La selva que se acaba

La Amazonia peruana constituye la trágica evidencia de la insaciable voracidad humana. En seis décadas de colonización y “desarrollo”, lo que era un vergel sin parangón ha devenido en un paisaje aterrador. El pescado escasea, los animales huyen, la amenaza contaminante de la extracción petrolera se extiende y la deforestación avanza a marchas forzadas. Pero aún no es suficiente; el gobierno de Alan García promete más desarrollo y favorece la entrada de grandes multinacionales.
Desperdicios de madera al borde de un aserradero, en la orilla del río Ucayali, Perú. 
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 150 de la revista Cáñamo, junio de 2010.
A los viejos indígenas no les gusta decir antes. Cuando lo hacen les viene a la imaginación aquellos enormes pescados que atrapaban con facilidad, la caza cercana, y los árboles de la más fina madera, todo a unos minutos de sus casas. Cuando piensan en antes, piensan en abundancia y placidez. “Ahora ya no hay pescado. Todo cuesta dinero”, se lamenta Bernardo Agustín, 68 años, morador de la comunidad indígena de San Francisco, a orillas de la laguna de Yarinacocha. “Ahora hay muchos peruanos. Antes había poca gente”. Corría el año de 1943 cuando todo cambió para siempre. Entonces se produjo el primer hito del desarrollo de la selva peruana: la carretera que por primera vez unió el gran río Ucayali –la más importante fuente del Amazonas, la arteria de la selva peruana– con la ciudad de Lima. Así fue como aquel villorrio llamado Pucallpa se convirtió en el centro maderero del Perú. Y hoy… 

Hoy la Amazonia peruana es un lamento. Es el lamento de los viejos indígenas. Es el lamento de los árboles y animales caídos que han sostenido ese crecimiento demográfico galopante, que ha colocado esta naturaleza al borde del colapso. Ríos contaminados, explotaciones madereras sin control, megaproyectos agrícolas, colonización… 

Andrés Castillo es uno más de esos miles de peruanos que, desde otras regiones del país, llegó a la selva en las últimas décadas. Ingeniero agroforestal e investigador de la Universidad Nacional Intercultural de la Amazonia, su experiencia le hace ser “pesimista” respecto a una reversión en este feroz proceso destructivo. Recuerda cuando comenzó a trabajar a mediados de los noventa en el bosque nacional Alexander Von Humboldt, un área protegida que entonces contaba con 640 mil hectáreas de extensión. Diez años después la colonización ilegal ha convertido la mitad de esa extensión en suelos de uso agropecuario. “Se hace por la necesidad, por el problema social que significa el aumento de la población, la presión de la migración; pero es un mal uso. Los suelos de la Amazonia no son apropiados para la agricultura. El primer año se cultiva arroz, maíz, yuca, plátano; esto va a durar dos años y de ahí lo abandonan y buscan otro sitio, y en un período de cinco o diez años vuelven al primero, pero ese suelo, cuanto más uso se le dé más se va deteriorando. La regeneración es cada vez más difícil porque el bosque está cada vez más lejos y las semillas ya no llegan con facilidad”.
El territorio arrasado de la comunidad shipiba de San Francisco de Yarinacocha, en la Amazonia peruana. 
MÁS MADERA
La explotación maderera, principal actividad económica en la región, es otro de los motores de la destrucción. Un viaje en lancha por cualquiera de los ríos grandes y medianos de la Amazonia peruana ofrece unas orillas devastadas; el viajero no verá cien metros de bosque primario en el margen. El cedro y la caoba, especies preferidas por su durabilidad y ductilidad y antaño abundantes, han desaparecido. 

“La caoba la encuentras en la frontera con Brasil”, explica Mauro Scavino, gerente de la Asociación de Productores Madereros de Ucayali. “Pero es difícil porque cuando hubo la explotación de la madera hace cincuenta años lo único que se sacaba era caoba y cedro. Se acabó. Para sacar ahora hay que hacer muchas carreteras, mucha inversión”. Carreteras de ochenta kilómetros hacia el interior de la selva, con el tremendo impacto que provocan. Aunque Scavino confiesa que el bosque está “en franco retroceso”, defiende a los suyos: “Nosotros no le hemos hecho gran cosa al bosque, pero es a los madereros a los que nos ven, porque traemos la madera. Pero la gente no ve la destrucción que produce la agricultura migratoria y la ganadería”. Además, tiene planes: “Hay maderas en el bosque que están maduras y que se están pudriendo. Falta un estudio bastante serio para determinar una mayor extracción de esas maderas y se va a desaprovechar: no se va a beneficiar ni el industrial ni el estado”. 

Pero los habitantes ancestrales de la región tienen su propia visión: “Los madereros entran a talar madera y los animales se ahuyentan y se van lejos”, explica la consejera indígena del gobierno regional de Ucayali, Margot Ramírez. “El cazador ya no encuentra su animal. El pescador ya no encuentra pescado. La contaminación… La tierra está cansada porque ya no hay árboles y el sol se va contra la tierra y mata todos los abonos que están ahí. Es una situación crítica”. En muchos casos los propios indígenas han participado activamente en este proceso de deforestación. Cada vez más involucrados en el sistema global de economía de mercado, prácticamente la única fuente de ingresos es la venta de su naturaleza (madera, pesca, caza). El dinero se ha convertido en una necesidad irrenunciable.
Una lancha cargada de madera fina, en la triple frontera de Colombia, Brasil y Perú, a punto de salir para Iquitos. 
Testigos mudos durante largo tiempo de esta explotación despiadada, en la actualidad los indígenas consiguen hacer oír su voz en las instituciones gubernamentales. Su lucha es ante todo por recuperar el control del territorio y establecer un nuevo modelo de explotación de la naturaleza. “Hace cincuenta años los indígenas teníamos acceso a un amplísimo territorio”, continúa Ramírez. “No había prácticamente colonización. A pesar de que no teníamos un título éramos dueños de la tierra: vivíamos, habitábamos, cazábamos, producíamos”. 

Aunque en Perú se ha logrado titular a favor de las comunidades nativas unas doce millones de hectáreas (cifra que representa un quince por ciento de la extensión de la selva), en la actualidad el territorio está fragmentado y limitado por asentamientos de colonos, fincas ganaderas, explotaciones madereras. Además se suman otros problemas propios del modo de vida industrial desarrollado: las basuras, los vertidos, los productos químicos. 

“Las comunidades nativas que están a la orilla del río beben agua no tratada. Los niños tienen diarrea, infecciones intestinales, fiebre, y algunos mueren. Antes no había contaminación. En estos tiempos, se bota en el agua todos los desperdicios, plásticos, venenos”. Lejos queda la prístina naturaleza de los ancestros de Ramírez, gracias a la que surgió una sociedad de abundancia, sin dinero, sin jefes, sin acumulación. 

El saqueo de su territorio, la enajenación, está levantando más que nunca deseos de autodeterminación e independencia entre los indígenas shipibos. Por primera vez en la historia, un congreso reunió en Pucallpa a líderes shipibos de todos los pueblos con el fin de crear el primer paso hacia un gobierno indígena que luche por la autodeterminación y la soberanía sobre el territorio ancestral, algo que, desde luego, no entra en los planes del presidente peruano, Alan García.
I Congreso Interregional del pueblo Shipibo-Konibo, donde se discutió la necesidad de alcanzar la autodeterminación. 
ES EL DESARROLLO
Aunque Perú es asociado automáticamente con Los Andes, lo cierto es que se trata de un país fundamentalmente amazónico: el 62% de su territorio es selva, o lo que es lo mismo 74 millones de hectáreas (la misma extensión que España e Italia juntas). Dado que tiene una densidad de población muy baja, la selva se ha convertido en el blanco del penúltimo embate pro desarrollo. El presidente peruano Alan García, no parece muy complaciente con un estilo de vida basado en la autosuficiencia. Aunque en su primera etapa al frente del país (1985-1990) clamaba como socialdemócrata, en este segundo período se ha subido al carro neoliberal (tal vez se metamorfoseó en su estancia en París, adonde huyó de la justicia peruana que le acusaba de cohecho y enriquecimiento ilícito): en sus discursos prima el desarrollo industrial, las consideraciones macroeconómicas y la inversión extranjera, para lo que ha firmado un tratado de libre comercio con Estados Unidos que supone de hecho la venta de las tierras y los recursos del país. 

La Amazonia juega un papel fundamental en sus planes: “Hay millones de hectáreas para madera que están ociosas. Se puede hacer forestación maderera pero para eso se necesita propiedad sobre cinco, diez o veinte mil hectáreas, pues en menos terreno no hay inversión formal de largo plazo y de alta tecnología”. García prevé la construcción de grandes centrales hidroeléctricas que deberán poner en marcha “grandes capitales privados o internacionales que necesitan una seguridad de muy largo plazo para invertir miles de millones y para poder recuperar sus inversiones”. 

por supuesto, el petróleo. El gobierno de Alan García ha adjudicado a grandes empresas trasnacionales el 70% de la selva para que exploten el petróleo del subsuelo. Pero esta actividad es demostradamente dañina para el medio ambiente, como bien se sabe en la cuenca del río Corrientes, donde los indígenas achuares asisten desde hace cuatro décadas a un dramático proceso de degradación del medio ambiente, y consecuentemente de su salud. 
Un joven cazador achuar junto a un pozo de petróleo abandonado. en la cuenca del río Corrientes.  
“Antes de llegar el petróleo, nuestro territorio era amplio, limpio, libre y sano. Ahora está enfermo y por eso nos enfermamos todos, las gentes, los animales y las plantas. Cuando nos enfermamos, no podemos encontrar solución en la naturaleza, porque la naturaleza también está enferma”. El sentir del pueblo achuar se resume en las palabras de este anciano cuya sangre, como la de dos terceras partes de la población de la cuenca del río Corrientes, presenta cadmio y plomo por encima de los niveles de tolerancia biológica. Durante 35 años, en este remoto paraje de la Amazonia peruana se han sucedido derrames de crudo y vertidos de aguas de producción, altamente contaminantes. Ante el empeoramiento de las condiciones de vida y la pasividad de los responsables, el 11 de octubre de 2006, cientos de indígenas tomaron las instalaciones de la empresa argentina Pluspetrol y paralizaron la extracción de cincuenta mil barriles de crudo al día. Sólo así, empresa, gobierno regional y estado –que obtienen cuantiosos ingresos en impuestos­– se avinieron a negociar y firmaron la histórica Acta Dorissa, que comprometía inversiones de doce millones de euros en salud y desarrollo, garantiza quince millones para trabajos de remediación ambiental y exige la reinyección al subsuelo de las aguas de producción. Sin embargo, como periódicamente vienen denunciando las organizaciones indígenas, las inversiones comprometidas no llegan y los derrames siguen produciéndose. 

Algo más grave ha tenido que suceder para que se derogara el decreto legislativo 1090, elaborado por el gobierno de García para permitir a las transnacionales la compra de las tierras forestales –es decir de bosque primario o selva virgen– para luego darle un uso agrario. La medida provocó movilizaciones indígenas durante meses sin resultado hasta que el 5 de junio del pasado año se produjeron los enfrentamientos de Bagua, donde una veintena de policías y una decena de indígenas awajún murieron en un episodio que sacudió la conciencia nacional y puso contra las cuerdas a García. La ley fue retirada. Ahora el país trata de encontrar una respuesta a este rompecabezas. Mientras, el laborioso ser humano, el depredador por excelencia de la selva, continúa avanzando hasta lo más profundo de la selva.

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