Lucho y los espíritus

Lucho Panduro es el típico curandero mestizo del área de influencia de Iquitos. Ascendencia abigarrada, cultura selvática, chamanismo forjado por mil y una influencias. Tiene su propio centros de retiro espiritual para turistas en Tamshiyacu, uno de los pueblos chamánicos por excelencia de la selva peruana.
A treinta minutos de camino del pequeño pueblo de Tamshiyacu, en plena selva amazónica, la señal telefónica es estupenda.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 200 de la revista Cáñamo, agosto de 2014.
Lucho Panduro ha viajado varias veces a Austria, convidando el ayahuasca, pero se aburría: no soportaba la comida. Echaba de menos su pescadito y su yuquita; los macarrones, el queso, la leche, ¡guácala!, qué asco. Y qué aburrida la imposibilidad de comunicarse con los europeos (aunque aprendió un poco de inglés, y emplea graciosos ¡oh, my god! en su castellano regional). Como ha adoptado una estética (llamémosla) jipi, al principio parece un tránsfuga cultural, pero pásate con él cuatro días y te vas a enterar de quiénes son los paisanos de la selva amazónica y en qué creen. 

La finca en la que Lucho Panduro ha montado su “campamento espiritual shamánico”, perteneció a sus padres, que él recuerda como “pobrecitos”. (Pienso yo que los pobrecitos no son dueños de un extenso territorio fértil, abundante en pescado, animales de caza, medicinas, materiales de construcción, y el conocimiento para aprovechar todo eso. La idea de que “los indígenas de la Amazonia éramos pobres” es una intoxicación ideológica del poder omnímodo que aspira a someter mercantilmente hasta el último rincón del planeta; pero quizás estoy un poco tarado). Su infancia fue (llamémosla) típicamente amazónica, alternando los trabajos (aprendizajes) que como varón le correspondían (la caza, la pesca, el trabajo en la chacra), con la participación en el incipiente sistema de adoctrinamiento escolar, que cambió su vida el día en que se enfrentó a un abusón que pegaba a su hermano pequeño y recibió por respuesta un puño en la nariz: echó sangre, echó sangre; pasaron los meses y eso no curaba, no curaba. 

Su juventud fue no menos típica: a los diecisiete años, cuando comprendió que no comprendía las matemáticas, huyó al ejército, y tras cumplir con la patria, trabajó en esto y lo otro por los ríos de la selva antes de regresar a su pueblo natal, hecho un hombre (pero un hombre enfermo que sentía que algo le carcomía en la parte superior de la nariz, carcomía, carcomía). Ni los médicos de bata blanca, ni los curanderos tradicionales, acertaron: que si hongo, que si cáncer, que si úlcera. De regreso a su pueblo recurrió a una curandera sin mucha esperanza. La vieja le convidó al ayahuasca e hizo su diagnóstico: “Mira hijito, para tú curarte, tienes que ir al monte, bien lejos, allá vas a dietar, en tu tambito, donde nadie te puede ver. Lleva tu fariña y lleva tus castañas para comer, porque no puedes hacer candela. Ahí vas a tomar cortezas de los árboles y ellas son las que te van a curar. Pero acuérdate que no puedes hacer el sexo ni comer sal”. Lucho le hizo caso a la viejita y así fue como inició el curso típico de los acontecimientos en la vida de un chamán amazónico: la dieta.
Lucho Panduro, convocando a los arcanos al comienza de la ceremonia de ayahuasca.
CURARSE Y APRENDER
Estás volando por encima del tapete irregular de la selva, no hay un claro, sólo esa masa arbórea inextricable y misteriosa, y te preguntas qué puede haber ahí debajo. Te zambulles en el verde y quedas a tres metros del suelo, mirando árboles, arbustos, el suelo de hojas de todos los marones, escuchando pájaros, insectos, animales que no se asustan de ti, sintiendo el calor y la humedad. Descubres que bajo tus pies hay un pequeño techo compuesto con hojas de palma, y bajas, te asomas y efectivamente ahí está el joven Lucho Panduro, echado sobre una pequeña tarima de corteza de palma, dentro de un mosquitero remendado, flaquito después de tres meses de dieta y aislamiento. 

Anochece. Los sonidos de la selva arrecian. Te metes en el cuerpo de nuestro hombre, que duerme, y escuchas que alguien te llama, “¡Lucho!”, una voz nítida, justo a tu derecha. Enfocas con tu linterna. No hay nadie. Vuelves a acostarte. “¡Lucho!”. Esta vez no hace falta que prendas la linterna: está ahí, vestido con bata blanca, el médico espiritual premia tu abnegación mostrándote la semilla del sacha mangua: debes extraer la resina y echarla por la nariz. Al día siguiente, cuando lo haces, te sientes morir o volar, te da fiebre y dolor, tiembla todito tu cuerpo. Prefieres la muerte a ponerte eso una semana después, como te ha indicado tu médico espiritual, pero eres un macho, y en las semanas y meses sucesivos te lo echas varias veces, hasta que una madrugada sientes que algo te incomoda en las vías nasales, te suenas varias veces hasta que cae al suelo un pedazo de carne seca. Has expulsado la enfermedad. 

Típicamente amazónico: el enfermo que se cura mediante la dieta y, descubierta la maravilla, decide aprender a sanar espiritualmente. Para conseguirlo Lucho dietó de manera regular por espacio de tres años. Imagina que estás apartado de lo mundano, rodeado de una masa de vida amenazante, al borde de la inanición, y una noche escuchas un grito escalofriante. Te asustas, quieres correr, pero debes dominarte. Enciendes tu pipa de tabaco, y soplas alrededor de tu cuerpo, así no pueden tocarte. Alguien golpea en la bamba de un árbol. ¡Ton, ton, ton! Coges tu Agua de Florida, y te impregnas por todo el cuerpo; no se atreverán. De la nada surge tu madre, tan dulce: “Ven hijito, vamos a la casa, ya has hecho mucha dieta, tienes que descansar”. Desconfías, le soplas humo de tu pipa, tu falsa madre vuelve a su forma de chullachaqui, el temible enano con un pie volteado, que hace perderse a los humanos cuando se adentran en el monte. Deseas abandonar, regresar a casa, pero resistes. Sabes que para convertirte en curandero debes fortalecer la mente, que cuando luches contra el mal de los enfermos deberás vértelas con espíritus mucho más peligrosos. 

No imaginas que años después, cuando viajes a Austria poco después de la trágica muerte de tu hija, tomarás ayahuasca y vendrán a buscarte unos pequeños demonios alados, te cogerán de los brazos y te elevarán por el aire, te harán bailar, te seducirán para que te conviertas en uno de ellos, pero podrás defenderte porque seguiste tomando plantas maestras en tu pequeño tambito, hasta que los espíritus curativos te bendicen con su don en un sueño: estás en un hospital vestido con la bata blanca, y recibes pacientes con llagas, o con mal de vientre, y el espíritu de cada planta maestra aliada te indica qué remedio administrar al enfermo, y cómo, y por cuánto tiempo. A veces en sueños, a veces en vigilia, escuchas un canto o un silbido; ya no miras a tu alrededor buscando al intérprete, sabes que los icaros vienen del infinito, y que están contigo para siempre.
Las ramas jóvenes del renaco se enrollan en las más gruesas, por eso este árbol lo dietan aquellas personas que quieren conseguir pareja.
LLEGAN LOS ESPÍRITUS
Treinta años después Lucho está sentado junto a su mesa de trabajo en el templo, preparándose para dar de tomar a un joven inglés que en su primera ceremonia, la noche anterior, no dejó de berrear de forma inconexa. “Mucha marihuana, mucha droga, problemas mentales, como todos los europeos, locos, volados, tienen que sufrir en la limpieza”, piensa Lucho. Alumbrado por una velita, viste ropas adornadas por el intrincado diseño típico de los indígenas shipibos: descubrió en una mareación que era la reencarnación de un curandero de esa etnia, que por eso sintió inclinación desde joven hacia las plantas naturales. Concentrado en convocar a los arcanos, las defensas espirituales, silba icaros: con los primeros eleva alrededor del templo una barrera de electricidad y otra de candela, ya de por sí difícilmente franqueables; pero hay brujos sabidos, y con los siguientes silbos hace llegar a cobras y jaguares, temibles anacondas, indios con armas de fuego, que se apostan amenazantes en cada esquina. El último silbo coloca una campana de piedra negra sobre el espacio más íntimo de la ceremonia; ningún indeseable puede ya entrar a joder. 

Siguen entonces los cantos de curación que adquirió en las dietas y llegan médicos a examinar al paciente, a diagnosticar la enfermedad, a recetar el remedio. Y prestan ayuda los grandes maestros ancestrales shipibos, campas, achuares, huambisas. Y se acerca la gran anaconda hasta la cara del paciente y le mete la lengua hasta el estómago y le saca la porquería acumulada, la marihuana, el alcohol, y el inglés vomita toda la noche. ¿Qué hace en Tamshiyacu un relojero inglés de viaje por Suramérica que tiene la aspiración de llegar a San Francisco, California, donde pedirá una visa para ir a trabajar a Nueva Zelanda en la recogida de frutas (o tal vez en una granja orgánica)? Pues lo que todos los gringos: Tamshiyacu, a una hora de Iquitos en fuera borda, es un pueblo pequeño pero probablemente tenga el mayor número de albergues chamánicos per cápita del mundo. 

El decano de este movimiento es el maestro Agustín Rivas Vásquez, en cuyo establecimiento comenzó Lucho Panduro a batirse el cobre, o mejor dicho, a batirse por la plata. Es un cuento que he escuchado varias veces en Iquitos: que en las ceremonias los gringos me preferían a mí antes que al maestro porque mis cantos les inspiraban bellas visiones, tanto que uno de los gringos me propuso que montáramos un albergue, porque él no se atrevía a convidar el ayahuasca solo, y lo hicimos, construimos el albergue, pero luego me di cuenta de que el gringo se estaba quedando con toda la plata, que yo hacía el trabajo duro y recibía a cambio una miseria. Eso cuenta Lucho; y la consecuencia fue el deseo de establecerse por su cuenta: con trabajo y paciencia levantó su propio albergue. 

Al principio sólo hubo una casita, poco más que un techo, pero los gringos llegaban, y disfrutaban la experiencia y la recomendaban a los amigos. Más gente le visitaba, dejaba un dinerito, se construían bungalós, un templo, una cocina, un comedor, baños… Crecía su fama, crecía su albergue, crecía la envidia, y con la envidia, inexorablemente, se desató la guerra espiritual. Porque pensar que la ayahuasca te abre a un mundo de amor y fraternidad (como yo pensaba) es un error. Al revés: los ayahuasqueros realizan la curación espiritual en un peligroso contexto de acusaciones y suspicacias de las que sólo se libra Dios (de quien, por cierto, todos se declaran instrumento). Salvo contadas alianzas, los demás curanderos son brujos malvados o estafadores ignorantes contra los que se está en guerra perpetua.
Además de las tomas de ayahuasca, el tratamiento en Chicuruna incluye purgas con tabaco. En la imagen, le da de tomar a un turista inglés. 
CHAMANES BAMBA
Dice Lucho Panduro que en Tamshiyacu abunda el género de chamán bamba (mentiroso). “Montan albergues mentalizados al dinero, sin tener conocimiento de las plantas. Se han hecho chamanes de la noche a la mañana sin hacer las dietas. Y sus canciones no se las han dado los espíritus, las han inventado así nomás: cumbias, baladas, salsas, merengues… A esos no tienes que ir porque no saben nada. Son teatreros, hacen luces, ruidos. Pueden curar enfermedades simples, leves, preguntando a otros qué es bueno para un reumatismo, para una artritis. Pero cuando viene un enfermo grave porque otro brujo negativo le ha mandado el daño, la flecha, eso no va a poder curar porque no tiene el poder”. 

Así como existe el bien existe el mal, argumenta Lucho, y así el que cura también sabe hacer enfermar. Como a él le envidian le quieren mal pero como no pueden tocarle (no en vano dietó años y alcanzó poderosos aliados espirituales) van a por su familia. Las flechas vuelan, ¡fiuuu!, y se clavan en el cuerpo de sus hijos, que enferman gravemente. Entonces Lucho, con la yaúsa, la flema chamánica que atesora en su garganta, chupa la parte afectada y saca el dardo mortal. De todas formas le acechan pero Lucho se mantiene alerta. Lava regularmente las casas de su albergue con ciertas hojas para repeler las energías negativas que los brujos mandan con sus mensajeros: algunos emplean murciélagos, otros búhos nocturnos. Lucho también tiene su mensajero, un lindo pajarillo de apariencia inocente: el chicuruna, que da nombre a su albergue. 

¿De qué forma puede ser cierto lo que nos cuenta Lucho dando un paseo por sus dominios?: que su albergue está guardado de los intrusos por tres chullachaquis, los temibles seres del monte que un día trataron de confundirle y que son ahora sus aliados. Son varias hectáreas de bosque en lomas y hondonadas; en una de éstas Lucho ha represado una pequeña laguna donde cría tortugas de tierra (motelos) y de agua (taricayas). No son para comer, dice con cara de compasión mientras las alimenta; es que las ve en el mercado esperando su gastronómico porvenir y le dan pena: las compra para salvarlas. Ya tiene un centenar de ejemplares. Pero no te he traído hasta aquí para mirar las tortuguitas; era sólo un elemento pintoresco antes de proseguir nuestro camino por el jardín botánico de Lucho, lleno de plantas medicinales de las que habla con pasión. Se detiene en el renaco, un árbol de extraordinarias propiedades. Los curanderos que dietan con su corteza reciben en sueños la visita de esqueletos que les enseñan a colocar huesos y masajear músculos. Las ramas más jóvenes de este árbol se enrollan en abrazo cariñoso sobre las ramas más gruesas, por eso el renaco es también recomendado a las personas que quieren conseguir pareja, o para que aquellas parejas que pretenden que su relación nunca se debilite.
El “campamento espiritual shamánico” Chicuruna se encuentra a las afueras de Tamshiyacu, un pueblo cercano a Iquitos.
variedades
Pero la planta que reina en Chicuruna es, por supuesto, la ayahuasca, o mejor dicho, las cientos de matas de ayahuasca que Lucho Panduro ha sembrado. Las hay de todas las edades: desde las estacas recién sembradas hasta sus gruesas hermanas treintañeras. Es muy frecuente que los albergues de este tipo compren la ayahuasca a terceros, porque consumen más de lo que producen, pero Lucho ni compra ni vende: su mata de chacruna y sus matas de ayahuasca son exclusivamente para su propio consumo, sólo así puede estar seguro de la composición de la bebida, de que la planta que está tomando tiene al menos diez años, edad a la cual las considera ya maestras. 

Lucho trabaja con cuatro variedades. La ayahuasca cielo es la que usa habitualmente para proporcionar visiones amables y celestiales a sus pacientes; se caracteriza porque trepa con facilidad. La ayahuasca encanto no quiere dejar de ser rastrera ni pequeña y crece llena de nudos; está especialmente indicada para las personas que tienen problemas de pareja. La ayahuasca trueno, que es gruesota, produce tremendas tormentas cuando es cosechada (o el día en el que se toma). Y la yanapuma ayahuasca tiene una fuerza extraordinaria, llega con visiones de tremendos felinos, y es muy curativa, pero debe ser utilizada por expertos, pues puede llegar a asustar; sus hojas son redondas, no crece mucho. Las cuatro variedades comparten propiedades fundamentales. “Te abre el tercer ojo, te da más intuición, y proyectas los trabajos del día siguiente en las visiones. Te hace creativo: he visto una casita para mi albergue, voy a hacerla, y la hago. Me voy al monte y no puedo cazar el animal, o no pesco nada, ¡caracho, qué pasa! Voy a tomar mi ayahuasca. Voy al monte y ya estás cazando, pescando”. En ocasiones, la ayahuasca puede desencadenar experiencias mucho más intensas: “La muerte, pero no mueres, muere tu ego y vuelves a renacer con una mente sana y con un cuerpo sano, como un niño, sin pecados ni culpas. Está limpia el alma, el espíritu”. Y se atreve Lucho a decir que “cuando uno le tiene fe a la ayahuasca, al cojo le hace andar y al ciego ver”. 

Quizás piensas, como yo, que estas proclamaciones son exageradas. Entonces te invito a que armado de tu escepticismo nos acompañes a Tamshiyacu, cabemos los tres en la pequeña motocicleta que Lucho maneja algo vacilante (acaba de comprarla) por caminos de tierra hasta las calles asfaltadas del tranquilo pueblo, de casas bajas. Circulemos sin rumbo definido, miremos la escuela, las pequeñas tiendas, los ruidosos motocarros, la plaza arbolada, pasemos por delante de las lujosas casas de los famosos chamanes, lleguemos a la modesta de Lucho, y conozcamos a su familia, a su hijo futbolista que quiere ser abogado, a su mujer oriunda de una lejana comunidad indígena, que miran un partido de fútbol de la liga alemana, y bajemos al patio para quedarnos estupefactos con una inmensa mata de chacruna como nunca hemos visto ni habremos de ver, y escuchemos a Lucho decir que la chacruna es “la pinturera”, la que da la visión, mientras nos muestra como prueba irrefutable un racimito de los pequeños frutos multicolores de la planta. Reanudemos el paseo en moto y lleguemos al puerto en el preciso momento en el que emerge el lomo de un delfín de las aguas opacas del Amazonas. Extasiémonos. Y antes de regresar, encontrémonos casualmente a un gringo que se ha establecido en Tamshiyacu y acude con prisas a su primera clase de español, y escuchémosle contarnos entusiasmado cómo Lucho le curó de graves dolores de cabeza que siempre había sufrido. Es cierto: parece renacido. Tal vez la ayahuasca sea una medicina extraordinaria.

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