Un milagro y una maldición
Un milagro: tras el despojo y el abuso secular, un área de la extensión de Portugal se convirtió en la Terra Indígena Vale do Javari, habitada por cinco mil indígenas en contacto con la sociedad estatal y un número indeterminado de refugiados en remotos parajes. La maldición es fruto del blanco: su hepatitis y su malaria, que amenazan la integridad social.

Una niña marubo espera en el puesto de salud de Maronal a que le hagan el examen de la gota gruesa, que determinará si la fiebre que presenta se debe a la malaria. A su lado, Kell, el nieto del Inglés.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 189 de la revista Cáñamo, septiembre de 2013.
Las tribus de la cuenca del Yavarí, las “más temibles del Alto Amazonas”, no reconocían “la supremacía española, ni la portuguesa” y eran “peligrosas para los viajeros”, advertían los naturalistas alemanes Spix y Martius en el siglo XIX. Los nativos preservaron su independencia en el más remoto de los grandes ríos amazónicos, inexplorado por el blanco hasta que en la segunda mitad del siglo XIX se desató la fiebre del caucho…
Colombianos, peruanos, brasileros, espoleados por la industria implacable. La selva, depósito inagotable de caucho; los indígenas, mano de obra esclavizada; los “patrones”, blancos sin escrúpulos de Manaos e Iquitos, enriquecidos hasta el Horror tomando posesión de lo ajeno: los ríos, los árboles, las personas. Territorios como estados europeos en el puño de un miserable y sus secuaces. Primero la sonrisa y la dádiva: hachas, machetes, abalorios. Luego la exigencia y la violencia: torturas, ejecuciones, secuestros de mujeres y niñas, violaciones. Y siempre epidemias virulentas.
José Wadick, el Inglés, un afrobrasileño nordestino atraído por la bonanza, como tantos otros. Capataz de una estación cauchera en los años treinta del siglo XX. Fama controvertida: tal vez protector de indios, seguramente explotador. Actor en un mundo sin moral, en un holocausto ignorado porque ganaron los civilizados y callaron su barbarie. El negocio del caucho decayó tras la Segunda Guerra Mundial, pero los blancos (y los negros) persistieron: madera, pieles, tal vez hubiera petróleo. En los cincuenta y sesenta se prodigaron matanzas oficiales; el ejército las consideraba expediciones punitivas.
Amelio Wadick, nieto del Inglés, trabajador de la Fundación Nacional del Indio, establecida en el Yavarí en los setenta para encontrar indios bravos, contactarlos, integrarlos en el mundo civilizado. En 1982 dieron con los korubo: irreductibles, desnudos, reacios a la insensatez occidental. Los funcionarios inexpertos se aproximaron torpemente: error, muerte. La FUNAI tardó dos días en devolver los cuerpos a Atalaia, en la boca del Yavarí. El pueblo se enfureció; clamaba contra la FUNAI, clamaba contra los salvajes. “Son animales, no fueron bautizados, no tienen alma”.
Mi amigo Kell Wadick, bisnieto del Inglés, quinceañero cuando perdió a su padre. En la tierra abonada para la venganza brotó una flor: “Atalaia era una ciudad completamente tomada por el odio contra las poblaciones indígenas. Superé todo ese odio, a veces el de mi familia, y entré en la lucha a favor de los pueblos indígenas. Quería escuchar el otro lado de la historia”. En 1990 se unió a la Pastoral Indigenista del Alto Solimões y trabajó por la creación del territorio indígena más importante del mundo. En 2011 se graduó como antropólogo con una tesis sobre el uso de la ayahuasca entre los marubo: escuchó su historia, ciertamente.

Kell Wadick, bisnieto del Inglés, hijo de trabajador de la FUNAI asesinado por los Korubo, defensor de los pueblos indígena del Valle del Yavarí.
Miguel es Michael, y es gringo, rubio, pálido, alto. “Soy ayudante de filántropo, porque no tengo recursos propios para distribuir”, se presenta sonriendo. Es misionero evangélico, y sabe que no gozan de estima entre, por ejemplo, antropólogos o periodistas. La deslizadora de aluminio surca veloz el bello espejo oscuro del Yavarí. Ciento cincuenta caballos nos propulsan, alimentados por un enorme tanque de gasolina. El GPS del misionero marca 55 kilómetros por hora. Recorreremos 950 hasta Maronal.
Hesíodo es un grandón bienhumorado de largos brazos y ojos miel. Nació en Atalaia. Ha trabajado en la Terra do Javari durante veinte años. Maneja de pie y fuma un cigarrillo; su espalda se apoya contra el tanque de gasolina. Nubes algodonosas besan la superficie del planeta. Llueve débil e intermitentemente. El invierno del río ha inundado la selva adyacente y las vueltas casi circulares del Yavarí se pueden atajar entre la vegetación. Hesíodo conoce los pasos; reduce la velocidad; nos sumerge entre la espesura de ramas amenazantes; salimos nuevamente al río. A la derecha, Perú. A la izquierda, Brasil.
La pequeña casa de Carosso se eleva en una loma sobre el río Curuçá. El techo de hojas de palma contrasta con la pared, que es un gran plástico azul; el pulcro yucal es lo opuesto a la antena parabólica adyacente. Ojos pequeños y vivos, pelo ensortijado y entrecano; el mestizo solitario recibe contento a la bulliciosa expedición: indígenas, mestizos, blancos, hombres, mujeres, niños, desmintiendo en su armonía las atrocidades del pasado. Acuclillados en el suelo de tierra de la modesta cocina, ordenada y limpia, hundimos las manos en las entrañas de la tortuga; el caparazón se ha convertido en plato; la colocaron viva sobre las ascuas; se retorcía, se asaba. Sigue una cola de caimán. “En la ciudad todo cuesta. Aquí sales, matas un puerco, tienes pescado y yuca. Ya compré mi televisión, mi antena, mi generador”. En la pequeña casa tendemos las hamacas, diez personas comparten el sueño codo con codo.
Reanudamos el viaje. El guardián alza la escopeta en señal de reconocimiento, apostado entre dos grandes carteles en los que el governo federal advierte que a partir de ese punto nos adentramos en terra protegida, de acceso interditado a pessoas estranhas. Los últimos blancos fueron expulsados en 2001; sólo se puede ingresar con permiso de las autoridades indígenas y supervisión de la FUNAI. Arrimamos a la orilla. Manoel Chorimpa, líder indígena, entrega unos cartuchos y algo de comida al hombre, que le informa de los botes que ya han surcado hacia la reunión. La menor de sus hijas tiene una erupción horrible en la mejilla. Manoel la examina, me mira, cabecea.

Hesiodo y Manoel Chorimpa, camino de Maronal.
Manoel, el anfitrión, dejó Maronal a los trece años para estudiar en Cruzeiro do Sul. Desde finales de los noventa trabaja para la FUNAI, vigilando el territorio, evitando invasiones de madereros, cazadores o narcotraficantes. “En los ochenta y noventa, por influencia de los empresarios de la madera, los indios hicieron mucha extracción. Además la cacería sufrió mucho, porque había que alimentar a los trabajadores. Pero ahora está recuperando, está equilibrado”. Caimanes abandonando las playas a nuestro paso, mamíferos de pelaje oscuro sorprendidos por la furia del motor, guacamayos volando vistosamente sobre el tapiz verde.
El misionero pregunta a Manoel por las necesidades materiales de las pocas aldeas que dejamos a los lados. Escuelas, puestos de salud, pistas de aterrizaje: anota las respuestas en una libretita. Aventura posibles ayudas de la organización “filantrópica” a la que representa, financiada por iglesias baptistas de Indiana y Carolina del Sur. La dádiva es clave para el acceso. Está rojo como un tomate; al poco de salir de Atalaia se le voló la gorra.
Kell, el bisnieto del Inglés, aborda la lanchita de la diócesis: quince metros, dos camarotes, cocina, baño. Los tripulantes no están. “Yo anduve mucho en ésta”. Junto al padre Joseney y a varios líderes indígenas navegó los ríos de la región limando rencores intertribales: robos de mujeres, aldeas saqueadas, escaramuzas sangrientas. En 1991 nació el Conselho Indígena do Vale do Javari, que trenzaba a todos los pueblos en la exitosa alianza por la Terra Indígena Vale do Javarí: un territorio del tamaño de Portugal, hoy ocupado por cinco mil indígenas en contacto con la sociedad occidental (pertenecientes a las etnias marubo, kanamarí, matís, matsés, kulina y korubo) y un número incierto perteneciente a grupos desconocidos, que han optado por refugiarse de la Plaga Global en los parajes más inaccesibles.
Desde la popa de la lancha me zambullo en el agua fresca. Y turbia. Mis compañeros de viaje observan alarmados. “Yacaré preto”, advierten. Caimán negro: agresivo y formidable. Regreso a bordo. Me ofrecen un cubo con una cuerda atada al asa. La selva alrededor no es jardín sino amenaza; oportunidad sólo para quien conoce. Los tripulantes emergen del monte; han matado tres aves; comemos un caldo delicioso entre chanzas, anécdotas y cuentos. El músico contratado para la fiesta conecta el sintetizador, ensaya algunos temas de forró y cumbia; la humedad ha silenciado algunas teclas que toca con una mueca de humor contrariado.
El viaje concluye al tercer día en el pueblo marubo de Maronal. Nos recibe la piel tibia y suave de las muchachas que nos flanquean, se agarran a nuestros brazos, cuchichean cantarinamente. No nos miran. Se adornan con larguísimas sartas de chaquiras que envuelven sus brazos y pantorrillas. El pueblo se ha reunido en el puerto. Lanzan cohetes. Un hombre con una corona de plumas encabeza la comitiva; al son de su canto caminamos rítmicamente por el pueblo, reconociendo, siendo reconocidos. Entramos en la cálida penumbra de una maloca, bailamos en círculos al ritmo del maguaré, inspiramos la atmósfera densa de carne ahumada y humo de hogar.

Las jóvenes de Maronal nos reciben bailando, engalanadas.
Erigida en el centro de una explanada meticulosamente librada de vegetación, rodeada de un anillo de pequeñas casas y otro de árboles frutales, la maloca alberga a la gran familia bajo su estructura alargada de palos y hojas de palma, articulados en perfecta simetría. La belleza de la sencillez. Una puerta a cada extremo; un espacio central entre las dos hileras de columnas que sostienen la estructura; los laterales divididos para cada una de las parejas de la familia (sus hamacas, su fogón humeante); racimos de plátano colgando de los travesaños; el espacio femenino en un extremo, el masculino en el complementario.
Paulo, el joven dueño, permanece de pie mientras comemos, atento a los platos de carne asada, yuca, ají y masato, que coloca en el suelo de tierra, entre las dos bancas que flanquean la puerta principal de su maloca. Comemos hasta el hartazgo; es la cultura de la abundancia. Con catorce años Paulo fue a estudiar a Atalaia. “Estuve allá un año y siete meses. Era un seminario y me expulsaron porque tuve una hija”. Regresó a la quietud de su pueblo. “No hay violencia. Hay carne, hay comida”. Advierte un plato semivacío y se apresura a reponerlo.
“Antiguamente los marubo vivían en las cabeceras de las quebradas. Aquí donde el río es más grande hay más enfermedad”, explica Paulo. El seminomadismo y la dispersión de los marubo no le convenía a la FUNAI, que en 1972 convenció a las distintas familias para que se concentraran en Maronal, donde podría atenderlos (y controlarlos) con más facilidad. La sedentarización es problemática: la caza se retira, las chagras están cada año más lejos, la aglomeración humana acarrea problemas sanitarios. “La gente quiere cambiarse otra vez a las cabeceras, pero aquí está la escuela, el puesto de salud…”. Y la cancha de fútbol, y la radio, y la pista de aterrizaje.
Mujeres somnolientas, muchachos con jeans y costosas cámaras fotográficas, viejos sin camisa apoyándose en lanzas adornados por largos collares que cuelgan del tabique nasal, representantes de todas las etnias de la Terra do Javari, misioneros católicos con aspecto jipi registrando en un computador portátil los argumentos del debate. El suelo de cemento y el techo de zinc del local comunal garantizan un calor sofocante. En la mesa, el padre Joseney habla de biopiratería y propiedad intelectual: “Ustedes conocen muchas plantas que las multinacionales están interesadas. Un científico tarda cuarenta años en descubrir algo parecido a la ayahuasca, pero ustedes se lo dicen en dos minutos”.

Carne ahumada y yuca cocinada en abundancia.
Por la noche los viejos inhalan rapé y toman ayahuasca a la entrada de la maloca. Conversan con gesto grave o perdido mientras los niños bailan en corro a la luz del tungsteno. Un generador y gasolina en el más remoto rincón. Los misioneros católicos se sientan junto a los viejos sabedores. “Están haciendo la oración de la noche”, dice un joven taciturno que considera mi presencia con displicencia: “Ha habido mano abierta para el ingreso de extraños en este festival. La tierra indígena es un área protegida y no puede entrar nadie sin el permiso de la FUNAI de Brasilia”. Acusa a los misioneros evangélicos de querer “cambiar los valores”. No como los católicos, asegura: “Nosotros les ayudamos a respetar su cultura pero no les obligamos a practicar la fe. A eso llegan si quieren”.
A Miguel Michael no le arredra la competencia, tiene una misión y una estrategia: “Queremos ver cómo están los problemas de ustedes para ayudar”. Su organización podría realizar vuelos de apoyo en caso de urgencia médica. “Estamos dispuestos a hacer ese gasto por una vida humana, que es preciosa”. Lamenta que las autoridades brasileras no hayan permitido la entrada de una misión médica (evangélica). “Queremos ayudar pero existen barreras gubernamentales. Pero si el indio insiste, la FUNAI lo acepta”. Los católicos desconfían e inquieren.
Daniel pincha la yema del pulgar de un viejo, de una mujer, de una niña que berrea; tienen fiebre, tal vez malaria. Caen las gotas de sangre en el cristal; se busca el parásito en el microscopio. Daniel, el enfermero, analiza decenas de muestras cada día en el puesto de salud de Maronal. Un año se diagnosticaron 3.609 casos en toda la Terra, el siguiente 2.608, el último 2.090. La población no llega a cinco mil. “El mayor problema que hay para el control de la malaria es que los indígenas no usan mosquiteros y no quieren que se ponga veneno en las malocas porque dicen que causa irritación en la piel de los niños”. O podría ser hepatitis, pero no hay forma de saberlo, carecen del equipo necesario para los análisis.
Se debaten largamente los problemas de salud, las amenazas, las soluciones. Se cuenta que la mortalidad infantil en la Terra dobla la media de Brasil, la gran potencia latinoamericana. Los misioneros católicos redactan un documento final breve y consecuente: la insostenible situación de la salud, la falta de atención del gobierno, la necesidad de invertir en infraestructura y personal sanitario, la importancia de valorizar la medicina tradicional y conjugarla con la occidental.

El misionero Miguel/Michael toma nota de las necesidades.
El padre Joseney abandonó el sacerdocio, se casó, tuvo lindos hijos que le han acompañado hasta Maronal. Carismático impulsor del movimiento que culminó en la creación de la Terra: “En los noventa había cinco mil madereros trabajando aquí. No había quebrada de la que no sacaran madera fina: cedro, caoba… Entraban a las malocas y se llevaban toda la fuerza de trabajo a la madera. Había mucha cachaça”. Explotaciones ilegales que operaban en connivencia con la Policía Federal y la FUNAI, instituciones “muy corruptas”. Joseney consiguió la expulsión de los madereros ilegales. Fue odiado: le insultaban por la calle, le regaban con cerveza. “Mucha tierra para poco indio”, le decían.
Miguel Michael persevera durante las comidas en la maloca, junto a los hombres reunidos. “La Biblia es un libro para todas las culturas: para los Estados Unidos, para los pueblos de la selva. De fuera vienen cosas buenas como las botas y vienen cosas malas como la cachaça. Dios no quiere que nos emborrachemos porque entonces se pierde la sensibilidad, se producen peleas y se acuestan con la mujer de otro. Gasto el dinero y después lo vomito”. Los viejos asienten indiferentes, ya conocen a los misioneros evangélicos: los de Nuevas Tribus permanecieron entre ellos varios años: prohibieron los ritos “satánicos”, denunciaron a los chamanes como impostores o alucinados o seguidores de Satanás.
A la política le sucede el folclor: lo que antaño sucedía en el devenir de la cotidianidad se representa hoy como espectáculo. Los grupos de baile ensayan coreografías que ejecutan ante un público armado de cámaras digitales. Se libra una competición de tiro con arco: dos hombres en la cincuentena aciertan el blanco a treinta metros de distancia; los jóvenes han crecido entre escopetas, apenas saben sujetar el instrumento. Pinturas faciales y adornos corporales son objeto de reñido concurso.
Un generador y gasolina desencadenan el baile de clausura, que no es representación: el músico traído desde Atalaia conecta su sintetizador a unos enormes parlantes y canta alegremente en la noche selvática. La cachaça llueve en la explanada frente a la maloca. Los viejos de torso adornado por collares blancos sonríen con la animación; no será ayahuasca lo que tomen esta noche. Las mujeres desfilan orgullosamente adornadas, muy respetuosas con su tradición estética. Los jóvenes se embriagan tenazmente; el otro día no existe. Incluso el pastor Miguel Michael se aventura en el sinuoso baile del forró con varias jóvenes, a las que trata de seducir… para su iglesia, muy correctamente, en el nombre de Dios: es su misión. La mía termina en este punto.