Lo que cura el curandero

Juan Curico es un perfecto exponente del "vegetalismo", un sistema chamánico mestizo descrito por el antropólogo Luis Eduardo Luna. Perteneciente al pueblo cocama, y nacido cerca de Lagunas, pueblo que fue la capital de las misiones de Maynas, Curico vive y trabaja en Iquitos, tanto para sus vecinos como para los centros de retiro especializados en ofrecer ayahuasca. 
Juan Curico y su hijo pequeño a la puerta de su casa (y consulta) en el distrito de Punchana, Iquitos.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 201 de la revista Cáñamo, septiembre de 2014.
Cae la tarde sobre el popular distrito de Punchana, en Iquitos. En el interior de una humilde casa, el curandero Juan Curico, en la hamaca, prende la pipa, chupa hasta que obtiene una espesa humareda, y sopla a su mujer y a su hijo pequeño, echados junto a él. Después se incorpora y cura con el humo del tabaco cada rincón de la sala. “Hay que poner los arcanos en la casa para que no entre ningún mal. Yo siempre pido al divino creador que nos guíe y nos proteja”. 

Regresa a la hamaca con ademán de cansancio mientras explica que no ha podido trabajar con plenas facultades en las últimas semanas. “No estaba bien de la cabeza”. Su malestar comenzó con una pesadilla: fieras monstruosas le golpeaban despiadadamente. Despertó “medio loco”. A media tarde perdió la vista temporalmente, la realidad se volvió pesadilla: un tigre se plantó en la sala para comerle, irrumpieron demonios con la intención de asesinarle. “Me volví medio agresivo. Veía a mis hijos y pensaba que estaban en mi contra”. Pasó un mes convaleciente, fuera de este mundo. 

Cuando se recuperó tomó ayahuasca y descubrió el origen de su mal. Vio a la enferma que había venido a buscarle con un dolor en el abdomen, a la que diagnosticó un “daño”, el tipo de enfermedad producida por las malas artes de un brujo. Recetó a la mujer una infusión de camalonga conjurada con un icaro, el canto mágico curativo. Al cabo de las horas la mujer echó por la vagina un pez raya, introducido espiritualmente por el brujo. “A veces te ponen una lombriz, o un alacrán, y le sientes que te muerde, y te hace doler. La punzada te da; está moviéndose ese animal adentro. Son cosas admirables, cosas que los que no conocen lo consideran un cuento; pero las cosas de la brujería son reales”. 

La noche siguiente Juan y la mujer tomaron ayahuasca para identificar al brujo agresor. Ella recordó el robo de su canoa, y cómo encontraron al culpable, un joven al que propinó públicamente un par de cachetazos. El joven juró venganza, se lo contó a su padre, que contrató a un brujo para que la matara. Juan Curico intervino a tiempo, a sabiendas de que liberando a la mujer, el brujo rabioso trataría de matarle a él. “Por defender a una persona yo he sufrido el golpe. Muchos curanderos cuando ven daño, no quieren curar. ‘No puedo’, dicen. Para evitar estar mal ellos. Pero yo sí la sané y los dos estamos vivos. La señora y yo, gracias a Dios”.
A las seis de la tarde, Juan Curico y su esposa cumplen con un ritual ineludible, soplar tabaco para defender la casa y la familia de ataques espirituales.
BRUJOS Y CURANDEROS
Para los curanderos amazónicos, las enfermedades graves son rara vez debidas a causas naturales; al igual que su remedio, proceden del mundo espiritual. Dios con los curanderos, sana; el Diablo con los brujos, enferma. “El daño es trabajo del brujo. El brujo es como un comerciante: vende su brujería. Alguien llega: ‘Quiero matar a fulano. ¿Cuánto cobra?’ El brujo no cobra poco, como un curandero. ‘Me das tres mil soles’. Cuando le paga, el brujo hace el trabajo: mata”. 

La medicina amazónica es una lucha incesante entre las fuerzas espirituales del bien y el mal, entre brujos y curanderos. Sin embargo, la línea que separa a unos y otros no es fácil de trazar. Si le pregunto a Juan qué plantas maestras emplean los brujos, responde: “La catahua, la lupuna blanca y colorada, lo palos con espinas”, y acto seguido matiza que también sirven para curación. Lo mismo sucede con los espíritus de los animales: “El otorongo, el puma, la pantera, la yakuruna”, identifica como aliados de los brujos. “Pero, ¿pueden servirle a usted para curar?”, pregunto. “También”, concede. Existe cierta ambigüedad en los relatos de los curanderos: ninguno reconoce hacer maldad, pero sí consideran legítimo defenderse con agresividad del brujo que envió el daño al paciente. “Hay curanderos que conocen dos cosas: curan y matan. Ellos aprendían parte de la brujería: ‘Mis defensas’, decían. Para contrarrestar el mal tenía que aprender más la brujería para matarle al otro. ¡¡Chan!! Y le tumban al brujo. Ahí se acaba”. 

¿Y quiénes son brujos? Se recela de cualquier otro ayahuasquero, especialmente si goza de reconocimiento social o poder económico. Pero hay un rasgo de la brujería en el que todos coinciden: “Aprender brujería no es difícil. Matar es fácil, ¿no? Toma el cuchillo y pícale a ese señor. Le matas. Igualito la brujería. Para ser brujo una dieta de tres meses. Para ser curandero una dieta de tres años. Ahí está la diferencia”. Por eso el brujo no puede hacer nada contra el daño, ni contra el susto (cuando la persona sufre un trauma que la deja postrada en la abulia, en el desánimo, y se marchita), o contra el malaire (cuando un espíritu de energías negativas se acerca a una persona, que resulta con vómitos y diarreas que pueden llevarla a la muerte). 
Juan Curico, conversa con un vecino en la sala de su humilde casa, en Punchana, Iquitos. 
DIETAS
Juan Curico Macuyama nació en 1952 cerca de Santiago de Lagunas, tierra ancestral de cocamas, y puede curar todas estas enfermedades espirituales porque, desde la cuna, fue preparado en la medicina por sus abuelos. “Querían que me quedara con su conocimiento. Me hicieron dietar, comenzando con la teta de la mamá”. Cuando el niño mamaba, el abuelo se inclinaba sobre el seno de la madre, e icaraba. Al destete, sus comidas eran escogidas, y ya desde los dos o tres años, le sometían a pequeñas dietas: ni azúcar ni sal, ni grasas ni picantes, ni puerco ni pescado de cuero. Ocasionalmente los abuelos celebraban una ceremonia con el fin de preparar espiritualmente al niño. Esto sólo era posible en la vida de otros tiempos, cuando la palabra del abuelo no estaba sepultada bajo las modernas formas de adoctrinamiento: la escuela y la televisión. Eran los tiempos de la abundancia de pescado, de las unidades domésticas diseminadas en un territorio ilimitado, de los comerciantes regatones que surcaban los ríos de la Amazonia intercambiando sal, ropa, cartuchos o anzuelos, por productos del monte. El niño se dejaba hacer.

A los doce años Juan se sometió a su primera dieta prolongada. Estaba en el río Oroza acompañando a sus abuelos, dedicados a la extracción de palo de rosa, una preciada madera. Los abuelos le hicieron un tambito en el monte, donde Juan vivió aislado por espacio de un año, a base de un plátano y un pescado al día; la sal, ni probarla. Su planta maestra fue la ayahúma; su abuelo raspaba un poco de la corteza de este árbol, la mezclaba con agua, y se la daba al muchacho. Los cambios en la percepción no tardaron. “Te conversas con todos los espíritus de las plantas, como estamos conversando nosotros ahora mismo. Ellos te dicen para qué sirve esta medicina o la otra. Ellos cantan y todos los icaros que van cantando tú vas grabando en tu mente. El maestro que te hace dietar no te enseña, lo que te enseña son las plantas mismo”. A esa dieta le siguió otra de tres años, con huayra caspi, otra planta maestra. “Cuando aprendes en las dietas encuentras un montón de cosas que nunca has encontrado. Hay mundos maravillosos en el secreto de la medicina. Pueblos con personas encantadas. Y cuando llegas a ese mundo, no hay ganas de volver porque sientes tu cuerpo y tu alma en paz”. 

Tenía dieciocho años cuando ofició, bajo la atenta mirada de su abuelo, su primera ceremonia como médico. “La medicina se concentra en tu cuerpo y hay momentos que te llega un montón de conocimiento a tu mente. Cuando viene un enfermo, ves fácil el curarle y tienes que curarle; es como si alguien te obligara a hacer las cosas. Le soplas tabaco en las tomas de ayahuasca y viene la ayahúma y te dice qué medicina debes darle al enfermo. Y se sana rápido”. Fue unos meses después que sus abuelos, con poca diferencia de tiempo, murieron. “Tristeza inmensa”. 
Juan Curico, el día de Todos los Santos, visitando la tumba de su abuelo y maestro Jacinto Macuyama.
HUMILDE PROFESIÓN
“Todos vamos a la tumba, cuando llega la hora, aquí quedan en la tierra”. Junto a la sepultura del abuelo de Juan, un violinista entona un canto fúnebre. Es el día de Todos los Santos, y el cementerio de Punchana parece una fiesta colorida y tropical. Cientos de personas visitan a sus muertos. Músicos ambulantes ofrecen plañideros homenajes, muchachos alquilan por un par de soles su brazo y su machete para desyerbar alrededor de la tumbas, la mayoría sin lápida, con poco más que una cruz de madera y un nombre escrito torpemente. Juan ofrenda huevos cocidos y flores y prende varias velas. “Mi maestro…”, dice dejando resbalar las lágrimas. “Llegaban los enfermos y les sanaba… ¡Pucha!”. 

El cementerio se alza al borde de una laguna hacia la que en los últimos años la ciudad de Iquitos se ha extendido en casas elevadas sobre la superficie del agua. El ser humano no debería estar ahí, en los dominios del caimán y la boa, de los seres del agua, pero la tierra firme escasea. Llegaron de manera desordenada e individual al principio; después los gobernantes construyeron calles alargadas hacia el interior de la cocha, a base de escombros y bultos de tierra, y las proveyeron de energía eléctrica. Sobre las calles se apelotonan las casas, que excretan sus detritos en la laguna, y se estancan en perpetuo mal olor. Pero reina la actividad y la alegría: van y vienen los ruidosos motocarros, comparten cervezas los vecinos en tugurios de cumbia atronadora, juegan las mujeres al voleibol tendiendo la red de un lado a otro de la calle, levantándola al paso de cualquier vehículo. Y una niña me advierte que mejor guarde la cámara, que hay mucho choro, que me la pueden robar. 

La casa de Juan Curico es humilde si sólo se mira la sala. La parte de atrás, la cocina, la pieza y el baño, es miserable: el techo casi inexistente, y las tablas, de tanto recibir agua, están podridas y podrían quebrarse en cualquier momento. Caer abajo sería caer a una laguna en aguas bajas y excrementos altos, así es que es preciso procurar un precario equilibrio para cagar en una taza que, al echar el agua, descarga directamente a la laguna. 

La casa de Juan es también consulta. Sus pacientes acuden a cualquier hora, por muy diversas razones. La mayoría pasan antes por el hospital, pero mantienen una gran confianza en los curanderos, o al menos en Juan Curico, hombre de trato tranquilo y amable, que goza de la simpatía de muchos de sus vecinos (y de la mía). Una joven pareja, padres de un bebé, traen a su hijo porque está “aireadito”; Juan le sopla humo de tabaco sobre la coronilla. Un hombre gordo que llega muy excitado cuenta que a su hija le salieron unas ronchas, se le hincharon los ojos y tenía fiebre. La llevaron al médico, que le recetó ciertos medicamentos; la niña mejoró. Unos días después han vuelto las ronchas y los ojos hinchados; le hicieron un hemograma; el médico dijo que todo estaba bien. “¿No crees que es daño?”, pregunta finalmente. Juan responde sin vacilar: “No es daño, porque si fuera daño no se le habría pasado cuando le pusieron la ampolla por primera vez. Dale malva fresca con sal de heno”. “¿No es daño?”, insiste el otro. “No. Malva fresca, no muy concentrado”.
Juan trata una muy diversa variedad de males. La mujer ha acudido a él para ayudarle a encontrar marido.
EN BUSCA DE MARIDO
Por la noche se celebra una ceremonia para una mujer de unos treinta y cinco años, que ha llegado en moto y que, a tenor de la ropa y el peinado, pertenece a una clase social acomodada. Cuando le pregunto por qué toma ayahuasca, titubea y responde que “para limpiar el cuerpo”. Ella se interesa por si me gusta salir a bailar, si he salido ya en Iquitos, si no me gustaría… (parece que tiene un interés estrictamente personal en la cuestión). 

Juan ordena la parafernalia sobre el suelo, prende su pipa, sopla el humo y lo difunde con la chacapa en todas direcciones; después sopla sobre la ayahuasca, la icara y la vierte en un vasito que me ofrece. Luego toma él. La mujer no tomará pero Juan va a trabajar en su problema espiritualmente. Al apagar la vela, se acentúa la luz anaranjada que penetra por los intersticios de la pared de tablas, y los ruidos que provienen de la calle: músicas, motocarros, sapos. Juan canta bajito, en un tono de voz apenas audible. El entorno no facilita la concentración, mi mareación no se abre. La mujer se va a las dos horas, después de que Juan la sople con tabaco en la coronilla, las manos, el pecho y la espalda. 

“La profesora está aquí porque no puede encontrar marido, y quiere un buen matrimonio. En algunos casos la gente viene por problemas familiares. Hay que normalizar la familia para evitar que esa familia viva en problemas, y yo trabajo como un intermediario para organizar bien sus ideas de acuerdo a su caso”. Antes de retirarse, Juan confiesa que no ha cantado en voz más alta porque hay vecinos que le acusan de brujería. Su trabajo es tan querido como denostado: durante siglos las iglesias cristianas han cultivado la idea de que los curanderos son heraldos de Satanás. Para demostrarme su poder me invita a que viajemos juntos hasta Mazán, un pequeño pueblo a unas horas de viaje donde Juan tiene un fundo abundante en plantas medicinales y una maloca en la que sí puede cantar.
Según Juan, en la naturaleza hay cura para todos los males, pero la sobreexplotación está haciendo que muchas especies desaparezcan.
POBRES PLANTAS
A la mañana siguiente cambian los planes: Juan se entera de que Jungle Jeannie, una curandera australiana con la que colabora, le necesita para celebrar una ceremonia con varios extranjeros. “Los turistas vienen a curarse con ayahuasca, porque tiene la propiedad de limpiar las malas vibraciones del cuerpo. Algunos vienen estresados o se sienten mal, toman ayahuasca, vomitan, van al baño, expurgan y al siguiente día se sienten tranquilos, la mente está lúcida y el cuerpo listo para trabajar”. 

Aunque trabaja ocasionalmente en estos establecimientos, Juan es muy crítico con el impacto que han tenido en el curanderismo tradicional: la comercialización. “Antiguamente llegaban pacientes donde el curandero… ‘Hágale subir’. Él no pedía primeramente la plata sino que curaba. Cuando ya se sanaba, el paciente decía: ‘¿Cuánto te debo?’ ‘Bueno, yo te voy a cobrar una gallina’. Era como un regalo que le daba el paciente al curandero. Ahora ya no. Hoy don Dinero habla todo”. 

Don Dinero y don Mercado, qué peligros. El de la inflación: como la ayahuasca escasea, ha multiplicado su precio, por eso las tomas son también más caras. El del intrusismo profesional: “Muchos se han hecho curanderos aquí en Iquitos escuchando y viendo las sesiones de otros curanderos, así han aprendido a cantar los icaros. Nunca han ingresado en la selva a dietar, y mientras tú no dietes tus cantos no tienen fuerza, porque la fuerza viene de la dieta. De esos hay un montón con su carterita en el aeropuerto: ‘Se ofrece chamanismo’. Pero ellos cuando tienen problemas con los pasajeros, no saben ni qué van a hacer y algunos mueren. El que sabe, cuando ve que a uno le está subiendo demasiado la mareación, le sopla, le icara, y le ventea con la chacapa, y baja esa borrachera”. El riesgo aumenta cuando, como hacen ciertos ayahuasqueros, se añade a la clásica decocción de ayahuasca y chacruna otras plantas maestras, como el peligroso toé, con el fin de proporcionar una experiencia más intensa. “Toé es tóxico, venenoso. No es recomendable. Te alucina pero es muy fuerte. Muchos antiguos que trabajaban con toé se han vuelto ciegos. Te quema la vista y te vuelves ciego antes de tu tiempo, de que seas viejo”. 

Jeannie no está en su casa de Padrecocha, una comunidad sobre el río Nanay a media hora de Iquitos en bote. Seguimos en motocarro hasta la comunidad bora de San Andrés, cuyos comuneros han cedido a la australiana un terreno para que ponga en marcha su albergue de sanación espiritual. La estrecha carretera deja a ambos lados tristes peladeros. Juan señala que en los alrededores hay cuatro o cinco albergues y cuando, en un potrero, ve un letrero de se vende, ironiza: “Aquí van a montar el próximo”. La maloca de Jeannie, aún en construcción, está vacía, pero damos un paseo en busca de plantas medicinales en el bosque cercano, ya esquilmado por la demanda insaciable y la explotación maderera. 

Caminamos de mata en mata, de lamento en lamento ante la escasez de remedios, aunque damos con varias especies: la chancapiedra, para los cálculos renales; la capirona colorada, para las úlceras; la tangarana, que cura la pelagre; la sanga piri, que se utiliza para atraer a las mujeres… “La diferencia entre la química y la medicina natural es que si te duele la cabeza y te compras una pastilla, a los quince minutos estás sin dolor: te calma rápido pero no te cura, después te vuelve a repetir el dolor. La medicina natural tiene la propiedad de curar pausado, lento, no te cura al instante, pero te cura bien”. Antes de salir del bosque, cuando emprendemos el camino de vuelta descubrimos en un claro recién abierto una gran casa de dos plantas y amplias habitaciones. Dos paisanos la guardan. Preguntamos por los dueños. “Son unos gringos”, dicen. “Están montando un albergue para tomar ayahuasca”.  

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