Francisco Montes en visiones

Ayahuasquero desde el vientre de la madre. Disciplinado aprendiz de varios curanderos. Dueño de un extenso jardín botánico con cientos de especies medicinales. Cocinero de un poderoso remedio. Pintor de éxito internacional. Maestro de extranjeros. Triste testigo de un conocimiento que se pierde. 
Francisco montes, con su corona, icara la ayahuasca antes de la ceremonia. Al fondo, Rachel Willay. 
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 202 de la revista Cáñamo, en octubre de 2014.
EL BEBÉ. La versión más común es que las mujeres embarazadas no pueden tomar ayahuasca. La tradición en la familia de curanderos de Francisco Montes era diferente. “En mi pueblo la mujer toma hasta los cuatro meses de embarazo. Desde el vientre de mi madre tomo. Por eso yo sé estas cosas de ayahuasca. Nadie me va a engañar”. Abuelos y abuelas, tíos y tías, todos en el pueblo capanahua de Tamanco, en el Bajo Ucayali, estaban vinculados al proceloso mundo de la ayahuasca, los padres, de manera trágica: cuando Montes contaba cuatro años su mamá fue asesinada por un brujo enemigo; un par de años después acabaron con el papá. Oscuras venganzas. El pequeño decidió aprender. “Voy a ser un buen curandero para defenderme de los brujos, para aplicar el mal cuando sea necesario”. 

EL ICARO. La abuela se hizo cargo del huérfano Panchito. Le dio ayahuasca a los seis años (edad precoz; suele suceder en la pubertad). Se internaron en la selva al atardecer y, bajo un inmenso árbol, la abuela explicó al niño arrodillado que experimentaría una mareación, que no tuviera miedo. Le ofreció la copita del remedio. La espera, la sinfonía nocturna de la selva, la placidez apenas perturbada por los inevitables zancudos. El fragor de un trueno, el resplandor de un rayo, la sensación de que el mundo se había roto. El niño quería llorar y correr pero sólo gritaba. Cuando la abuela le sopló humo de tabaco Panchito había muerto ya, mil años antes, y desde el submundo de la tierra fracturada miles de niños aullaban engullidos y triturado por un engranaje infernal. Panchito jaló de una cadena, los niños salían, formaban a su alrededor una espiral, a salvo. Oyó una música. “Es la perfumera”, dijo una voz, “no tengas miedo”. La vieja llegó precedida por una fragancia insólita, refulgiendo su pelo blanco y sus ojos azules; se acercó a Panchito y bailó para él moviendo su vestido vaporoso con suave abanicar sobre la cara del niño. La dueña del perfume se acercó a Panchito y le cantó un icaro, el primer canto curativo del futuro maestro Montes. Cuando horas después el niño recuperó la realidad ordinaria, la abuela le dio consejo: “Hijito, tú has nacido para ser buen curandero. Tu mamá y tu papá murieron por las artes malignas de los brujos, pero esto que yo te estoy dando no es para hacer maldad a nadie”. Desde entonces el aprendiz tomaba regularmente con la abuela, asistía a sus ceremonias, aprendía sus preparados. “Yo veía que mi abuela que cantaba sus icaros a un líquido y lo convertía en polvo. Imagínate ese poder. ¿Quién? No veo nadie ahora”. La vieja murió, no murió, lo había anunciado meses antes: a los ciento diez años desaparecería en el río, se transformaría en sirena o boa, en un poderoso ser del agua. Por eso el día que fue a bañar y no regresó, nadie se preocupó por buscarla.
El origen de la ayahuasca y la chacruna, fue el primer cuadro que le sugirieron a Francisco Montes sus aliados espirituales.
LA CORONACIÓN. El niño se hizo muchacho; el aprendiz dietó hasta alcanzar el grado de discípulo: bajo la supervisión de su tío y maestro, Francisco atendía pacientes con problemas menores. Pero los jóvenes amazónicos deben viajar, ver mundo para comprobar su forma variada, su extensión sin límites, medir fuerzas frente a extraños. Con un curandero cocama de la familia paterna adquirió la sabiduría del tabaco. Dietó la planta ocho semanas: ni sal ni azúcar, ni sexo ni conversación, ni grasa ni distracciones; solo en el monte contra sí mismo. Infusiones de tabaco y una pipa llena que debía fumar completamente. “¡Cómo te hace sudar frío!”. Al final de la dieta el espíritu del tabaco le entregó el canto mágico. “Durante las ceremonias hay gente que no puede vomitar, es una frustración, porque el vómito es la liberación. Entonces yo le canto y al segundo… ¡¡Puajjhhhjj!! Vomita. Porque estoy manejando el icaro del tabaco”. Hablar de tabaco despierta mi deseo de fumar. Interrumpo la conversación, busco dos cigarros mapacho, prendo uno y le ofrezco otro a Francisco. Rehúsa con un gesto de la mano, y observa condescendiente: “Fumo porque eso es lo que maneja el curandero, pero lo hago con disciplina, sólo en las ceremonias o para dar las medicinas, ahí estoy fumando. Durante mi trabajo todo es el cigarro”. Me siento vicioso profanador mientras Francisco desgrana las dietas que realizó con distintos ayahuasqueros (cocamas, shipibos, boras, asháninkas) y los más de trescientos icaros en idiomas desconocidos que asegura haber recibido. Pasada la treintena regresó a su pueblo, a su tío: era el momento de que el discípulo se hiciera maestro. Para afrontar la ceremonia de coronación hubo de ayunar durante cinco días: veía luces de debilidad, pensaba en la muerte cuando le llegó “una enciclopedia” de sabiduría, “que no sabes ni cómo recibir”. El día señalado tomó ayahuasca y se encontró con su tío en una sala, frente a una gran mesa a la que estaban sentados dos docenas de maestros, a un lado los brujos, a otro los médicos. Su tío, su abogado, hizo una pormenorizada relación de los méritos de su aprendiz. El jurado no hizo ninguna observación. “¿A qué lado quieres ir?”, preguntaron. Francisco no tuvo que pensar; la disciplina adquirida le inclinó hacia los médicos, que le impusieron una corona hecha con plumas de cóndor y de halcón. La corona que hoy, casi tres décadas después, se pone cada noche que toma su ayahuasca. 

EL JARDÍN. Dice Francisco Montes que visión también es “una idea o un proyecto que ejecutas”, como Sachamama, en la carretera Iquitos Nauta, un terreno que heredó de la tía curandera y convirtió en jardín botánico. Sachamama: la gran anaconda que vive en los árboles, madre y protectora de la vegetación. "Mitológicamente, si la Sachamama vive, la selva también. Este jardín botánico nunca tiene que terminar, por eso le hemos puesto ese nombre”. Me lo cuenta junto a una extraordinaria mata de ayahuasca que se retuerce en el suelo y se eleva treinta metros hasta la copa de un imponente ejemplar de chonta caspi. “Todo árbol de chonta caspi tiene a su lado una mata de ayahuasca. ¡Qué increíble esa relación entre ellos!”. Francisco cuenta mil doscientas diferentes especies vegetales distribuidas en casi noventa sinuosas hectáreas de extensión, que recorremos con ágil caminar: a sus sesenta años, tiene Francisco el cuerpo de un corredor de maratón. Es un hombre activo, que disfruta del trabajo físico: cuando me guía entre sus plantas es incapaz de pasar junto a ellas sin detenerse a desyerbar con el machete. “La sabiduría del maestro y su medicina proceden de las plantas, por eso es importante que el maestro las cuide. Vivo de ellos y ellos también de mí”. Hay varias hectáreas de ayahuasca (Banisteriopsis caapi) y huambisa (Diplopterys cabrerana, que contiene el DMT), los principales ingredientes de su remedio. Resulta sorprendente escribirlo, pero es uno de los pocos ayahuasqueros de Iquitos que trabaja únicamente con las plantas que él mismo ha sembrado. “Nunca he tenido la necesidad de comprar ayahuasca. Siempre he tratado de hacer mi propio material, como me enseñaba mi abuela. Para sacar la ayahuasca tiene una forma, hay que hacer un proceso de dieta, orarle, hablarle, para qué la quieres”. Del gran negocio de compraventa de ayahuasca y chacruna que existe en Iquitos, no tiene buena opinión. “Se hacen los negocios en el mercado porque ya no hay. Pero en mi ver no está bien, porque cualquiera hace el remedio sin saber cuál es la sabiduría de la planta, y no respeta. Cada maestro tiene que sacar de sus propias plantas, con las que está relacionado. Es necesario un manejo de la energía de la planta, de sus sentimientos, para que verdaderamente sea una buena medicina curativa”.
Francisco Montes junto a una de sus plantas de huambisa (Dyplopteris cabrerana), cuyas hojas contienen el DMT y se añaden a la cocción de la ayahuasca.
EL REMEDIO. No sólo ayahuasca y huambisa, tal y como aprendió de su abuela Francisco añade a la decocción tabaco: “Como laxante y para la vomitada”. Y chiric caspi: “Para que te cure de todos esos dolores que tienes por ahí”. Canelilla: “Para que te abra las visiones”. Chiric sanango: “Para dar colores más fuertes. Le pongo doce hojitas y diez florcitas”. Guayusa: “Para las personas que tienen la cabeza muy dura y no pueden tener visiones o no pueden entender visión. Esta planta es la que te abre. Cuando me dicen: ‘No puedo tener visiones…’. ‘OK, vas a entrar en dieta de guayusa’. Y al día siguiente: ‘Oh, maestro, qué maravilla’”. Estoy de acuerdo: a eso de las siete de la noche dejo atrás la sencilla casita sin paredes, aislada, en paz, en la que se aloja cada paciente. Alumbro el estrecho camino entre la vegetación y el denso concierto de grillos y sapos y pájaros. El templo es una sencilla construcción sin paredes, sobre la tierra pisada, con una mesa al fondo y largos bancos a ambos lados. Hay dos pacientes francesas y una alemana; las tres por encima de los cuarenta. Francisco y su asistente, la curandera francesa Rachel Willay, se sientan tras la mesa, concentrados, rodeados de amuletos. Icaran la ayahuasca, fuman mapacho. Antes de ofrecer el remedio Francisco se dirige a cada una de las pacientes: conoce sus problemas, les da consejo. Cuando se acerca a mí con la copa en la mano, en la penumbra, parece un viejo ermitaño, enjuto y circunspecto. El remedio es espeso, burbujeante, me provoca náuseas y arcadas. “Salud”, dice, y apaga la vela. La mareación se manifiesta en breve: mi cuerpo se carga, pesan los brazos, me tumban en el banco las náuseas. El vómito llega anunciado por oleadas de calor y sudor frío; no recuerdo haber vomitado nunca tan pronto, tan fácilmente. Vencido, me tiendo para que se abra un mundo extraordinario de figuras geométricas, rayos y destellos: la entrada a las dimensiones interiores de mi ser. Es verdad: “¡Qué maravilla maestro!” Pequeños seres con cascos y batas de laboratorio trabajan incansables en mi cuerpo, lo mantienen en buen funcionamiento: una extraordinaria obra de ingeniería que el remedio de Francisco me permite comprender. Operarios, grúas, cables, andamios. Veo el problema: una tubería oxidada donde no debería haber hierro. Hay que cambiarlo, siguiendo los icaros de Rachel y Francisco. Sí, así está mejor. 

LOS JINETES. Cuidar un jardín botánico de noventa hectáreas requiere mucho dinero. Hubo un momento de crisis, quince años atrás. No había dinero. Una noche, deprimido, tomó ayahuasca para consultar con sus aliados: los espíritus de las plantas. “No hay cómo cuidarles a ustedes así es que tendré que dejar esto”, les dijo. “Me dedicaré a la curación de la gente y estaré en la ciudad porque ahí están los pacientes. Cualquiera vendrá y les va a destruir, va a tumbar todos los árboles”. La respuesta se la entregó una Pachamama: “Usted no puede abandonar, tiene que quedarse en este lugar”. “¿Pero cómo voy a hacer?”, se lamentó. “Este jardín se va a ir a un nivel de fama mundial”, dijo ella mostrándole cuatro jinetes (de la apoteosis): el caballo blanco llegaba de Estados Unidos, el bayo era suizo, el azul de Alemania, el amarillo de Inglaterra. “Son los caballos que te van a acompañar en tu trabajo con la pintura, porque eso es lo que vas a hacer para salvar Sachamama”. Francisco respondió extrañado: “Pero si yo no soy artista, nunca he pintado, ni siquiera me gusta”. La mujer le ignoró, le mostró la corteza de la llanchama, que habría de usar como lienzo, y cada una de las plantas que habrían de producir los tintes vegetales. Después le mostró en visión su primera pintura, El origen de la ayahuasca y la chacruna, y siguió hasta que grabó en la mente del nuevo pintor quince imágenes. Francisco hizo como le aconsejaron: a los tres meses tenía las pinturas. “¡Pero qué pinturas!”, pensaba consternado. “Si alguien me da dos dólares por cada una…”. Una tarde, caminando por Iquitos, se encontró con Patty, una mujer de Estados Unidos que le había llevado turistas al jardín en alguna ocasión. Y ella que estaba con un grupo de veinte turistas; y él que estaba deprimido, que iba a cerrar su jardín; y ella que su gente quería saber de plantas medicinales, que luego se vieran; y él sin esperanza que tenía pinturas a la venta; y ella que quería verlas que se las llevara al hotel. Y cuando vio El origen de la ayahuasca y la chacruna, dijo “éste es mío” (la estadounidense del caballo blanco). Y los demás turistas imitaron a su guía y le quitaron de las manos las pinturas en unos minutos. “¿Cuál es el precio?”, pregunta lógica ante la que Francisco enmudeció y Patty (providencial) respondió. “Cien dólares”. Y así el pintor novato se embolsó mil quinientos dólares en una jornada. Meses más tarde, a lomos del caballo amarillo, apareció la amazona inglesa, con terrible dolor de espalda. Dice Francisco que la curó en cuatro semanas un problema de toda la vida. Y mire usted que la señora tenía una fundación, y la fundación una galería de arte, y en la galería de arte espacio para treinta pinturas que Francisco Montes, pintor y chamán, expuso. Su primera (que no última) salida a Inglaterra, y una ganancia de veinticinco mil libras. Desconozco los pormenores de los otros jinetes de la apoteosis, pero le llevaron lejos: ha expuesto en Francia, Alemania, Estados Unidos, Japón… Con el dinero que gana compra terrenos adyacentes y reforesta, reforesta.
Junto a uno de los ejemplares más grandes de ayahuasca que he tenido la oportunidad de contemplar.
LAS VISIONES. Los “gringos” (sometidos por las ubicuas pantallas) llegan a Sachamama ansiosos por ver (en pantalla total y caleidoscópica), con la mente cargada de cuadros abigarrados a lo Amaringo, de fabulosos testimonios, y deseos de reveladoras visiones. Quieren ver para contar. “Se engañan: cuando se encuentran con la realidad ya es otra cosa”. La realidad es que a la gente que llega enferma, Francisco Montes les dice: “No ambiciones visiones, porque con las visiones no te vas a curar. Ambiciona un recibimiento de la medicina, curación. Por eso les hablo bien claro. ¿Qué es lo que quieres, qué has venido a buscar?”. La realidad es que la visión llega raramente, especialmente a los primerizos. “La planta es la que nos abre la visión. Uno no decide. Tú pides, a veces no te da. Por eso, para tener visiones no tienes que estar pensando en visiones. Si tú estás ansioso por visiones es como que te cierra esa parte”. El propio Francisco sólo busca visiones cuando necesita motivos para sus cuadros. “Yo no busco visiones, no recurro a la visión sino a la intuición porque eso me ayuda a sentir qué está pasando en el paciente. Si yo estoy metido en visiones no voy a cuidar mi trabajo, no voy a sentir qué está pasando con el paciente, por qué vomitas, por qué no vomitas”. 

LAS TELEVISIONES. Los maestros de Francisco nunca cobraron. “Era la voluntad”. Los maestros de ahora “han aprendido a hablar puro dólares”. Esta evolución le parece “simplemente el resultado de la vida humana”, sin dramatizar. Francisco cobra quinientos dólares a la semana; no acepta estancias inferiores a dos semanas, ni turistas con prisas. Algunos se convierten en aprendices: “Los extranjeros pueden ser buenos curanderos. Depende de la voluntad y del tiempo. Aquí no hay color ni raza; si quieres, tienes que meterte a esa disciplina que el maestro te va a dar. Nada más. Haces un buen proceso, te has disciplinado, se te abre el camino”. Francisco se enfada al hablar de un famoso centro espiritual de Iquitos que otorga a sus estudiantes certificados de chamán después de un período de tres meses. Se enoja porque le llegan aprendices de otros centros que no enseñan nada los alumnos. “Sólo les sacan la plata”. Se irrita porque proliferan los chamancitos extranjeros. “‘Ya soy un maestro’, dicen. Pregúntele, hágale una entrevista, no te va a contestar nada. En las preparaciones de la medicina, ahí está lo más delicado. Muchos le ponen el toé (Brugmansia spp.) en la ayahuasca, para que te vuele el cerebro, nunca más vuelves a la normalidad. Piensan que dando fuerte la ayahuasca son buenos maestros, pero ya no depende de la medicina, sino del maestro que tiene que dar la fuerza adecuada al remedio para que al paciente le vaya bien. Eso es lo que hago yo en mi trabajo. Cuido mucho”. Y se emputa, se emputa porque el negocio del chamanismo ayahuasquero está principalmente en manos de “gringos”. “Es un robo, una burla que nos están haciendo. Como no hay ley que no pueda detener”. Y se entristece porque ve cómo los jóvenes indígenas han perdido el interés por este valioso conocimiento. “Esta ciencia en sí es una bendición que ha venido de parte de Dios, pero estas culturas se pierden, ya se han perdido realmente. Ahora la juventud ya no quiere estar en estos procesos, quiere su televisión”.

Contenidos relacionados

Entérate de cada nueva publicación

Buscar