Pacientes e impacientes
Una contable alemana está aburrida de ver el aura de las personas y soñar el futuro; a una cocinera nativa le duelen los huesos; dos exitosos financieros de Canadá sienten vacío espiritual; a la joven vecina de un pueblo ribereño la han embrujado; un grupo de turistas ansía visiones extraordinarias. Razones de unas y otros para acudir al ayahuasquero.

David y Nikki, ambos en búsqueda espiritual, concentrados poco antes del comienzo de una ceremonia. En el albergue Kapitari, Iquitos.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 203 de la revista Cáñamo, noviembre de 2014.
CLAUDIA. Una mujer alemana de mediana edad, jefa del departamento de contabilidad de una importante empresa, felizmente casada, lleva una vida convencional hasta que una mañana se despierta y el mundo está atravesado por haces de energía luminosa que corren de un lado a otro y a ninguna parte. Las personas tienen aura y, cuando se acerca a ellas, siente sus miedos y problemas, sus estados de ánimo. Sueña vívidamente que una amiga está embarazada; cuando se lo comenta la otra se asombra (y se asusta): nadie lo sabía. Sueña que su marido cambiará de trabajo y ciudad; el hombre se ríe, pero unos meses después el sueño es realidad. Sueños recurrentes de jaguares no la dejan descansar; se preocupa: ¿qué tal si una noche se convierte en felino y se come a su marido? Amanece exhausta. No sabe cómo manejar su nuevo poder. Comienzan los problemas con los compañeros; cree que se han vuelto contra ella, que envidian su eficiencia y su alegría. El paroxismo llega en una convención profesional, cuando se aparece ante ella una gigantesca anaconda. Huye aterrada. Entra en depresión. Visita un psiquiatra; le receta un medicamento cuyos efectos secundarios pueden empujar al suicidio. Visita otro; le recomienda que busque una terapia “paranormal”. Un libro le pone en la pista: el jaguar y la anaconda son de la Amazonia (los sueños eran una señal). Descubre la existencia de la ayahuasca y de Sachamama, el centro de sanación espiritual del curandero capanahua Francisco Montes. Vuela desde Alemania hasta una rústica casita sin paredes, en medio de la selva. Allí dieta estrictamente durante dos semanas, aislada, y toma ayahuasca cuatro veces. En la segunda ceremonia, al vomitar siente que “algo sale del cuerpo”. Al final del tratamiento tiene “claro” lo que le sucede: “Ahora sé que no es un problema físico sino espiritual. Y sé que se debe a que estoy demasiado abierta; y he visto cómo puedo cerrarme a esa dimensión del mundo”. Cuando regrese a Alemania se dedicará a ayudar a la gente que sufre acoso laboral, como el que ella pasó. Ha soñado con seis números que debe jugar en la lotería (lo hará).

Norma acudió al ayahuasquero de su pueblo porque sentía dolores en los huesos. Para curarse dietó y tomó ayahuasca 22 veces.
NORMA. Esta vecina cincuentona del pequeño pueblo de Llanchama, a una hora de Iquitos, presenta un caso concreto y terrenal: recurrió a un ayahuasquero de su pueblo hace unos años porque sentía malestar en todo el cuerpo. “Me dolían mis huesos, los brazos, me dijeron que tenía artritis”. Al principio fue reacia a tomar porque tenía miedo de las visiones, pero lo hizo, exactamente en veintidós ocasiones. “Vi bien clarito animales y serpientes de todos los tamaños, pero eso es la ayahuasca”. El tratamiento se prolongó durante tres meses, en los cuales sólo comió pescado asado y plátano verde sin sal. Se curó y, curada, no tuvo razón para seguir tomando. “Ahora estoy tranquila, trabajando sin problemas”. Curioso: mientras que la mayoría de los extranjeros buscan las visiones, ella las teme; considera la ayahuasca un remedio físico, no un camino a la iluminación.

Harry Greenwald, exitoso en el mundo financiero canadiense, sentía un vacío en su vida. Cuando supo de la molécula DMT y de la ayahuasca, no dudó en viajar hasta Iquitos.
HARRY Y SAM (1). Convirtamos a los canadienses Harry Greenwald y Sam Perhar en arquetipos del paciente occidental. Profesionales urbanos (aparentemente exitosos) que al término de la compraventa financiera de cada día llegan a casa para hundirse en un vacío sin sentido. Fingen que están bien, pero saben que no es así y buscan una solución a la angustia. Harry investiga en internet y da con la molécula DMT, presente en la ayahuasca, y que alguien se atreve a llamar “la molécula del espíritu”. Durante meses debate con su amigo íntimo Sam la conveniencia de visitar Nihue Rao, un centro de sanación espiritual que les han recomendado. Se deciden a pagar los setecientos dólares que cuesta una semana de tratamiento y llegan a Iquitos con la esperanza de una revelación, de un mensaje. Al llegar les ofrecen un asqueroso vomitivo y les ponen a dieta: comida ligera, sin sal, y una planta maestra que cada tarde deben tomar en forma de jugo (también repulsivo). Cuando toman ayahuasca se dan cuenta de que no es, ni mucho menos, lo que esperaban. Harry: “Fue aterrador. Había muchos sonidos, murmullos, risas de espíritus, y las cosas daban vueltas a mi alrededor. La estructura de la maloca estaba dándome mucho miedo. Me sentía muy incómodo, con náusea. Entonces el chamán se puso a cantarme y las cosas alcanzaron un punto dramático. Todo daba vueltas, me movía de un lado a otro, me agarré la cabeza. Lo odiaba tanto que me dije: ‘Nunca volveré a tomar ayahuasca otra vez’. Una vez que el chamán terminó de cantar vomité un montón porquería. Y después me sentí calmado, relajado”. La mareación de Sam no fue muy diferente: “Había un fractal, criaturas, cosas extrañas… Sucedían muchas cosas pero nada era vívido, todo era oscuro. No pude navegar. No fui capaz de hacer mucho o de interpretar un mensaje. Y me dio mucho miedo”. En vez de vomitar sufrió una diarrea tenaz.

Lisbet sufría de cólico y diarrea; los enfermeros del hospital la recomendaron que visitara un médico tradicional, que allí no podían hacer nada. Tomó con Lucho Panduro, el ayahuasquero de su pueblo Tamshiyacu.
LISBET. Lisbet es vecina del pueblo de Tamshiyacu, célebre por el gran número de albergues ayahuasqueros de las inmediaciones. Sabe desde niña de la existencia de la ayahuasca: sus padres le advertían que era una bebida “diabólica” y que si tomaba “Dios no la recogería”. Pero ya adulta Lisbet enfermó gravemente, con cólico y diarrea, y la medicina de hospital no pudo curarla. “Las ampollas me hacían peor”. Fueron los mismos enfermeros, también vecinos, quienes le aconsejaron que visitara al curandero. “No está bueno”, dijeron, “si te seguimos poniendo te podemos matar. Mejor que vayas a un médico tradicional, y si es algo espiritual que te lo saque”. Efectivamente, Lisbet visitó al ayahuasquero Lucho Panduro. Su diagnóstico: a Lisbet le habían enviado un daño, brujería. Tomaron ayahuasca para identificar al malhechor y combatirle. A Lisbet la superó un mundo de visiones incomprensibles hasta que se paró a su lado el causante de su enfermedad: un allegado a la familia con quien sus padres habían tenido problemas recientemente. Lucho le botó de su lado y Lisbet comenzó a arrojar y arrojar hasta que no quedó nada dentro. El hombre ya no estaba. En los siguientes días Lisbet respetó una dieta alimenticia y tomó infusiones de ojé, un poderoso purgante. Al quinto día se había recuperado completamente. Desde entonces toma periódicamente, “cuando está sucio el estómago y cuando estoy de mala suerte”.

Sam Perhar, concentrado poco antes de tomar ayahuasca por tercera vez. Sus primeras ceremonias fueron decepcionantes: mucha diarrea, nada de visión.
HARRY Y SAM (2). “La gente necesita saber que esto no es un paseo divertido. Ayahuasca te va a sacar la mierda”. Después de la cuarta y penúltima ceremonia del tratamiento, Harry y Sam se declaran “decepcionados”. “Decepcionados”, explica Harry, “porque esperábamos que nuestras preguntas iban a recibir respuesta. Y no ha sido así. En vez de eso sólo nos hemos purgado. Ayer la purga fue violenta: mucho vómito. Y cuando creía haber terminado volví a vomitar un pedazo duro y redondo de materia; espero que eso fuera lo que esta gente ha estado tratando de sacarme todos estos días”. Ni él ni Sam han experimentado las publicitadas visiones que supuestamente produce la ayahuasca. A Sam la limpieza no le parece suficiente: “Sabíamos que habría purga, pero pensábamos que vendría combinada con visiones en la misma ceremonia, no que habría mucha purga durante muchas ceremonias antes de que llegaran las visiones”. Harry está contrariado: “Hasta el momento la ayahuasca no me ha mostrado nada. Y en este momento no me convence, porque no me ha dado guía”. Harry y Sam encarnan en este punto una confusión crucial en la experiencia ayahuasquera, que lastra en gran medida la experiencia de los extranjeros primerizos (y no tan primerizos). En internet, así como en la mayoría de las publicaciones científicas o populares de expertos más o menos avispados, la ayahuasca es una bebida cuya propiedad fundamental es la experiencia visionaria, desencadenada por las moléculas de DMT contenidas en la chacruna (Psychotria viridis) o la huambisa (Diplopterys cabrerana). Según esta explicación la ayahuasca (Banisteriopsis caapi) aporta inhibidores de la monoaminooxidasa, una enzima que hay en el estómago humano y que, de no ser inhibida, destruye el DMT ingerido oralmente, impidiendo que éste llegue a la sangre y al sistema nervioso central. Es decir, está comúnmente aceptado que la ayahuasca es secundaria, que su función consiste en permitir la actividad del DMT. Según esta teoría los indígenas, que llevan siglos usando esta medicina, son tontos; y los occidentales, que se la acaban de encontrar, son el no va más. Digo que los indígenas son tontos porque han bautizado a la decocción con el nombre del componente menos importante: ayahuasca. También en Colombia: allí la liana se llama yagé y su decocción con chacruna recibe el nombre de… ¡yagé! Y más tontos aún quienes (muchas culturas) utilizan la ayahuasca sin las dichosas moléculas de DMT. Otra obviedad que se suele obviar, quizás por ser demasiado obvia, es que en el castellano regional el remedio recibe el nombre de “la purga”, y que una de las razones más habituales que aducen los nativos para tomar el remedio es “limpiar el estómago” y de esa forma “botar malas energías”. Desafortunadamente, muy poco se ha investigado sobre las asombrosas propiedades purgantes de la liana (sola), así como el efecto de esta purga en el estado de ánimo o, dicho de otra forma, en la salud espiritual. Y con esta parrafada no menosprecio las propiedades visionarias; simplemente matizo su importancia.

En uno de los retreats frecuentados por gringos es habitual encontrar escenas de este tipo: limpieza energética con tabaco, izquierda, y agua de colonia, derecha.
TURISTAS (1). Creo que a J.P., John y Nikki (Estados Unidos); Evandro (Brasil); David y Marjolene (Irlanda); Asaf (Israel); José y Emilio (México); y Matthew (Inglaterra), no les agradará que les considere “turistas de la ayahuasca”, pero si no lo son, lo parecen. Su estancia en Kapitari (el albergue de sanación espiritual de Luis Culquitón, a las afueras de Iquitos) constituye para la mayoría una etapa más en un largo viaje por Perú o Suramérica. El matrimonio compuesto por John, fiscal, y Nikki, programadora informática, ambos en la treintena, está apurando el último mes de una vuelta alrededor del mundo en la que han invertido un año. “Una búsqueda espiritual”, explican. Se les ve felices, muy unidos. Evandro, un azafato brasileño residente en San Diego, de cuarenta y dos años, también está en esa búsqueda. “Quiero ser tocado por el mundo espiritual y conocerme mejor, de forma que pueda llegar a ser una mejor persona. Busco un propósito en mi vida, algo superior a ganar dinero y gastarlo”. Los hermanos mexicanos de cuarenta y cinco y cuarenta años, que manejan una grúa de carga y descarga en los muelles de Los Ángeles, son los únicos que llegan con la intención exclusiva de solucionar determinado problema de salud, que no quieren compartir. Marjolene y David, pareja, llegaron a la ayahuasca por recomendación de la madre de ella, que la había probado en Irlanda; ellos quieren una experiencia más genuina en la selva. Asaf, el más joven, probó el LSD hace unos meses y la experiencia le abrió el apetito por nuevos psicodélicos, con la esperanza de encontrar “una verdad más profunda”. Matthew y J.P. son los únicos experimentados. Matthew ha tomado veinte veces: en Inglaterra, por su cuenta, y en distintos albergues de Perú. Le gusta la ayahuasca fuerte: “Me pone en un estado de conciencia en el que no sé dónde estoy, ni sé qué es un libro o un reloj. Y luego tengo revelaciones divinas”. J.P. ha avanzado en la carrera espiritual: experto en estos menesteres, presume de coloridas visiones y conoce y emplea términos esotéricos; no me extraña que escriba poesía psicodélica y la comparta a la menor ocasión. El grupo socializa en la maloca y en el comedor, se conversa de esto y lo otro, se toca la guitarra, se intercambian lecturas, los lazos se estrechan… ¡Buen rollito! El ambiente me recuerda a un campamento de verano.

Harry Greenwald, desanimado al día siguiente de su cuarta experiencia con la ayahuasca: purga violenta. Decepción.
SAM Y HARRY (3). Cuando me ven en la mañana del sábado, después de la quinta ceremonia, Harry y Sam anuncian que tienen algo que contarme. No Harry, para quien nada cambió: “Fue muy similar a lo que experimenté los días anteriores. Me purgué muchísimo en dos ocasiones diferentes, y después de eso me relajé y disfruté de los sentimientos que afloraban en mi corazón”. Luego habla Sam, visiblemente emocionado: “Empezó como los otros días. Tomé una buena dosis, vomité y me invadieron unos sentimientos muy agradables, y tuve algunas reflexiones sobre el amor: que tenía que quererme más a mí mismo para poder querer más a la gente a mi alrededor. Estaba muy satisfecho con eso: ‘Es una buena manera de acabar’, pensé. Pero vi a alguien ir a por más y me dije: ‘No hay ningún peligro, es mi última noche, podría tomar más’. Y lo hice, y fue una decisión inteligente. Tomé, regresé a mi colchoneta y un poco después cerré los ojos y ahí es cuando sucedió: conocí a la Madre Ayahuasca. Dijo: ‘Bienvenido, quédate aquí conmigo’. Tenía la sensación de que estaba cuidándome, me sentí seguro, no quería salirme de ahí, estaba feliz. Tuve algunas visiones, pero no muchas. Y también vi que Ella podía ser celosa, porque me dijo: ‘Quédate conmigo, aquí es donde quieres estar’. Fue interesante. Y después comencé a reflexionar sobre mi familia, mis padres, mis hermanos, y mientras tenía estas visiones Madre Ayahuasca me trajo un cálido sentimiento al corazón, y me mostró que el amor es la clave. Sí, el amor fue un tema importante”. Y Harry, en nombre de los dos, concluye: “Era muy importante que uno de los dos al menos tuviera esta experiencia. De habernos ido de aquí sin comunicarnos con Madre Ayahuasca habría sido molesto. Estaríamos diciendo: ‘¿Qué carajo hemos hecho?’ Pero puesto que ha sucedido ya no tenemos dudas sobre su validez. Lo hemos entendido”.

J.P., experimentado viajero espiritual, relata pormenorizadamente sus visiones a sus compañeros de grupo en Kapitari, un albergue de sanación espiritual a las afueras de Iquitos.
TURISTAS (2). El inglés Andy Metcalfe y la australiana Jungle Jeannie son los facilitators, es decir, los organizadores del retreat (en Iquitos la ayahuasca habla inglés). Reunido el grupo en la maloca antes de tomar, Andy y Jeannie hacen hincapié en que las visiones son secundarias. “Algunas personas tienen visiones increíbles”, explica Andy, “pero no le pasa a todo el mundo. Para mí está claro que ayahuasca no es una cuestión de visiones. Siempre lo digo al comienzo de los retreats: ‘No vengan con grandes expectativas de visiones asombrosas, porque puede ser que no lleguen. Sin embargo la ayahuasca tiene muchos dones diferentes que dar a la gente, que llegan en gran variedad de formas. El verdadero don es la curación que te va a dar. Casi todo el mundo, hay muy pocas excepciones, se va a casa sintiéndose mejor que cuando llegaron”. Mira que habla claro Andy, pero la gente no entiende, y tras tres primeras ceremonias en la vomitiva oscuridad, comienzan las lamentaciones. Evandro, el azafato brasilero, está un poco decepcionado porque esperaba “pasar al otro lado”, o dicho de otra forma, “que mi ego muriera y entonces pasar a ser consciente de la gran energía del cosmos y de aquellos reinos que la gente llama con muchos nombres diferentes”. Lo que le sucedió, en cambio, fue que vomitó y luego tuvo pensamientos acerca de la importancia de la familia y el amor. Para el resto de los participantes fue algo similar: vómitos en la oscuridad. Y David, que sí tuvo visiones, no entendió un carajo. “Eso es lo que digo”, argumenta Jeannie. “Las visiones no sólo no son lo más importante sino que además muchas veces distraen, confunden”. Éste, sin embargo no es el caso del experimentado viajero espiritual J.P.: “Vi un ser con mucho tentáculos y ojos en extraños lugares. Me chupó algo viscoso de dentro de mi cuerpo, y se lo comió. ‘¿No te hará daño?’, pregunté. Y ella dijo: ‘No, porque puedo transformarlo’. Luego pasé otra vez por el agujero de la lombriz y cuando salí al otro lado pude ver el mundo medio, y comencé a volar, pero estaba todavía en mi forma de humano, entonces pensé en cambiarme en algo que pudiera volar. Tenía opciones: un águila, un cóndor o un halcón. Y dije: ‘Cóndor’, y me transforme en cóndor. Volaba en un espacio oscuro y automáticamente lo asocié con Einstein. El universo no era estático y las herramientas que estamos utilizando dependen mucho de los sentidos, son en gran medida la expresión de lo humano, pensamos demasiado como humanos para percibir cualquier cosa más allá, por eso nuestra tecnología no nos llevará más allá”. Y así continúa por espacio de quince minutos. Jeannie le considera el “gurú” del grupo.
SAM (4). Sam me escribe unos meses más tarde. La experiencia le ha sacudido de tal forma que ya ha reservado otra semana en Nihue Rao. “Iré con mi hermano menor y dos primos. ¡Será un evento familiar! Tengo muchas ganas de regresar. He dejado de tomar alcohol desde mi último viaje: mi mente está mucho más fuerte y estoy en mejor forma física. Tengo muchas ganas de hacer más limpieza y tener una experiencia más interesante y profunda. Veremos qué pasa”.