Las boticarias de la selva
Las mujeres shipibas, en la selva peruana, han acumulado a lo largo de los siglos un vasto conocimiento sobre los poderes terapéuticos de las plantas. Desde la niñez aprenden a distinguir, cultivar y emplear cientos de plantas: antiinflamatorios, analgésicos, antipiréticos, relajantes, estimulantes y un largo etcétera, inspiración de los laboratorios químico-farmacéuticos. Cruel paradoja: ahora la pastilla sustituye a la planta.

Norma Vega le aplica la savia de una palmera con propiedades antiinflamatorias a su hija Yolanda, tras sufrir ésta un accidente.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 147 de la revista Cáñamo, marzo de 2010.
Los nueve hermanos varones de Ida Ramos murieron antes de cumplir el primer año de vida, atacados por diarreas y fiebres. Uno tras otro fueron muriendo y sólo ella y su hermana pequeña sobrevivieron. “Mi mamá decía”, recuerda Ida, “que tuvo un primer marido del que se separó para irse con mi papá, pero el primer marido, que era brujo, en venganza, envió daño a todos los hijos varones. Por eso murieron”. La infancia de Ida estuvo marcada por experiencias de enfermedad y muerte. Durante muchos años su mamá padeció una enfermedad que ni shipibos ni mestizos supieron curar. Cuando cumplió los quince años tuvo su primera hija, que murió a los tres meses con fiebre y diarrea. Fue entonces cuando se decidió a aprender los secretos terapéuticos de las plantas. “Para curar a los niños enfermos, para curarles cuando tenían diarrea y vómito. Por eso quise aprender”.
Los shipibos, habitantes ancestrales de las riberas del río Ucayali, son mundialmente reconocidos por ser poderosos ayahuasqueros; esta fama atrae cada año a miles de personas a la selva peruana desde los cinco continentes. Pero muy poco se sabe de las raomis, término shipibo que bien podría traducirse al español como boticarias. Son normalmente mujeres de cierta edad que no operan sus curaciones en la esfera de lo espiritual, como los chamanes, sino en el ámbito de lo material: mientras los ayahuasqueros curan con cantos tras conectarse con sus aliados espirituales, las boticarias preparan sus remedios a base de vegetales activos biológicamente.
Se calcula que en la selva de Perú existen unas veinte mil especies diferentes de plantas angiospermas (con flor y semilla), cientos de las cuales son usadas por los shipibos como medicinas. ¿Cómo averiguaron los ancestros de los actuales pueblos amazónicos cuáles de esas plantas tenían actividad biológica? ¿Cómo adivinaron si de tal planta se tenía que usar la corteza rallada o la raíz cocinada, o la hoja en emplasto, o la savia en infusión? ¿Cómo dieron con las combinaciones que hacían efectivo el remedio? Éste es uno de los más interesantes debates de la etnobotánica contemporánea. El investigador francés Jacques Tournon (a quién el presente artículo debe mucho) considera que este sofisticado conocimiento proviene de un proceso empírico basado en el ensayo con cada planta y la comprobación de su actividad o inactividad biológica, aunque dar entre veinte mil plantas con el remedio que permite curar la fiebre, y acertar con la parte de la planta que se debe usar (la hoja en infusión o la corteza rallada), parece una misión imposible. Por su parte, los indígenas aseguran que su conocimiento proviene de su comunicación con el otro mundo.

Ida Ramos posa junto a las botellas en las que conserva varios de sus remedios vegetales.
la dieta de ida
Cuando Ida decidió aprender a curar, tras la muerte de su bebé, tuvo que pasar por lo que los shipibos llaman “la dieta”, un proceso durante el que siguió un régimen alimenticio estricto, se abstuvo de mantener relaciones sexuales, y permaneció relativamente aislada, evitando trabajos arduos. Durante ese tiempo se relacionó estrechamente con una planta maestra (fumada, tomada en infusión, recibida en baños), que al final de la dieta se convirtió en aliada de la entonces joven boticaria. “Cuando yo atiendo un paciente, fumo mi tabaco y me coge la mareación. Entonces los espíritus aliados vienen y me dicen cuál es el mal, y cuál es el remedio que hay que darle al paciente”. Y he ahí la segunda teoría: el conocimiento de las propiedades de las plantas habría sido transmitido por las propias plantas, mediante una comunicación con las personas en el ámbito de lo espiritual: las plantas maestras se comunican con chamanes y vegetalistas y desvelan qué plantas sirven para qué fines.
A medida que fue completando sucesivos períodos de dieta, Ida fue ganando más aliados y más poder; paralelamente fue aprendiendo de sus mayores a reconocer, cultivar, cocinar, preparar y dosificar, infinidad de remedios. Ida conoce preparados para problemas tan dispares como fiebre, parásitos intestinales, diarrea, alopecia o dolores menstruales; en su botica hay abortivos, estimulantes, analgésicos, afrodisíacos, relajantes, antiinflamatorios… La mayor parte de los remedios están preparados con plantas que Ida tiene en el jardín de su modesta casita, a las afueras de la comunidad nativa de San Francisco de Yarinacocha, donde Ida recibe la visita de indígenas, mestizos y extranjeros, que llegan buscando un remedio específico. Sobre una mesa expone varias grandes botellas, llenas de líquidos oscuros y pedazos de corteza, tallos y hojas en maceración… Señala uno de sus botellones. “Cuando no quieres más hijos mojas un algodón y te lo pones en la vágina. Tiene seis plantas. No hay huevo ya. Poner en la vágina veinte días, todas las noches. Dietas durante un mes: ni sal ni manteca”. Según Ida ese remedio no sólo sirve para esterilizar, sino que hace desaparecer la menstruación. Ella misma, tras el nacimiento de su segundo hijo varón, a los 19 años, decidió tomar el remedio y comprobó su efectividad. Otro de los botellones contiene un remedio útil contra el reumatismo, “cuando en la noche duele la rodilla”, explica. “El noni es cuando duele vejiga y la chuchuwasi, cuando el hombre ya no…”, o sea: para levantar el ánimo.
Hay quien opina que la efectividad de estos remedios tiene su origen en el poder de la autosugestión, en la efectividad de lo simbólico, desacreditando la supuesta actividad biológica de los remedios. Pero los análisis realizados por Tournon demostraron la efectividad de seis remedios antibacterianos y diez antiinflamatorios y confirmaron que la correspondencia entre lo que dicen las boticarias y lo que se prueba en el laboratorio es estrecha. No es sólo efecto placebo.
Durante mi estancia en San Francisco de Yarinacocha, tuve la oportunidad de experimentar en mi propia carne una sanación de las manos de Ida Ramos. Una mañana me levanté con un inefable dolor en el abdomen: una piedra en el riñón. Armada con su pipa de tabaco, vino a visitarme la doctora Ida. Fumó hasta alcanzar la mareación y comenzó a palpar con sus manos mi abdomen. Aplicó su boca sobre la zona dolorida y chupó. Después me pasó por espalda y abdomen dos ramitas, una de pión colorado y otra de ortiga, que me produjeron una ligera comezón. Al término de esta terapia, me entregó un remedio: un líquido de color rojo vivo, de sabor ácido y ligeramente amargo, a base de jugo de pión colorado, limón y sal. “Es para el dolor”. Cierta y sorprendentemente, el terrible dolor desapareció.

Norma Vega camina por la selva en busca de una planta medicinal.
piripiri
De todas las plantas utilizadas habitualmente por estas especialistas, las más importantes son los piripiris, que se utilizan para tratar una amplia gama de dolencias: dolores de cabeza, fiebres, cortes, diarreas, control de natalidad o hemorragias al dar a luz, entre muchas otras. Pero los piripiris poseen una característica especialmente notable; en realidad, la familia a la que pertenecen no está categorizada como medicinal, así es que los investigadores se preguntaban en las últimas décadas el porqué de su preeminencia sobre otro tipo de plantas. La razón reside en el hecho de que las variedades cultivadas presentan un hongo que a su vez produce el ergot, ese alcaloide que tan bien estudió Albert Hoffmann en el cornezuelo del centeno, y que tiene una estructura molecular similar a la del LSD. Así pues, no es de extrañar el testimonio que ofrecía el investigador Glenn Shepard, después de trabajar con los machiguengas en Perú: “Cuando supe que los piripiris se usaban para una tan amplia variedad de enfermedades y condiciones, lo descarté como superstición. Sin embargo, todo lo que me dijeron siempre se reveló verdadero. Por ejemplo, probé una de las variedades para aliviar un dolor de cabeza. Lo alivió, pero aún más sorprendente me dio una extraordinaria, bien que temporaria, habilidad para juegos malabares”.
Esta dimensión psicotrópica permite entender mucho mejor la gran diversidad de usos que las mujeres shipibas le atribuyen a los piripiris. “Cuando yo era niña, antes de empezar a bordar mi falda, mi mamá me hacía lavar con piripiri las manos y los ojos”, asegura Ida, y así le salían esos diseños complejos, intrincados, de gran belleza, de factura caleidoscópica. Más allá del tratamiento de enfermedades, entre los piripiris existe un grupo de variedades que se engloban dentro de la categoría de los etótropos, es decir, que modifican el comportamiento. Así pues son bien conocidos y usados los piripiris indicados para cazar, para pescar, para sosegar la promiscuidad de las personas, para enamorar, para tranquilizar o para diseñar.
Es preciso reseñar que sólo los piripiris cultivados presentan el hongo (y por tanto el alcaloide), y puesto que es una planta que se reproduce vía vegetativa (se siembra una parte de otra planta), los nuevos individuos siempre heredan el hongo. Esto puede explicar el hecho de que aunque los análisis botánicos sólo reconocen tres variedades, las cultivadoras pueden distinguir hasta cincuenta tipos, morfológicamente idénticos, pero con propiedades diferentes. Tal vez se debe a distintas variedades o concentraciones en la planta del hongo (y por tanto del alcaloide), cuyas propiedades sólo conoce la cultivadora, que a su vez heredó las distintas variedades (y el conocimiento de sus propiedades) de personas de otras generaciones, o gracias a intercambios con otras cultivadoras.

Norma Vega le aplica un antipirético a su nieta.
pero la pastilla...
Este vasto y sofisticado conocimiento (que en estos tiempos trata de remedar la industria químico farmacéutica con sus drogas inteligentes) está en peligro de extinción, como lo está la selva y las culturas que la pueblan. A partir de los años cincuenta, poco después de la llegada de la carretera, la educación primaria en la selva quedó en manos de los misioneros evangélicos del Instituto Lingüístico de Verano (ILV), una controvertida organización estadounidense que tenía por objeto el estudio de las lenguas indígenas pero que se convirtió de hecho en la puerta de entrada de una nueva concepción del mundo: la del mundo desarrollado, civilizado, industrial, cristiano, democrático. Merced a un acuerdo con el gobierno peruano crearon y organizaron las escuelas y sus contenidos, así es que tuvieron en sus manos, de hecho, la llave para formar nuevas conciencias. Y así lo hicieron. Los conocimientos de las plantas medicinales fueron considerados supersticiosos, cuando no demoníacos, como en el caso de la ayahuasca. Además, los misioneros del ILV emprendieron la tarea de formar promotores de salud entre los shipibos, establecer postas en las comunidades, y suministrar medicinas industriales para tratar enfermedades y dolencias que bien se podían curar con las plantas.
Sin embargo, a principios de los ochenta, a medida que los shipibos tomaban conciencia política, comenzó a producirse un proceso de recuperación de las prácticas ancestrales, arrinconadas por los oropeles de la industria: la pastilla con sus envoltorios, la jeringa, las batas y los privilegios a que accedían los promotores de salud. Con ayuda de la cooperación internacional, se puso en marcha el proyecto AMETRA (Asociación de Médicos Tradicionales), un programa que coordinado por el sabedor Guillermo Arévalo pretendía revitalizar las denostadas prácticas tradicionales.
Norma Vega, una activa mujer de 60 años fue una de las cientos de personas que asistieron a los talleres anuales que AMETRA organizaba en cada zona del territorio shipibo. En los talleres se transmitía ese conocimiento de las abuelas pero, inteligentemente, no se excluía la medicina occidental. “Primero el remedio vegetal, si no se cura, ya sí la pastilla”, recuerda Norma que les decían. Y esto es lo que se observa ahora en la pequeña comunidad de Vencedor, donde vive Norma. Cuando los niños tienen fiebre o diarrea, si hay un golpe o una inflamación, se recurre a Norma, que acude con su preparado. Muchos cuentan que Norma les salvó la vida, pero pese a este reconocimiento es inevitable constatar como la pastilla es preferida a la planta, y seguramente es más la falta de dinero la que hace optar por los remedios vegetales, especialmente entre las nuevas generaciones. Muy sintomático es lo que le sucedió a Norma cuando se ausentó de su comunidad por unas semanas. A su hija, en un arranque de laboriosidad doméstica, le dio por limpiar el jardín, y se llevó por delante decenas de plantas medicinales que su madre había cultivado en los últimos años; las tomó por malas hierbas.