Desarrollo, un fracaso estupendo
Cooperación internacional para el desarrollo: suena bien pero funciona fatal. Disfrazadas de altruismo desinteresado, estas políticas de intervención buscan integrar en la disciplina del mercado a las últimas sociedades autónomas del planeta. En el intento prosperan burócratas y profesionales urbanos, se desprecia la idiosincrasia indígena y se arrasa con la selva.

Un ingeniero explica en la asamblea de la comunidad de Vencedor la conveniencia de aprobar la construcción de una institución de enseñanza secundaria.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 185 de la revista Cáñamo, mayo de 2013.
Soltaban las bombas en el Pacífico y en Europa. Los aviones despegaban, las bombas caían, morían nazis y japoneses, los aviones aterrizaban. Las ruedas se desgastaban. Faltaba caucho: la comunicación con las plantaciones proveedoras del Sudeste Asiático se había interrumpido por la guerra. Estados Unidos encontró en la parte peruana de su patio trasero y construyó una carretera para conectar la costa con la aldea mestiza de Pucallpa: el corazón de la selva quedó penetrado por la muerte. Era el desarrollo. En 1943 el caucho comenzó a salir y en 1945 Harry S. Truman dio la orden definitiva; ¿de qué árboles sacaron la goma para las ruedas del Enola Gay?
En los años cincuenta Bernardo era un muchacho del pequeño pueblo shipibo de San Francisco de Yarinacocha, cercano a Pucallpa (que ya quería ser ciudad). Aprendía a ser hombre en el seno de una naturaleza de abundancia. Bernardo recuerda la pesca de entonces con nostalgia; conversamos en la cocina (un techo de hojas de palma, un fuego en el suelo de tierra pisada, algunos muebles toscos), junto a la mesa cubierta por un hule de plástico: “A veces íbamos a agarrar con tarrafa [red], a veces con flecha. Había tucunaré [especie de pescado muy preciada] grande… Ahora ya no hay. El Perú se ha aumentado. Demasiados peruanos, ya no hay pescado. Ahora el tucunaré cuesta quince soles el kilo. Bien carísimo. Los pobres ya no pueden comer pescado; el pescado es de ricos”.
Demasiados peruanos llegaron por la carretera que financiaron los gringos: a invadir, a extraer, a producir, a vender, a comprar. Dinero, comercio, gente, cáncer, desarrollo y la selva que se acaba.
Dicen los libros de historia que Harry S. Truman ordenó el lanzamiento de la primera bomba atómica. Y dicen que en 1949, cuando se disputaba el mundo con el contrincante soviético, escribió el discurso que dio inicio a la Edad del Desarrollo: "Más de la mitad de la población del mundo vive en condiciones cercanas a la miseria. Su alimentación es inadecuada, es víctima de la enfermedad. Su vida económica es primitiva y está estancada. Su pobreza constituye un obstáculo y una amenaza tanto para ellos como para las áreas más prósperas. Por primera vez en la historia, la humanidad posee el conocimiento y la capacidad para aliviar el sufrimiento de estas gentes".
Un escenario que sacado de una novela de Dickens; y una estrategia: "Creo que deberíamos poner a disposición de los amantes de la paz los beneficios de nuestro acervo de conocimiento técnico para ayudarlos a lograr sus aspiraciones de una vida mejor […] Lo que tenemos en mente es un programa de desarrollo basado en los conceptos del trato justo y democrático […]. Producir más es la clave para la paz y la prosperidad.
Harry S. Truman I, el Filántropo, portavoz de la dinámica de expansión de Estados Unidos, anunciaba nuevas estrategias: míster Marshall, le recibimos con alegría. Era el desarrollo.

Bernardo, con una flecha con la que antaño pescaba grandes pescados y, hoy en día, pequeños pescaditos.
pobreza, más o menos
Pregunto a Bernardo: “¿En su juventud había más pobreza o menos pobreza que ahora?”. No lo duda: “Más pobreza. Más. No había ni calamina, nada, nada…”. Y con calamina se refiere a las hojas onduladas de zinc que techan su casa; y con “nada, nada” a la energía eléctrica, a los equipos de sonido que atronan por doquier en la comunidad, a teléfonos celulares, a las motos que circulan por las calles, a las ropas que acumulan, a la cantidad de ollas y utensilios de plástico que vienen desde China a precios ridículos…
Podría decirle: “Yo no estoy de acuerdo contigo Bernardo. Manejáis más dinero que antaño, pero el dinero debería servir para garantizar alimentación, casa, ropa, y remedios contra la enfermedad. Desde ese punto de vista estáis mucho peor ahora. Antes con el conocimiento ancestral conseguías esos pescados que ahora son de ‘ricos’, y había muchísima cacería, y teníais grandes chagras con todo el plátano que pudierais comer, y todo tipo materiales de construcción para las casas. También sabíais hilar y coser ropa; y la desnudez no era pecado. Y remedios: cientos de plantas cuyas propiedades terapéuticas eran conocidas y aumentadas por cada generación. Ahora para todo eso hace falta dinero, y creo que ya te has dado cuenta lo jodido que es conseguirlo, y que nunca hay suficiente”.
No le digo nada porque sé que mis palabras se estrellarían contra un muro elevado por décadas de monótonos discursos: los indígenas de la selva viven en la miseria, la solución es el desarrollo, palabra omnipresente alumbrada por productos rutilantes y eficaces: aviones, carros, radios, herramientas, televisores, envoltorios brillantes. ¿Cómo resistirse a su hipnótico poder?
Bernardo reflexiona: “Los americanos saben mucho de deportes. Pero Perú es bajo de deportes. Lo he visto en libro de medicina: hay pastillas para deporte. Sería bueno, ¿no?”. “No tan bueno”, replico. “¿No tan bueno?”, extrañado. “Mejor natural. Sin pastillas”, insisto. “Claro…”, pero titubea. Abunda: “Pero yo he preguntado en Inka Farma y costaba cuarenta y tres soles pastillas para deportes. No quería vender por unidad. Un frasco”. Calla unos segundos y luego continúa con su fe: “Por ejemplo remedio para ser inteligente. ¿No son buenos también?”.
DISCURSOS
Discursos de los políticos de turno, de los cooperantes, de los misioneros, de la gente blanca e importante de la televisión. Discurso de la Organización de Naciones Unidas que considera en extrema pobreza a aquellos pueblos que beben agua directamente del río, carecen de letrinas, no tienen cerca hospitales ni médicos (occidentales), comparten una habitación cuatro o más personas, carecen de escuela, no hay acceso a periódicos ni radios. ¡Hostia! ¡Pero si son los indígenas de toda la vida! Según la sentencia de la ONU, en el pueblo de Bernardo ya no son extremadamente pobres, cumplen los requisitos para ser considerados pobres, a secas. Tal vez esta leve mejoría esté relacionada con que la naturaleza alrededor de la comunidad ha sido arrasada, y no queda pescado en la laguna, y los carros con dirección a Pucallpa pasan desvencijados levantando polvo, y Bernardo ha vallado su pequeño terreno porque tiene miedo a los ladrones, y ha compartimentado el interior de su casa para separarse de sus hijos y nietos. En San Francisco ya son menos pobres, tienen tele, aunque la comida escasee.

Las iniciativas de “desarrollo” de los años ochenta arrasaron con el territorio de San Francisco de Yarinacocha.
VENCEDOR
Ahora te subo en una lanchita y navegamos un día y una noche hasta llegar a Vencedor, pueblo shipibo de ciento cincuenta habitantes donde se vive muy bien. La gente es sonriente, tranquila, comunicativa, autónoma: no hay jefes (lo de Jefe de la Comunidad es un mal decir), ni horarios que cumplir, ni obligaciones contractuales. Hay abundancia de comida, materiales para la construcción de las casas y remedios que aplican tres poderosos chamanes. Las familias son extensas, solidarias, comparten con los vecinos. Para los expertos de la ONU esta gente es extremadamente pobre: porque beben directamente del río y duermen más de cuatro personas en una misma habitación, y no tienen médicos (con bata blanca). En aquello en lo que no son extremadamente pobres, son pobres: porque comparten letrinas, no hay teléfono ni computadoras.
¡Háganse los proyectos de desarrollo para integrar a estos miserables en la economía de mercado, donde hallarán solución a los males (que no padecen)!
Jürg Gasché, un antropólogo suizo afincado en Iquitos desde hace tres décadas considera la globalización “un bulldozer económico e ideológico” que tiene por objetivo “aplanar y aplastar los modos de vida diferenciados de la humanidad, reemplazar los valores éticos y espirituales diversos por el único deseo de consumo material y someter a todas las personas humanas a la esclavitud de estos deseos”, con el resultado de “imponer a las personas una disciplina de trabajo que las reduce a ser peones dependientes, a la merced de las ofertas y constreñimientos laborales de estas empresas”, como explica en su obra Las sociedades bosquesinas, fundamental para entender la Amazonia de hoy en día. Gasché ilustra el “fracaso” inexorable de los proyectos de desarrollo, que ha dado lugar a una nueva disciplina etnográfica: la “arqueología de proyectos”. Porquerizas para la cría del cerdo, galpones para gallinas ponedoras, piscigranjas, sembríos diversos… iniciativas productivas que pretenden vincular a los paisanos con el mercado. Los proyectos se ponen en marcha prometedoramente mientras el bien pagado ingeniero de turno llega a las comunidades con la plata y las herramientas, augura pingües beneficios, supervisa, ordena y manda. Pasados los meses la asistencia de los profesionales urbanos cesará (promoverán otro proyecto, en otro pueblo) y todo quedará abandonado. Una y otra vez el mismo fracaso, motivado por la falta de adecuación de las iniciativas a la cultura amazónica.

En Vencedor, la proteína cotidiana se obtiene en la laguna; no hace dinero para comer.
EL INGENIERO Y LA COMUNIDAD
Y lo compruebo cuando una tarde aparece en Vencedor el Ingeniero de algún instituto regional financiado por la Unión Europea. Más que aparecer irrumpe en la placidez del atardecer de Vencedor. Es alto, varonil, habla categóricamente con varios comuneros quienes, normalmente alegres y extrovertidos, parecen sumisos, apocados. Lamenta la existencia de “problemas internos” en la comunidad en los que “nosotros no nos metemos”. ¿Problemas internos? Después de varios meses en el pueblo no tengo la menor sospecha de tales problemas internos.
Luego me explica que su labor consiste en ayudar a los comuneros a gestionar un pequeño aserradero comunal que se nutre del bosque secundario cercano. El “problema” es que la familia de los Serrano “domina y manda” porque son “mayoría”, y se quedan con las ganancias e impiden que varias familias de la comunidad trabajen. Por eso, “el Proyecto quiere incrementar maquinaria para que toda la gente se ocupe”, de forma que “no hay problema interno en el que tú no trabajas y yo trabajo”. Le pregunto sorprendido si no trabajan todos. Asegura tajante: “No. Son solamente diecisiete. Ellos son treinta y cinco familias, el cincuenta por ciento está en el aire, ¿de qué viven? Agricultura y pesca. No puede ser”. Por eso, para evitar que la mitad del pueblo esté “ocioso”, el Proyecto va crear otro “grupo de interés” por lo que “si todos trabajan no va a haber ese conflicto”. Pero el Ingeniero se queja de que “los amigos no comprenden”. “¿Por qué?”, pregunto. “Bueno, sus estudios… Y la ignorancia, usted sabe que…”. “¿Pero el qué no comprenden?”. “No comprenden lo que uno les dice que necesitan, ni qué cosa queremos hacer. Hasta cierto punto creen que uno está haciendo para uno. Hay esa desconfianza”.
En la conversación, que no supera los diez minutos, se condensan ejemplarmente muchas de las críticas que Gasché ha documentado una y otra vez, y que conducen al fracaso de estas iniciativas. Para empezar, en una sociedad proverbialmente igualitaria, el Ingeniero se relaciona desde la superioridad del universitario urbano (con ese desdén paternalista del “no comprenden” por su “ignorancia”), y desde la arraigada certidumbre de que los indígenas son “ociosos” (pero en Vencedor resulta francamente difícil ver a un comunero inactivo: los que no van al aserradero, pescan, cazan, trabajan en la chagra, hacen su canoa, arreglan sus mallas y un sinfín de otras tareas). El ignorante es él. Resulta alarmante que ignore que todos los adultos que desean trabajar en el aserradero lo hacen (como he comprobado en mi trabajo de campo), y que la familia Serrano no tiene el poder. Nadie tiene el poder; las decisiones se toman por consenso, nadie impone ni permite la imposición. Debería decirle que no tiene sentido crear otro “grupo de interés”, y debería explicarle que aunque lo hiciera, nunca todos los hombres del pueblo trabajarán todos los días en el aserradero a cambio de dinero, porque los vecinos aún producen su alimento, construyen sus casas y sus canoas; y lo hacen con gran satisfacción, disfrutando de una actividad física variada, nunca monótona; poniendo en práctica un valioso conocimiento ancestral que les permite ser autónomos, independientes de la Organización Absoluta a la que el Ingeniero y las instituciones que representa quieren encadenarles (lo están consiguiendo).

El pequeño aserradero comunal de Vencedor se nutre de árboles de rápido crecimiento del bosque secundario, que fue tumbado para hacer chagra.
LOS PROBLEMAS DEL INGENIERO
¿Cómo puede el Ingeniero jactarse de haber trabajado diez años en la región, “me he hecho viejo en esto”, y desconocer algunas características básicas de las sociedades amazónicas? La respuesta es obvia: no hay espacio para idiosincrasias alternativas. Ya lo decía Truman: “Producir más es la clave”, las demás consideraciones son irrelevantes. Más madera: es el desarrollo.
En la asamblea, al día siguiente, aflora la parte del “problema” que el Ingeniero había soslayado. Junto a una pizarra, frente a la asamblea, justifica los gastos de un viaje a la ciudad que hizo con Juan, el jefe, para solucionar ciertos asuntos administrativos del aserradero. Pero entonces salta uno de los “temibles” Serrano y desafía: “Ingeniero una pregunta”. El Ingeniero sabe lo que viene y cambia su expresión segura y confiada por la del niño inocente. “Usted siempre dice que los gastos deben justificarse con boleta. Y usted está rindiendo cuentas sin boleta. Esta información la gente no te cree. Entonces prácticamente que nos estás engañando”. Se hace un silencio espeso en la sala, que el Ingeniero rompe balbuceando excusas: asegura que en su próxima visita traerá los recibos, que ha olvidado en su oficina. Silencio acusador. Otro comunero, también de los Serrano, interviene poco después y habla de una “punzada en el corazón”. Es Eloy, y también viajó con el jefe y el Ingeniero a la ciudad, designado por la asamblea para asumir cierta responsabilidad administrativa. Llegados allí, éstos le informaron de que habían encomendado los trámites a un profesional local, porque saldría más barato. Las críticas arrecian; a nadie en la asamblea le ha gustado que se desoyera la decisión y exigen que sea Eloy quien desempeñe el cargo, a lo que el Ingeniero no tiene más remedio que avenirse. Gasché seguramente señalaría esta escena como ejemplo de los “conflictos sociales” que los proyectos generan en las comunidades; y no hay que tener un olfato muy fino para percibir el tufo de la corrupción, que Gasché considera habitual.

Trabajadores de Vencedor, regresando del aserradero. Como no hay jefes ni subalternos, el trabajo se desarrolla en un ambiente distendido.
a TROMPICONES
También huele un poco raro cuando el Ingeniero, después de pasar página hábilmente, presenta ante los comuneros su propuesta de crear un nuevo “grupo de interés”, expresión que los comuneros no entienden pero que apoyan porque implica que “el Proyecto” les va a “prestar” dinero para que compren más maquinaria (motores, sierras, tractores). El Ingeniero asegura tener un comprador para treinta mil tablillas al mes y anima a los comuneros a trabajar intensamente para producir tal cantidad. Lo que el Ingeniero no explica son las condiciones del préstamo, ni el origen del dinero, ni la identidad del comprador, pero sí que él será el intermediario.
Y así, a trompicones, se “desarrolla” un pueblo indígena en la Amazonia. Tal vez llegue el día en que se cumpla el afán del Ingeniero y todos los adultos de Vencedor trabajen para producir tablillas sin descanso; ese día el bosque habrá retrocedido aún más, y habrá escasez de pesca (pero llegarán latas de sardina), y con esas mismas tablillas dividirán las casas, hasta ahora un único espacio, y la ONU los elevará a la categoría de pobres en su clasificación. Celebrarán los ministros de aquí y los de allá la instalación de un aula de internet (a los dos meses dejó de funcionar para siempre), los burócratas de la cooperación justificarán sus salarios con pozos de agua que nadie usará (la gente prefirió seguir tomando del río), los profesionales de campo se ocuparán de instalar unos fantásticos cagaderos que tras un complejo proceso producirán gas para la cocina doméstica (y una mierda, alguien se quedó con la plata).
El Esperpento Tenebroso se extiende (con bombas o dádivas) sobre cualquier expresión disidente que contraríe su hegemonía.