El desencanto de un aprendiz

Un occidental de mediana edad en busca de respuestas espirituales encuentra la ayahuasca de manera fortuita y la experiencia le hace despertar a una nueva concepción de sí mismo y del mundo. Entonces, lo deja todo, se traslada a una comunidad de la Amazonia y se pone bajo la tutela de un chamán. El resto es historia.  
Al comenzar la ceremonia, el maestro shipibo Roger López de San Francisco de Yarinacocha brinda a su aprendiz japonés la bebida prodigiosa..
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 191 de la revista Cáñamo, noviembre de 2012. 
Con la intención de convertirse en chamán, Jean Claude había visitado San Francisco de Yarinacocha con cierta regularidad desde el primer año del siglo XXI. Ya era popular entre los vecinos en 2004, durante mi segunda visita: incluso aquellos comuneros que nunca habían tenido con él una relación cercana le nombraban con familiaridad. Uno de los niños del pueblo, al que había apadrinado, tenía su nombre. Yo, lastrado por la ilusión de visitar una comunidad sin turistas, sin occidentales, me descubrí íntimamente molesto por su influencia. Años más tarde, cuando regresé para realizar mi trabajo de campo, Jean Claude llevaba cuatro meses viviendo con un chamán, dedicado a aprender los misteriosos entresijos de la medicina vegetal. Reconozco que entre la curiosidad y la admiración que sentía por él medraba algo parecido a la envidia, lo suficientemente intensa como para refrenar mi deseo de conocerle. 

Antes de superar mi antipatía le vi dos veces. Una tarde, acompañado por dos amigas, acordaba con una ayahuasquera la ceremonia que celebrarían en la noche. Yo estaba al otro lado del patio, e hice como si no existiera, pero no perdía detalle. Su voz era ronca, profunda; su risa estentórea y franca. Las jóvenes, que nunca habían tomado el remedio, formulaban las típicas aprensiones, que Jean Claude resolvía entre bromas. La segunda ocasión fue con motivo de un espectáculo teatral que había montado en el pueblo la ONG de unos amigos. Jean Claude organizo el evento y lo presentó, dirigiéndose a los vecinos con una naturalidad de la que yo aún carecía. 

Un saludo, una sonrisa, una conversación que se teje, y la obviedad de que bajo la piel de los otros bullen ilusiones y sufrimientos, nobles ideales o pequeñas mezquindades, miedos, aspiraciones… Y las barreras caen. Con Jean Claude me sucedió en el taxi, camino de Pucallpa, que circulaba vacío buscando pasajeros por la comunidad. Con un ademán de su largo brazo detuvo el carro. Había adelgazado, lo que atribuí a la dieta. Al entrar y descubrirme en el asiento trasero me tendió la mano calurosamente. En la cara huesuda resaltaban sus grandes ojos azules, de mirada transparente, que disiparon mis recelos. Dos minutos después, como en el postergado reencuentro de dos grandes amigos, Jean Claude desgranaba lo que le había traído a San Francisco de Yarinacocha. 

Un occidental de mediana edad en busca de respuestas espirituales encuentra la ayahuasca de manera fortuita y la experiencia le hace despertar a una nueva concepción de sí mismo y del mundo. Reconoce la vacuidad de la vida occidental; vislumbra el poder de su yo interior, hasta entonces sepultado por las convenciones mundanas; se compadece de la enfermedad y la angustia que descubre en familiares y amigos; comienza a ofrecer tomas en su país de origen, pero acepta que su conocimiento es insuficiente; determina dar un paso al margen, renunciar a los privilegios adquiridos en su carrera profesional, establecerse en la selva, dedicarse al aprendizaje de la medicina vegetal… Una secuencia frecuente hasta ese punto; lo que distinguía la de Jean Claude era la decisión de poner en marcha un centro de medicina natural abierto a visitantes de todo el globo. “Un lugar donde quien quiera pueda venir a aprender”, explicó entusiasmado. “La condición que yo le puse a mi maestro es que no se cobrara, sino que la gente colaborara con la voluntad”, dijo mirándome fijamente, imprimiéndole a esas palabras una intensidad especial. Inmediatamente lamentó la mercantilización de la medicina vegetal. “Ahora cualquiera se hace llamar maestro: dan la ayahuasca, hacen que la gente vea cuatro colorines, y ya. Pero el trabajo de la ayahuasca es mucho más”. El lamento dio paso a la indignación: no soportaba el “negocio” (cabeceando) “del chamanismo”; tan poco como el cambio que había experimentado el pueblo desde que, cinco años atrás, llegara la energía eléctrica.
Para aprender los secretos de la medicina ayahuasquera es preciso respetar una severa dieta alimenticia, que excluye grasas, sal, azúcar, carne o picantes.
Una Arcadia, un Walden, una Utopía, era lo que Jean Claude pretendía realizar en la finca de su maestro, a las afueras del pueblo. Cuando la visité por primera vez aún había en construcción varias cabañas para acoger a los visitantes, una gran maloca ceremonial, una cocina, y su propia casa, grande y espaciosa, bien acabada. Entremedias se erguían viejos árboles frutales y plantas medicinales recién sembradas que Jean Claude iba nombrando, al tiempo que describía sus propiedades entusiásticamente; en una gran huerta brotaban pepinos, tomates, zanahorias y pimientos; una piscigranja, para la que habían tenido que contratar una costosa excavadora, proporcionaría pescado al establecimiento. El proyecto había requerido una inversión radical: reunió todos sus ahorros, liquidó sus bienes, dejó un trabajo bien remunerado, pidió la colaboración económica de algunos amigos, y se despidió de su pareja, como si por miedo a un posible arrepentimiento hubiera querido cerrarse cualquier posibilidad de volver atrás. “Mi objetivo es quedarme aquí cinco años y aprender a curar para luego regresar a mi país y trabajar como curandero”, afirmó, contundente. Tras su aparente seguridad, sin embargo, dudaba: “Tengo miedo a haberla cagado. No sé si alguna vez has estado en esta situación, pero a veces…”. Y confesó contrito cómo el presupuesto se había multiplicado por la falta de previsión de los constructores. Yo le escuchaba, ya desde la simpatía, entre la admiración por el arrojo y el temor a la caída; no era un detalle menor, pensaba yo (y callaba), que toda esa inversión hubiera sido destinada al terreno de su maestro. 

La comunidad shipiba de San Francisco había sido tragada por la voracidad irresistible de la cercana urbe. El prodigioso bosque de antaño no era más que un desolado yerbero; la laguna apenas ofrecía algún pescadito, insuficiente para alimentar a la población creciente. El alimento cotidiano se conseguía con dinero, cambio trascendental para un pueblo que siempre había obtenido de la naturaleza inmediata comida abundante, variada y nutritiva. Los vecinos estaban sumidos en el maremágnum del mercado: los jóvenes soñaban con una educación superior, persiguiendo la quimera del profesionalismo; los viejos adaptaban sus conocimientos ancestrales (la ayahuasca, las artesanías) para venderlos a los turistas, a los que se creía procedentes de un mundo de dinero sin fin. Por su parte, los occidentales que visitaban San Francisco esperaban confirmar su idealización de los chamanes indígenas: espiritualidad, bondad natural, sabiduría práctica, desinterés… Entre unos y otros se establecía una divergencia esencial entre las expectativas y la terca realidad, una problemática intersección de intereses. Como si hubiera adivinado mis dudas, Jean Claude alabó a su maestro. “Confío plenamente en él. Es muy buena persona. Nos conocemos muy bien. Han sido muchos años tomando juntos. Con su ayuda cumpliré mi meta y cuando regrese a Francia estaré fuerte y resistiré toda la porquería que hay allá”.
Martin, un eslovaco de 28 años, pasó varios meses en San Francisco, dietando con la poderosa planta del toé (Brugmansia sp.).
Nunca olvidaré el entusiasmo con el que unos días después compareció ante la asamblea para presentar su proyecto. El jefe de la comunidad abrió la sesión invitándole a que explicara cómo beneficiaría a los vecinos. La pregunta, que tenía un tinte capcioso, era precisamente la que Jean Claude quería contestar. Con voz solemne, midiendo cada palabra, disfrutando como un actor teatral en el escenario, puntualizó que el proyecto no sólo era suyo, sino de mucha otra gente en Europa y, sobre todo, de su maestro. “Él es el que nos ha curado, por eso nosotros le estamos apoyando. Yo voy a dietar aquí durante cinco años y cuando termine mi aprendizaje y vaya a mi país, las casas y los bienes van a quedar a nombre de mi maestro”. El hombre estaba en primera fila, observando atentamente; parecía abrumado por la rueda de la fortuna. “Esto no es un negocio”, continuó Jean Claude. “No vamos a cobrar a nadie, sino que la gente va a dar la voluntad”. Su afirmación despertó un murmullo de extrañeza, tal vez de aprobación. “Beneficios a la comunidad son muchos: todos los trabajadores del centro son de la comunidad; cada persona que llega aporta diez soles para las autoridades y diez soles para la policía; cuando la piscigranja esté produciendo, un diez por ciento del pescado es para la comunidad; si los cultivos salen bien habrá tomates para la comunidad a un precio razonable”. Y quizás porque sentía el pláceme de la asamblea, en su sonrisa se asomó el regocijo. “No hay intención de hacer negocio”, recalcó a lo largo de su exposición. Ésa era su gran apuesta: probar que los visitantes occidentales, iluminados por la ayahuasca, colaborarían económicamente sin necesidad de exigir dinero de antemano. Claro, pensé en ese momento, ése era el lugar que a él le hubiera querido encontrar la primera vez que visitó San Francisco. 

El entusiasmo espiritual de Jean Claude encontró unas horas más tarde su contrapunto realista en mi anfitrión, el ayahuasquero Roger López, Suipino, dueño del centro de medicina natural más visitado de San Francisco, orgulloso de ser uno de los pocos empresarios de la comunidad, muy admirado por ello entre los suyos. Cuando por la noche le pregunté sobre la decisión de Jean Claude de no cobrar, movió la cabeza de un lado a otro, con una mueca de escepticismo. “Los ayahuasqueros siempre hemos cobrado por nuestro trabajo. A mi abuelito, el paciente que no tenía plata le entregaba comida. Los enfermos a los que tardaba mucho tiempo en curar se quedaban después a vivir con él para ayudarle a hacer chagra y le pagaban con trabajo”. Chasqueó la lengua y se enervó ligeramente: “Ahora los gringos se molestan si les pedimos plata. Pero si no pones precio a este trabajo, ¿tú crees que ellos van a dar algo? Dan una miseria, o se van sin dar nada”. Para Roger la cuestión no presentaba la menor duda: se consideraba un profesional que cobraba por sus servicios. “¿Quién va a dar de comer a nuestros hijos? Ahora todo es dinero. ¿Cómo vamos a pagar su universidad?” Y, enarcando las cejas, vaticinó: “No va a funcionar, ya verás”. 

Cuando unas semanas después visité a Jean Claude por segunda vez le acompañaban dos de los socios fundadores, a quienes había dado de tomar ayahuasca en Lyon. “Nosotros no teníamos ni idea de lo que era la ayahuasca, y llegamos por una cuestión terapéutica. No sabíamos nada de visiones, ni de colores”, explicó la mujer, ante un plato de ensalada y verduras cocidas. “De hecho, la primera ceremonia fue un infierno”, continuó él, que había sufrido de insomnio durante años. “La segunda ceremonia y la tercera y la cuarta, fueron un infierno”. Ambos notaron una evidente mejoría en su estado y decidieron apoyar económicamente el proyecto de Jean Claude, a quien consideraban con reverencia. “Vamos a estar dos meses aquí. Primero vamos a limpiarnos. Luego nuestro objetivo es no ya aprender a curar pero sí al menos entender en que consiste este mundo”. “Lo importante es el chamán”, terció Jean Claude. “La planta es un purgante, y es fuerte, pero lo que cura, lo constructivo, o lo destructivo, lo aporta el chamán. Eso lo tengo muy claro”. Y trató de hacernos entender cómo se efectuaba la curación espiritual. “Una enfermedad es, por así decirlo, un demonio que uno tiene en un determinado órgano; como si ese demonio estuviera a tu lado y con sus tentáculos estuviera tocando y dañando tu órgano. Lo que el chamán hace en la mareación es cortar esos tentáculos y luego limpiar. Y eso lo hace mediante el canto”. Pasamos la tarde ante un té, despotricando contra la sociedad de consumo (nuestro tema favorito). Al despedirme Jean Claude me informó de que por fin comenzaría su primera dieta: seis meses de aislamiento en su flamante casa (sólo podría ver a su maestro), siguiendo un estricto régimen alimenticio. Me lo planteó como la prueba decisiva. Le deseé suerte, le abracé, y le eché de menos anticipadamente.
Muchos centros de medicina natural de la Amazonia brindan a los visitantes la posibilidad de familiarizarse con el mundo de la ayahuasca.
No simplemente contento u optimista, cuando varios meses después le encontré caminando por las calles del pueblo, Jean Claude estaba eufórico. Era poco más que un manojo de huesos, pero con una intensa energía; todo lo contrario a la enfermedad. “No te puedo tocar”, dijo levantando las manos al pecho. “Aún no he salido completamente de la dieta”. Caminamos hacia la laguna, en el bello atardecer de San Francisco. “Muy intenso, muy bueno y muy duro. Es una experiencia que yo recomiendo a todo el mundo”, explicó con cierta condescendencia, como si se hablara desde un nivel superior. Parecía estarlo: arrollador, exultante. Había respetado estrictamente la dieta y el aislamiento. “El trabajo del maestro es casi tan duro como el del aprendiz porque debe absorber las frustraciones, las malas energías del dietero. El maestro las reconduce”. 

Nos sentamos en el embarcadero, la laguna se abría bellísima: la superficie verdosa moteada por pequeñas canoas bajo el cielo azul algodonado. Habló de la Biblia, el único libro que le había permitido leer su maestro. Justificó los pasajes más violentos y puso como ejemplo al Pueblo de Israel: “Tienes un camino y alrededor hay gente que te impide llegar a tu meta y por eso la guerra, la destrucción, el fuego”. De exultante pasó a exaltarse; su discurso se apartó del amor universal de meses atrás. “Seguir por este camino me va a causar problemas”, dijo enigmático. Repitió en varias ocasiones la palabra “dificultades”, sin precisar, y finalmente confesó que una de esas dificultades era económica. “No llegan visitantes”. Estaba decepcionado; pese a su determinación de no cobrar, había confiado en que el centro generaría dinero. “Ha sido un castigo porque uno de nosotros se comportó mal en su vida cotidiana. Pero tomamos ayahuasca, y lo vimos, y quedamos de acuerdo en cuál era la solución. Humildad. Cuando uno pierde la humildad viene el castigo. Tomando ayahuasca uno adquiere una gran fuerza personal y puede creerse superior, un gurú. Eso me pasó en mi última etapa en Francia: me sentía como un gurú”. 

Jean Claude entró en su segunda dieta varias semanas más tarde. Apenas nos vimos una vez en ese tiempo, y él se apresuró a disculpar la exaltación del anterior encuentro. Estaba más tranquilo; seguía decidido a culminar sus cinco años de aprendizaje. Mi trabajo de campo terminaría mucho antes de su siguiente descanso, así es que nos despedimos, experimentando la emoción que se siente por el amigo que se adentra en una peligrosa aventura, al que tal vez nunca se vuelva a ver. 

Siete meses después le escribí un correo electrónico, interesándome por la evolución de su aprendizaje. La respuesta se demoró varias semanas y, cuando llegó, más que una respuesta parecía todo lo contrario. Jean Claude contaba que había regresado a Lyon para ayudar a una amiga gravemente enferma. Desde entonces se dedicaba “de lleno” a la medicina vegetal, y aseguraba tener “muchos pacientes”. Su única referencia a San Francisco fue breve y desapegada, incompatible con el entusiasmo de otro tiempo: “No entra en mis planes regresar pronto, también porque no tengo ya nada de dinero”. ¿También? ¿Había entonces otra razón no escrita pero sí pensada? Luego matizaba: “Seguro que tarde o temprano volveré, aunque sólo sea para buscar ayahuasca y visitar a los pocos amigos que tengo por allí”. No tuve más remedio que interpretar ese “seguro” como improbable y el “tarde o temprano” como más nunca que tarde. El “pocos amigos” evidenciaba “muchos no amigos”, y el “aunque sólo sea” sugería que ya nada le unía a San Francisco. Ni la menor referencia a la suerte del centro en el que había invertido todo el dinero que pudo reunir, toda la esperanza de la que disponía. Ni una palabra sobre la relación con su maestro. Ni un lamento por el frustrado proceso de aprendizaje que habría de durar cinco años. 

Quizás no debería haberle escrito nuevamente, hurgar en su experiencia y pecar de chismoso, pero lo hice. Aduje estar preparando un ensayo sobre las relaciones interculturales en diversos ámbitos y le pregunté sin ambages por su relación con el maestro y la suerte del proyecto. Las semanas se sucedieron, luego los meses, sin respuesta. Le escribí una segunda vez. En esta ocasión recibí un mensaje automático que notificaba la inexistencia de la dirección barimetsa@xyz.com. Bari Metsá, Bello Sol, era el nombre shipibo con el que le había bautizado su maestro.

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