La dulce purga del gringo chamán
Ron Wheelock, el Purguero, es el único extranjero que convida el ayahuasca en Iquitos sin un maestro local a su lado. Famoso por la potencia de su remedio, apasionado y visceral, no tiene reparos en hablar de aspectos poco comentados de la curación espiritual: cómo se ha convertido en un negocio próspero o cómo la envidia ha desatado peligrosas enemistades chamánicas.

Ron cocina prácticamente todas las semanas del año, no sólo para sus ceremonias, ya que vende el remedio a muchos de los albergues ayahuasqueros que funcionan en la zona.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 199 de la revista Cáñamo, julio de 2014.
Sentados en la cafetería Ari’s de la Plaza de Armas de Iquitos, Ron Wheelock no deja de saludar a diestro y siniestro mientras conversamos. Quetzalcoatl, su hijo con una iquiteña, apura un helado; Ron sólo toma agua, está completando una dieta ayahuasquera. La planta maestra en esta ocasión es un palo de espinas, cuyo poder empleará para repeler el ataque espiritual de los brujos que le joden. “En Iquitos hay mucha brujería”, asevera misterioso, abriendo sus ojos azul cristalino. “Aquí la gente cuando tiene un problema con otra persona no va al abogado, va al brujo. Le llevan el nombre y una foto y el brujo puede hacer daño de muchas formas: mala suerte en los negocios, en las relaciones familiares, en la salud. No sé si ahora quedan ya, pero antes había brujos que podían matar con sus virotes”. Ron no podía imaginar que la ayahuasca, que a él le abrió las puertas del amor, la voluntad de ayudar al género humano, escondiera un reverso tenebroso: el de las terribles luchas espirituales que enfrentan a los chamanes, avivadas hoy en día por la dinámica del negocio ayahuasquero. “Cuando comencé a trabajar aquí, y apenas tenía dinero para vivir, no me molestaban mucho, pero ahora mi nombre y mi trabajo han crecido y muchos me tienen envidia porque no soy peruano, tal vez creen que les estoy robando el trabajo. Pero yo siempre digo que el color de la piel o el lugar de origen de uno, no hace a la persona. Todos tenemos la habilidad de aprender”. Generalmente los ayahuasqueros son remisos a hablar de las guerras que les enfrentan; Ron no. “Podría escribir un libro con las cosas dañinas que me hacen durante las mareaciones: me envían demonios, espíritus malignos, a veces con espadas, cuchillos, machetes, y me amenazan con matarme. A veces me golpean con palos, o me echan por encima sangre o mierda, cosas asquerosas que huelo. Todo se siente muy físico, aunque no lo sea”.

Poco antes de dar comienzo una ceremonia, junto a la mesa donde trabaja, repleta de amuletos y objetos de poder chamánico.
EL CAMINO DE LA FAMA
Otro “gringo” (en Iquitos todo extranjero lo es) saluda desde fuera de la cafetería y entra. Es periodista, estadounidense, lleva en la selva unos meses. También ha escrito sobre Ron en su blog, y la entrada ha sido la que más visitas ha recibido. Este interés que despierta el “gringo chamán”, como se le conoce, no es novedoso: ya ha tenido espacio en los periódicos de mayor tirada de Perú y en publicaciones populares de su país, como Hustler, el magazine de Larry Flint. El reportaje se tituló Ayahuasca, The Ultimate Mind Fuck, muy poco apropiado para una tradición curativa, pero el reportaje hizo crecer su fama, más gente, más dinero. “Durante muchos años, nunca cobré por mi trabajo”, explica. “Donaciones, propinas, era más que suficiente para mí. Pero debido a que también hubo gente que no me trataba tan bien, comencé a cobrar, aunque nunca he cobrado a un peruano, sólo cobro a los extranjeros, y mantengo unos precios razonables”. Antes de salir de la cafetería deja, como suele, una generosa propina a la mesera.
Ron ha prosperado con valentía y trabajo duro. Está orgulloso de ser el único ayahuasquero extranjero que convida el ayahuasca sin el apoyo de un maestro nativo, lo que en este azaroso mundo resulta un mérito destacable. Hay que tener la cabeza muy dura, un componente de locura, y un pasado que le predispusiera. Nació en una pequeña comunidad agrícola de Kansas (aún se reconoce su origen en el acento sureño, en la estética de pelo largo y ralo, los tatuajes, el bigote, el torso desnudo). Siendo niño competía con su padre por ver quién producía las hortalizas más grandes (ganaba el padre). En la escuela destacaba siempre en los tests de inteligencia, pero las clases le aburrían mortalmente, así es que los quince años dejó el high school, y comenzó a trabajar: en la construcción, en mataderos, en talleres mecánicos, y durante treinta y seis años en el cultivo de marihuana para la venta en el mercado negro. “Creo que muchas de las cosas que sucedieron antes en mi vida fueron una preparación para mi trabajo con la ayahuasca. El cultivo de marihuana me ayudó a entender las plantas; despedazar ganado me ayudó mucho con la anatomía porque un puerco se parece mucho al ser humano; y trabajar como mecánico me abrió el entendimiento de la mecánica de las cosas”.
Los amigos tomaban a broma su deseo de emprender un viaje a las Montañas Rocosas para encontrar un indio norteamericano que le enseñara chamanismo. Estaba intrigado por la lectura de Carlos Castaneda y otros autores, pero las palabras eran insuficientes. Un día cayó en sus manos el ejemplar de una revista especializada en chamanismo; entre los artículos encontró el anuncio de un viaje a la selva amazónica; cuando supo que en dicho viaje habría una ceremonia con plantas sagradas alucinógenas, se decidió. Así llegó al albergue del conocido ayahuasquero Agustín Rivas, en Tamshiyacu, un pueblo cercano a Iquitos. Tomó dos veces. Le pasó como a tantos otros: su vida cambió.

Ron posa con una Harley de su propiedad. El negocio de la ayahuasca le ha hecho un hombre adinerado.
primera curación
Unos meses más tarde, en noviembre de 1996, regresó con la intención de permanecer medio año e iniciar el aprendizaje. Su primera dieta fue con ojé (Ficus insípida), una planta maestra distinguida por sus propiedades purgantes, que le tuvo cagando y vomitando hasta la limpieza total. Apenas probó el arroz sin sal y el plátano que le correspondía, aislado en una pequeña casita abierta a la naturaleza, sin más contacto con el maestro y otros aprendices que el que mantenían en las ceremonias, buscando la comunicación sobrenatural con los espíritus de las plantas. En la última ceremonia sucedió lo increíble. Una mujer con cáncer de útero había decidido renunciar a la quimioterapia y someterse a la curación espiritual. Por razón insondable, el maestro Rivas había confiado a Ron la curación de la mujer. “¿Está don Agustín loco?”, se preguntaba Ron, que apenas se había iniciado. En la última ceremonia que compartió con la mujer, a Ron se le apareció una pantera negra: “¿Por qué me has llamado?”, preguntó. “Debemos curar a esta mujer”, dijo él y súbitamente se encontró en el interior del cuerpo de la enferma, llegaron a un pozo, saltaron adentro, cayeron, aterrizaron en el útero, un sucio establo con varios cordones umbilicales que conectaban la pared con fetos pudriéndose. Encontraron a una vieja mujer, también unida por el cordón umbilical; la pantera se acercó a ella y le destrozó el cuello. Al día siguiente la mujer le contó que su visión había sido, desde el otro punto de vista, idéntica. “Un año más tarde estaba viva, y le contaba a la gente que Ron Wheelock la había curado de un cáncer”.
En los siguientes cuatro años regresó con frecuencia al albergue de Agustín Rivas, trayendo grupos, de forma que su estancia resultaba gratis y continuaba con su proceso de curación y aprendizaje. “Me cambió en muchas maneras. Me preocupaba mucho de las cosas, y tenía mal genio, hacía falta poco para irritarme. La forma en la que veía la vida no era muy racional. Gracias a tomar ayahuasca durante todos estos años, es difícil que me enfurezca, las cosas no me preocupan, mi comprensión es más amplia”. En 2000, tras su primera dieta de un mes, decidió que ya no se dedicaría a cuidar de adultos en los albergues; se establecería por su cuenta. Al principio fue duro. “Sólo tomaban conmigo algunos peruanos, pero los extranjeros, cuando les invitaba, me decían: ‘Lo siento Ron, no he venido a Perú para tomar con un gringo de Kansas’. Poco a poco empezaron a buscarme, y ahora, el hecho de que hablo inglés es beneficioso, porque cuando toman con peruanos y no hay traductor, si por ejemplo tienen una mala experiencia no pueden hablar con nadie, explicar qué les está pasando”.
La prosperidad se palpa en su gran casa, construida con sus propias manos en una finca de varas hectáreas, a las afueras de Iquitos: buenos materiales, muebles de calidad (algunos de muy bella factura hechos por él mismo), electrodomésticos de alta gama. Ron trabaja con la ayahuasca porque es su pasión, pero además ha sabido sacarle partido económico, y no tiene el menor reparo en reconocerlo. Su fuente de ingresos proviene en gran medida de la elaboración y venta del remedio. En Iquitos proliferan los albergues y muchos de ellos no preparan su propia medicina, sino que la compran; Ron es un proveedor preferido, su purga tiene fama de potente. Aunque en su finca crecen hermosos ejemplares de ayahuasca, y muchas otras plantas maestras, raramente las cosecha. “Compro la mayor parte de la ayahuasca que preparo, si no lo hiciera me quedaría sin mi ayahuasca enseguida”. La cadena de producción comienza en los paisanos que se dedican a sembrar y vender la liana. “La ayahuasca se ha convertido en un cultivo fácilmente vendible”, explica. “El mercado es cada vez más grande debido al turismo”. En ocasiones, temprano en la mañana, se presentan vendedores en su casa cargando doscientos o trescientos kilos de ayahuasca, empacada en costales. “Yo pago un buen precio, porque mi máxima es: trata bien a la gente y te tratarán bien”.

Ron es uno de los grandes compradores de ayahuasca en Iquitos. La procesa él mismo y la exporta al extranjero.
innovaciones
Después de cocinar cientos de veces, Ron se ha convertido en un gran conocedor de ingredientes y procesos y ha desarrollado una receta propia, diferente a la que aprendió cocinando para su maestro Agustín Rivas, que empleaba la liana (Banisteriopsis caapi) y la chacruna (Psychotria viridis), que contiene el DMT, molécula a la que se atribuye generalmente la respuesta visionaria. Ron aprendió de su segundo maestro, José Corral Mori, a cocinar la ayahuasca con las hojas de la huambisa o chagropanga (Diplopterys cabrerana). Ron explica que mientras la chacruna contiene N,N-DMT, en la huambisa hay 5-MEO-DMT, cuyos efectos visionarios considera superiores. “Mucha gente en Iquitos está cambiando a huambisa últimamente”. Además, suele agregar otras plantas, como las flores de la bobinsana (Calliandra angustifolia), “que da hermosas visiones y abre el chacra del corazón”, el tabaco o las hojas del chiric sanango (Brunfelsia grandiflora): “La energía de estas plantas en la mezcla me da más fuerza, para que no me molesten los brujos, es como ir a la batalla con todo el ejército”. El combatiente que ya no quiere tener a su lado es el indomable toé (Brugmansia sp.), que contiene escopolamina. “No lo he usado desde hace años, porque cuando, en las ceremonias, estaba cantando me quedaba en blanco, se me olvidaba lo que estaba haciendo. Entonces le pregunté a la ayahuasca: ‘¿Por qué me sucede esto?’ Y me presentó muy claramente la flor del toé. ‘No uses esta planta nunca más’, me dijo”.
Otra de sus innovaciones consiste en triturar finamente los ingredientes con una moderna máquina: “Desmenuza las moléculas de forma que es más fácil su extracción durante la cocción”. Además, esta técnica facilita el penoso trabajo de machucar la liana. Ron no prepara pequeñas cantidades: cada vez que cocina emplea ciento cincuenta kilos de liana, veinte kilos de hojas de huambisa, y pequeñas cantidades de tabaco, bobinsana y chiric sanango, además de cierto ingrediente secreto que no quiere que difunda, y al que achaca el buen sabor de su remedio. Utiliza cuatro grandes ollas. Cada olla requiere cuarenta y cinco galones de agua. El resultado final oscila entre los veinticinco y los cuarenta litros de remedio bien concentrado. El litro se vende a doscientos cincuenta dólares.

Unos años atrás Ron compró una máquina en la que tritura las lianas y las hojas con el fin de que en la cocción se extraiga con más facilidad los principios activos y el remedio quede más potente.
gringo chamán
La segunda fuente de ingresos de Ron es su propio albergue, en la carretera Iquitos Nauta, donde realiza ceremonias dos veces a la semana, tenga o no tenga pacientes. “Yo tomo sobre todo por mi salud. Los hombres de mi familia paterna tienen fama de morir jóvenes. Mi padre murió a los 58 años, la misma edad que tengo yo. Mis dos medio hermanos murieron en sus sesenta. Todos de cáncer de páncreas. Yo espero vivir hasta los cien años”. En ocasiones acoge a grandes grupos de Inglaterra o Estados Unidos a quienes da de tomar de forma intensiva durante diez o doce días. La mayoría de los occidentales que llegan a su albergue no presentan una enfermedad concreta, sino que aspiran a tener una experiencia espiritual que les saque del embrutecimiento de las sociedades urbanas: “Se sienten ajenos a la gente que les rodea, no encajan en la sociedad, se preocupan por todo, algunos tienen enfermedades físicas pero la mayoría son problemas psicológicos: mucha gente está tomando antidepresivos y se sienten como zombies”.
Ocasionalmente alguno de estos gringos quiere aprender, pero hasta el momento sus experiencias como maestro han sido decepcionantes porque los alumnos no son capaces de soportar la abstinencia sexual, las restricciones alimenticias, el aislamiento. Eso no es obstáculo para que muchos de ellos se autoconsideren chamanes, monten su albergue y conviden al ayahuasca. “Toman tres o cuatro veces y ya son chamanes sin hacer dieta. ¡Cómo van a hacerse chamanes sin dietar!”, se lamenta indignado. Pese a todo, sigue aceptando estudiantes, consciente de que el conocimiento que heredó de su maestro corre el riesgo de desaparecer. “Cada curandero tiene la gran responsabilidad de pasar y compartir su conocimiento con otros. Hablo con muchos ayahuasqueros y me dicen que no tienen estudiantes, que se están haciendo viejos y quieren transmitir su conocimiento. Si un curandero muere sin pasar su conocimiento es como si se perdiera una librería”. Matiza, sin embargo, que aunque todos los ayahuasqueros comparten elementos comunes, cada uno incorpora a las enseñanzas recibidas los suyos propios. Así, en el centro de la maloca donde celebra sus ceremonias pende un gong, cuyas ondas sonoras Ron utiliza para alejar malos espíritus. Sobre su mesa de trabajo reposan decenas de cristales: “Contienen energía, incluso las radios hoy en día usan el cristal para transmitir; yo las uso en mi trabajo curativo. Los pongo sobre la zona enferma del paciente o bien para atraer la energía hacia ese punto o para sacarla”. El cráneo de un caimán le sirve a Ron como defensa frente a los ataques espirituales. Con perfumes se impregna brazos y cabeza después de tomar ayahuasca, para que sus vibraciones defiendan el cuerpo. Y por supuesto su pipa de tabaco (“el tabaco es la primera planta sagrada, sirve para limpiar y para curar, es mi mejor amigo, mi defensa contra los ataques, mi arma”), su Biblia (“hay que pedirle permiso a Dios para curar, en realidad yo no soy el curandero sino que Dios cura a través de mí”), y el abanico-sonajero de hojas secas, la chacapa (“produce un impresionante efecto sonoro durante la mareación”).

Generalmente, Ron Wheelock cocina cuatro grandes ollas con ciento cincuenta kilos de liana, más veinte kilos de hojas de huambisa, y pequeñas cantidades de chiric sanango, tabaco y bobinsana.
MUCHO AMOR
Cuando la noche cae y Ron se sienta detrás de su mesa iluminado débilmente por la luz de una vela, parece un hombre transformado: contenido, grave. Seis personas se han reunido en su maloca para tomar esta noche: su amiga Micaela Saxon, un viajero inglés, tres trabajadores del albergue, y yo. Estamos sentados en círculo, en sillas de plástico. Ron no es partidario de las cómodas colchonetas que se estilan en otros albergues. “Cuando uno se tumba en la mareación, la ayahuasca le domina, y el cuerpo pierde mucho de la experiencia. Pero hoy en día, con la influencia del turismo, la gente quiere hacer que el turista esté cómodo. Como pagan y quieren estar cómodos, deben estarlo. Así que muchos albergues tienen camas para estar cómodos”.
Ron enciende su pipa y sopla alrededor de la maloca y sobre la botella de ayahuasca. Después reza en voz alta: “Gracias Señor, para este día, para esta noche, por la gente que ha llegado para tomar el ayahuasca. Gracias por la visita de Carlos, de Micaela, gracias por todas las plantas en el mundo, que nos dan la vida, que nos curan, porque sin las plantas no vive nadie, nada. Especialmente gracias por el ayahuasca. Pedimos bonitas visiones. Limpieza de nuestros cuerpos, corazones, y para aprender un poco más cómo vivir en este mundo, con la naturaleza, con nosotros mismos. Gracias por el agua, el aire, el fuego, la tierra. Todo lo que tiene este lindo mundo. Que no haya espíritus malos entren. Todo mi trabajo es positivo. Gracias por toda la gente que trabajan en mi lado, por los poderes que me dan. Por mis amigos, mi familia, por mi Quetzaltcoatl Wheelock Angulo, para mi hija Christina Michelle Wheelock, para mi enamorada Karina Marina Díaz Paredes. Y para su hijo Sebastián. Gracias que todo nos das Señor. Amén”. Y después llama uno por uno a los presentes. Yo me acerco y cuando me llevo el remedio la boca, lo paladeo y lo ingiero, no puedo evitar exclamar sorprendido lo imposible: “¡Delicioso!”. Ron sonríe, y mientras sirve a la siguiente persona, explica: “Mucho amor”.