MATRIARCADO SHIPIBO ILas mujeres que se cortaban el clítoris
Desafiando toda lógica, el ritual de ablación al que eran sometidas las niñas shipibas hasta hace unas décadas constituía un mecanismo fundamental para dar continuidad a una sociedad basada en el poder femenino.

De acuerdo a antropólogas y antropólogos que han trabajado con el Pueblo Shipibo, las mujeres gozan de un gran poder en el seno de su sociedad, conservada, fundamentalmente, a través de la unión de las mujeres de la familia.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 210 de la revista Cáñamo, junio de 2015.
Naces niña y todos se alegran: cuando crezcas y te cases atraerás los brazos de un macho (y su conocimiento) a la gran familia femenina a la que perteneces. Los hermanitos, al contrario, tendrán que apañárselas con la suegra. Vives en una gran casa sin divisiones interiores, a orillas de un gran río, donde hay mucho pescado y millones de zancudos. Sois una veintena: la abuela y el abuelo, mamá y las tías (con sus maridos, uno de ellos es tu papá), un tío joven que aún no se ha casado (le gusta picar aquí y allá) y una buena cantidad de primos y primas de diversas edades. Vuestra casa no está en un pueblo, porque entre los tuyos, los shipibos del Ucayali, cada familia se organiza por su cuenta, pero de vez en cuando se hacen visitas a los vecinos, oportunidad que aprovechan las matriarcas para trazar planes de matrimonio y alianza.
Durante los primeros dos años de vida no te bajas del brazo de mamá. Si por alguna razón ella tiene que desprenderse de ti, no es problema, te cuidan las tías. Tu escuela es compartir las tareas de las mujeres. Los hombres cazan, pescan, construyen casa, hacen chagra, tallan canoa. Tú juegas con la arcilla con la que se elaboran las cerámicas, tratas de hilar con bolas de algodón, miras tejer, te manchas con los tintes naturales que adornan faldas y vasijas, trasteas alrededor del fogón, sobre el suelo de tierra pisada. Esta aproximación lúdica al trabajo no dura mucho: cuando cumples seis o siete años ya se espera que colabores activamente en las tareas domésticas. Para que seas disciplinada y los diseños te salgan bonitos, la abuelita te administra piripiri, una planta con propiedades mágicas capaz de modular tu comportamiento. Cuando no respetas la autoridad familiar te soplan un remedio por la nariz que hace que te revuelques por el suelo, vomites o te cagues. Aunque eso no suele pasar: se vive bien, hay risas, comida en abundancia, nada de estrés.
Durante tu octavo verano en el mundo, se invita a otras familias vecinas para que colaboren en la siembra de varias hectáreas de yuca y caña de azúcar. Esto es excepcional, y preguntas la razón. “Para alimentar a los invitados, y para hacer guarapo, para tu fiesta”, dice la abuela. “¿Para mi fiesta?” “Sí, el otro verano te vamos a hacer una mujer de verdad, como nosotras”. La abuela, quizás sin querer, ha endurecido el gesto levemente; algo hace clic en tu cerebro y te traslada a un recuerdo muy difuso de tu primera niñez: jolgorio, borrachera, alegría, gritos, sangre, violencia… No sabes exactamente lo que te espera, pero sientes inquietud. En la tarde, durante el baño, preguntas a una prima, ya señorita: brotaron sus senos y una sombra de vello púbico adorna su triángulo. “Para tú ser mujer”, dice la prima mientras se lleva la mano al sexo, “te tienen que cortar la parte principal”. “¿La parte principal?” “Sí, es como una semillita que tienes entre las piernas”.

La abuela Amelia (y detrás su nieta Elita). A sus ochenta años Amelia pertenece a la última generación de mujeres que sufrieron el corte del clítoris.
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Cuando me enteré de que la ablación había sido una práctica fundamental de la cultura shipiba, se me vino el mundo abajo (no es un decir). Yo había estado dos veces en la comunidad indígena de San Francisco de Yarinacocha, en la selva peruana, en 2001 y 2004, y la experiencia había sido tan enriquecedora y estimulante que un par de años más tarde decidí dejar mi trabajo y emplear mis ahorros en una Maestría de Estudios Amazónicos, que me permitiría conjugar mi curiosidad por los pueblos indígenas con mis aspiraciones profesionales. Poco antes de viajar a la ciudad amazónica de Leticia, Colombia, donde se impartía la maestría, di en internet con un artículo académico en el que se describía la fiesta ritual por excelencia de los shipibos: el ani sheati, que se podría traducir como “gran libación” o más libremente como “gran borrachera”. El antropólogo explicaba que el acto central de la bacanal consistía en cierta operación que se realizaba sobre el sexo de las niñas, y citaba diversos registros, artículos y crónicas para concluir que se trataba de la extirpación del clítoris.
Seguí buscando y di con una página web en la que un chamán shipibo se planteaba la posibilidad de recuperar esa tradición en aras de la revitalización cultural. Salí del cíber con vértigo, flotando y a punto de caer, como en un mal sueño. Era imposible: no había en mi recuerdo de aquellas semanas idealizadas el menor indicio de que las mujeres hubieran estado sometidas a ese tipo de machismo brutal. Las recordaba deambular libremente en la comunidad y en la ciudad, desinhibidas con los foráneos, risueñas, ocupándose con naturalidad y sabiduría de los más pequeños. Creía ciegamente que la shipiba era una sociedad de amor y bondad, un paraíso finalmente reencontrado.

El poder de las mujeres shipibas se basa en su unión: abuela, hijas y nietas, tienden a permanecer juntas toda la vida y a controlar los recursos domésticos.
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Las semanas previas a tu gran fiesta se despliega una actividad febril. Las mujeres os dedicáis a la elaboración de cerámica: enormes tinajas para almacenar el guarapo y el masato; cuencos, platos y bandejas en las que se servirá la comida y la bebida. Los hombres tampoco paran: construyen dos grandes casas para los invitados; cosechan caña y extraen con un rudimentario trapiche su dulce jugo, que hierven antes de hacerlo fermentar en las grandes tinajas enterradas; intensifican las partidas de caza y capturan animales vivos, para que no falte carne fresca durante la semana festiva. Hay una preocupación generalizada por la indumentaria y el adorno corporal. Toda la familia tiene que estar muy arreglada; se hilan kilómetros de algodón con que se tejen túnicas para ellos y faldas para ellas. Corre abundante el masato, la cerveza de yuca, para agasajar a los vecinos aliados que han venido a colaborar. Se respira un ambiente despreocupado y festivo, pero tú tienes miedo.
Cuando faltan tres días para el plenilunio, suena el cuerno. ¡Booohhhhuuuuuhhhhh…! Ya llegamos, advierten los invitados desde la distancia, preparen el masato y el guarapo. Tu padre se acerca a la orilla excitado y hace sonar el suyo. ¡Boohhhhuuuuuhhhhh…! Ya estamos preparados, son bienvenidos. Las mujeres esperan con las bebidas alcohólicas, vistiendo sus más elaboradas galas, adornadas las caras por bellos diseños, con coronas de cuentas culminadas por plumas, pulseras, collares de monedas, mantos bordados. El primer grupo viene de río arriba, han remado tres días para llegar. Saltan a tierra y reciben con alegría la bebida. Las mujeres lloran, los hombres gritan con fiereza, las flautas celebran con sencillas melodías el reencuentro.
En la casa de invitados, los anfitriones se alinean frente a los recién llegados. Comienza la medición de fuerzas. Por turnos, uno contra uno, se agarran y tratan de lanzar al suelo al contrincante, entre aullidos y rugidos medio impostados. Nadie quiere ser derribado. La musculatura hercúlea, la elasticidad y la velocidad… Modelados desde la infancia por mil trabajos diversos, los cuerpos de belleza escultural se trenzan en escorzos imposibles. El vencedor invita al caído a tomar; se acercan a la gran tinaja y sumergen un cuenquito con forma de vulva en el guarapo (las mujeres emplean un pene). Pero te das cuenta de que no toda la agresividad es impostada: un hombre maduro se enfrenta a tu joven tío (el que pica aquí y allá) con violencia inusitada, y le emplaza para ajustar ciertas cuentas al día siguiente.
Llegan más invitados, corre el licor, abunda la comida, se baila en corro, se fornica a escondidas y a ti te hablan y te hablan. Es tu gran día, vas a ser una de nosotras, no tengas miedo, no duele, eso que tienes ahí es un estorbo, los hombres no te querrán si no te lo quitamos, te dará el espíritu que necesitas para sostener una familia, para criar a tus niños. Tú asientes, pero te intimida la transgresión reinante, los impulsos que se desbordan.
Al día siguiente, desatada la ebriedad, te sobrecoge una escena. Rodeados por todos los invitados, ante la atenta mirada de los viejos, tu tío aventurero y el hombre enfurecido se enfrentan en combate ritual blandiendo sus macanas, garrotes tallados en madera dura, similares a remos, de pala estrecha y alargada, y bordes afilados. Saben que un golpe con el filo puede segar la vida del rival, así es que emplean la parte plana para noquear al adversario. Con agudas imprecaciones las mujeres incitan a la violencia, mientras los viejos controlan los límites de la disputa para evitar una muerte. Tu prima, la señorita, te cuenta lo que ha pasado. El tío tiene que recibir castigo porque se metió con la esposa de otro hombre, y señala a una mujer madura que jalea excitada para que se castigue a su amante. Después de golpearse duramente, a una señal de los viejos, el afrentado saca un cuchillo de caña, afilado como el metal. El adúltero baja los brazos y le ofrece la cabeza para recibir el corte que merece: el cuchillo hiende una corona de sangre. Hay alaridos de horror y satisfacción. Se llevan a tu tío medio desvanecido a la casa, donde tu abuela le aplica ciertas hierbas en la cabeza para contener la hemorragia. La afrenta está reparada.

Durante el ani sheati, además de practicarse el corte del clítoris, los hombres ajustaban cuentas con aquel que hubiera mantenido relaciones sexuales con su mujer mediante un duelo ritual (fotograma de la película de Harry Tschopik, The Men of the Montaña).
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Cuando supe de la práctica de la ablación, que destruyó mi idílica visión, pensé en anular mi viaje y mi interés; paradójicamente el descubrimiento acabó por avivar mi curiosidad. Ya en Leticia, mis profesores de la maestría, antropólogos experimentados, revelaban un mundo en el que no cuadraban mis concepciones occidentales de lo bueno y lo malo, señalaban la incongruencia en la sociedad amazónica del concepto de individuo tal y como lo entendemos, le daban un contenido distinto al matrimonio y a las relaciones sexuales, enumeraban toda una serie de ejemplos de intervención en el cuerpo que se efectuaban para convertir a un ser humano en un miembro del grupo. Nunca juzgaban.
La amplia bibliografía existente sobre los shipibos me deparó una sorpresa desconcertante. Lejos de ser una cultura machista, como la ablación parecía sugerir, se trataba de un matriarcado; investigadores e investigadoras coincidían sin lugar a dudas. Para Peter Roe lo más singular de los mitos shipibos era que ellas asumían “muchos de los papeles claves que en otras sociedades serían desempeñados por hombres”, y afirmaba que las mujeres shipibas detentaban “el poder real” en su sociedad. Warren DeBoer pensaba que “las mujeres regulaban la cotidianidad del hogar” y que los hombres “ocupaban una situación social precaria”. Françoise Morin que “el nacimiento de mujeres era más valorado que el de hombres”. Angelika Gebhart-Sayer que las mujeres shipibas disfrutaban “de más derechos, libertad, autorrealización y espontaneidad de lo que pudieran soñar mujeres de otras culturas”. María Heise que “la autonomía que ejerce la mujer shipibo en el control y la distribución de los bienes al interior de la unidad familiar refuerza la fuerte posición que siempre tuvo al interior del grupo”.
La clave de este poder radicaba en la “regla de residencia postmatrimonial”, o sea: dónde establecen su hogar los recién casados. En la variante matrilocal, practicada por los shipibos, es el hombre quien pasa a vivir en la gran casa de la mujer (con la madre de ésta y las tías, y la abuela). Los maridos de todas estas mujeres no son familiares entre sí, proceden de distintas casas, y compiten por los favores de la suegra. La violencia contra la mujer es inexistente, los hombres saldrían expulsados inmediatamente porque no son imprescindibles, su aportación sería asumida por los demás hasta que la mujer consiga un nuevo marido. La unión de las mujeres de la familia garantiza su fuerza.
El matriarcado, sin embargo, no es un patriarcado a la inversa, como explica la antropóloga feminista Heide Goettner-Abendroth. “Los matriarcados no son sociedades en las que las mujeres mandan a los hombres (como puede sugerir una interpretación errónea), sino que son, sin excepción, sociedades con igualdad de género y, en la mayoría de los casos, sociedades completamente igualitarias, donde se desconocen jerarquías, clases y dominación de un género por otro. En los matriarcados, igualdad no significa una mera nivelación de las diferencias. Las diferencias naturales de los géneros y las generaciones son respetadas y honradas, pero las diferencias no conducen a las jerarquías, como es común en el patriarcado”.

Tres generaciones de mujeres shipibas atestiguan los cambios que ha experimentado su sociedad.
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No puedes dormir durante toda la noche. La música y el jolgorio enturbian con tu ansiedad. La fiesta sigue su curso de embriaguez y baile. Te bañas al rayar el alba. La abuela te pinta la cara con intrincados diseños. Alguien te alarga un cuenco lleno de guarapo, pero te disgusta el sabor dulzón, alcohólico, y lo devuelves. La abuela te hace un gesto terminante, tómatelo. Lo apuras, con cierto asco. Te peinan, te entregan la falda diseñada para ocasión, te ponen aretes de plata, tobilleras de semillas. Otro cuenco de guarapo. Te hablan: ser fuerte, no tener miedo, todas pasamos por esto, los hombres no te querrán…
Cuando sales de la casa, ya mareada, arrecia la música y las exclamaciones de admiración por tu belleza. Sonríes aturdida por el alcohol y el protagonismo. Todos quieren bailar contigo y te ofrecen más y más guarapo. En medio de la euforia, tropiezas, caes, y cuando tratas de levantarte no puedes. Tu mamá te levanta y te hace caminar. Llega el momento. A través de las brumas del alcohol sientes un miedo acentuado por el vértigo de la ebriedad. Escuchas gritos excitados a su paso. Te conducen firmemente a la parte de atrás de la casa, a resguardo del bullicio general. Allá está el banquito que el abuelo ha tallado en las últimas semanas; otras mujeres de la familia te esperan con gesto grave.
Te despojan de la falda. Te tumban sobre el banco. Rodean tus piernas con los brazos y las separan, te sujetan firmemente contra el asiento. Te sientes expuesta y vulnerable. Tienes que ser fuerte, todas hemos pasado por esto, tú también. La abuela empuña el cuchillo de caña. Bañada en sudor frío, apabullada por el calor del mediodía, con sensación de irrealidad, escuchas lejanos los gritos exaltados de los hombres. Enmarcada por tus piernas desnudas y abiertas, ves a la abuela arrodillarse; sientes un pellizco en la semilla; la abuela suelta e inmediatamente mil espinas te atraviesan, un dolor inconcebible. De un plato, la abuela coge un emplasto vegetal y te lo aplica al sexo. Es fresco, te alivia. En ese mismo momento pierdes el sentido; y alguien dice que has dejado de ser una niña.

Uno de los elementos fundamentales de la fiesta era la música. Actualmente se organizan con cierta frecuencia festivales que tratan de reeditar tiempos pasados, sin el corte del clítoris, práctica que se abandonó hace medio siglo.
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Amelia ronda los ochenta años. Es una mujer delgada y alta, muy ágil para su edad. Vive con sus hijas, un yerno y varios nietos, en un pequeño y plácido reducto de resistencia matrilocal, en San Francisco de Yarinacocha, cerca de la ciudad de Pucallpa, territorio ancestral de los shipibos. Siempre que la visito está trabajando: ahora ralla yuca, restregándola contra una pala de madera tachonada de púas metálicas. Cuando le pregunto por qué cortaban el clítoris antaño, se encoge de hombros, sin la menor afectación. “Su abuela decía que eso era un estorbo”, traduce Elita, la bisnieta. Lo he escuchado en más de una ocasión, con un extraño matiz: que el clítoris crecería demasiado e impediría a la mujer caminar bien; aunque interpreto que originalmente esa explicación no hacía referencia a un supuesto estorbo de carácter físico sino espiritual o emocional, tal vez social.
Trato de entender por qué en el seno de una sociedad matriarcal tenía lugar lo que nosotros consideraríamos una agresión brutal y ellas una condición imprescindible del hecho de ser mujer. Seguramente hay que tener en cuenta que mientras que para nosotros el sexo está asociado al placer, al orgasmo, entre los shipibos remite a procreación. Sin embargo, es una práctica excepcional en la Amazonia, que probablemente sólo sucedía entre las shipibas y algún otro grupo emparentado. ¿Por qué precisamente en una sociedad matriarcal? En mi opinión era una forma de garantizar la unidad del núcleo femenino. En una gran casa matrilocal, donde la cohabitación era tan estrecha, existía la posibilidad de que las mujeres de la familia mantuvieran relaciones sexuales extraconyugales con otros hombres, y los únicos disponibles eran los maridos de sus primas o sus tías. Esto podría suponer un grave perjuicio para el núcleo femenino: el hombre adúltero siempre podía regresar a casa de su mamá o buscarse una nueva mujer, lo que era bastante común, pero la mujer no tenía lugar donde ir, y estaría forzada a convivir con la hermana, o la prima o la tía a la que hubiera puesto los cuernos. El hecho podría desencadenar inestabilidad permanente.
Al reducir el placer no sólo las mujeres tendrían menos interés en una relación sexual per se, sino que en el caso de que la relación adúltera tuviera lugar, nunca serían consideradas culpables ni castigadas: como hemos visto antes, el marido cornudo se vengaba en un duelo público y ritual en el que rajaba el cuero cabelludo del entrometido. Así pues, el corte del clítoris se convertía también en la excusa por la cual las mujeres podían ser infieles.
“Antiguamente dice que era más bonita la cosa”, traduce Elita, la bisnieta de Amelia. “Dice que ponía su arete, sus collares bien llenos de monedas de plata, su falda y su blusa. Su mamá le enseñaba a poner vestimenta típica con diseños en la cara. Todo eso”. Amelia ya no va típicamente adornada, ni siquiera típicamente vestida. Lleva una sencilla falda de tela negra, barata, y una blusa de algún hilo sintético azul brillante. Elita, su bisnieta, viste unos pantalones vaqueros, una camiseta de algodón marrón estampada, una gorra de béisbol y unas sandalias. “Yo no sabía esas cosas que ha contado mi abuela”.