Clases de enajenación
La escuela tiene excelente cartel entre los occidentales biempensantes, pero su implantación ha constituido un golpe definitivo para las culturas indígenas. El adoctrinamiento ha sido eficaz: nadie quiere parecerse al abuelo, hay que ser profesional, vestir bonito, tener un carro.

La universalización de las escuelas en las sociedades indígenas ha constituido un elemento decisivo en su asimilación por la sociedad dominante.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 194 de la revista Cáñamo, febrero de 2014.
“Lo primero que han hecho es acabar con los sabedores, porque los viejos son los que sostenían la guerra: hay que matar a esos viejos, hay que coger a los niños y meterles a un lugar de capacitación para voltear la cultura”. Don Rogelio, el viejo ayahuasquero cocama del río Amazonas, quizás se refiere a las primeras reducciones, establecidas por misioneros católicos en los siglos XVII, XVIII y XIX, donde concentraban a poblaciones diseminadas en la selva para evangelizarlas y someterlas a una particular disciplina moral y laboral. Los católicos sedujeron con hierro y convencieron con pólvora, pero la selva era tan vasta que su penetración fue relativa.
La Biblia pasó de moda; España perdió su lóbrego esplendor. Los estadounidenses marcaron nueva tendencia con la Declaración Universal (Divina) de los Derechos (Deberes) Humanos. Corría el año de 1948 cuando en París Eleanor Roosevelt y sus seguidores compusieron el código moral que pretende regirnos eterna y absolutamente. No había delegados de ninguna de las cientos de etnias amazónicas de la época. Como no se preguntó a los “salvajes”, no es de extrañar que la Declaración atente de principio a fin contra su integridad política, social, económica y filosófica: Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria. La instrucción técnica y profesional habrá de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos.
Toda persona tiene derecho a la educación y si no quiere ejercerlo, qué carajo, es un derecho obligatorio. Hay que integrar a todas las personas en un sistema productivo determinado (complejo, industrial, especializado). La Declaración (un código moral) promueve la universalización de una forma de producir, ergo esa forma de producir se convierte en moralmente buena.

Homenajes a la bandera, himnos, desfiles marciales, habituales en los colegios de secundaria, contribuyen a crear un sentimiento nacionalista entre los indígenas, que vivían prácticamente al margen del Perú hasta mediados del siglo XX.
EDUCACIÓN AYER Y HOY
Cuando las familias shipibas vivían de manera autónoma en las orillas del Ucayali, los dedos hoy huesudos y torcidos de Amelia aprendieron a hilar algodón, tejer y bordar faldas, modelar tinajas de barro, pintar diseños, preparar tintes naturales, rallar yuca, limpiar pescado. Los abuelos la despertaban con el canto del gallo, antes del amanecer, y en compañía de los otros niños se bañaba en el río mientras recibía consejo: debía ser trabajadora, un día tendría un marido, hijos; no mentir; no robar. Pasaba el día junto a las mujeres de la casa, aprendiendo de ellas, mediante la práctica, las distintas labores propias de las mujeres. No faltaban las reprimendas, incluso los castigos, ya en forma de desagradables remedios vegetales o dolorosos fuetazos. Cuando le llegó la menstruación estaba preparada para sostener la reproducción biológica y cultural de su sociedad, una sociedad de opulencia: caza y pescado, frutos silvestres y cultivos tradicionales, agua limpia, remedios ancestrales, territorio inmenso, tal y como había sido por siglos. Amelia, que lleva ochenta años en este mundo, trabaja con la misma constancia que su abuela. No importa la hora a la que se la visite en su casa de las afueras de San Francisco de Yarinacocha, siempre está ocupada, hilando algodón, tejiendo faldas, pintando diseños que trata de vender a los turistas. Su conocimiento no perdurará; ya no hay jóvenes a su lado; quieren ser profesionales. En la transición entre la sociedad de abundancia y autonomía en la que nació Amelia, a la de escasez y subordinación en la que vive su bisnieta Karla, el establecimiento de las escuelas ha desempeñado un papel fundamental.
Instituto Lingüístico de Verano; suena a campamento juvenil pero se trataba de una “organización misionera que tenía por finalidad expresa preparar las condiciones para la segunda venida de Cristo al mundo, mediante la traducción del Nuevo Testamento en todos los idiomas de la Tierra”. Así de claro lo ponía el investigador David Stoll. “Ingentes recursos financieros y una tupida red de transporte aéreo, comunicaciones radiales y computadoras, han sido puestos a disposición de sus 4.300 adherentes en todo el mundo para penetrar en novecientos idiomas de tribus y grupos campesinos, en lo que constituye la mayor empresa de intervención lingüística jamás conocida en la historia”.
Creado por un vendedor de biblias estadounidense, el ILV se estableció en decenas de países de los cinco continentes, aunque su principal campo de expansión fue Latinoamérica. De entre todas sus actuaciones, la más significativa tuvo lugar en la Amazonia peruana, y casualmente su centro de operaciones quedó establecido en la laguna de Yarinacocha, el corazón del territorio shipibo. El estado peruano, que carecía de medios (o disposición) para escolarizar a la población indígena, encomendó al ILV la puesta en marcha del sistema educativo bilingüe: la formación de los profesores nativos, el diseño de los currículos escolares y la producción de los materiales didácticos. También habría de desarraigar “vicios por todos los medios posibles” y traducir libros “de gran valor patriótico y moral”, como la Biblia. En 1955, cuando el ILV abrió los primeros centros de concentración escolar en la selva, el director de Educación Rural del Perú celebraba la conversión de los indígenas en “sujetos progresistas, conocedores y amantes de la patria”, una iniciativa “de gran contenido social”, una “trascendental obra de cultura” con fines “de integración nacional”.
Y las escuelas cambiaron el mundo.

Amelia, la matriarca, continúa tejiendo bolsos tal y como aprendió en su juventud.
NACIÓN Y PETRÓLEO
La primera costumbre en caer fue el seminomadismo; sólo se podían establecer escuelas donde vivieran de forma permanente una cantidad suficiente de niños. A mediados del siglo XX no existían, salvo contadas excepciones, pueblos shipibos. La gente vivía dispersa: pequeños grupos familiares al margen de cualquier ley o poder superior que, gracias al conocimiento heredado, eran capaces de obtener de la naturaleza, sin menoscabarla, todo lo necesario para llevar una buena vida. Esta filosofía vital fue sistemáticamente desestimada en el interior de los salones escolares.
Cuando en los años cincuenta Ida Ramos, hija de Amelia, comenzó a asistir a la escuela, aprendió que el Perú era su patria y San Martín su libertador. “El Perú es libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por su causa que Dios defiende. ¡Viva el Perú! ¡Viva la libertad! ¡Viva la Independencia!”, les hacía recitar el profesor. Para aquel entonces ya se había inaugurado la carretera que unía la ciudad de Pucallpa con Lima, y los colonos comenzaban a adueñarse del territorio, que ya no era ancestral sino peruano, y los patrones sacaban madera y compraban pieles de animales y empleaban indígenas. A los shipibos les había llegado la hora de integrarse en la Pesadilla del Mercado.
El sistema educativo se presentaba (y se presenta) como un gran avance moral, pero no era (ni es) más que una preparación técnica para la inclusión en un sistema ultra jerarquizado de economía industrial. Las cartillas del ILV con las que Ida aprendió a leer educaban en una doctrina productiva en la que la naturaleza se presentaba como recurso económico y las personas al servicio del mercado.
Estaba la parábola de Pepe y los árboles de caucho:
Pepe sembrará una chacra especial con árboles de caucho.
–¿Por qué sembrarás caucho? –le pregunta la gente–. Hay bastante caucho en el monte. ¿Cómo te gusta hacer una chacra de caucho?
Algunas personas se ríen de Pepe, nunca habían oído tal cosa. Pepe les explica su idea.
–La haré cerca de mi casa. Después de unos años ya no tendré que ir lejos buscando caucho por el monte. Tendré mi manera de ganar plata del caucho con menos trabajo.
El sermón de los productos de la selva:
Los principales productos de la selva son: el caucho, la madera, los plátanos. Los productos de cada región se llevan a las otras regiones. Cada región ayuda a las demás. Todos nos ayudamos los unos a los otros en nuestra patria, el Perú.
Y no podía faltar el mandamiento por excelencia del mundo moderno:
El petróleo pertenece al reino mineral. Del petróleo se hace el kerosene y la gasolina. Se cree que hay bastante petróleo en la selva, pero todavía no se ha encontrado. Están buscando petróleo en la selva. El que halla un lugar donde hay petróleo puede ayudar a la patria. Muchas veces se encuentra el petróleo en lugares donde la tierra y las cochas son grasientas y negras, o cerca de las aguas que siempre tienen olor malo.

Ida Ramos, hija de Amelia, nacida a principios de los cincuenta pertenece a la primera generación que recibió las enseñanzas impartidas en la escuela bilingüe organizada por el Instituto Lingüístico de Verano.
INTEGRACIÓN
La escuela también brindaba las herramientas para participar en el sistema incipiente (español para atender a los imperativos burocráticos, cuentas para establecer transacciones sencillas) y preparaba para obedecer a un jefe, competir con los compañeros en un entorno no familiar o respetar una determinada disciplina corporal, en el contexto de un horario y un calendario perfectamente urbanos… Elementos que desplazaron al margen de la cotidianidad infantil actividades como la pesca, la caza, la chagra, la fabricación de canoas, la cocina, el tejido, el cuidado de los hermanos pequeños… fundamentales en la reproducción de su sociedad (su sistema) que niños y niñas siempre habían aprendido con la práctica, mirando e imitando en el seno de la familia desde la más tierna edad.
Las relaciones entre padres e hijos se vieron profundamente alteradas. Antes de la escuela, los mentores eran los mayores de la familia, su autoridad irrebatible y su presencia continua. Con la escuela, los alumnos quedaban sometidos a un poder externo y a un modelo de éxito encarnado por el profesor shipibo, admirado por el dinero y los artículos de los que su posición le permitía disponer. Al mismo tiempo, la asistencia a la escuela exigía la adquisición de una serie de artículos de consumo que sólo se podían obtener con dinero, por lo que los padres se veían obligados a integrarse en el mercado para comprar lapiceros, maletines, cuadernos o uniformes.
A Ida Ramos, juiciosa y linda, le hubiera gustado concluir la primaria pero su mamá tenía otros planes: la casó con el profesor, prerrogativa maternal que también desaparecería con el tiempo.
Roger López nació en 1968 fruto del matrimonio entre Ida y Daniel, el profesor, pero fue educado por su abuelo paterno, un ayahuasquero que le transmitió los conocimientos de un mundo en retroceso: con él aprendió a cazar, pescar o trabajar en la chagra. El abuelo era visitado, en busca de curación y protección espiritual, por buen número de mestizos de Pucallpa, a la sazón un centro urbano muy poblado y activo alrededor de la industria maderera. En su adolescencia, Roger veía llegar a los hijos de los patrones con ropas coloridas, tenis limpios, gafas de sol, comiendo dulces y tomando gaseosa, y los comparaba con su gente: “¿Por qué los mestizos están así? Tienen sus bodegas, sus motores, sus triciclos, buena casa. ¿Por qué un shipibo no tiene eso? ¿Qué es lo que está faltando? ¿Qué es lo que pasa? ¿O no tenemos la capacidad para estar al nivel de ellos? Yo sí tengo capacidad, eso lo sé. No me falta la inteligencia. Soy igual que ellos, sólo que me falta capacitar, tengo que aprender la tecnología, la enseñanza científica, tengo que tener un estudio superior”.
Roger, que había iniciado el camino del chamanismo de la mano de su abuelo, intuyó la importancia de la formación académica y cuando uno de los pacientes mestizos de su abuelo se ofreció a llevarle a la ciudad para estudiar la secundaria, no lo dudó. Años más tarde se licenció como maestro bilingüe y ejerció en diversos pueblos del Ucayali, pero no quedó ahí, la ayahuasca le abrió nuevas visiones: un centro de medicina natural que acogiera a visitantes de todo el mundo: Suipino. Hoy Roger se siente tan empresario como chamán, y habla de negocios como si nunca hubiera hecho otra cosa. “Yo desde que era niño ya tenía esa idea de hacer negocio”. Ha convertido el chamanismo en una forma de acceder a la economía de mercado. “Yo miraba que mi cultura: los diseños, las plantas, las danzas, la sabiduría… Era un conocimiento muy rico para ganar dinero. Pero qué pasa, que todo el mundo regalaba nuestro conocimiento a los gringos”.

El chamán shipibo Roger López, hijo de Ida, aprovechó su oportunidad de estudiar en la gran ciudad y se convirtió, primero en profesor y finalmente en empresario, gozando de un bienestar material admirada por sus paisanos.
CARENCIAS EDUCATIVAS
En pueblos como San Francisco de Yarinacocha, cerca de la ciudad, no hay opciones. El territorio de la comunidad está literalmente arrasado, la tierra yerma, la laguna dejó de proveer proteína. La autonomía es imposible; hay que seguir un largo proceso de formación académica para desempeñar una función (subordinada) y obtener dinero. Todos los jóvenes quieren ser profesionales, y rechazan las actividades que sólo hace unas décadas constituían la identidad de los abuelos. En más de siete meses de estancia en San Francisco no he visto a ningún joven trabajar en la chagra. La producción del propio alimento es asociada con pobreza, con personas que no han podido “superarse”, y es rechazada de plano. Se replica así el discurso político dominante: desarrollo, profesionalismo, consumo. Sin embargo, a pesar del fervor religioso con el que se entregan a esa quimera, no las tienen todas consigo. El nivel académico es bajísimo. “Uno de los principales problemas ha sido el idioma”, explica el director del colegio de San Francisco. “Hay muchas palabras que utilizan en la universidad que ellos no entienden. Los alumnos que más dominan el castellano son los que mejores notas tienen. Ahí se ve claramente cómo influye el lenguaje en el proceso de aprendizaje”. La redacción de un alumno de catorce años sobre sus vacaciones ejemplifica este problema:
vueno yo mefi a Yarina la pase vien con mi Familia y despues fiaacontamana con mi papá hay pase mis cumpliaños cuMpli 16 año el 3 de marzo la pase vien y despues me Fi com mi abuelo a un pueblo me hicieron una Fiesta y luego regrese a yarina de nuevo bueno de hay bine a san Francisco el 17 de marzo a estudiar
Con el fin de paliar esta “carencia”, se ha prohibido en secundaria el uso del shipibo, que se habla de manera generalizada en la comunidad. En matemáticas las cosas están peor. Durante una clase de repaso, varios jóvenes de catorce a quince años salen sucesivamente a la pizarra y ninguno es capaz de hacer operaciones como multiplicar siete por cuatro, dividir cinco entre cinco, dividir veinte entre cuatro o restar sesenta menos treinta y dos.

Estudiantes de la institución educativa de San Francisco de Yarinacocha.
"YA NO HAY SHIPIBO"
Pero limitar la función del colegio a la difusión de ciertos conocimientos técnicos es subestimar el objetivo y el poder de esta institución. En Perú, un estado heterogéneo étnica y territorialmente, creado arbitrariamente sobre los mapas por la élite criolla, es preciso generar ilusión de nación. Y ese objetivo se consigue izando banderas, cantando himnos, dando discursos, desfilando marcialmente y, en clases de historia, ofreciendo una muy particular versión de la génesis de la república: la que dan los criollos aún en el poder, descendientes de españoles, blancos, católicos, que tras cortar sus lazos con la metrópoli constituyeron un régimen racista, profundamente desigual. En el colegio no se cuestiona este tipo de organización sociopolítica, aunque los ancestros de los estudiantes, dueños originarios del territorio, practicaran otra. Desde mediados del siglo XX no solamente se ha enajenado el territorio shipibo, merced a la colonización llevada a cabo por “los peruanos” sino que en los colegios se ha producido una sistemática enajenación cultural, histórica.
Karla, la hija de Roger, cursa tercero de secundaria. Acude al salón con varios libros bajo el brazo. Las tapas han sido adornadas con fotos de famosos actores gringos y modelos rubias. En el interior de la contraportada, el escudo y el himno de Perú y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Karla quiere estudiar arquitectura para diseñar las casas del centro de medicina natural de su padre, aunque hasta el momento no ha sentido ningún interés por tomar ayahuasca. Los domingos acude a una iglesia evangélica en la que las prácticas de su papá no están bien consideradas. Tampoco Karla viste la indumentaria tradicional de las mujeres shipibas, ni ha mostrado inclinación por heredar los conocimientos de herbolario de su abuela Ida Ramos, que lo sabe y se lamenta: “Ahora ha cambiado. Mujer… Nada que ver. No sabe. Con pantalón, con gorra… ¡Ya no hay shipibo!”. “¿Ya no hay shipibo?”, inquiero sorprendido. “¡Se terminó!”.