Benigno es bueno

El curandero de pueblo Benigno Dahua atiende a los vecinos de problemas "que el hospital no sabe curar" y aspira montar su centro de medicina natural. Dice “amiguín, correctamente, amiguín”, dicharachero como un pequeño genio del bosque y ríe todo el tiempo y nunca dice no. “Yo no soy engreído en lo que yo he aprendido. Dios me ha entregado con ese amor, y con ese amor entrego a las personas que quieren aprender”.
Benigno, siempre fumando su mapacho, en la casita ceremonial de su yerno Guido Rimache, en Santa María del Ojeal, donde vive temporalmente. 
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 198 de la revista Cáñamo, junio de 2014.
Es pequeño y delgado, casi frágil, y oculta detrás de unas grandes gafas oscuras un ojo dañado por un hechicero malvado, a sueldo de algún envidioso. Benigno Dahua Yaicate vive ahora en la casa de su yerno en Santa María del Ojeal, un pueblo cercano a Iquitos, sobre el río Amazonas, pero quizás mañana regrese a su casa en Yanashe, a un día en lancha. Es itinerante como el río que le vio crecer. Nació en Quito, la ciudad de su padre, pero a los seis años la familia se trasladó a la selva peruana, tierra de la madre: “Me ha gustado vivir en la selva porque había todo a la mano, los alimentos. Ya no sacabas dinero de tu bolsillo para comprar dos o tres kilos de carne o de pescado”. 

La selva de la abundancia es cosa del pasado: Benigno me ofrece un almuerzo a base de arroz, tallarín y pollo; nada ha sido producido en la selva, todo conseguido con dinero. ¿Qué hace Benigno para llenar el bolsillo? “Chamanería”, dice para que nos entendamos, aunque matiza que el término chamán es “científico” (occidental), y que a ellos siempre se les ha conocido como “curanderos” o “curiosos”. 

La chamanería actual sobrepasa el alcance del curanderismo tradicional cuando a las cuatro de la tarde una cierta agitación en lengua extranjera nos sorprende: los turistas de un hotel cercano vienen a recibir una pequeña explicación de los remedios naturales. Y como su yerno, Guido Rimache, el curandero titular, está en Chile dando de tomar ayahuasca a los chilenos (tan interesados ellos), es Benigno el que ocupa una gran silla de madera en la casita ceremonial, y ofrece una explicación en su estilo parlanchín e impresionista sobre las “plantas mágicas botánicas”. “La más importante es Doctor Ayahuasca”, afirma esgrimiendo por encima de su cabeza un pedazo de la “liliana” (sic). “Y este Doctor Ayahuasca nos cura el cincuenta por ciento de enfermedades. Vamos a empezar con el cerebro, pasamos al corazón, los riñones, el hígado, y los restos interior al cuerpo. Médula. Los huesos. Y otras enfermedades”. Cuando en el hospital no dan con la enfermedad, “nosotros utilizamos el ayahuasca para concentrarnos y analizar dónde está el mal”. Y les pasa la botellita con el remedio y les hace oler. Luego eleva una ramita con las hojas de la chacruna: “Y estas hojas son las mezclas de la ayahuasca. Es como el azúcar, dulce. Pura ayahuasca es amargo. Y esta planta es el azúcar para endulzarle, le deja como si estuvieras tomando tu cocacolita”. Se enciende otro cigarro mapacho y entre nubes de humo explica que el tabaco sirve “para hacer una conexión con la ayahuasca” y para alejar “los malos espíritus”. “Es natural, no es como el cigarrillo que tiene varios contenidos, y puede afectar a los pulmones, pero este mapacho cuando los chamanes le saben manejar viven robustos, no sienten nada por fumar este cigarrillo, porque es el compañero de la ayahuasca”. Muestra una decena de raíces, cortezas y hojas que hay sobre su mesa de trabajo, y explica propiedades y métodos de preparación. Frente a su entusiasmo hay un grupo de turistas a quienes lo que ese extravagante viejito cuenta interesa tanto como la siguiente excursión o actividad que realicen en su apretado calendario de turistas en la selva amazónica dispuestos a descubrir las maravillas y pendejadas del negocio turístico.
Una de las nuevas dimensiones de la chamanería en la Amazonia: explicar a los turistas los misterios de las “plantas mágicas botánicas”.
CHAMANERÍA
Benigno conoce bien el mundo de la chamanería para extranjeros. Durante años trabajó en albergues dedicados a la sanación espiritual, que tanto abundan en Iquitos y sus inmediaciones. No le gustaban porque “no podía conversar con ninguno de los pacientes, ni con las cocineras tampoco, eran privadas las cosas, como si estuviera encarcelado”. Asegura que, sabiendo lo que cada pasajero pagaba por día, la cantidad que le llegaba a los chamanes era insignificante. En realidad, no le disgustan los albergues, sino que le disgustan los albergues de otros. De hecho, está poniendo en marcha uno con su sobrino Medardo en Tamshiyacu, un pueblo abundante en estos establecimientos. Así me hace una súbita propuesta: “Yo quiero trabajar contigo. Tú haces llegar los pasajeros, yo chamaneo. Mitad y mitad. Soltamos nuestro dinero: tú sueltas tu dinero, yo suelto mi dinero, bah, y recuperamos más que eso. De manera que ya no estamos en la pobreza”. “Ayahuasca es negocio”, sentencia, y no despectivamente, al contrario, está orgulloso, lo que lamenta es que él no se ha hecho rico como otros maestros que tienen “palacios en varias ciudades del mundo”. “El que sepa aprovecharlo, bien. Yo sólo sé dirigir mis ceremonias y darle a mis pacientes su mareación y cantar”. 

Benigno hace la chamanería turística que piden las agencias de viaje y luego más tarde, cuando el sol baja, cumple como curandero tradicional para los vecinos. Llegan una señora y un joven, que se sienta a los pies de Benigno. El médico coge la “chacapa barredora, que barre toda clase de malestares y malos espíritus”, y la agita por encima mientras sopla el humo de un mapacho en la cabeza al joven y canta al poder de la naturaleza, de las plantas medicinales, de Dios, de los ángeles que muestran el camino. Pregunta después a la mamá si ha traído el agua; ella asiente y le entrega un vaso lleno y una pastilla. Benigno canta sobre ambos y se los entrega al joven, que se traga la pastilla. Benigno le indica que debe respetar una dieta estricta en las próximas semanas: ni leche, ni chancho, ni ciertos pescados. Tampoco puede hacer ejercicio al sol. Al despedirse la mujer entrega un billete de veinte soles, el jornal de un día, el precio de la consulta. 

Cuando se van, me explica que el joven sufre epilepsia, y que la pastilla que dan los médicos sólo calma, no cura, pero que él conoce los remedios, porque aunque es pobre, y no hizo más que un año y medio de primaria, tuvo como profesor al Doctor Ayahuasca, que le entregó tanto conocimiento que podríamos estar conversando meses y nunca acabaría de contarlo. Fumamos y hablamos hasta que aparece otro paciente, con quien conversa. Yo escribo en mi diario, pero no puedo evitar escuchar “vivir tranquilo”, “familia”, “venganzas”… Parece un consultorio psicológico. Más tarde Benigno me explica que al hombre le ha abandonado la mujer, y le ha dejado con los niños; está deprimido. Le va a dar ayahuasca y la planta va a expulsar el espíritu negativo que ha dañado la familia, de forma que volverá la unión. Porque además de permitirle al ayahuasquero realizar el diagnóstico de los enfermos y decidir su tratamiento, la ayahuasca es utilizada con gran frecuencia para la obtención de una pareja o la consolidación de una familia, así como para conseguir un buen trabajo, dinero, o combatir la “saladera”, la mala suerte.
Una consulta con Benigno Dahua incluye siempre el canto, la soplada con humo de tabaco, la chacapa y el perfume.
A COSECHAR CON EL "ABUELO"
Cuando la mañana es una acumulación de plúmbeas nubes a ras de tierra, salimos, soplando el viento, amenazando la lluvia, en busca de un joven que nos va a vender ayahuasca y chacruna con la que prepararemos el remedio. Las casas de Santa María se extienden prudentemente separadas unas de otras, rodeadas de frutales, coronando pronunciadas lomas. Dejamos las casas atrás y caminamos una hora monte adentro hasta donde nuestro proveedor tiene sus matas; apenas tiene dos o tres pero está pensando en sembrar una hectárea de ayahuasca, que se vende a buen precio en Iquitos. Nos detenemos de vez en cuando para esperar al “abuelo”, como ha decidido llamarle el joven. Y sí, lo es. Benigno anda con dificultad y lentitud y cuidado; en una ocasión se resbala en el suelo embarrado y cae. 

Yo sueño con una mata de ayahuasca gruesa, digna de una gran fotografía, pero encontramos una soguita que apenas tendrá un año. El joven jala y luego va cortando en pedacitos, que deposita en el suelo ordenadamente. Después hace con ellos un atadijo y seguimos hasta la mata de chacruna, de la que cosecha doscientas hojas. El “abuelo” se queda atrás una y otra vez, y cuando llegamos a casa está de mal humor porque el hombre se ha empecinado en llamarle abuelo, aunque lo sea, y en ese mismo momento complazca a sus nietos comprando gasolina para que el generador alimente la pantalla omnipotente y ubicua, y todos se sienten en la casa de una habitación, atentos a lo que tienen que decir los intelectuales de Hollywood. 

Es que Benigno, pese a que tiene setenta años, y es enclenque, goza de una mujer muy bien plantada, y joven, y ya se sabe lo que dicen de la ayahuasca, que hace quedar como el gallo, o sea, con gran energía sexual. Y es vivaracho, está siempre en movimiento, tejiendo una tela de araña en la que vas a pasarlo bien. La cocinada de la ayahuasca es un ejemplo de su ánimo extraordinario. Escucho voces en la calle temprano a la mañana siguiente y cuando subo a chismosear, me encuentro a Benigno rodeado de hombres, pasándoles un trago para “calentar los huesos”. Aquí los huesos se calientan con aguardiente, así es que me temo lo peor: que acaben borrachos y ni se cocine el remedio ni haya ceremonia en la noche, como he previsto convenientemente en mi programa de investigadorcillo etnográfico con prisas. Pero no he contado con que el mundo gira alrededor del buen humor de Benigno, y entre tragos de “siete raíces” y “correctamente amiguín”, uno de ellos le va a traer la leña, ya rajada, y el otro se va a encargar de machucar la “liliana” y cuidar la cocción, labor que exige un esfuerzo que Benigno prefiere no hacer, porque lo que le gusta es hablar. Pasamos horas en la caótica cocina de Benigno, entre muchos amiguines, que entran y salen llevándose puesto un trago de “siete raíces”, que además de calentar los huesos es considerado un remedio “para levantar a los muertos”, un “rompe calzón”, o sea, un afrodisíaco, y en esta ocasión ayudará a los cocineros para darle más fuerza a la ayahuasca.
En el centro de la imagen Segundo machuca las “lilianas”. A la izquierda, el “animador” de la iglesia católica del pueblo y Benigno a la derecha, en plena conversación.
ceremonia
Quien prepara el remedio, siguiendo las indicaciones de Benigno, es Segundo, un vecino que ayuda ocasionalmente a Guido Rimache, el yerno, en esto de la chamanería. Segundo recuerda con gran detalle su primera mareación: “De la punta de mi dedo me sube como una electricidad. ¡Puta! Me siento medio mal. Un sonido: ¡rrrrrrroar!, así agarra el ayahuasca, ¡puash!! Parece que hay una abeja en tu oído. Ya me quería preocupar y, de repente, como una pantalla de televisión. Abro los ojos: igual. Cierro los ojos, igualito miro. ¡¡Uohh!! ¡Uahhh! ¡¡Shaahhhh!!”. Aquella noche tenía la intención de ver si una novia que se había ido de Iquitos seguía queriéndole, con el fin de ir a buscarla. “Veo un montón de mujeres, negras, vienen en cola, vienen hombres con sus pelos parados. Miraba una multitud de cosas. Me agacho así, miro y le veo a la bebe. Está lavando sus platos, ella trabajaba de mesera, atendiendo. Pucha que yo me desesperaba, mirándola a ella, de cuánto tiempo, sola. Te digo que me tranquilicé mirándola”. Y se decidió: “Voy a irme”. 

Pero no se fue, y cuando Guido le propuso que aprendiera y se convirtiera en su asistente, aceptó. Entró en dieta (ni sexo, ni alcohol, ni un gran número de comidas), y cuando estuvo limpio empezaron a llegar seres en sus mareaciones. “Un viejito viene con su bastoncito, viene a ofrecerme un pocillo llenito de espinas. No, paso”. Pasa, porque las espinas las usan los brujos, para hacer daño. “Viene otro, con un rollo así de flechas, de puntas. No extendí la mano”, ídem. “Vienen mujeres con flores. Sí las recibí. Cada vez que tú recibes una flor o una prenda, eso es un cántico de cada planta. Y vino un hombrecito. ¡Sha, sha! Aquí en mi oído. Eso es cuando te quiere dar una melodía. ¡Qué lindo!”. De esa forma a Segundo le entregaron cuatro cantos, cuatro herramientas, cuatro medicinas para tratar enfermedades espirituales en las noches de ceremonia. 

A la conversación se une el “animador” de la iglesia católica del pueblo. Cuenta que una parroquiana ha resultado con una enfermedad para la que los hospitales no han encontrado cura. “Tenemos platita en caja, y si podrías hacerle un tratamiento…”, plantea a Benigno, que accede: “Tenemos que hacer la ceremonia de ayahuasca, y mirar en esa concentración qué medicina se le puede dar. Se sana, se sana”. El señor Julio, católico, no cree que Benigno haga brujería (como consideran las iglesias). “Todas las plantas están dispuestas por Dios”, afirma Julio, “y si hay una persona curiosa, como usted, manejando medicinas, bienvenido sea. Usted está trabajando bajo el temor de Dios”. Benigno asiente: “Todos los curanderos que son buenos tienen que mencionar a Dios, porque Dios es bueno. Dios ha formado las plantas naturales y esas plantas tienen espíritu. Y tenemos que llamarles a esos espíritus, para que se reincorporen en nuestro cuerpo y nos digan: este enfermo tiene tal cosa en tal parte, y se cura con tal medicina”.
Benigno Dahua icara la ayahuasca poco antes de repartirla; la casita se carga entonces de cierta solemnidad.
DIOS ES EL DUEÑO
Por supuesto que a la jerarquía sacerdotal no le interesa que el rebaño tenga una experiencia directa del mundo espiritual: perderían el monopolio de la intermediación. En la Amazonia, las iglesias cristianas han luchado ferozmente contra estas tradiciones. Benigno recuerda que los misioneros que llegaban a Yanashe advertían a la población de que la ayahuasca era “muy venenosa”, que “los diablos toman esas medicinas”, que quien tomara sería “pecador y se quemaría en el infierno”. Nada más lejos de la visión de Benigno: “Las plantas naturales son nacidas de Dios, porque Dios les ha dado bendición. Entonces, ¿por qué hablamos que Dios es el dueño?, porque ha bendecido, les ha puesto con espíritu, como nosotros los humanos, para que los hombres pobres que no tienen plata ni trabajo, pueda usar la planta para curarse. Y los chamanes utilizan esto y están también protegidos por Dios”. 

Y mientras el remedio termina de cocinarse, Benigno se dedica a una peculiar hermenéutica de los textos bíblicos: que Adán le metió “la pinga” a Eva; que los Reyes Magos encontraron el camino a Belén tomando ayahuasca; que en realidad la Virgen se quedó embarazada porque un Rey Mago se “la encajó”. Y van y vienen el siete raíces en un ambiente francamente distendido. Gracias a Dios, para el mediodía, Benigno ha cerrado el grifo, no se ha desmadrado, y el remedio ya está listo para la ceremonia. 

Poco después de las seis de la noche varios vecinos se presentan para tomar. Uno de ellos es Diego, familiar en cierto grado de Benigno, que está aprendiendo a curar de su “tío”. Se le ve flaquito, como resultado de la dieta, y cuando hago esta observación, se muestra orgulloso. Benigno está sentado con las piernas cruzadas sobre su gran silla, feliz de la vida. Le pregunto si él también dietó bajo el cuidado de un familiar, pero deniega contundentemente: a él nadie le enseñó, ni necesitó la dieta. “Hay muchos chamanes que toman raíces y cortezas naturales y se meten al monte para recibir la fuerza de las plantas naturales, pero a mí es propiamente Dios que me ha dado la bendición y con eso he nacido, ya protegido”. Asegura que su conocimiento es innato, y que ya a los nueve años se formaban colas a la puerta de su casa de gente que necesitaba curación. 

A las ocho llega Segundo acompañado por un muchacho. Se oyen los generadores lejanos, su bulla ronroneante, y los ruidos de la selva alrededor de la casa. Benigno se sienta en el suelo, con las piernas cruzadas, y con gran elasticidad se inclina hacia delante para silbar una melodía protectora sobre la botella de ayahuasca. La noche adquiere solemnidad cuando el maestro reparte la ayahuasca. Se apagan las velas. Con el silencio se hace más patente el ruido del generador y la música, pero cuando Benigno entona su primer icaro y arrecian los efectos de la mareación, una burbuja mágica parece impedir la entrada de los ruidos del exterior. Durante horas todo estímulo exterior se reduce a la agitación de la chacapa, el canto y ocasionalmente el perfume que Benigno sopla en todas direcciones. Vómitos. Y cuando ya la mareación comienza a declinar, el maestro nos convoca a sus pies y masajea suavemente nuestra cabeza con perfume, lo impregna en nuestras manos para que lo aspiremos, y nos icara a cada uno larga y generosamente. Así termina la ceremonia entre conversaciones en voz queda de las que, aún mareado, sólo entiendo, de vez en cuando, amiguín, amiguín.  

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