Su sagrada excelencia la reina Tabaco
En el Nuevo Continente –por antonomasia tierra de remedios vegetales y estados alterados de conciencia–, una planta psicoactiva se sitúa por encima de todas las demás. Extendida por toda América a la llegada de los europeos como ninguna otra, empleada en múltiples contextos, administrada en incontables formas, el tabaco –uno de los más potentes tóxicos vegetales conocidos– se ha utilizado desde hace milenios para entrar en contacto con los dioses, para curar o por el placer que procura.

El médico shipibo Pedro Pérez sopla humo de tabaco sobre el bebé enfermo, como parte fundamental del ritual de curación.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 143 de la revista Cáñamo, noviembre de 2009.
A las cinco y media, con los primeros grises plúmbeos de la mañana amazónica, regreso del plácido sueño al vago conocimiento. Un ligero intento de incorporarme me devuelve una dolorosísima punzada en la parte izquierda del abdomen. Aún no lo imagino pero el posterior desarrollo de la afección me hará comprender que tengo una piedra en el riñón. Sufro tales náuseas que no encuentro alivio en ninguna postura. Me retuerzo, camino, me tumbo, me siento, respiro, me desespero. Dos horas de dolor ininterrumpido hasta que llega mi anfitrión, Roger López, chamán shipibo de San Francisco de Yarinacocha, en la selva peruana, y escucha mis lamentos. Suaviza el gesto con una sonrisa, que a mí me parece incomprensible, y sentencia: “No te preocupes, ahorita va a venir mi mamá”. Su mamá es Ida Ramos, una mujer cercana a los sesenta que atesora un gran conocimiento de las plantas medicinales y las técnicas curativas no chamánicas.
La pequeña, vivaracha y sería Ida porta dos pequeñas ramas –una de pión colorado, otra de ortiga– y una pipa cargada de tabaco. Me invita a que me quite la camiseta y me tumbe sobre mi espalda. Ella se sienta a mi lado y comienza a icarar el tabaco, es decir, a soplar leves melodías sobre la pipa llena. “Así estoy llamando a mis espíritus aliados”, explica en su castellano titubeante. Silba suavemente sus melodías durante cinco minutos, concentrada, con los ojos cerrados; luego la enciende y pasa varios minutos fumando, dando bocanadas rápidas, cortas, intensas, rítmicas, acentuadas de cuando en cuando por eructos. Es esa intoxicación la que la hará ver. Yo siento un malestar como nunca en mi vida. Ella me sopla el humo del tabaco un par de veces sobre el abdomen, pero enseguida deja la pipa y palpa con sus manos buscando el dolor; inclina su boca hacia esos puntos y comienza a chupar; luego se retira mareada unos metros para escupir ostensiblemente, como si regurgitara el mal que me ha sacado. Vuelve a besarme el vientre, primero suavemente, luego el beso se convierte en mordisco. Después restriega la zona afectada con las dos ramitas. Siento el ligero comezón de la ortiga. Finalmente me masajea firmemente en la barriga y la base de la columna y para terminar la curación vuelve a soplarme tabaco en la parte dolorida. Yo aún estoy algo desconcertado cuando ella se retira. “Yo aprendí de mi bisabuelo. Yo lo sé todo”. Me tiende una bebida de color rojo vivo; lo apuro en dos tragos, es ácido y ligeramente amargo, pero de sabor agradable. Me siento, me levanto y camino, me doblo en dos por la cintura y toco con mis manos la punta de mis pies. Es cierto. El dolor se ha ido.

Flores de la Nicotiana Tabacum. El término Nicotiana tiene su origen en Jean Nicot, cónsul francés en Portugal en el siglo XVI, que dio a conocer la planta a su rey.
el espíritu, la molécula
“Para los chamanes, el tabaco es una herramienta importante porque su humo hace retirar a lo diabólico”, explica Roger López, hijo de la doctora Ida y a su vez reconocido ayahuasquero. En las ceremonias shipibas, el tabaco es un elemento imprescindible. Cada uno de los participantes en la ceremonia dispone de tabaco, que fuma en momentos determinados. A cada paciente, a cada aprendiz, le llega el turno de que el chamán le sople el humo protector, en la coronilla y en las manos. “Así se protege de los malos espíritus, y se asegura que la mareación sea buena”.
El tabaco encuentra más usos entre los chamanes shipibos. Es, por ejemplo, una planta maestra usada en las dietas. La dieta es el proceso mediante el que los chamanes adquieren un nuevo conocimiento curativo. Consiste en pasar varios meses bajo un severo régimen alimenticio, evitando las relaciones sexuales, y recibiendo a una planta en el organismo de diferentes formas, aunque normalmente a través de infusiones o fumando. Al término de la dieta el espíritu de la planta se aparecerá bajo los efectos de la ayahuasca –sustancia cuya principal indicación no es curar sino comunicar al chamán con las fuerzas del más allá– y le entregará al chamán un canto; ese canto es la medicina. Pero la dieta con tabaco no es agradable. “A mí no me gusta dietar con tabaco –tuerce el gesto Roger–; es demasiado fuerte”.
Este poder temible del tabaco queda bien documentado en el libro Tabaco y chamanismo en Surámerica, de Johannes Wilbert. La nicotina es una de las sustancias botánicas más tóxicas de la naturaleza; una o dos gotas de la sustancia –60 o 120 miligramos– en la lengua de un hombre le matan. “Así es que la cantidad de nicotina contenida en cigarro ordinario, si se extrajera y se inyectara, mataría a dos hombres adultos”, infiere Wilbert. Al parecer, la nicotina penetra en todos los tejidos del cuerpo humano, y es ésa una de las razones que explica su enorme poder adictivo.
Esta fuerza de la planta, esta capacidad para establecer un puente entre el más allá y el más acá y, vale la pena repetirlo, su poder adictivo, la convirtieron en la droga omnipresente en las culturas indígenas suramericanas. Su importancia es tal que algunos investigadores aventuran que el cultivo de tabaco antecede al de las plantas destinadas a la alimentación y son por tanto las primeras plantas domesticadas en Suramérica. Las plantas que producen tabaco pertenecen a la familia de las solanáceas, a la que también pertenecen patata, tomate, pimienta, y potentes alucinógenos como el borrachero, la mandrágora o la belladona. El uso de esta planta estaba extendido por todo el continente suramericano hace ya ocho mil años. Se han encontrado evidencias arqueológicas en forma de pipas tubulares que datan de hace tres mil años. Ya en los primeros años del contacto, los europeos fueron conscientes de distintas formas de consumo de tabaco, de los efectos tóxicos –se habla de sudoración, euforia, debilidad generalizada y síncope– así como de su acción bifásica: en pequeñas dosis servía como estimulante, inhibidor de sed y apetito, y analgésico; en grandes dosis producía visiones y catatonia. Se reportó también su uso tópico como analgésico. Los nativos se embriagaban en distintos contextos sociales, por razones de fertilidad, de espiritualidad y, en menor medida, simplemente en busca del placer.

El maloquero Gustavo Macuna soplando rapé una noche de conversación en su maloca.
humo, polvo, pasta
Nemesio Serrano vive en el pequeño pueblo shipibo de Vencedor, en el río Pisqui, en la selva peruana. Junto a su modesta casa crecen un centenar de plantas de tabaco, que tres meses después de ser sembradas alcanzan los dos metros de altura. Para elaborar el tabaco mapacho, que es el que se fuma en la región, tanto indígenas como mestizos, Nemesio recolecta dos tipos de hojas: las que están completamente secas, marchitas, arrugadas, pendientes del tronco; y las que comienzan a amarillear pero conservan aún cierta rigidez e incluso algunas partes verdes. Sobre una tabla rectangular va extendiendo las hojas de tabaco. Primero coloca las que están más enteras y son más grandes. “Para poder enrollar: las que están peor se ponen luego”. Así va poco a poco colocando unas hojas sobre otras, formando una cama de tabaco; cuando suma tres o cuatro capas, saca una botella de aguardiente de caña, y esparce unas gotitas, operación que repetirá regularmente. El uso del trago revela que la tradición del mapacho es posterior a la conquista, pues los alcoholes destilados no se conocían en la América precolombina.
Los shipibos constituyen un grupo indígena caracterizado por incorporar constantemente técnicas y conocimientos de las culturas con las que contactan, sin por eso perder su propia identidad cultural. Cuando ya ha extendido sobre la tabla una buena cantidad de hojas, comienza el proceso del enrollado, que convierte la cama en una porra compacta. Luego aprieta el mazo resultante con la corteza flexible de un árbol, para que no se desarme. Esa misma noche, Nemesio y su mujer se sientan en la puerta de su casa a fumar bajo las estrellas, en la oscuridad matizada por el leño incandescente con el que encienden las pipas. Es la única ocasión del día en que fuman, en silencio, sin inhalar el humo, dejando que la nicotina penetre en el riego sanguíneo poco a poco a través del epitelio de la boca.
Aunque la forma más extendida de consumir tabaco es fumando –en pipa y en cigarro, introduciendo o no el humo en los pulmones–, en la Amazonia hasta el día de hoy, se conservan muchas otras formas de consumo. Los indígenas murui, de la Amazonia colombiana, poseen el ambil, una potente pasta, inseparable compañera del mambe, la forma amazónica de procesar la hoja de coca. Por la tarde, Fernando Pérez se dirige a la maloca de su comunidad, en las cercanías de la ciudad fronteriza de Leticia, para preparar su ambil. Por la mañana ha recolectado algunas hojas de tabaco. “La hoja que está medio seca se lava bien, se le cocina; cuando está la fibra central de la hoja bien blandita entonces está el punto ya bueno. Luego se pasa por un cernidor y queda puro zumo, que se sigue cocinando. Va mermando y al tiempo se va poniendo almidón”. Es el almidón, obtenido de la yuca –la planta capital en la alimentación de los huitotos– el que le va a dar al ambil su consistencia pastosa. “Con un poco que se toma de ambil, te hace mirar el mundo del derecho y del revés”, dice mientras toca ligeramente con la yema del dedo, y se la lleva a la boca. La noche ha caído. En la maloca, los hombres se sientan entorno al mambeadero a conversar. Mambean, chupan ambil, y así resuelven sus problemas, comparten sus pensamientos, examinan sus acciones.

Fernando Pérez, de la etnia murui, preparando ambil en la maloca de su comunidad.
lo sagrado y lo profano
Entre los macunas, también habitantes de la Amazonia colombiana, el tabaco se consume en forma rapé, soplado enérgicamente en las fosas nasales a sus invitados por el maloquero, una suerte de líder social, al tiempo sanador, pensador y mediador de conflictos. Con cada soplada del polvo una descarga eléctrica recorre la cabeza y la espina dorsal, los sentidos se agudizan, la comprensión se vuelca hacia el exterior: la animación del baile o la conversación. “El rapé es lo que me abre”, dice sentado en su gran maloca, cerca de la ciudad de Leticia, el imponente anfitrión Gustavo Macuna. “Conecto con mi Dios y la energía… ¡Shaaaa! Ahí me habla mi Dios. Yo les digo a todos cuando se sientan aquí en la maloca: Vamos a hablar. Yo quiero aprender, qué mensajes me traen, qué palabras alimentan en mí lo que yo no sé. Si estoy en peligro, y yo tengo esa palabra que me dio mi amigo… Ahí me está salvando. Por eso es que necesitamos mucho entre todos hablar, no sólo el dueño de la maloca. Por eso los abuelos escuchaban mucho”. El tabaco abre canales de comunicación entre los humanos y con lo divino; pero la medicina es la palabra, el cuento. “Nosotros vivimos, crecemos, reproducimos y morimos y nunca vamos a terminar de conocer el mundo, lo que hizo mi Dios. Asimismo como hay granitos de tierra así mismo hay historias, no se puede terminar. Así como usted dice: Las matemáticas infinitas. Así mismo las historias para nosotros son infinitas. Nosotros contamos historias, llegamos hasta cierto punto, lo que podemos almacenar de nuestros abuelos, y volvemos a bajar otra vez de nuevo a la tierra. Pero nunca lo conocemos todo, nunca vamos a conocer. Y eso es lo que hacen los científicos: dañar. No han terminado de vivir la tierra y ya están haciendo hoteles por ahí en la luna, mirando los planetas, y no…”.
Los macunas siembran el tabaco alrededor de la maloca. Se cosecha la hoja cuando amarillea y se deja secar al sol. Luego se machaca y el polvillo resultante se mezcla con ceniza de hoja yarumo blanco. Finalmente se guarda en la concha de un gran caracol. El tabaco es uno de los cuatro dioses de los macunas, es reverenciado y temido. Existe toda una serie de medidas de control y de ritos que limitan su consumo: no se puede hablar del tabaco de día, debe ser “curado” por un “médico” para que sea apto para el consumo, no se puede consumir si no se siembra. “Si yo voy a fumar tabaco y me envicio, voy a ser ratero si yo no tengo sembrado tabaco. Me toca robar al que tiene. Por eso es malo ser vicioso con cosas ajenas. Y eso es lo que hay aquí algunos de los paisanos que vienen a robar, a jalar la coca de uno…”.
Se cree que a partir de la llegada de los europeos, el sistema de valores cambió y la planta comenzó desde entonces a ser usada por los nativos en ámbitos no religiosos, con fines recreativos. Pero la perversión del uso del tabaco –y sus trágicas consecuencias– alcanzó el clímax en el siglo XX, cuando un puñado empresarios sin escrúpulos decidió promocionar indiscriminadamente el consumo del tabaco en su forma de cigarrillo. Lo hicieron con las más poderosos herramientas –cine y publicidad–, diseñando un producto ultraadictivo; así fue cómo propagaron un hábito de consumo absurdo que ha segado la vida de millones de personas en este planeta. Y es debido a los desmanes de la avaricia insaciable que hoy pesa sobre el tabaco la maldición de los ministerios y el desprecio de los ciudadanos de bien. Diez años atrás nos reíamos en Europa de las primeras tímidas restricciones al consumo de tabaco en Estados Unidos. Hoy, merced a la formidable capacidad del poder para transformar las conciencias, nos escandalizamos de nuestros antiguos hábitos, mientras se alzan voces que piden la prohibición total de esta planta, ahora veneno diabólico, antes medicina sagrada.