Para ellos proliferan los albergues especializados, donde terapias y terapeutas brillan por su diversidad. Escuchar que se ha construido un nuevo establecimiento en la carretera Iquitos Nauta, en el río Nanay, o en el pueblo de Tamshiyacu es tan frecuente como escuchar que otro se ha cerrado: hay al menos cuarenta. En ellos los visitantes participan en ayahuasca retreats (en Iquitos la ayahuasca habla inglés, como muchos dueños de los albergues). Por lo general, los clientes/pacientes permanecen en estos centros durante una o dos semanas, se someten a una dieta alimenticia más o menos estricta y toman ayahuasca entre dos y cinco veces por semana. Los precios oscilan entre los doscientos dólares al día y los veinte o treinta dólares en los albergues más modestos, aunque el precio estándar es cien dólares.
Es difícil dar números pero, estimando a la baja, se puede hablar de siete mil extranjeros tomando ayahuasca cada año, aunque no me extrañaría que el total superara diez mil o más, como calcula el organizador de retreats Andy Metcalfe, o que suponga ya el 25% del turismo de la ciudad de Iquitos como considera Gerald Mayeaux, un tejano afincado en Iquitos desde hace varias décadas, que fue director de turismo de la ciudad. “He visto el turismo de la ayahuasca ir desde el uno por ciento del turismo total, al cinco, al diez, al quince por ciento y creo que podría acaparar el cincuenta por ciento del turismo de la ciudad”. Es difícil dar cifras, pero la impresión generalizada es que el movimiento no deja de crecer, cada vez más rápido. Mayeaux, que actualmente es propietario de uno de los restaurantes más frecuentados por los turistas en la zona de la Plaza de Armas, incluyó hace unos años en su carta veinticinco platos de comida de “dieta de la ayahuasca”, debido a la gran demanda. Dice que en el último año sirvió tres mil comidas de esta clase. “La ayahuasca se está convirtiendo en un gran negocio. Muchos gringos se han metido en ello y eso me asusta porque no son chamanes y puede que no sepan lo que hay que hacer si algo va mal. Pero todos están llenos, y les va bien, y más gente se mete, y les va bien”.
“Ahora ya estamos en la época del dinero, adonde quiera que vayas. Los demás curanderos han confundido a la medicina natural con el negocio”, se lamenta el médico tradicional Juan Curico. “Y los que están entrando recién en este mundo de las ceremonias de ayahuasca, ellos hablan bien, ellos no te hablan de pocos recursos, ellos te hablan bien. Te cobran bien, también”. Por supuesto que Juan, un hombre honrado, curandero por décadas, también cobra. No hay más remedio. Algunas personas consideran profanación convertir en negocio este sistema médico, en el que la sanación se considera don divino. Es cierto que antiguamente los curanderos no cobraban: su trabajo era compensando con donaciones voluntarias (comida, herramientas, incluso dinero). Pero es sólo un poco cierto: los mecanismos de reciprocidad de la sociedad amazónica condicionaban para que la compensación se realizara inexcusablemente y fuera generosa; nadie quería ser tildado de mezquino. “Venían pacientes adonde el curandero… ‘Hágale subir’”, recuerda Juan. “Él les curaba. Él no pedía primeramente la plata sino curaba. Cuando ya se sanaba el paciente decía: ‘¿Cuánto te debo?’. ‘Bueno, yo te voy a cobrar una gallina, de repente un chancho…’ Es como un regalo que le daba el paciente al curandero”.
Hay muchas diferencias entre aquel mundo y este, y una es clave: el dinero no era necesario para vivir porque abundaba el pescado en el río y la carne en el monte, y había territorio para sembrar y agua limpia y materiales de construcción; ahora para todo eso (y para todo lo demás) hace falta dinero. Otra diferencia es que los extranjeros no duermen sobre el piso, ni se contentan con plátano y pescado, ni soportan los mosquitos: quieren estar cómodos. Además, no traen gallinas y si se les da la oportunidad tienen la manía de irse sin pagar (les repugna mezclar espíritu y materia). “Nosotros proporcionamos un lugar para quedar, comida, baños limpios, duchas, para que la gente esté más cómoda”, explica el médico de familia estadounidense Joe Tafur, que junto a un maestro indígena y una pintora canadiense puso en marcha Nihue Rao, un estupendo centro de sanación espiritual. “Tenemos dieciocho trabajadores del pueblo. Y además estamos tratando de recuperar nuestra inversión. No fue barato construir este lugar”.

Los albergues suelen contar con una cómoda maloca donde se realizan ceremonias y terapias de grupo.
ABUSOS
El problema no es que el sistema médico ayahuasquero sea absorbido por la economía de mercado; el problema es que el negocio de la ayahuasca (comprensible, inexorable) se convierta en abuso, en estafa, o peor, en un peligro para la salud. Y de todo eso, en Iquitos, también hay; no es la regla, pero sucede con la suficiente frecuencia para que lo remarque Alan Shoemaker, uno de los primeros “gringos” en montar un albergue de sanación espiritual y organizador del encuentro internacional de chamanismo que se lleva a cabo cada año en la ciudad. Alan desgrana varios casos. Es muy comentado en Iquitos que ciertos maestros, cuando quieren asegurarse de que el extranjero tenga una experiencia fuerte y visual, y le añaden al remedio hojas de toé (Brugmansia sp.) que contiene la peligrosa escopolamina y que puede ser causante de viajes muy desagradables. Según Alan la escopolamina se puede usar con otros fines: cuenta que en cierto albergue les ponen chiric sanango (Brunfelsia grandiflora, que también contiene escopolamina) en la comida y en la bebida de los pacientes. “Y tienes a la gente en estos complejos caminando como zombis y siguiendo órdenes. Y eso típicamente significa que si te ibas a quedar dos semanas, debes quedarte dos meses. ‘Puedo trabajar en tu problema y hacerte un buen ayahuasquero pero necesitas trabajar conmigo y quedarte más tiempo’. Lo que significa: ‘Dame tu tarjeta de crédito porque tú no puedes ir a la ciudad. Yo la usaré, dame el código’”.
Efectivamente, la confianza ciega en el maestro (muchas veces absurdamente idealizado como persona noble y desinteresada), hace a los primerizos susceptibles a la manipulación espiritual. Dice Alan que en ocasiones el ayahuasquero convence a alguno de sus pacientes de que tiene un don: “Anoche lo vi en la ceremonia. Si te quedas conmigo un año puedo enseñarte a ser un ayahuasquero”. El extranjero, sacudido por la experiencia, vulnerable, puede darle un giro radical a su vida y lanzarse a aprender al lado de un maestro sin escrúpulos a quien lo que más le preocupa es el dinero que pueda sacar. A veces, los iluminados arriesgan cuantiosas sumas de su patrimonio personal en poner en marcha albergues que nunca funcionan.

Alan Shoemaker es uno de los “gringos” veteranos del mundo de la ayahuasca en Iquitos. Llegó a principios de los noventa y actualmente dirige su propio albergue. Advierte que en los últimos años el auge económico de la ayahuasca ha atraído a negociantes y estafadores.
transformaciones
Pese a ciertos episodios desagradables, es precisamente ese encuentro de dos mundos, lo que hace de Iquitos un lugar apasionante para conocer el mundo del chamanismo ayahuasquero, ya sea uno terapeuta, investigador, paciente o curioso. Tradiciones antiguas se funden con terapias modernas para atender una nueva clase de pacientes, con distintos problemas y necesidades. De esa interacción compleja el sistema médico cambia, y la ayahuasca se concibe y se usa de forma diferente.
Ya no es medio sino fin. Para los curanderos la ayahuasca no es tanto la medicina como la llave para abrir la puerta del mundo espiritual y conectar con Dios y los espíritus aliados, quienes determinan qué mal aqueja al paciente y recetan determinada planta medicinal y envían el canto curativo. Hoy todo parece girar en torno al momento de apurar la amarga infusión, pues es en la ayahuasca, en sus moléculas, donde los occidentales creen que reside la clave.
Ya no es purga sino visión. En el dialecto regional, a la ayahuasca también se la conoce como “la purga”, y más que para atajar una enfermedad se emplea para limpiar el estómago y la sangre, botar malas energías y atraer la buena suerte. Pero en Occidente hay una obsesión por la visión: priman los supuestos mundos fantásticos a los que conduce; supuestos porque raramente se alcanzan las visiones coloridas que tan célebres hizo Pablo Amaringo (y sus discípulos). Esta dificultad para alcanzar la visión es causa de gran frustración para muchos primerizos.
Ya no es guerra sino amor. La ayahuasca se toma en pie de guerra: los curanderos están inmersos en luchas despiadadas contra brujos envidiosos. El trabajo del curandero alcanza su expresión más elevada cuando atiende a un paciente con daño: el brujo ha introducido en el cuerpo del enfermo el temible y doloroso virote (dardo mágico), o quizás algún peligroso animal que le roe las entrañas. Si el curandero vence la enfermedad, ésta se vuelve contra él con energía redoblada; si no está bien preparado morirá. Ajenos a la guerra espiritual, los extranjeros ven en el mundo de la ayahuasca un camino hacia el amor y el autoconocimiento (y muchos lo encuentran).

La ayahuasca, antaño abundante por doquier, se ha convertido en un bien escaso, y se encuentra cada vez más lejos y de menor tamaño.
SOBREEXPLOTACIÓN
Otra consecuencia de gran calado es la sobreexplotación de las especies vegetales con las que se prepara el remedio: la ayahuasca (Banisteriopsis caapi) y la chacruna (Psychotria viridis). Lejos de trabajar con sus propias matas, la mayoría de los albergues, especialmente los más grandes, compran la materia prima o el remedio ya preparado, de manera que se ha creado una compleja red de cultivadores, recolectores, intermediarios, cocineros y vendedores.
El estadounidense Ron Wheelock, además de ser un dedicado ayahuasquero y poseer su propio albergue, es el mayor productor de ayahuasca de la región. Vende el remedio a varios de los centros más importantes de Iquitos y también a extranjeros que convidan en Estados Unidos o Europa. En el patio trasero de su casa, Ron procesa cada año alrededor de seis o siete toneladas de ayahuasca. Y cada vez le resulta más difícil y más caro encontrarla. Con Ron visito la casa de Tripo Córdoba, un iquiteño que se dedica a traer ayahuasca del río Marañón, o del Napo, o del Ucayali, buscando en comunidades cada vez más lejanas ayahuasca madura a buen precio; Tripo está en viaje de negocios, buscando la liana. “Alrededor de Iquitos ya no hay mucho y si hay lo vas a encontrar de este tamaño”, dice la hija de Tripo señalando un costal lleno de delgadas lianas. “La mayoría de la gente que quiere comprar no lo quiere así, lo quiere grueso. Hay muy pocas personas que sí lo quieren”. Ron lo necesita porque tiene que entregar un encargo.
Tras comprarlo buscamos leña; el proveedor habitual es un joven que apila ordenadamente miles de palos a la puerta de su casa, en un barrio popular, a unos centímetros del ruidoso tráfico. La madera es guacapurana, ideal para cocinar. El joven ha viajado varias horas por el río Nanay y se ha metido bien adentro en el bosque, ha tumbado un enorme palo y se lo ha traído. Paradójicamente, el río Nanay es endémico en malaria, y la corteza de la guacapurana, que se está acabando, un remedio para las fiebres. El auge de la ayahuasca está añadiendo una presión extra a la maltratada naturaleza amazónica.

El curandero Ron Wheelock es el mayor productor de ayahuasca de Iquitos. La emplea en sus ceremonias pero sobre todo a petición de algunos de los albergues de la zona. Cocinar ayahuasca implica cantidades de leña muy importante, que añaden una presión extra a la naturaleza amazónica.
LO AUTÉNTICO
Tal y como hicieron Harry y Sam al principio de este reportaje, disfruto del bello atardecer sobre el río Itaya, en el malecón turístico de Iquitos. De repente siento una presencia inquietante a mi lado; quizás es un ladrón, intuyo. Me vuelvo y encuentro un hombre de aspecto pulcro, que inspira confianza: pelo negro perfectamente acomodado, dientes blancos, rasgos indígenas, mesurado. Probablemente sólo quiere charlar con un “gringo”, como se llama en Iquitos a cualquier extranjero. No tarda en manifestar el objetivo de su acercamiento: se dedica a llevar a la gente a la selva. “Turismo de aventura”, dice. Luego añade con medida gravedad que también celebra “la ceremonia del ayahuasca”. Y remata: “No es turístico, es auténtico”.
Le dejo que hable de las propiedades de la ayahuasca: que cura los nervios, que cuando toma él recibe la visita de los espíritus de la naturaleza, que las plantas pueden curar cualquier enfermedad. Su aplomo resulta convincente. Se me ocurre que podría ser un maestro al que dedicar un reportaje y decido hacerle unas preguntas para medir su experiencia. “¿Cómo aprendió usted?”. Por primera vez duda. “Mi abuelo”, dice al fin. Unos segundos después, apurado por cierta inquietud (quizás piensa que no es un currículum convincente) afirma que aprendió con un viejo shipibo (los ayahuasqueros shipibos gozan de gran aceptación). “¿En qué comunidad?”, pregunto, pues conozco bien el territorio shipibo. Ahora su duda es más patente. “San Francisco… de Asís, cerca de Pucallpa”, responde. Pero San Francisco de Asís no existe; se refiere a San Francisco de Yarinacocha, y si hubiera estado allí no habría incurrido en ese error. Continúa con su discurso, conoce bien la psicología del “gringo”: habla de la incomunicación en las grandes ciudades, de problemas medioambientales, de visiones y revelaciones espirituales. Pero ya no me interesa su oferta. “Ésta es mi oficina”, dice, “por si quieres encontrarme”. Antes de salir en busca de otro cliente, mira su reloj para dar por terminada la entrevista y es entonces cuando su muñeca atrae mi atención. No tanto su muñeca como la gran cicatriz que cruza su antebrazo. Le contó a Sam y Harry que se la había producido la mordedura de un caimán, pero uno ya no sabe qué pensar.