Ante el apocalipsis

Los pecados del mundo han suscitado la ira divina; el calentamiento global promete una hambruna devastadora; la Misión Israelita busca refugio en remotas comunidades de la selva amazónica, trabaja la tierra y prepara la despensa que salvará el mundo. Una religión en apariencia delirante; una respuesta social a la profunda desigualdad en la repartición de la tierra y la riqueza en el Perú. 
Una mujer predica a sus correligionarios a orillas del río Amazonas, en la comunidad de Alto Monte.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 186 de la revista Cáñamo, junio de 2013. 
El hermano Juan se presenta con vozarrón grave y aspecto temible: corpulento, barba blanca ensortijada hasta el pecho, gran cabeza calva, nariz chata, ojos achinados ocultos tras grandes bolsas, y su túnica azul brillante tecnicolor, orlada por una filigrana dorada, como un patriarca Abraham de película de Hollywood. “¿Periodista internacional?”, enarca una ceja, escrutándome. Dejamos la casa flotante en dirección al templo. En la noche sin luna, el río Amazonas corre silencioso bañando la orilla de Alto Monte. El hermano Juan, alumbrando a diestra y siniestra, descubre un grupo de adolescentes de ambos sexos, y luego, cerca de la puerta del templo grita: “¡Disciplina, disciplina! Allá hay unos jóvenes que están en la oscuridad, vaya a mirar”. Una mujer sale disparada gritando: “¿Quién anda ahí?”, provocando con su linterna la espantada de los jóvenes, reacios a las rígidas normas de relaciones entre sexos establecidas por la Misión Israelita. 

Del sencillo templo sale una luz blanca, y una voz amplificada por altavoces, y una gritería disonante. Dentro, entre la luz irreal de bombillas blancas y la algarabía de oraciones, himnos y sermones, que retumban en el tejado de zinc, un pasillo deja hombres a un lado, barbados y cabelludos, y al otro a mujeres tocadas por pañuelos. Unas y otros visten túnicas, en su particular imitación de las costumbres de los antiguos israelitas, y alzan los brazos al cielo, y se lamentan por la suerte nefasta del mundo, y piden sanación, y me aplauden cuando a invitación del hermano Juan me presento ante ellos y explico la razón de mi visita.
 El hermano Juan, como recién salido de la película Los diez mandamientos. 
la ley real
Tras la catarsis, un pastor se entrega a la lectura de Los Diez Mandamientos de la Ley Real revelados al fundador de la iglesia, Ezequiel Ataucusy Gamonal, en 1956, en un pequeño pueblo de la cordillera andina, muy lejos de la selva amazónica. Durante un año Ataucusy recibió de la Santísima Trinidad “instrucción divina”, hasta que fue “arrebatado al tercer cielo” y llegó a un local “de metal finísimo y resplandeciente” en el que había “dos bibliotecas y una pizarra”, y una mesa a la que estaban sentados “el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. El Padre comenzó a escribir en la pizarra los diez mandamientos y al terminar le dijo a Ataucusy: “Presto, id y traerme una cartulina de la biblioteca”. Cuando la tuvo: “Escribe en la cartulina las diez palabras del pacto, sin añadir ni disminuir”. Ataucusy se aplicó a ello y mostró el resultado. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo aprobaron diciendo: “Está muy bien”. Se despidieron de él: “Id y adoctrinad a todos los gentiles, enseñándoles que guarden todos los mandamientos que os he mandado”. Y el iluminado fundó la Asociación Evangélica de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal, una iglesia que medio siglo después cuenta con decenas de miles de seguidores en Perú y otros países latinoamericanos, y se ha convertido en una poderosa organización religiosa, económica y política, capaz de obtener dos escaños en el parlamento nacional, y concejales y alcaldes en distritos y municipios del país.
La indumentaria es una costumbre fundamental de los israelitas, que pretenden emular la forma de vida del Antiguo Testamento.
“Nosotros somos el Verdadero Pueblo de Dios porque asistimos de sábado en sábado, como está escrito”, explica el hermano Juan. “Cuando usted ha creído en el Espíritu Santo, que es los Diez Mandamientos de la Ley Real, que es Jesús mismo, que es Dios mismo, entonces usted es sellado del Espíritu Santo, de la promesa del Espíritu Santo”. Ensarta pasajes de la Biblia como Sancho Panza refranes, sin orden ni concierto, pero con férrea convicción y en ocasiones con un sentido perfectamente terrenal. “Mateo dice: Huyan a las montañas. ¿Por qué? Porque en el pueblo o la ciudad ya no podemos vivir; ahí nos va a matar la Bestia. Las ciudades son contaminadas del mal. Hay prostitución, hay borracheras, hay crimen, hay robo. Hay injusticias de la justicia del hombre del gobierno. Todos hacen a su manera, a su gusto. ¿Entiende? Entonces de eso estamos apartados nosotros ya”.

A un día en lancha de la ciudad de Iquitos, Alto Monte fue la primera comunidad agraria israelita creada en el marco del proyecto Fronteras Vivas. Ezequiel Ataucusy profetizó la inminencia de una hambruna, castigo divino a la degeneración mundana de las ciudades, y animó a sus seguidores a buscar refugio en los confines de la Amazonia, el único lugar que quedaría a salvo de la catástrofe. “Desde el año 1978 viene descendiendo paulatinamente el sol, dos leguas y medias por año, desde entonces viene acrecentando el calor del sol año en año”, reza un panfleto de la organización. “Por la intensidad del calor del sol se quemarán los hombres”, y Jehová enviará “hambre y malas bestias que os destruyan”.

Más allá de este extravagante batiburrillo de túnicas y profecías, pecados mundanos y castigos divinos, la Misión Israelita ofrece una respuesta práctica a la desestructuración de la sociedad peruana, concebida mediante la violencia y el expolio de la Conquista. Heridas incurables que marcaron una sociedad profundamente desigual, y respuestas radicales, como la de Ezequiel Ataucusy, el Hijo del Hombre, catalizador de la desesperanza de agricultores pobres, sin tierra ni ilusión, siervos seculares, sometidos a la represión estatal, al infierno de Sendero Luminoso, a la codicia de transnacionales y potentados.

Un mundo injusto, cruel, azaroso, un “nido de pecados” y, lógicamente, una solución ultraterrena.

En su ahínco por explotar la selva agrícolamente, los israelitas constituyen un poderoso vector de deforestación.
LA FIESTA DE LOS ÁZIMOS
El fervor religioso alcanza el paroxismo en la Fiesta Solemne de los Ázimos que congrega en Alto Monte a seis mil personas, procedentes de comunidades diseminadas a lo largo del Amazonas y sus afluentes peruanos. Con el discurrir del gran río como fondo, los fieles se ordenan en círculos concéntricos alrededor de una pira votiva en la que reposa un cordero sacrificado. Tras la invocación, un pastor prende el fuego mientras los fieles elevan las manos al cielo y ruegan amparo a Jehová, a Jesucristo y a su ya fallecido líder. Fotografío las estampas coloridas y afectadas que me ofrecen hasta que me abordan por la espalda. “¿Usted quién es?”, inquiere un hombre pequeñito, cuyo intento de barba ha quedado en cuatro pelos, ridículos de no ser por su severidad. Yo le desprecio con displicencia, porque soy “periodista internacional”, porque he sido acogido por el hermano Juan, porque me presenté anoche; pero el hombre no se arredra, da un paso más, se presenta como el presidente de la comunidad agraria de Alto Monte, y me exige explicaciones con firmeza, y me pide mi documentación. “En este territorio nosotros somos la autoridad y tenemos que saber quién está aquí, por si pasa cualquier cosa”. Sí, éste es su territorio, su ley, y no hay más que acatarla. Agapito Atamary, puestas las cosas claras, me sonríe con benevolencia y se convierte en un entusiasta colaborador. 

La historia de Atamary ejemplifica singularmente las circunstancias de muchos de los hermanos. “Yo era católico romano. Adoraba las estatuas, las maderas, las piedras, me gustaba la misa. Pero gracias a Dios me convertí”. Atamary era agricultor minifundista de suelo seco y estéril, allá en Los Andes. En 1989 llegó a su pueblo la “feria de las cooperativas agrarias”, una iniciativa agrícola patrocinada por Ezequiel Ataucusy. Atamary visitó la feria y en la tarde asistió a la alabanza. “¡Qué lindo oraban!”. Su esposa sufría entonces una enfermedad incurable. “En la Misión sana”, le dijeron. Y efectivamente, el milagro: “Después de congregarnos visitamos el templo central, con mi esposa y mis niñitos. Nos quedamos en una noche de vigilia. Al término de la fiesta mi esposa se sanó. Por eso yo me apegué. Yo era borrachito. Pero gracias al Señor, todas esas cosas se me retiró”.
Agapito Atamary, presidente de la comunidad agraria de Alto Monte. 
los humildes y los enfermos
A la gente enferma y marginada, la Misión promete en sus estatutos fundacionales una “sociedad perfecta, jerárquica, organizada y soberana de hombres que desean llegar a la paz y al perfeccionamiento espiritual, con la fe y la moral”, e impone un sistema de creencias inapelable y una estricta disciplina ritual y moral: la embriaguez, el baile, la concupiscencia, son reprimidas hasta el extremo por la organización. No hay espacio para la duda. 

Gente humilde, desposeída, a la que se ofrece tierra sin límite en la Amazonia. Gente como el hermano Agapito, que llegó a Alto Monte en 1996, un año después de su fundación, cuando el asentamiento tenía sólo trescientas hectáreas; casi dos décadas después Alto Monte acoge a mil doscientas familias que explotan un territorio de veinte mil hectáreas. El territorio, como el de las todas comunidades israelitas, pertenece al estado peruano, y ha sido cedido para su explotación agroforestal a la Misión, que a su vez cede a cada familia una porción de terreno para el trabajo agrícola. 

“Aquí el trabajo es muy fácil. Solamente es: rozas el monte, dejas secar, quemas, siembras y en noventa días ya tienes algunos productos”, presume Atamary, obviando una circunstancia que pone en jaque la misma existencia de estas comunidades: la mayoría de los hermanos proceden de la sierra o la costa del Perú, muy pocos de la selva, y han importado una mentalidad y unas técnicas agrícolas inapropiadas al suelo amazónico, muy pobre en nutrientes. En la Amazonia, las cenizas del bosque incendiado palían la acidez del suelo. La primera cosecha es óptima pero los rendimientos decrecen en la siguiente y a los tres años hay que abandonar ese suelo y tumbar más. “Pero la tierra de la Amazonia se cansa pronto, ¿no?”, sugiero. Él asiente. “¿Y eso puede ser un problema?” “No, porque vamos a solicitar más al ministerio y nos lo van a conceder”. A los israelitas no les basta la producción para el consumo propio, empeñados en prosperar materialmente y acopiar una despensa para la hambruna anunciada. “El que labra la tierra se hartará de pan, mas el que sigue a los ociosos, se hartará de pobreza”, recita Atamary uno de los versículos preferido por los hermanos. Su ahínco les ha convertido en un importante vector de deforestación, aunque el estado peruano ve con buenos ojos esta migración que contribuye a descongestionar los servicios públicos de las ciudades. 

Y los israelitas siguen llegando a la Amazonia, uno de los últimos espacios del planeta donde Libertad no es una palabra al servicio del Poder.
Una familia israelita, en el remoto río Yavarí, en la frontera entre Perú y Brasil. 
DESCONFIANZA
A ríos como el remoto Yavarí, que desemboca en el Amazonas en la triple frontera de Colombia, Brasil y Perú, los tentáculos del Estado Total apenas llegan. Hermoso, salvaje, inhóspito, asolado por una epidemia de hepatitis y malaria, amenazado por el negocio de la producción de cocaína, rico en pescado y carne, apenas poblado, refugio para decenas de grupos indígenas que decidieron mantenerse al margen de la sociedad occidental y viven en autonomía secular. 

Hasta el Yavarí han ido los israelitas, también en busca de territorio e independencia. 

El disco de la luna llena se refleja en la superficie oscura del río, surcada por el bote de diez metros de eslora. Bajo el techo de madera, una veintena de hamacas copan el espacio aéreo; bultos y mercancías tapizan el fondo; la promiscuidad, “¿quién se ha tirado un pedo, cochino?”, resuena en la noche. Se abandona el curso del río momentáneamente entre canales que atraviesan el bosque inundado, para atajar las vueltas casi circulares. Amanece y el bote surca lentamente, deteniéndose tal vez en una comunidad indígena para dejar una encomienda, tal vez para comprar gasolina. 

Gente sencilla, bienintencionada, pero considerados con desconfianza por los lugareños que no conocen a esos foráneos extravagantes. Pero lo cierto: hospitalarios con el extranjero, como Dios manda, y deseosos de compartir su historia, halagados al saber que un “periodista internacional” la considera digna de ser contada. 

“No me gustaban los pañuelos”, recuerda la hermana María, y por eso no escuchó a los hermanos la primera vez que le hablaron. “A mi hija le dio un derrame y mi marido alcohólico, mi madre murió de cáncer”. Se hizo israelita y “todo cambió”. Abandonó su tierra, su hogar, y se marchó a este recóndito paraje. Ahora luce el pañuelo, que deja escapar unos mechones canosos, y unas gruesas gafas de pasta. “A Nueva Jerusalén llegamos trescientas personas. Esto era puro monte. Nadie creía que íbamos a aguantar. Decían que como mucho estaríamos acá un año y ya llevamos diez. Tardamos tres días en construir dos pabellones, uno para hombres y otro para mujeres. Enseguida comenzamos a tumbar y sembrar. A los seis meses llegaron las primeras cosechas. A los dos años ya fuimos autosuficientes. Mientras no teníamos comida nuestro señor Ezequiel nos enviaba desde Alto Monte”. Me ofrece arroz y yuca, de producción propia. Se jacta de que gracias a ellos las pequeñas ciudades de Leticia y Tabatinga, a un día de distancia por el río, pueden comer plátano y yuca y pepino y fréjol y maní. 

Gracias a ellos, y a la selva que retrocede.
Baylón lleva sus ovejas para la venta desde la comunidad de Alto Monte hasta la ciudad de Leticia, dos días río abajo en lancha.
trabajo comunal
En su compañía conozco las chagras cercanas, algunas en producción, otras ya exhaustas. “Aquí nadie es dueño del lote. Éste es el terreno del Maestro, que lo consiguió para que trabajásemos sus hijos. Cada persona, lo que sembró, su yuca, su arroz, sí es de él, pero la tierra no”. Una mujer extiende el arroz cosechado sobre grandes plásticos negros, dejándolo secar al intenso sol del mediodía; el diez por ciento de lo que coseche, el diezmo, deberá ser entregado a la Misión. En un local comunal tres hombres confundidos se afanan por arreglar la piladora de arroz, máquina que separa el grano de la cáscara. Las motosierras rugen y hienden el árbol tumbado, convirtiéndolo en tablas para una casa. “Nosotros trabajamos comunalmente como los antiguos incas, en minga”. Y me muestra orgullosa cuando nos cruzamos con un grupo de hombres arrastrando la larga y pesada pieza de madera que será la base de un bote. Varios centenares de metros jalando entre la espesura. 

La hermana María me conduce a la escuela, privada, construida con fondos de la Misión, donde niños y niñas, con uniforme escolar, pelo largo, pañuelo en la cabeza, forman ordenadamente y cantan algún himno religioso, en el patio. “Puesto que ésta es una comunidad religiosa, tratamos de introducir lo que nosotros consideramos importante. Por ejemplo, en Lenguaje, en vez de leer cualquier texto, leemos la Biblia”. Los niños no eligieron, pienso, no conocen otra cosa, quizás no les gusta. “Mucha gente piensa que acá es un sufrimiento… Claro, lo es, porque está suprimida la diversión. Quizás no es lo que tú quieres, sino que es tu creencia la que te lleva, no a una vida de esclavitud, sino que uno queriendo salvarse hay que apartarse de las cosas que prohíbe la escritura. ¿Qué ganaríamos nosotros tomando, bailando, en la fornicación?” 

El bote baja semanalmente con productos para la venta: racimos de plátano, frutas diversas, gallinas enjauladas, puercos que conviven con los pasajeros. El trayecto dura veinte horas y finaliza en el puerto de Tabatinga, donde esperan revendedores e intermediarios, que abordan ansiosos en busca de productos. A veces son las mujeres israelitas las que se sientan bajo un árbol frondoso, en las calles de Leticia y Tabatinga, a vender huevos, queso, fréjoles o maní, inequívocamente vestidas con su indumentaria que desafía el orden estético imperante. Las encuentro con frecuencia en Leticia, y a veces les compro queso fresco, y les pregunto, como si no supiera mucho, por la llegada del “castigo de Dios” en las ciudades. “El próximo año comienza”, sentencia un viejo sin dudar. “Puede demorarse, puede pasarse… Nosotros bíblicamente podemos profetizar. Ya, si después pasa otra cosa, ya es cuestión del Señor, porque el Señor es misericordioso. No quiere que nadie se pierda. Puede dar un tiempo más como en el caso de Noé, pero no por misterioso sino por misericordioso”.  

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