Los chamanes que vienen
Herederos de un conocimiento milenario transmitido familiarmente, una nueva generación de jóvenes ayahuasqueros shipibos se asoma al mundo desde la meca del chamanismo suramericano: San Francisco de Yarinacocha. Navegan en internet y en el inconsciente; viajan a las grandes ciudades, pero también a remotos pueblos de su selva; utilizan técnicas ancestrales para la curación y se dejan seducir por la psicoterapia new age.

El chamán de Vencedor Pedro Pérez, guarda la ayahuasca después de haberla cocinado bajo la atenta mirada de Melissa, su joven aprendiza.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 145 de la revista Cáñamo, enero de 2010.
A las orillas de la laguna de Yarinacocha, en la selva peruana, existe una comunidad indígena que tal vez sea la más señalada en los mapas de quienes viajan por Suramérica. Es cierto que la laguna es de gran belleza, y que las mujeres del pueblo elaboran unas bellas artesanías, pero los visitantes vienen buscando, sobre todas esas cosas, a sus extraordinarios chamanes.
Alrededor de dos mil personas viven en San Francisco de Yarinacocha, a media hora de la populosa ciudad de Pucallpa. Es un pueblo shipibo, el único grupo amazónico que ha mantenido cierto control territorial sobre una gran cuenca amazónica, la del río Ucayali, la más importante fuente del Amazonas y probablemente el espacio natural más privilegiado de toda la cuenca. ¿Cómo lograron conservar su precioso territorio ancestral? Tal vez con el poder de los chamanes, responsables de intermediar entre las fuerzas sobrenaturales y la realidad cotidiana, entre los espíritus de la selva y la prosa doméstica, entre su propia gente y la alteridad encarnada en una sucesión agresiva de misioneros, exploradores, colonos, autoridades estatales, antropólogos, empresas y ONG´s.
En un nuevo escenario en el que tratan de coexistir sin mucho trauma las prácticas ancestrales con los nuevos modos tecnológicos, productivos y consumistas, el chamanismo se ha convertido en el camino de muchos jóvenes para alcanzar un futuro mejor, prosperar económicamente y revalorizar su cultura largamente denostada, al tiempo que se abren al mundo global de “los gringos”, el ciberespacio, los viajes, el dinero, y a fin de cuentas, de las múltiples posibilidades.

Misael Vásquez machaca tallos de la enredadera ayahuasca para elaborar la medicina.
la cumbia del etnopsicólogo
“Hay gente que se mete en el chamanismo por plata, pero lo que yo busco es ayudar a los demás. Curar”. Desde muy niño Misael quiso seguir los pasos de su padre, el médico vegetalista Herminio Vásquez. Animado por esa intención inició estudios de psicología lejos de casa. Su objetivo era formarse tanto en la tradición ayahuasquera de su cultura como en las técnicas occidentales para el diagnóstico y tratamiento de los problemas mentales. La experiencia fue enriquecedora, pero Misael no terminó sus estudios; en San Francisco su padre le reclamó para poner en funcionamiento Niwe Rao, un centro de medicina natural al que llegan, desde cualquier punto del planeta, enfermos que quieren curarse, y sanos que quieren tener una experiencia con ayahuasca o, más allá, aprender a curar a través de las plantas.
A Misael, de 23 años, le conozco en el pequeño pueblo de Vencedor, a un día en lancha de la ciudad de Pucallpa. Se ha alejado intencionadamente de la semiurbana comunidad de San Francisco buscando aislamiento y naturaleza, un marco apropiado para realizar su primera dieta bajo la orientación de tres respetados chamanes de Vencedor: Justina Serrano, César Pérez y Pedro Pérez. La dieta es un proceso imprescindible para aprender a curar: incomunicación, severo régimen alimenticio, abstinencia sexual y contacto cotidiano con una planta maestra (ya sea a través de infusiones, en baños o fumándola). Tras varios meses de dieta, el espíritu de esa planta se aparece al dietero en sueños o en la mareación de la ayahuasca y le entrega su poder sanador, que es un canto.
Misael no se separa de su pequeña Biblia de bolsillo. “En la Biblia hay un gran conocimiento”, sentencia. Me sorprende cómo esta mitología de violencia, castigo, muerte, ira, censura y crueldad, ha calado entre los shipibos: gente sosegada, poco dada al enfrentamiento, donde cada uno hace su vida más o menos libremente, con alegría, sin culpa. Esa Biblia la tiene a sus pies en la última ceremonia de ayahuasca que vamos a compartir. Son las siete y media de la noche en casa de Pedro Pérez. Una pequeña vela alumbra débilmente a los presentes. Varios enfermos están descansando tumbados más allá del círculo que formamos los tres maestros (Justina, César y Pedro), Misael, el hijo de César, y yo. Pedro sopla levemente una melodía sobre la boca de la botella de ayahuasca; está icarando, conjurando a sus espíritus aliados para que garanticen el éxito de la curación. Los presentes fuman. “El tabaco ahuyenta los malos espíritus”, me explica Misael mientras apura un cigarrillo. Después tomamos una dosis del brebaje. Misael se concentra inmediatamente, inclina la cabeza hacia abajo y cierra los ojos.
Dos horas después, ya bajo los efectos de la ayahuasca, Misael me llama suavemente, me pide que me incorpore, y que me siente frente a él. Me sopla varias veces en la coronilla con humo de tabaco. Luego me pasa un cigarrillo, yo fumo y le soplo el humo a él. Misael me pregunta: “¿Qué tal está tu mareación?” Pero mi mareación no es buena: divago, siento náusea, no me concentro. Le respondo: “Fuerte. Pero creo que no debería haber tomado hoy. Estoy muy desconcentrado”. Misael asiente, como si ya lo supiera. Me advierte de la importancia de tener “un único pensamiento, no muchos”, y repite esa máxima como si fuera la primera ley de la mareación: “Hay que concentrarse”. Dice que la planta no es humana y por lo tanto actúa según otros parámetros. “La planta se alegra cuando nuestros actos son buenos y nos castiga cuando son malos”. Me dice que lo que me pasa, a él le ha sucedido “muchas veces”. Es la última vez que conversamos. Al día siguiente Misael iniciará una dieta de seis meses. Será su primer paso en el largo camino que conduce a este conocimiento sanador.

Roldán Muñoz, Rawa, pintando en el jardín de su casa. En segundo término, su compañero Netentsoma.
PAISAJES INTERIORES
El nombre shipibo de Roldán Muñoz es Rawa: El hombre que abarca el mundo. Se lo puso su abuelo paterno, Martín Muñoz, egregio y anciano chamán que desde San Francisco de Yarinacocha ha viajado a diferentes países en alas de su conocimiento. Su padre, el también chamán Antonio Muñoz, es también ayahuasquero, colaborador habitual de psicoterapeutas urbanos. Continuador de esta tradición familiar, Roldán, a sus 20 años, representa el futuro y encarna la rápida transición de una cultura basada en la explotación del bosque al mundo urbano globalizado. Rawa fija las inefables visiones de la ayahuasca en lienzos, formatos ajenos a su tradición cultural. Con ocho años comenzó a pintar paisajes. “No tuve profesor ni estuve en escuela. Soy autodidacta”. Pero a los once años sintió la llamada de “la planta”. Recuerda la primera vez que tomó: “Me agarró fuerte la mareación. Quise gritar. La planta me dijo: No grites. Vamos a abrir una cosa para ti. Experimenta. Yo solía pintar paisajes pero al día siguiente cuando quise pintar, mi cuerpo mismo me dijo: Ya no estés pintando paisajes. Busca algo. A la siguiente noche tomé otra vez ayahuasca, y me vi pintando, pero ya no estaba pintando paisajes sino cuadros de mis visiones”. Desde entonces Roldán sigue la estela de otros grandes de la pintura ayahuasquera, como Pablo Amaringo. Rawa vende sus cuadros a los visitantes que acoge su padre en su casa de San Francisco y expone periódicamente en Lima o Cuzco.
El arte y la medicina componen el leitmotiv de la asociación ESAASHI, Escuela de Ayahuasca y Arte Shipibo, fundada por el propio Roldán, con el fin de introducir a jóvenes de su comunidad en el arte pictórico. Además tratan de asesorar a ayahuasqueros de otras comunidades shipibas alejadas de la ciudad que sólo ahora comienzan a recibir visitantes, con la esperanza del ingreso económico que esto supone. Roldán explica que en estos pueblos “conocen la planta pero tienen miedo de dar de tomar a extranjeros”. Así es que hace talleres en los que les enseña a explicar en castellano lo que significa la ayahuasca, su composición y la forma de tratar a los foráneos.
Roldán también es activo políticamente. Su interés por los asuntos de su comunidad, que la mayoría de los jóvenes de su generación desatiende, le ha valido el nombramiento como vicepresidente de la Organización de Jóvenes Indígenas de la Región de Ucayali. Pero la política es absorbente, y la planta también, así es que tuvo que elegir. “Mucha política me aburre”, confiesa. “Mejor la planta”. Y decidió volver a dietar, esta vez con aipana, una poderosa planta maestra. “Esta planta la tomas en la tarde, te levantas a medianoche, y piensas que no estás mareado, pero sí lo estás. Tienes visiones de pequeños duendes. Aipana también te puede salvar cuando estás muy alto en la mareación de la ayahuasca. Los aipanas suben en tu cabeza y bajan la mareación fuerte que tienes. Hay que saber controlar porque vienen muchas cosas. No es como dietar otras plantas. Aipana es diferente, es mucho más fuerte. Por eso el maestro te dice: Si vas a dietar aipana, estás jugando con la muerte”. Asegura que ahora sabe curar “un poquito” y confía en que dentro de un año pueda ser llamado maestro.

Walter, segundo por la derecha, apoyando una ceremonia oficiada por su hermano mayor Roger, a la izquierda.
EL QUE ENSEÑA LA LUZ
Aunque ya es maestro, a Walter López no le gusta que le llamen así. “Yo me considero un guía, que trato de hacerle ver a la gente su luz, para que se conozcan y puedan quererse y respetarse”. Recién cumplidos los treinta años, cuenta que en los últimos meses se produjo un hito en su “carrera” chamánica: sintió que había llegado el momento de separarse de su maestro, para emprender su propio camino. Aunque ya puede curar, Walter sigue dietando periódicamente. Asegura que su próxima dieta va a ser para “aromatizar el ambiente”. “Aromatizar es llenar de paz, de tranquilidad, de bienestar… Las personas se te acercan y ya no necesitas estar en ceremonia de ayahuasca. Simplemente una conversación pura y sana, él se siente sano. Yo hablo del mundo de esa persona, una conversación de media o una hora, se siente como hipnotizado”.
Walter está acostumbrado a tratar con extranjeros, a introducirles en el mundo de la ayahuasca, a explicar detalladamente en un lenguaje accesible las virtudes de esta medicina, la forma en la que opera. Durante cinco años Walter trabajó en proyectos de protección y control de recursos naturales con una ONG. La experiencia fue doblemente enriquecedora. Por un lado, el trabajo de oficina, la elaboración de informes, la disciplina organizativa, la exigencia burocrática le hizo conocer el estilo de vida y los males que aquejan al urbanita occidental. “Las personas que vienen de otros países tienen otro tipo de proceso distinto al de mis paisanos. Viven metidas 24 horas con las computadoras, con los teléfonos, y otras tecnologías para hacer sus trabajos; y eso está acabando con su mente. Es por eso que hay que concentrarse en revivir ciertas neuronas”.
Su experiencia en la ONG también le brindó la oportunidad de conocer pequeños pueblos shipibos enclavados lejos de la ciudad; allí constató una triste realidad. “El conocimiento de las plantas está retrocediendo entre los shipibos. La mayoría de las personas prefieren ir a un hospital a por una pastilla y calmarse en vez de sanarse. Entonces el chamán ya no se preocupa porque no hay fe de la población en que por medio de las plantas puedan sanar”. En la tradición médica shipiba, el enfermo debe respetar una severa dieta si quiere curarse. “A la gente ya no le gusta dietar. Una persona que quiere curarse, tiene que reposar, tiene que meditar. Nosotros los médicos que aprendemos este tipo de conocimiento, dietamos porque estamos curándonos de algunos males. Una vez uno ha sanado, ya sabe cómo puede curar el mal de los demás”. La causa de este declive se encuentra en la feroz campaña de satanización realizada en el último medio siglo por los misioneros evangélicos estadounidenses.
Paradójicamente también vienen del extranjero los psiconautas, experimentadores, viajeros, curiosos o terapeutas intrépidos, cuyo apoyo e interés está siendo fundamental para la aparición de una nueva edad dorada del chamanismo shipibo. Para atender a este tipo de visitantes, Walter se ha unido a su hermano mayor, el conocido chamán Roger López, para dar un nuevo empuje al centro de medicina natural de este último: Suipino. Suipino es ya una referencia y pretende desarrollarse aún más, completando su jardín botánico, mejorando sus alojamientos y casas ceremoniales, levantando zonas aisladas para dieteros, llevando a cabo proyectos de reforestación, brindando cursos de iniciación a las plantas. A fin de cuentas, una empresa indígena basada en la comercialización de las plantas medicinales y los conocimientos asociados a ellas. Corren tiempos difíciles en la Amazonia peruana. La vida autosuficiente basada en la caza, la pesca y la horticultura, ya tocó a fin. La integración de los shipibos en la economía de mercado, en la cultura occidental que nace en la escuela y se alimenta con la televisión, el cine de Hollywood e internet, es un hecho. Walter, Roldán y Misael tratan de encontrar su hueco en este panorama amenazador, y lo hacen con un conocimiento que les une a una tradición centenaria de medicina. Es, en una nueva versión, la milenaria mediación del chamán con las amenazas y oportunidades de la alteridad.