MATRIARCADO SHIPIBO II
Casarse a la fuerza con la suegra

En el matriarcado shipibo las madres decidían con quién se casaba su hijo, que se mudaba con la suegra. La voluntad de los futuros cónyuges no era tenida en cuenta; sólo tras casarse y tener descendencia podía una persona considerarse adulta y, por ende, autónoma.
Las shipibas constituyen un ejemplo de poder femenino, basado en la unión de las mujeres de la familia. 
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en  el número 211 de la revista Cáñamo, julio de 2015. 
En la escuela, y también fuera de ella, la educación de niños y niñas de Occidente está centrada en la transmisión de conocimientos técnicos y morales que les permitan acceder a una estructura productiva ultra especializada y ultra jerarquizada. Existe la convicción de que en la profesión se encuentra la autorrealización y el éxito vital: ya no es simplemente un medio para vivir, sino un fin en sí mismo. 

En las culturas amazónicas no había escuela, se aprendía con la práctica entre familiares; el sistema productivo no era especializado ni jerárquico, lo que garantizaba “media autonomía”: cuando macho y hembra se unían en matrimonio reunían los conocimientos necesarios para vivir de manera independiente gracias al bosque proveedor. Las tareas que se aprendían no constituían un fin en sí mismo: eran un medio para atender al cónyuge y a los hijos. El sentido de la vida era vivir: crecer, casarse, procrear y cuidar de la vida de las personas alrededor.
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Amelia nació en 1940, entonces no había llegado la palabra escrita y en castellano; los shipibos vivían como siglos atrás. En la cuenca del Ucayali abundaba la comida, los materiales de construcción, la medicina natural, el agua potable y el conocimiento ancestral para aprovechar el entorno sin dañarlo. 

Amelia aprendía a hacer vasijas, hilar algodón, tejer faldas y túnicas, pintar diseños, cocinar, cuidar de los niños. De las viejas escuchaba admoniciones como: “Desde pequeña tienes que trabajar. Cuándo tengas marido, ¿quién le va a cuidar?”. A veces la abuela le cogía las manos: “Estas manos no son de esposa”, se lamentaba con amargura. “La mano de esposa es callosa. Los dedos deben estar preparados para hilar”. Ellas eran educadas para ser esposas y madres; ellos serían buenos esposos y padres si aprendían a construir casa y canoa, a pescar, a caminar en el monte para cazar. Esta división sexual del trabajo no implicaba jerarquías; las tareas de unas y otros eran igualmente valoradas. El matriarcado shipibo, el poder femenino, radicaba en que al casarse ellas permanecían en casa de la madre, mientras el marido llegaba desde alguna de las casas femeninas diseminadas por el río. Esa costumbre, conocida por los antropólogos como matrilocalidad, también tenía una formulación propia. “La mamá, siempre con las hijas”, decía la abuela, como una cantinela. 

A Amelia le consiguieron marido mientras la familia preparaba la gran fiesta ceremonial, el ani sheati, el rito del paso en el que se cortaría el clítoris de las niñas de la familia (a ella ya se lo habían extirpado). Silvino era amigo del hermano; había llegado para colaborar en los onerosos preparativos pero también para encontrarse con su futura esposa. Cuando la mamá le contó los planes, Amelia se opuso denodadamente. La mamá no se preocupó, confiaba en las dotes de Silvino, que cada día regresaba del monte cargado de cacería y orgullo. A Amelia le parecía enano y feo. “Es muy buen cazador”, insistía la mamá. “Mira cómo trae carne y construye casa. Será buen marido”. “No me gusta. ¡No le quiero!”, gritaba ceñuda. 

El asedio finalizó la noche en que Silvino, en connivencia con los padres, se metió en el mosquitero de Amelia, quien ya había sido advertida de lo que sucedería. Silvino le acarició las rodillas y trató de abrirle las piernas pero encontró resistencia. Extrañado, deslizo las manos por los muslos cerrados, hacia el sexo de ella, y dio con la causa de la cerrazón: Amelia se había atado fuertemente los muslos con una tela. Silvino, mascullando palabras de despecho, se fue de la casa. Hubo golpes para la altanera y remedios por la nariz que le hicieron vomitar, pero la fiesta se aproximaba y el trabajo ocupó rápidamente los pensamientos y los actos.
A Amelia, como a todas las jóvenes shipibas de antaño, le arreglaron el matrimonio. Pudo evitar el primero, pero a la segunda ocasión cedió.
Otro de los jóvenes colaboradores de la familia en la preparación del ani sheati se había fijado en Amelia: Eloy Ramos, que había asistido al fracaso de Silvino, se planteó su propia estrategia, con el respaldo de la disgustada mamá. Una tarde, Amelia bajó a bañarse, sola, al río. Se desnudó y se zambulló. Cuando salió sintió que unos brazos fuertes la rodeaban por la espalda y la sostenían en vilo. Amelia gritó asustada. “¡Papá, papá!”, pero el papá, la mamá, y el hermano, que escuchaban, no iban a hacer nada por ella. “Tú ya eres mi mujer”, le dijo Eloy. “Ya te he abrazado; tú eres mi mujer”. Amelia pataleaba furiosa, impotente, hasta que se desasió. En los siguientes días Eloy la acosó día y noche, y aunque era rechazado con desdén, el corazón de la joven se fue ablandando. 

Amelia aceptó a Eloy unos días más tarde. Sucedió así: Silvino, el pretendiente despechado, regresó para participar en la fiesta y tal vez para intentar el asedio una vez más, pero se enfureció cuando vio que la estrategia de Eloy daba frutos: le vio cantando una canción para enamorar, ella sonreía. Los shipibos tenían entonces un mecanismo ritual para solucionar estos problemas: sangre. “Ella es mi mujer, a mí me la entregaron y yo me la voy a quedar”, dijo Silvino, retando a Eloy a combate, quien aceptó: “Amelia es mía porque yo soy más macho que tú, y ahora te lo voy a demostrar”. Los hombres se golpearon con sus garrotes, ante la atenta mirada de los invitados y el arbitraje de los viejos; Amelia se sentía halagada por ese derroche de violencia en su honor. “No te tengo miedo, no eres más fuerte que yo”, gritó Eloy, “así es que, ¡rájame!, saca tu cuchillo y ¡rájame la cabeza!” Los viejos asintieron. Así debía ser, Eloy ofrecía su sangre para saldar la deuda. Silvino tomó su cuchillo, agarró del pelo a su adversario, le echó la cabeza atrás y empezando por detrás de la oreja, siguió por la frente y corrió su cuchillo hasta dar con la nuca en el lado contrario. La sangre encharcó el suelo de tierra amarilla. Amelia se acercó a Eloy, le ayudó a levantarse y le condujo, sangriento, hasta su casa, donde le aplicó un emplasto a base de arcilla y diversas plantas. Fue su manera de aceptarle como esposo.
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La concertación de los matrimonios, costumbre que nos parece inadmisible, resulta más comprensible si consideramos que el hombre no sólo se unía a su compañera sino también a la madre, la abuela, las tías, las hermanas, e incluso al resto de los hombres de la gran casa. Convivían todos muy estrechamente, cooperaban, así es que en este contexto tenía sentido que fuera la madre, en virtud de su experiencia y de su conocimiento, la que decidiera quién encajaría mejor con el grupo y su dinámica. Muchos hombres mayores recuerdan que en su niñez, cuando en la madrugada les hacían bañar para darles consejo, los abuelos les decían: “Ustedes tienen que ser trabajadores, para cuidar de la esposa, de la suegra”. 

También es problemático que una sociedad igualitaria caracterizada por la autonomía de sus miembros, se imponga una decisión de este tipo; en realidad, las personas no son miembros de pleno derecho, y por tanto adultas y autónomas, hasta que no establecen matrimonio y tienen hijos. Por otro lado, las diferencias entre dos hombres no eran tan grandes como las que puede haber en una sociedad compleja estratificada: todos tenían más o menos las mismas habilidades, dadas por su género masculino o femenino. Tampoco había grandes diferencias de posición social.
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Con veintidós años, a Juan Alumías le gustaba el trago. Trabajaba para la Mobil Oil, que buscaba petróleo cerca del pueblo de Juan, Charashmaná, en la cuenca del río Pisqui. El dinero que ganaba lo hacía pasar en su mayor parte por el hígado; como no tenía mujer, pensaba, se podía permitir el trago. A su madre le preocupaba y, en secreto, tenía planes para él. 

Quirino Vega era un viejo serio, de pocas palabras. Lo más sencillo sería decir que tenía dos mujeres, y lo más preciso que dos hermanas le tenían a él por esposo. La extensa familia matrilocal a la que se había aliado Quirino (vertebrada entorno a sus mujeres, hijas y nietas) había vivido como siempre, en una gran casa aislada que abandonaban cada cierto tiempo para establecerse en un nuevo lugar. La familia abandonó el seminomadismo cuando comprendió que solo concentraciones sedentarias de gente serían merecedoras de una escuela estatal. Se alió con otras dos familias del río Pisqui y juntos fundaron el pueblo de Vencedor, a unas horas en canoa de Charashmaná. 

A la señorita Norma Vega, hija de Quirino, no le cortaron el clítoris, como había sido la costumbre ancestral. Los profesores, indígenas educados por misioneros protestantes norteamericanos, influyeron decisivamente para acabar con esta costumbre. Norma asistió a la escuela durante dos años, pero tan irregularmente que sólo aprendió a escribir su nombre. Lo que Norma sí aprendió muy bien fueron las tareas que, en virtud de su sexo, le correspondía aprender a toda niña shipiba. En la madrugada, el padre se levantaba y hablaba claro: “Niños y niñas, levántense que ya está el día. Ustedes sólo piensan en dormir y no trabajar. ¿Cómo van a vivir cuando sean ustedes mayores? Tendrán que trabajar con su marido o su esposa, tienen que aprender a trabajar”. Luego mandaba a todos a bañar. Norma traía agua, colaboraba en la preparación del desayuno, comía y acompañaba a su mamá a la chacra. A mediodía regresaba a la casa, almorzaban y pasaban la tarde entregadas a preparar comida, elaborar vasijas, tejer hamacas o hilar algodón. 

Una tarde la mamá de Norma hizo el anuncio. “Hija, te voy a entregar a un hombre porque ya es hora de que tengas marido”. Norma enmudeció, aunque tenía diecisiete años, quedó sorprendida. “¿Por qué me vas a entregar a un hombre?”, pudo articular. “Ya eres señorita, ya sabes cocinar, ya sabes bordar, es hora de que tengas tu marido”. “Pero yo no quiero tener un hombre”, protestó con lágrimas. “Yo quiero vivir contigo todavía”, y rogó que no la entregaran. 

Pasaron las semanas, un día fueron de visita a Charashmaná, el pueblo de Juan. La excusa era que iban a recolectar fruta; tampoco Juan sabía nada. Aquella tarde, al término de su jornada de trabajo, fue recibido por un primo: “Juan, te van a entregar a la Norma Vega”. No se sorprendió. “Esto tenía que pasar, ya no soy un muchacho. Tengo que tener mujer. Está bien”. En casa, su mamá conversaba con la de Norma, que lloraba en un rincón. El tío de Norma se acercó a Juan y le confirmó la noticia: “Norma va a ser para ti”. Las dos madres asintieron. Juan respondió contento: “Bueno, si es así, no hay problema”.
Norma y Juan, casi medio siglo de matrimonio, y cinco hijos. Juan no tuvo problema cuando su madre le comunicó que le había encontrado marido; Norma no le quería.
Como Juan tenía un trabajo bien remunerado, vivirían en Charashmaná, contraviniendo la costumbre por la que los recién casados iban siempre a vivir con la suegra. Norma se fue acostumbrando. En Juan se obró el milagro: dejó de quemarle el gaznate, tenía mujer, no podía permitirse el vicio. Una noticia vino a reparar la alegría de Norma: Mobil Oil necesitaba que alguien guardara una gran lancha que no había podido pasar de Vencedor. El elegido fue Juan. Se presentaron en casa de los suegros con una buena cantidad de víveres, que Juan entregó a sus suegros con la esperanza de ganarse su beneplácito. 

La mamá estaba feliz pero el papá no pestañeó cuando vio al yerno y los víveres. Juan supo después que el matrimonio había sido urdido contra la opinión del suegro, que sería muy sabio y muy buen cazador, pero en lo tocante al matrimonio de las niñas su mujer no le hacía caso. Juan no se desanimó. Durante los dos meses siguientes siguió cuidando la barcaza y recibiendo quincenalmente el suministro de víveres de la compañía, que entregaba a su suegra. Quirino permanecía atrincherado en la hosquedad. 

Dos meses después de su llegada al pueblo, Juan decidió dejar la compañía; quería trabajar por su cuenta. Pidió la liquidación y se encontró otra vez con el bolsillo cargado. Se quedó una parte del dinero, y le dio otra a Norma para que se la entregara al padre. Juan estaba presente cuando el dinero llegó a manos del imperturbable suegro, a quien, por primera vez, vio sonreír. El viejo estaba contento.
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A mediados de los setenta Jayro era un quinceañero entre dos mundos. San Francisco de Yarinacocha gozaba aún de un bosque frondoso y pescado en abundancia, y muchos coetáneos vivían de la naturaleza, como los ancestros. La ciudad-cáncer de Pucallpa, sin embargo, se extendía inexorable, engullendo en su vorágine lo que encontraba. Muchas familias shipibas optaban, con grandes sacrificios, por enviar a sus hijos a estudiar secundaria a la ciudad. Jayro fue uno de ellos. Al principio no lo pasó bien: la necesidad de compaginar los estudios con un trabajo extenuante, el rechazo racista al que sometían en el colegio a los indígenas, la soledad de su miserable pieza alquilada. 

Además de resultar buen estudiante, Jayro era un amante de la práctica del fútbol. Su habilidad le granjeó el respeto de sus compañeros: pasó de ser fijo en el once colegial a entrenar con un equipo de la primera división local. Un día cuajó una gran actuación en presencia de unos ojeadores de Lima, que quisieron ficharle. “Es gente de dinero”, le dijo a sus padres cuando visitó San Francisco. El padre estaba convencido, pero la mamá inclinó la balanza con sus lloros; uno de los hermanitos de Jayro había muerto a causa de la mordedura de una serpiente, ¿qué peligros afrontaría en Lima? No le dejaron ir, tenían otros planes para el muchacho. 

Unas semanas más tarde su papá le informó de que habían arreglado su matrimonio con la hija del señor Bernardo y la señora Mercedes. “Ellos te van a entregar a su Zoila”. Jayro palideció. Había estado a punto de convertirse en profesional del fútbol, soñaba con estudiar en la universidad, y de sopetón le encadenaban a una absurda tradición. “No malogres mi juventud, papá, yo quiero estudiar”, imploró. “Tú no vas a dejar de estudiar, te vamos a apoyar”, zanjaron, inapelables, los padres. 

Zoila tenía quince años. Jayro sabía quién era pero apenas había hablado con ella; antaño la comunicación entre ambos sexos estaba muy restringida. La había visto cargando plátano o recogiendo limones en un gran manchal de cítricos que había en el pueblo. Recordaba con cierta simpatía que a la muchacha le gustaba jugar al fútbol, que tenía potentes piernas y que metía muchos goles. En la intimidad de su humilde cuarto, en Pucallpa, Jayro se entregó a angustiosas cavilaciones: “¿Me caso o no me caso?”, ingenuo, como si estuviera en su mano. “Cuando me voy a reunir con la Zoila, ¿qué le voy a dar de comer? No sé si me gusta… ¡Es que no estamos enamorados! No es como si enamora: vas a la casa, la llevas a pasear, la llevas a almorzar…”. 

Cuando llegó nuevamente a San Francisco sus padres no le dijeron nada; pensó que tal vez no habría matrimonio. Una noche, mientras caminaba por la calle, vio venir de frente al teniente gobernador. “Ven con nosotros”, ordenó. “¿Qué pasó? ¿Para qué me llevan?” “Nooo… Tranquilo. Hay una reunión especial para ti”. Cuando llegó a su casa estaban todos reunidos: sus padres, los de Zoila, algunos amigos… Y ella, levemente iluminada por la luz naranja de los lamparines de kerosene. Jayro estaba aturdido; Zoila también. ¿Habían intercambiado diez palabras en su vida? “Jayro, ¿quieres a Zoila o no?”, le preguntó el jefe de la comunidad sin más ceremonias. Jayro sintió como Zoila se inclinaba hacia él con un plato de comida en las manos. “¿Recibo o no recibo?”, se debatía ante la impaciencia de los presentes. “Si recibo esa comida es que acepto. ¿Recibo o no recibo?”. “¡Reciba tonto!”, le animaban sus amigos con murmullos mientras le empujaban hacia el plato. “¡Ya pues!”, aceptó Jayro. Comieron los dos del mismo plato: estaban casados. Como era costumbre, aquella misma noche Jayro se trasladó a casa de la suegra. Acababa de ser entregado.
Jayro y Zoila. Ninguno de los dos quería casarse pero la tradición pesó más que sus deseos. Treinta años después componen una pareja feliz.
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No conocí a Eloy, el marido de la octogenaria Amelia; ella dice que tuvieron nueve hijos y que su relación fue buena. Norma y Juan, que pasaban de los sesenta cuando los conocí, se compenetraban estrechamente; era la pareja más respetada del pueblo de Vencedor. 

Jayro y Zoila, treinta años después de su matrimonio obligado, mantenían una envidiable armonía; ellos se adaptaron a los nuevos tiempos y permitieron que sus hijas eligieran libremente a su pareja. En las dos últimas décadas el enamoramiento se ha convertido en una condición para establecer la unión conyugal. El triunfo del amor romántico, una particularidad cultural de Occidente, ha llegado en el mismo paquete que la depauperación de la naturaleza, la aparición de los jefes y las jerarquías, y el ocaso del poder de las madres.

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