Un cultivo rentable

La ayahuasca, antaño sin valor en el mercado, es hoy objeto de un floreciente negocio global con epicentro en Iquitos. Producto al alza, especie a la baja. Cosechada hasta su erradicación en una extensa área de la selva peruana, Monstruo Voraz busca soluciones para que prosigan los dividendos: plantaciones, intermediarios, procesadores, exportadores, distribuidores.
Uno de los trabajadores del Temple of the Way of Light, el albergue más grande de Iquitos, cosecha una de las matas de la propiedad. Conscientes de las consecuencias de su actividad en el bosque, el Temple ha sembrado varias hectáreas de ayahuasca en el marco del proyecto Ayahuasca Ayni, que procura la autosuficiencia.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 227 de la revista Cáñamo, en noviembre de 2017.
En Manhattan o en Sidney, en las Alpujarras o en Iquitos. Una noche cualquiera. Aguardan en silencio expectante que el maestro tienda el vasito con la amarga infusión. Lo sostienen entre las manos, cierran los ojos, tragan y se encomiendan a la Madre Ayahuasca. En algún momento, después de que vomiten aquel trauma o celebren este amor, les acomete un intenso sentimiento de conexión con la naturaleza. Lamentan bosques ardiendo, mares esquilmados, contaminación, calentamiento global. Proclaman una nueva ética en su relación con las demás especies. Dan las gracias a la Abuelita por hacerles más respetuosos, más conscientes de todo… menos de que en cada ceremonia, con cada trago revelador, están financiando el exterminio de las plantas que inducen tal ramalazo ecologista. Un sarcasmo magistral. 

“Por aquí cerca de Iquitos ya no queda, y si queda son delgaditas, pero la gente no la quiere así. Para encontrar una liana gruesa hay que irse lejos”. Lo dice Firpo Córdoba, comerciante de mercaderías varias por los ríos, que hace diez años encontró un nuevo filón: la ayahuasca, la Banisteriopsis caapi. Con su pequeño bote surca el río Napo de comunidad en comunidad comprando a los paisanos la liana silvestre, recolectada cada vez más lejos en la profundidad del bosque. “A veces traigo una tonelada, a veces quinientos kilos. Depende de lo que me pidan”. Se lo pide, por ejemplo, Hamilton Souther, dueño de Blue Morpho, uno de los albergues de ayahuasca más famosos de Iquitos, y más caros: 2.700 dólares por un tratamiento de una semana de duración. 

En Iquitos, Meca de la Ayahuasca, han proliferado los albergues especializados en medicina tradicional, negocios de extranjeros para extranjeros. Con certeza existen cuarenta establecimientos, se sospecha que sean el doble. Los aficionados a la especulación aventuran decenas de miles de pasajeros, el 25% del turismo de la ciudad: estimaciones tal vez exageradas, tal vez no. El siguiente dato es fidedigno: diez de esos albergues recibieron en los últimos doce meses cuatro mil personas, que permanecieron al menos durante siete días (con frecuencia diez, quince o veinte, en ocasiones meses). Los precios oscilan entre 100 y 200 dólares al día, aunque hay excepciones de lujo exclusivo o bajo coste. Matemáticas básicas: 4.000 pasajeros por 140 dólares por 10 días de estancia, igual a cinco millones y medio de dólares. Hay que dejar a la imaginación cuántos pasajeros llegan a los demás albergues, y cuántos turistas (numerosos) contratan la toma de ayahuasca dentro de un pack, entre el avistamiento del delfín rosado y la visita a la comunidad en que los indígenas se visten de indios (Bienvenido Mr. Marshall en versión amazónica).
La ayahuasca se ha convertido en un negocio turístico que mueve cada año varios millones de dólares Iquitos. Se especula que el remedio atrae cada año decenas de miles de personas.
COCINEROS PARA EL MUNDO
“Con la afluencia de turistas, la ayahuasca se ha convertido en un producto rentable”. Lo sabe bien Ron Wheelock, el gringo chamán, estadounidense afincado en Iquitos desde hace quince años, dueño de un albergue y reciente adquisidor de tres motocicletas Harley-Davidson. La ayahuasca es su “mina de oro” (sic), no tanto por convidarla en su albergue, que también, sino por cocinarla en cantidades industriales y enviarla a Manhattan, Sidney, las Alpujarras o los albergues de Iquitos. “Está siendo sobreexplotada porque las plantas se cosechan antes de que sean maduras”, dice sin ápice de dramatismo o culpa. “¿Por qué la forma de vida de los indígenas ha terminado? ¿Por qué el hombre blanco lo cambió todo? Lo único que puedo decir de este negocio de la ayahuasca es que todo lo que sucede en la vida debe suceder”. 

Wheelock comenzó a vender acuciado por la necesidad de comer y vestirse, cuando, en sus primeros años de curandero dependía de las exiguas donaciones de sus pacientes. “No fue nunca mi intención, pero la oportunidad se presentó. Alguien me propuso que enviara el remedio regularmente a México. Se abrió una puerta y la crucé. Poco después no podía satisfacer todos los pedidos”. Durante una década exportó entre 400 y 900 litros anuales. Comenzó con un precio de 75 dólares el litro, que subió gradualmente hasta que en una de sus giras chamánicas por California, supo que las ceremonias costaban entre 150 y 400 dólares por persona. Matemáticas básicas: un litro de su remedio arroja, al menos, veinte dosis, por lo que en ceremonia generaría entre 3.000 y 8.000 dólares. Subió el precio a 250 dólares, se convirtió en un hombre adinerado. 

“Ciertamente, mi nivel de vida se elevó”, reconoce parsimonioso (es del sur de los Estados Unidos, luce mostacho, tatuaje y greñas, pero se expresa con la elegancia y circunspección de un aristócrata, nada es impostado en Ron Wheelock). Como pagaba bien por el material fresco (“Todos los extranjeros somos culpables de explotar a los paisanos, pero yo les pago un poco mejor”, dice con su proverbial franqueza), hasta su propiedad arrimaban incesantemente los proveedores. “Había días que llegaban tres y cuatro personas, ofreciendo ayahuasca, unos con dos sacos, otros con cuarenta. Yo compraba todo lo que me llegaba, por respeto a la planta: ya que había sido cosechada debía ser usada”. Wheelock estima que en su patio trasero ha procesado más de cien mil kilos de ayahuasca. Pero un día cualquiera del año pasado, el boom de la ayahuasca hizo boom.
Ron Wheelock se convirtió en un hombre adinerado exportando hasta 900 litros de ayahuasca al año, a 250 dólares el litro.
EXPLOSIÓN AYAHUASQUERA
¿Será cierto que la ayahuasca tiene voluntad y todo lo que sucede a su alrededor responde a una estrategia para influir en la desquiciada conciencia humana? Si es así, ¿qué quiso comunicar cuando desencadenó la explosión de numerosas botellas en que era transportada hacia alguno de los cinco continentes? ¿Estaba manifestando, acaso, su renuencia a ser exportada? ¿Quería ganar popularidad a toda costa? No. Se trataba, sencillamente, de la lógica implacable y prosaica de la fermentación. 

“Acá los productos líquidos que envasan en estado natural, el mismo calor hace que fermente, al fermentar tiende a crear gas y llega un momento en que explota”, explica el supervisor de Servicios Postales en Iquitos, José Fasanango. Sucedió varias veces: la placidez de la calurosa mañana amazónica dislocada por el boom de una botella de ayahuasca en el almacén. “Felizmente, sucedió cuando no se encontraba el trabajador acá. De haber estado quizás hubiese sufrido un impacto, por la onda expansiva”. Los envíos de otros clientes, cajas y cartas, quedaron de un ocre chorreante, y eventualmente las paredes del almacén tuvieron que ser pintadas. El problema alcanzó tal magnitud que la Dirección General de Aviación Civil conminó a Serpost a que no aceptara más líquidos: entrañaban una seria amenaza para la seguridad de los vuelos. Duro golpe para la economía del cocinero más productivo del mundo: Ron Wheelock quedó en el dique seco. 

Pero Wheelock no es el único que prepara el remedio para la exportación. Lo hacen, en mayor o menor escala, decenas de personas en Iquitos, y alguien dio con la solución: reducir la ayahuasca hasta convertirla en una pasta casi sólida, enviarla así, y que el cliente, una vez recibida, añadiera el agua necesaria. De esta forma, el holandés Bowie van der Kroon va a enviar este año el equivalente a 300 litros del remedio, a un precio de 220 dólares por litro. En el amplio patio trasero de su linda casa, el día que le visito, almacena una tonelada de ayahuasca fresca. “Me la han traído del río Marañón, una semana de viaje en bote. Un señor con el que colaboro me llama de vez en cuando y me pregunta si necesito”, dice con la inflexión afable y cantarina del español de Iquitos, donde vive desde hace quince años. De esa tonelada una porción será cocinada, otra revendida a alguno de los albergues, y otra desecada, desmenuzada y facturada al extranjero, a veces en cantidades modestas, para particulares que cocinan personalmente el remedio, a veces hasta media tonelada, para mayoristas o grow shops que distribuyen el remedio al por menor. Australia, Estados Unidos, Holanda, España… raramente sus envíos son interceptados o devueltos. 

La ayahuasca con la que Bowie trabaja es “natural”, silvestre, la que prefieren cocineros, albergues y chamanes de la región, a la que se atribuye un mayor poder. Hasta hace unos años encontraba esas plantas a las afueras de Iquitos. “Tenía personas que digo: ‘¿Tienes diez kilos?’ ‘Ya, no hay problema’. Ahorita no vas a encontrar nada. Cada vez hay que ir más lejos, le buscan en áreas nuevas, le vacían, van al siguiente lote. Yo digo: ‘Deja la madre, no saques con toda su raíz, para que pueda retoñar otra vez. Piensa en tus hijos, en el producto, que toda la gente va a querer ayahuasca en el futuro’”. Pero los paisanos aprovechan también la raíz, que suele ser voluminosa y con altas concentraciones del principio activo. Cuando pregunto a Bowie cómo lleva ser otro eslabón más en la cadena de la sobreexplotación de la ayahuasca, suspira, como si hubiera hurgado en una herida. “La gente de todo el mundo tiene derecho a conocer esta medicina. Lo que yo hago es decirle a los proveedores: ‘De aquí a un par de años no va a quedar este producto en el bosque. Siémbrale, usted tiene cuatro o cinco hectáreas de terreno, siembre una’. Poco a poco me están escuchando. Yo mismo estoy sembrando en mi propiedad unas mil plantas”.
Bowie van der Kroon guardó como reliquia un pedazo de uno de los troncos más grandes que ha procesado. Desde hace quince años envía plantas secas y el remedio cocinado a particulares y mayoristas de los cinco continentes.
SOFISTICACIÓN
La ingeniera agrónoma Elizabeth Bardales, iquiteña, animó a su hermana a que sembrara la liana. La dejaron crecer diez años, para que alcanzara una madurez más que aceptable. El día que fueron a cosechar descubrieron que les habían robado todas las plantas. “El peruano de acá, el loretano, espera a que siembre su vecino para él poder robar”, lamenta amargamente. Por eso ha circunscrito su trabajo al procesamiento y comercialización de las plantas, que consigue gracias a una red proveedores que abarca toda la selva baja peruana. Ayahuasca, claro, pero también plantas maestras que los curanderos usan en sus dietas como el ajosacha, el chiric sanango o el toé, remedios como la sangre de grado o la uña de gato, súper comidas como el huasaí o el macambo. 

En la parte trasera de su casa, situada en un barrio periférico de Iquitos, se abre insospechadamente una pequeña industria, con varios empleados, almacenes y distintas áreas de procesamiento, con máquinas especialmente diseñadas para sus necesidades. “Comencé hace diecisiete años, con una vitrinita en el puesto de mi madre, en el mercado. Pero ahora se ha hecho marqueteo del Amazonas y la medicina natural y ahí empezamos a vender bastante a las personas quienes vienen a hacer turismo de sanidad”. Cinco o seis albergues recomiendan a sus pacientes los productos de Bardales: las plantas secas y trituradas, el extracto sólido en barras o en polvo, diferentes presentaciones y tamaños, todo pulcramente empaquetado y descrito. 

Bardales procesa varias toneladas de ayahuasca cada año. Primero la picachea manualmente y la seca en una gran sala techada con láminas de plástico transparente, a resguardo de las frecuentes lluvias. Una vez seca la pasa por una potente trituradora. Convertida en virutas, una parte es embolsada, etiquetada y puesta a la venta. La otra parte se cocina en grandes ollas al fuego, primer paso para obtener el extracto. “Triturada es como rinde más y no se necesitan muchas hervidas, ahorramos leña”. El líquido resultante, después de ser colado, se reduce durante horas en cocinas industriales, a baja temperatura, hasta obtener un extracto de consistencia pastosa. “Cuando hacíamos este proceso al fuego se quemaba abajo. En esta máquina está en movimiento constante y el calor es uniforme, no hay problema de que se queme. Le dejamos ahí prendido y nos vamos a trabajar a otra cosa”. 

A raíz del boom-boom postal de la ayahuasca, su negocio adquirió una nueva dimensión: diversos cocineros le llevan el remedio preparado para que lo reduzca a estado sólido y pueda ser enviado por correo. Gracias a ella Ron Wheelock cambió el dique seco por el viento en popa. Cada diez kilos de ayahuasca seca que procesa Bardales rinde un kilo de extracto, que vende a 200 dólares. Desde su experiencia industrial ha concluido lo mismo que los maestros tradicionales: cuanto más gruesa la ayahuasca, más potente. “Influye mucho. Si yo tengo veinticinco kilos de liana finita, y la cocino, me va a dar menos extracto que veinticinco kilos de liana gruesa. Por eso siempre insistimos a nuestros proveedores que traigan gruesa”. Pero los proveedores no obran milagros. “Ahora nos traen delgaditos”, dice resignada ante un saco de delgadas sogas que ha comprado en la mañana. “Cada día se desaparecen más las plantas, hay escasez”. Sobreexplotación, escasez, y su vástago inflación. “Hace cuatro años pagábamos 30 o 40 soles [10-13 dólares] por saco [30-35 kilos]. Veíamos muy caro 50 o 60 [17-20 dólares]. Pero ahora pagamos hasta 150 soles [50 dólares]”. Precio cuadruplicado en cuatro años y la amenaza arrecia. “Si no sembramos va a ser súper caro, vamos a consumir lianas muy finas y va a llegar a desaparecer. A todos los proveedores les decimos: ‘Por favor, siembren’”.
La ingeniera agrónoma Elizabeth Bardales dirige una pequeña industria que procesa toneladas de plantas medicinales al año, que vende a los clientes de los albergues chamánicos. En la imagen ultima la preparación del extracto de ayahuasca.
LOS QUE SIEMBRAN
Y se siembra. Lo han hecho tradicionalmente los curanderos locales, en sus chacras, en sus patios, para tener a su disposición el remedio sin internarse en el monte. Lo están haciendo ahora paisanos para los que representa un ingreso adicional a su precaria economía, comerciantes que han advertido el prometedor negocio, albergues que quieren garantizar su abastecimiento. Sin embargo, aún no está claro que los incipientes sembríos vayan a satisfacer la futura demanda. Hace tiempo sucedió lo mismo con la chacruna (Psychotria viridis), la mezcla más habitual de la ayahuasca, la que aporta el visionario DMT. Prácticamente desaparecida en su estado silvestre, la chacruna que se utiliza actualmente en Iquitos es sembrada. Como crece lentamente y su cultivo no es siempre exitoso, la demanda ha superado con creces a la oferta y los precios se han multiplicado hasta alcanzar los 25 soles, 8 dólares, por kilo. Pero el dinero no puede comprar lo que no existe, así es que muchos albergues y curanderos locales han adoptado como fuente de DMT las hojas de la chagropanga (Dyplopteris cabrerana), una liana que crece con facilidad y además tiene la reputación de ser más visionaria que la chacruna. 

Una reacción notable a esta vertiginosa evolución la representa el Temple of the Way of Light, el albergue más grande, el más consciente de la repercusión de su actividad, el más consecuente con sus postulados ecologistas y sociales. En el Temple se trabaja con chamanes shipibos, originarios de Pucallpa, a varios cientos de kilómetros de Iquitos, y se emplea medicina producida allí por un estrecho colaborador. Para cocinar los treinta litros mensuales que precisa el albergue, don Segundo requiere media tonelada de ayahuasca y ciento veinte kilos de hojas de chacruna. La chacruna procede de plantas sembradas, pero la ayahuasca tiene buscarla lejos. “Ya no es cerca de los pueblos el ayahuasca. Mucha gente le sacan, los extranjeros le buscan. Por eso los paisanos tienen que caminar un día para encontrarla”.
Silvia del Águila, una de las responsables del programa Ayahuasca Ayni, que ha puesto en marcha el albergue Temple of the Way of Light y que persigue la autosuficiencia de las especies vegetales usadas en la preparación de su medicina. En la imagen, en el sembrío de chacruna del Temple.
“Uno de los pilares de nuestra actuación es la reciprocidad”, dicen los responsables del Temple, conscientes de que la onda expansiva del boom afecta a regiones cada vez más remotas. “Hemos recibido mucho de esta medicina, y obviamente la mejor forma de devolver es replantar”. Con este espíritu nació Ayahuasca Ayni, un ambicioso proyecto que persigue el autoabastecimiento y una relación equilibrada con el entorno. En la extensa finca del Temple, se han dedicado varias hectáreas a la siembra de la ayahuasca y la chacruna. Además han incentivado la producción de estas especies entre los vecinos de las comunidades cercanas. En un par de años esperan ser autosuficientes. 

Los objetivos de Santiago “Gato” Palacios son de otro tipo. Es un hombre de negocios que se dedica a la compraventa de terrenos, la exportación de artesanía y la producción de ayahuasca, chacruna y chagropanga para cocineros y albergues. “Es un negocio rentable”, dice, “un negocio que no te pide nada: siembras, lo dejas ahí, lo limpias medio medio y ves tu platita a largo tiempo”. La suya es una plantación típica: una hectárea de bosque secundario librada de la vegetación menor, y un pedazo de la liana enterrado junto a cada árbol, para que pueda trepar. A los tres años, antes si se abona, una mata puede rendir varias decenas de kilos. Buen negocio hasta para el vecino. “La última vez me robaron veinte plantas gruesas. Antes no robaban pero ahora ya saben que pagan bien. Le cortan con serrucho para que no haga ruido, porque con el machete suena”. 

Prósperos albergues, avispados hombres de negocios y humildes paisanos, como Abraham Guevara, apasionado ayahuasquero desde hace treinta y cinco años. “La ayahuasca es una maravilla. Le critican que es demoníaca. Yo nunca he visto al diablo, pero sí me he acercado a los santos, a los lugares divinos”. Tampoco él imaginaba que la planta que reverencia se convertiría en negocio. Tiene una plantación modesta pero bien cuidada, de hermosos ejemplares, que utiliza para su consumo y comercializa esporádicamente, aunque a él sólo le toquen las migajas del pastel. Residente en una comunidad ribereña, desconocedor de los entresijos de las redes comerciales, vende su producto a un bajo precio, que se infla a medida que cambia de manos en la cada vez más larga lista de intermediarios. En lo que a él respecta, Guevara no cree que esta comercialización sea un sacrilegio. “Va para otros prójimos, para otras personas que también necesitan curación”. Ayuna cuando cosecha, sopla tabaco a la planta, y pide mentalmente. “Te vamos a llevar y vamos a venderte, porque necesitamos sobrevivir”. 

Sobrevivir. Dramática palabra en el bosque que durante milenios proveyó con abundancia de carne, pescado, materiales de construcción, medicinas… todo lo que los humanos precisaban para llevar una buena vida. Hoy toca adaptarse a los nuevos tiempos, tiempos de escasez e insatisfacción, tiempos de Monstruo Voraz.

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