MATRIARCADO SHIPIBO IIILos derechos humanos contra el poder de las madres
La moral que regía la cotidianidad en la sociedad shipiba era, hasta hace poco, incompatible con la que preconiza la Declaración Universal de los Derechos Humanos redactada en 1948 por una decena de diplomáticos y juristas occidentales. ¿Existe una moral universal, aplicable a toda persona, en todo lugar, en cualquier época?

Las shipibas constituyen un ejemplo de poder femenino, basado en la unión de las mujeres de la familia.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 212 de la revista Cáñamo, agosto de 2015.
Mercedes Agustín, la matriarca, es una mujer gorda y vieja que se queja constantemente de dolores articulares; no se me ocurre sugerirle que perder veinte kilos sería una solución eficaz porque le encanta comer. Se sienta en el suelo entre ollas, rodeada por hijas o nietas, y engulle con fruición mientras administra el alimento, uno de sus poderes esenciales. A sus setenta años, Mercedes ha asistido a una transformación radical del mundo. La selva que proporcionaba sustento, abrigo y medicina, ha sido arrasada en su pueblo, San Francisco de Yarinacocha, cerca de Pucallpa, pero las shipibas han sabido adaptarse con insólito éxito a los retos del escenario global: gracias a su unión inquebrantable y a las bellas artesanías que elaboran y venden por todo el Perú, son capaces de alimentar a sus familias y enviar a sus hijas a la universidad, con la esperanza de convertirlas en prestigiosas profesionales.
La matriarca vive rodeada de cuatro hijas (y los maridos de éstas). Las casas colindan y componen un gran núcleo doméstico de carácter femenino. Eran cinco hermanas hasta que murió Lidia, víctima de un dengue hemorrágico; dejó en este mundo una señorita y dos muchachos, cuyo sustento y educación han sido asumidos con naturalidad por tías y abuela. El destino del viudo, sin embargo, estaba escrito: abandonó la casa y se buscó otra mujer. Glenny, Ojos de Gata, la hija de Lidia, descubrió poco después de la muerte que estaba embarazada. En aquel entonces cursaba el penúltimo año de secundaria pero abandonó los estudios y se dedica a la casa y a la artesanía. Como es la costumbre, su joven marido se ha mudado con ella y, aunque no tiene trabajo regularmente, colabora en lo que puede con las dueñas de la casa; es reservado y dócil.
Por las tardes las mujeres se reúnen entorno a una mesa y ensartan semillas o pintan telas o bordan pañuelos, mientras conversan y echan chistes o chismes. Entre ellas está ahora Glenny, que en unos meses ha pasado de vestir el uniforme, jugar con las amigas, ir de un lado a otro despreocupadamente, a asumir el rol de adulta: cocina, limpia, elabora y vende artesanías… Pero cuando le pregunto si echa de menos la escuela, afirma ostensiblemente: “Sí”, y creo haber percibido un cierto lamento en su voz.

A sus quince años, Glenny Ojos de Gata, quedó embarazada y tuvo que dejar los estudios en el colegio. Tendrá una niña, como su mamá deseaba: el nacimiento de niñas siempre es más preciado que el de niños en la cultura shipiba.
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La consigna es ser profesional (trabajar en una oficina, vestir bonito) y para ello es imprescindible adquirir conocimientos técnicos en la universidad. Se lo dicen a los jóvenes shipibos por todos los medios. Cualquier otra consideración es despreciada: ni la maternidad ni las artesanías, elementos culturales propios que garantizan una posición favorable de las mujeres shipibas en el mercado, son tenidas en cuenta; al contrario, son cargas de un pasado que dejar atrás. Así, para establecer una nueva moral de relaciones familiares y de género, acorde a los tiempos globalizadores, una ONG peruana, financiada por la Unión Europea, desarrolla en San Francisco de Yarinacocha un proyecto de salud sexual y reproductiva. Su postulado fundamental es que el “empoderamiento” de las jóvenes shipibas pasa por retrasar el embarazo hasta que hayan culminado su trayectoria académica, de forma que puedan realizar su “proyecto personal” (profesional). El planteamiento ignora y subvierte dos elementos fundamentales de la cultura shipiba. En primer lugar no hay embarazos adolescentes, porque las señoritas (jóvenes menstruantes) que se quedan embarazadas pasan a ser consideradas automáticamente mujeres adultas (aunque tengan trece años), y aquellas que no conciban serán consideradas señoritas siempre, no importa si tienen cincuenta. En segundo lugar, para la cultura shipiba (y para todas las culturas amazónicas) tener hijos y cuidarles es la culminación y el sentido de vida, tanto para los hombres como para las mujeres, para eso son (eran) educados, ése es (era) su “proyecto personal”. La caza, la pesca, la alfarería, la cocina, todas las ocupaciones eran medios y no, como las profesiones en nuestra sociedad, fines.
A treinta metros de donde cocina pescado la adulta Glenny, quinceañera Ojos de Gata, señoritas de mayor edad asisten a un taller, impartido por la ONG en cuestión, del que saldrán formadas como promotoras de salud sexual: predicadoras de la nueva moral entre primas y vecinas. Los responsables del taller son dos veinteañeros mestizos de la cercana ciudad de Pucallpa, que no son psicólogos, ni antropólogos, ni sociólogos, sino animadores socioculturales, y se nota porque tienen carisma para desarrollar dinámicas de grupo, que versan sobre el uso de la violencia y la presión de grupo para condicionar comportamientos. El taller se cierra con vehementes recomendaciones: “Tienen que tomar sus decisiones sin ser presionados. Por ejemplo, si el papá quiere que vaya a la chacra, negocien. ‘Papito, voy a terminar mi tarea y después voy a la chacra’”, explica la monitora, estableciendo nuevas prioridades productivas, relegando la horticultura a forma de vida “atrasada”. El monitor secunda: “¡Ojo! Nadie nos puede tocar, nadie nos puede vocear, nadie nos puede golpear. Que nos den otro tipo de castigo: que no nos dejen ver la televisión, pero que no nos agarren a cañabravazos. Queremos otro tipo de castigo”, cuestionando la autoridad antaño absoluta que los progenitores tenían sobre su descendencia, y la disciplina física, comprensible en una sociedad donde el endurecimiento del cuerpo era fundamental para la vida.
Cuando el taller se disuelve converso con Jorge, el monitor, que se considera un “profesional de los proyectos” (ha trabajado en otros de conservación y de desarrollo). Presume de haber aprendido “mucho” sobre las relaciones sexuales y de género entre los shipibos: “A los chicos los papás le dicen que ellos son los machos, que son ellas las que deben cuidarse”. Asegura que la mujer está discriminada: “Aquí a los niños se les prepara para ser líderes desde pequeños. Ellos son los que hablan. Las mujeres son más calladas”. Y luego, para mi asombro, sentencia: “¡Es una sociedad machista!”.
Según las antropólogas (y antropólogos) que han estudiado la sociedad shipiba, nos encontramos ante una sociedad que es todo lo contrario al machismo: el matriarcado. “El nacimiento de mujeres era más valorado que el de hombres”, asegura Francoise Morin. “Disfrutan de más derechos, libertad, autorrealización y espontaneidad de lo que pudieran soñar mujeres de otras culturas”, dice Angelika Gebhart-Sayer. “La autonomía que ejerce la mujer shipibo en el control y la distribución de los bienes al interior de la unidad familiar refuerza la fuerte posición que siempre tuvo al interior del grupo”, agrega María Heise. Pero no importa mucho cómo sean los shipibos, lo que importa es en qué se tienen que convertir para encajar en un sistema productivo especializado y jerarquizado, regido por un código moral con pretensiones divinas: la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Las ONG’s llegan a las comunidades indígenas difundiendo una nueva moral, acorde a la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
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La jefa y fundadora de la ONG en cuestión, llegada de Lima a Pucallpa para unas jornadas sobre “embarazo adolescente”, viste un elegante traje y evoluciona en el estrado con desenvoltura para explicar cómo en el ámbito rural peruano (en el que incluye a las shipibas, aunque poco se parezcan a las campesinas mestizas) las mujeres dejan los estudios más que los hombres por razones familiares, como cuidar a los niños. Ana María considera que esto es un problema de género, y que debe hacerse una gran labor de reeducación social para que las mujeres retrasen el embarazo y puedan estudiar para “realizar su proyecto personal” (profesión), sugiriendo de paso que tener descendencia (objetivo de vida de las culturas indígenas) no es un digno “proyecto personal”.
Sobre la situación específica de las mujeres shipibas, la ponencia corre a cargo de Jéiser, un joven shipibo que, favorecido por misioneros suizos, vivió y estudió siete años en diversos países de Latinoamérica y Europa; ahora vive en la ciudad de Pucallpa. Se presenta como líder de la juventud shipiba, aunque muy poco tiene que ver con muchachos y señoritas de cualquier comunidad del río Ucayali. Asegura que va a ofrecer una “perspectiva intercultural” de las relaciones sexuales y de género entre los shipibos: “Las niñas no tenían libertad para elegir el marido, eran obligadas a casarse con el mejor pescador, cazador, o chamán. Las madres la entregaban y siempre lo he dicho: una violación consentida por parte de los padres hacia las niñas. Porque prácticamente eran violadas; eran entregadas a la fuerza sin su voluntad, sin su consentimiento”. A continuación condena la ablación del clítoris a la que se sometía a las niñas hasta mediados del siglo XX. Paradójicamente, después de esta contundente diatriba anticultural (más que intercultural), Jéiser cierra su intervención pidiendo que cuando se implementen programas de salud sexual “no se olviden de los patrones culturales de los pueblos, no se olviden de las cosmovisiones”.
A mí la intervención de Jéiser me parece errónea y sesgada así es que en el turno de ruegos y preguntas, tomo la palabra y explico que en cuestión de matrimonios tampoco se pedía la opinión de los muchachos, ya que eran las madres (más que los padres) de ambos cónyuges quienes acordaban el enlace (esto lo he explicado extensamente en una crónica previa). Hago hincapié en que, a efectos prácticos, el “entregado” era el muchacho, pues tenía que irse a vivir a la gran casa de la suegra, y convivir con todas las mujeres de la familia; en esa posición de inferioridad la violencia contra su pareja era prácticamente inexistente. Intento que el público comprenda que en este tipo de familias extensas que conviven juntas el muchacho se unía a toda la familia, así pues el matrimonio era una cuestión de estado-familia. Luego me refiero al ya desaparecido corte de clítoris, “una mutilación terrible, sin duda alguna”, pero trato de hacer entender el atípico contexto: un matriarcado en el que las mujeres mayores trataban de controlar la sexualidad de las jóvenes con el fin de garantizar la estabilidad del núcleo femenino de poder (un asunto peliagudo que he tratado con más extensión en otra crónica anterior). Acabo mi intervención dirigiéndome a Jéiser: “¿Qué diálogo intercultural va a haber si estás condenando unas costumbres fundamentales de tu cultura sin explicar las razones y las circunstancias en las que se llevaban a cabo?”
Habla entonces Ana María: asegura que en cuestiones de “diálogo intercultural” su ONG no va a “legitimar prácticas culturales” que atenten contra el código de derechos humanos “que es una conquista de la humanidad”. Menciona a Leonardo da Vinci, la Revolución Francesa, y el estado de derecho; afirma que “el cercenamiento de un clítoris es una salvajada, y no interesa cuáles son las causas”; tilda mi postura de “visiones antropológicas trasnochadas”; y concluye preguntándose irónicamente si entre los shipibos la mujer adúltera recibe el mismo trato que el hombre adúltero.
Aunque quiere dar por concluido el intercambio, que ha subido de tono, replico que cuando una mujer shipiba casada mantenía relaciones extraconyugales, el castigado era él: en el transcurso de un combate ritual, el marido cornudo infligía al burlador una profunda incisión en el cuero cabelludo, así la afrenta quedaba saldada. Matizo, que como a ella, la mutilación del clítoris me parece una “práctica negativa”, pero no creo ser trasnochado por intentar comprender. Y finalmente, también yo me refiero a Da Vinci, a la Revolución Francesa y a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948: “Todo eso no tiene nada que ver con la realidad que había aquí hace sesenta años”.

La matriarca Mercedes, a la izquierda, acompañada por hijas y nietas en el patio trasero de su casa en San Francisco de Yarinacocha.
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¿Es posible la existencia de un código moral que establezca lo que es bueno y malo para todos los seres humanos de todas las épocas en todos los lugares? La Declaración Universal de los Derechos Humanos pretende serlo (por eso la llamaron universal) y ciertamente ha alcanzado ese carácter divino: a nadie se le ocurre cuestionarla (quizás porque muy poca gente la ha leído). Por derechos humanos se suele entender un cuerpo muy difuso e inconcreto de lo que está “bien”, según el común acuerdo occidental. La comisión que redactó el documento estaba integrada por una estadounidense, un canadiense, un inglés, un australiano, un chileno, un libanés (educado por misioneros cristianos, graduado de una universidad estadounidense), un chino (graduado por una universidad estadounidense), un francés y dos soviéticos (aunque la URSS no votó afirmativamente cuando se aprobó). La idea de que esta élite burocrática (juristas, políticos y diplomáticos) dio con una moral “universal” me parece ridícula (hasta los Diez Mandamientos que entregó el mismo Jehová a Charlton Heston han quedado desfasados). Nadie preguntó su opinión a las mujeres shipibas que en 1948, cuando se promulgó la Declaración, practicaban la ablación como forma de mantener el poder femenino y arreglaban los matrimonios de hijos e hijas. Según el artículo 5 de la declaración la ablación sería una “tortura” o “trato cruel, inhumano o degradante”; según el 16 “solo mediante libre y pleno consentimiento de futuros esposos podría contraerse el matrimonio”. La cultura shipiba sería entonces, en su mismo fundamento, una salvajada, una barbaridad.
En aquella época había enormes extensiones de selva ocupadas por pueblos aborígenes que se sentían únicos poseedores de su territorio y no habrían aceptado su pertenencia y sumisión a los estados suramericanos. Se mantenían al margen, tratando de lidiar o evitar a los peligrosos y poderosos colonos o comerciantes o extractores que llegaban cada vez más, amparados en el artículo 13: “Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”. La Declaración constituye en sus principios básicos una agresión contra la autodeterminación y autonomía de estos pueblos, ya que desde el Preámbulo da legitimidad moral a la organización estatal del mundo, fraguada, sin embargo, gracias a la vulneración de los mismos derechos que predica: la “Conquista” de América y su posterior reparto es fruto del genocidio sistemático, la esclavitud, la violación y la tortura (un episodio sin parangón en la brutal historia de Occidente: decenas de millones de cadáveres y expoliados sin Hollywood que haga justicia).
La Declaración se refiere a (y legitima moralmente) régimen de derecho, jueces, votaciones democráticas, gobernantes, sindicatos, vacaciones, trabajo remunerado, seguridad social… Toda una serie de conceptos inaplicables en tantas culturas indígenas de la Amazonia y el mundo, pero necesarias para revestir moralmente el avance de una visión política y productiva del mundo con ansias totalitarias. Un ejemplo significativo lo ofrece el artículo 26: “La instrucción elemental será obligatoria. La instrucción técnica y profesional habrá de ser generalizada”. Las escuelas se presentan así como “bien moral universal”, al margen de cualquier circunstancia histórica, pero en realidad no son más que el fundamento del sistema económico y productivo que, con tan tristes consecuencias, campea en el planeta: especializado, jerarquizado, basado en el crecimiento perpetuo a costa de la destrucción de la naturaleza. Al presentarse la escuela como moralmente buena (y “obligatoria”), el sistema productivo al que pertenece y para el que prepara pasa a ser también moralmente bueno (y obligatorio). Los niños indígenas aprendían trabajando de sus padres, en un sistema sin jerarquías ni especializaciones que recurría al bosque sin menoscabarlo y garantizaba la autonomía y la libertad; ese proceso de aprendizaje es hoy planetariamente descalificado por las mentes biempensantes como “trabajo infantil” o, peor aún, “explotación infantil”.
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La nueva moral y el nuevo sistema productivo se han establecido en territorio shipibo en las últimas décadas mediante carreteras, colonos, empresas, misioneros, instituciones del estado y, últimamente, la ONG en cuestión, que también confunde moral con producción y política, y quiere “empoderar” a la mujer shipiba sometiéndola a los designios inescrutables y terribles de la economía de mercado y a quienes la empujan desde presidencias y ministerios. Pero la nueva sociedad, la del desarrollo y los derechos humanos (dos caras del mismo poliedro), ha supuesto un duro golpe para el bienestar de las familias shipibas y para el poder que ejercían las madres: setenta años de desarrollo y derechos humanos han traído contaminación, miseria, deforestación, escasez.
Margot Ramírez, mujer shipiba, consejera del gobierno regional de Ucayali, presidenta de la comisión de recursos naturales y comunidades nativas, dice que el agua del río está tan contaminada que “los niños tienen diarrea, infecciones intestinales, fiebre, y algunos mueren”; dice que “los madereros entran a talar madera y los animales se van lejos, el cazador no encuentra su animal, el pescador entra en su cocha y ya no hay pescado, la tierra está cansada porque ya no hay árboles”; asegura que “es una situación crítica, la alimentación ya está limitándose”; sentencia que “visiblemente las cosas están de mal en peor”. Y lo más irónico: “Hace veinte años no había violencia de género. Hombre y mujer conversaban, compartían el trabajo, sabían sus roles. Pero con estos tiempos, con el ejemplo de los mestizos, sí lo están haciendo”.

Las mujeres shipibas sin un ejemplo de independencia y autonomía, capaces de acceder a los espacios de poder público, como Margot Ramírez, Consejera del Gobierno Regional de Ucayali.
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Lidia, la mamá de Glenny, Ojos de Gata, se alegró cuando supo que su hija andaba noviando a escondidas. “Mi mamá quería que me juntara con John”, cuenta Glenny. “Ella me ha dicho que me case y que tenga una hija”. Pese a la apabullante campaña a favor de la profesionalización, Lidia quería que su hija de quince años fuera madre de una niña: sabía que las mujeres de la familia unidas son capaces afrontar con alegría y entereza lo que venga. Glenny quiere volver a estudiar en el futuro; hacerse profesional. Yo estoy por recomendarle otras alternativas. Que piense en sus primas, auxiliares de enfermería tituladas que han superado los 25 años y no se casan a la espera de su “proyecto personal” (profesional). Pero el trabajo no llega y el profesionalismo, camino a todos los bienes, se revela como un espejismo tóxico: puesta la mirada durante tanto tiempo en esa ilusión ideológica, cuesta volver atrás y darle a la artesanía, herencia ancestral, el valor incalculable que posee.
Yo le diría a Glenny que recuerde a su madre, quien vendiendo sus telas y collares no sólo parió, mantuvo y dio educación a sus tres hijos, sino que viajó por Perú, se relacionó con personas de todo el mundo, nunca tuvo más jefe que ella misma… Era una mujer sencilla, sin grandes aspiraciones, pero risueña y dueña de todas las horas del día, de todos los días de su vida.