PODER I
Los amantes de la libertad (y el jefe en la picota)

Anarquistas o autoarquistas: que no reconocen autoridad superior a la de sí mismos ni consienten el poder coercitivo. Autosuficientes o independientes: que son capaces de satisfacer por sí solos todas sus necesidades vitales. Anticapitalistas o antimercado: que la competencia, la acumulación y el máximo beneficio no son una condición humana universal.
El viejo Nemesio se sienta a contemplar el discurrir el río Pisqui, territorio ancestral de la etnia shipiba. Para hacer su primera canoa, a finales de los sesenta, Nemesio encontró un cedro a escasos metros de su casa. Hoy ya no queda cedro, décadas de extracción maderera han arrasado con esa preciada especie. La sobreexplotación de los recursos naturales amenaza la autonomía de los pueblos amazónicos.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en  el número 207 de la revista Cáñamo, marzo de 2015. 
El golpeo suena con regularidad de latido en la mañana neblinosa, se extiende por la comunidad de Vencedor y me convoca. Entre su casa y el río, detrás del frondoso sembrío de tabaco, Nemesio Serrano se inclina hacha en mano sobre un tronco al que, con preciso movimiento, arranca viruta y viruta para convertirlo en una canoa. El viejo shipibo parece un maestro de yoga entregado a un ejercicio práctico de meditación: los pies separados, las rodillas ligeramente flexionadas para ganar estabilidad, el tronco recto, delgado y fibroso, trazando un breve recorrido para impulsar los brazos y el hierro que hiende la madera. En la época de su padre, cuando las herramientas de metal no abundaban, los hombres aún sabían vaciar con fuego y paciencia, pero Nemesio aprendió con hacha, y sus hijos utilizan motosierra. 

Nemesio recuerda que a los veinte años ya sabía cazar y pescar, y construir casa, pero le faltaba el arte mayor: la fabricación de la canoa, imprescindible en la cultura fluvial de los shipibos. En su niñez, observando al padre, se había familiarizado con el proceso, desde la tumba del árbol hasta la botadura, y colaborado ocasionalmente en cada etapa. Pero con su matrimonio, convenido para unos meses después, había llegado el momento de que lo intentara por sí mismo, que demostrara la autosuficiencia que se esperaba de todo hombre, para que, como decía a su padre, “no anduviera después jodiendo al vecino” en busca de ayuda. Aunque aquella vez necesitó la experiencia de su progenitor para concluir con éxito el trabajo. 

Unas semanas después, cuando el matrimonio de Nemesio y Alina se hubo consumado, la pareja hizo en esa misma canoa un viaje al pueblo mestizo de Contamana; tardaron una semana a remo en descender el serpenteante Pisqui y varias vueltas del majestuoso Ucayali; Nemesio había vendido maíz una buena cosecha de maíz y disponía de un caudal con el que comprar ollas y platos, machetes y hachas, ropa y cobijas. Allí los comerciantes les engañaban con las cuentas, y los mestizos les despreciaban por indios, pero Nemesio se sentaba al borde del río y se extasiaba mirando pasar las grandes lanchas de fierro que surcaban hacia Pucallpa o Iquitos. 

El hilo de los recuerdos, al ritmo de los golpeos, se interrumpe por el sol que arrecia. Nos refugiamos en la sombría cocina, donde desayunamos. Los hijos, que viven en las casas cercanas componiendo una gran unidad doméstica, han pescado durante la noche; Alina, la mujer de Nemesio, y las nueras, han cocinado. Nos sirven sopa y masato, la cerveza de yuca. Los hombres se sientan a la mesa, las mujeres, con los niños, en el piso de tierra, alrededor de las ollas, administrando la comida. De todos los alimentos que consumimos, solamente la sal tiene un origen industrial. Nemesio y Alina mantienen grandes chagras; en el río abunda el pescado, en el monte la fruta silvestre y la caza. 

Comemos entre bromas; se interesan por la diferencia horaria con España, por lo que cobra un trabajador, por lo que cuesta un tiquete de avión. Y enseguida: “¿Tú sabes hacer aviones?”, inquiere Nemesio, serio y contenido, sin la menor ironía en sus rasgos de pajarito. Su ingenuidad provoca mi sonrisa indulgente. “No”, digo, “es muy difícil, hace falta mucha gente y mucha plata para fabricar un avión”.
El viejo Nemesio da los últimos retoques a su canoa. La fabricación de canoas es uno más de los muchos artes masculinos que todo adulto shipibo atesora. Es gracias a esta pluricapacidad (término acuñado por el antropólogo suizo Jürg Gasché), complementada por la propia de una mujer, que una pareja puede vivir de forma autónoma.
* * *
Pasaron los meses, el trabajo de campo en Vencedor quedó atrás, así como nuevas experiencias etnográficas, en otros ríos, con otros pueblos. Poco a poco se desvelaba ante mí una nueva forma de vivir. “Libertad”, pensaba, “para mí la Amazonia es libertad”; pero no era más que una sensación, poderosa aunque inarticulada, tal vez una fantasía, un deseo, hasta que reparé con más atención en los escritos de Jürg Gasché. Afincado en Iquitos por décadas, con extensa experiencia etnográfica en Colombia y Perú, este antropólogo suizo ha dedicado los últimos años en componer la obra Sociedad bosquesina, una ambiciosa explicación de la forma de entender y vivir el mundo que tiene la gente de la Amazonia. Gasché argumenta que las múltiples habilidades de hombres y mujeres para intervenir en el bosque proveedor, les permiten cubrir de manera independiente todas sus necesidades vitales: la comida, la casa, la medicina, los medios de transporte… La pluricapacidad productiva, argumenta Gasché, es piedra angular de la autonomía personal. 

Fue al comprender la importancia de esta idea cuando dejó de parecerme risible la pregunta de Nemesio: él daba por sentado que también nosotros gozábamos de esa pluricapacidad. Entonces me pareció trágico que Nemesio supiera hacer canoa para surcar libremente su río Pisqui y yo no pudiera hacer avión para atravesar los cielos ultra controlados; que Nemesio y Alina pudieran producir su propia comida y yo tuviera que comprarla en la tienda; que ellos pudieran construir su casa en unas semanas y yo tuviera que endeudarme para el resto de mi vida; que tuvieran a su disposición una farmacopea infinita, y un curso de agua potable, y… Nemesio y Alina, cada uno en su rol de género, atesoraban al reunirse en pareja todos los conocimientos que les permitía ser autosuficientes. En definitiva: la combinación entre conocimientos culturales al alcance de todos, y recursos naturales de libre acceso daba como resultado, digámoslo de una vez por todas, la libertad.
El Pueblo Shipibo ocupa las riberas del río Ucayali y de varios de sus afluentes, como el Pisqui, tradicionalmente ricos en pescado, pese a que en las últimas décadas, la variedad de las especies y el tamaño de los peces ha disminuido notablemente.
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No caeré en idealizaciones mistificadoras. En Vencedor, el pueblo de Nemesio, en el río Pisqui, el dinero es hoy imprescindible. Hachas y machetes, fósforos, gasolina, ropa, linternas y pilas, anzuelos, cartuchos, sal y actualmente, sobre todo, gastos escolares… Los padres adivinan para sus hijos un mejor futuro en la escuela y la universidad. Quieren convertirles en profesionales y tratan de mandarlos a estudiar la ciudad. Los jóvenes, lejos de la casa y el monte, dejan de aprender de sus mayores gran parte de los conocimientos que brindaban la autonomía del pueblo; en la escuela interiorizan como ideal la jerarquía y la especialización productiva, si es burocrática mejor, antítesis de lo que distingue su propia cultura. Cuando regresan en vacaciones miran con desdén las manos callosas de los padres, las ropas sucias de trabajo, las partidas de caza, los alimentos producidos en la chagra. Quieren ser profesionales: obedecer a cambio de dinero. 

Es especialmente por la educación de los hijos que los progenitores presionan los recursos del bosque más allá de lo concebible. Las consecuencias las sufre Nemesio cuando tiene que hacer una nueva canoa: en su juventud empleaba cedro, preciada madera que encontraba a escasos metros de su casa; la que yo vi terminar, tras décadas de explotación maderera, era de catahua, una madera que no dura tanto, ni es tan fácil de tallar. Pero hay catahua (por suerte), hay pescado (aunque escaseen las especies más grandes y sabrosas), y hay animales de caza (aunque en vez de entrar por error en el pueblo, como sucedía antes, las manadas de pecaríes se encuentren tras varias horas de camino). 

La autonomía declina. “¡Bienvenidos al mundo de la escasez y el dinero!”, dicen los dueños del nuevo escenario global, que envían a su agente a Vencedor (o a tantos otros pueblos de la Amazonia) con título de ingeniero respetable para poner en marcha proyectos productivos en nombre de la prosperidad y el desarrollo, e incluso la patria, viva el Perú, carajo, administrando un dinero que llega de tal o cual país extranjero con la voluntad de que todos los humanos queden sometidos a la disciplina del mercado absoluto. En Vencedor, el ingeniero ha ayudado a poner en marcha el aserradero de bolaina, una madera de baja calidad (se acabó el cedro y la caoba) que crece en las chagras abandonadas, y que sirve para hacer cajas que probablemente veas en la frutería de la esquina. 

Pero visitemos el aserradero varios días y hablemos con la gente, y descubramos: que no hay especialistas, que todo el mundo hace de todo (hoy estoy en la sierra, mañana tumbo los palos, pasado cargo las tablillas en la lancha y me la llevo a Pucallpa); que si a unos cuantos nos da por tomar cerveza en la mañana, tal vez otros se animen y nadie vaya al aserradero; que el martes fui a trabajar para ganarme unos soles (necesito sal y dos cartuchos), pero mañana saldré al monte a cazar, y pasado tengo que arreglar el tejado de mi casa; que abundan bromas y chascarrillos (los muchachos se hacen mucha paja y pierden la fuerza); que el perro de alguien ha metido en su guarida a un armadillo, y ayudamos al cazador a atrapar el animal (aunque no lo consiga); que el próximo miércoles es la fiesta de aniversario del club de fútbol y se va a interrumpir el trabajo en el aserradero durante toda la semana porque hay que preparar el terreno de juego y la comida para los invitados y habrá borrachera comunal y resaca al día siguiente con festín restaurador, aunque el ingeniero está apurado porque dice que necesita tener diez mil tablillas, que ha hecho un negocio con cierto cliente, y se enfada pero callamos y pensamos en la fiesta que se viene. Pobre ingeniero incomprendido… No tan pobre. 

Dejaré que resuma Jürg Gasché: “A diferencia del trabajador urbano, que, en su ambiente laboral, obedece a jefes que le mandan y se inserta en un orden jerárquico empresarial y, en su ciudad, está sometido a leyes y reglamentos de origen escrito y a representantes del orden público (policía), el comunero bosquesino no tiene quien le mande en sus actividades cotidianas, y las autoridades comunales, inclusive las decisiones de las asambleas, no tienen un poder de mando reconocido. Ningún comunero da una orden a otro comunero. Los adultos deciden lo que van a hacer en cada momento del día y de la noche. No hay horario, ni jefe que obligue a cualquier actividad. El hombre y la mujer adultos deciden cada día y en cada momento lo que van a hacer”.
Moisés, el joven de la izquierda, decidió con catorce años dejar su pueblo natal y viajar a Vencedor para trabajar en el aserradero comunal, y ganar cierta plata con la que costear los gastos del curso escolar. Una vez los niños traspasan el umbral de la pubertad, dejan de estar sujetos a la autoridad familiar. La autonomía se respira desde una temprana edad.
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Lo descubrieron, a su pesar, los misioneros franciscanos que penetraron en el Ucayali, tierra de shipibos y conibos, a finales del siglo XVII: el respeto por la libertad personal era tan grande que sus intentos de imponer una disciplina religiosa fracasaron una y otra vez. Sujetos a la jerarquía eclesiástica e imperial (siempre obedientes, siempre obedecidos) los religiosos buscaron en los pueblos que evangelizaban una estructura similar: conjuntos de personas bajo el dominio de un jefe con quien establecer alianzas. Pero como la gente vivía diseminada en pequeñas unidades domésticas autónomas, y no había jefes, lo que no existía se intentó crear por obra y gracia del hierro, desde el primer encuentro, cuando los padres trataban de obtener permiso para asentar sus misiones: “Repartieron a los indios principales la poca herramienta que traían y dijeron a los curacas: ‘Si queréis que vengan padres para que os enseñen el camino del cielo, llevadnos a nosotros a nuestra tierra en vuestras canoas y más adelante volveremos con más padres y traeremos hachas y cuchillos y otras cosas’”. Nadie podía quedarse atrás, el hierro constituía una ventaja tecnológica extraordinaria, aceptarían la doctrina de los extranjeros si era necesario para obtener el preciado metal. “El caudillo deseaba mucho le diésemos padres para que les enseñasen la fe católica. Y que para ellos juntaría todos sus amigos que eran muchísimos y haría una población muy grande, con cuya ocasión el padre presidente le mandó dar diez hachas y ocho machetes para las rozas que fueran necesarias, de que se mostró firmemente agradecido”. Agradecido y de repente poderoso; quizás una amenaza entre los suyos. El hierro ayer, la plata hoy, los metales de los blancos creando siempre jerarquía y desigualdad. 

Examinemos el caso de Cayampay, uno de los “jefes” de quien los misioneros dicen que “tiene dominio sobre todos”, a quien “le rinden obediencia”. Pero cuando llega la hora de acomodar a los visitantes, es el propio Cayampay quien se pone manos a la obra: “Determinaron luego el formar junto a la iglesia una casa muy grande para que viviesen nuestros religiosos y en menos de tres días lo acabaron con mucha grandeza trabajando personalmente los cabezas principales” (y yo me acuerdo de la pluricapacidad de Gasché, de la autonomía, de la igualdad). Cuando la expedición de los misioneros se preparaba para emprender el regreso, el propio Cayampay conminó a la expedición a que se despidiera, casa por casa, de todos los vecinos. “Nos previno que compusiésemos nuestros pertrechos y fuésemos con él despidiéndonos de todos por sus galpones” (y me acuerdo de la sociedad igualitaria). E imagino, porque las viví yo tres siglos después, las tensiones que generan en una comunidad apartada la llegada de un blanco con plata: el visitante poderoso (y sus dádivas) debe ser compartido; Cayampay entonces, cualquier comunero ahora, no debe monopolizar la nueva fuente de poder.
El viajero francés Paul Marcoy, que descendió el Ucayali en el siglo XIX, retrató de esta manera a un hombre shipibo. Antes que él, los misioneros franciscanos que trataron de evangelizar la región desde el siglo XVII fracasaron repetidas veces en su intento de imponer su disciplina y su moral: no comprendieron la esencia igualitaria de las culturas amazónicas.
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Dice el antropólogo Pierre Clastres en su ensayo La sociedad contra el estado, que en la Amazonia “no hay un rey en la tribu” que a “la figura (muy mal llamada) del ‘jefe’ salvaje” la gente de la tribu “no tiene ningún deber de obediencia”. No había jefes capaces de imponer sus decisiones a los demás mediante la coerción porque no había policía. Sí había, concede Clastres (y sigue habiendo), hombres y mujeres, generalmente de edad avanzada, cuya experiencia vital, dotes oratorias, conocimientos técnicos (caza, pesca, tejido), sabiduría ritual o chamánica, temple y generosidad, les garantizaban prestigio entre su gente. “Pero prestigio no es poder”, matiza Clastres, y el papel de estas personas prestigiosas en el devenir de su gente se reducía a mediar en los conflictos. “Los medios que posee el jefe para cumplir su tarea de pacificador se limitan al exclusivo uso de la palabra: ni aún para ser arbitro entre partes opuestas, pues el jefe no es un juez, no puede permitirse tomar partido por uno u otro; sólo puede intentar, armado únicamente con su elocuencia, persuadir a la gente de que debe calmarse, renunciar a las injurias, imitar a los antepasados, quienes siempre vivieron en el buen entendimiento. Empresa de éxito nunca seguro, apuesta siempre incierta, pues la palabra del jefe no tiene fuerza de ley. Si el esfuerzo de persuadir fracasa, el conflicto puede resolverse por la violencia y el prestigio del jefe puede muy bien no sobrevivir a ello”. Nunca, advierte Clastres, ese prestigio, derivado de la superioridad técnica o chamánica, se convertirá en autoridad política. “El jefe está al servicio de la sociedad, es la sociedad misma (verdadero lugar del poder) que ejerce como tal su autoridad sobre el jefe. Es por esto que es imposible para el jefe invertir esa relación para su provecho, poner a la sociedad a su propio servicio, ejercer sobre la tribu lo que se llama el poder: jamás la sociedad primitiva tolerará que su jefe se transforme en déspota”. 

El antropólogo David Graeber afirma en Fragmentos de antropología anarquista que para las sociedades anarquistas (entre las que incluye a las amazónicas) la avaricia y la vanagloria (pilares la sociedad occidental) son poco interesantes como base de su civilización. “Consideran estos fenómenos tan peligrosos moralmente que terminan organizando gran parte de su vida social con el objeto de prevenirlos”. Y culmina: “El contrapoder, al menos en su sentido más elemental, existe incluso en las sociedades donde no hay ni estado ni mercado. El contrapoder se erige entonces frente a un aspecto latente, potencial o, si se prefiere, una posibilidad dialéctica inherente a la propia sociedad”.
Juan Alumías, “jefe” de Vencedor en uno de mis primeros viajes, fue acusado por el pueblo de quedarse con cierto dinero, vilipendiado por ello, y cesado en el cargo.
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Desde que le conocí sentí una especial simpatía por Juan Alumías, a la sazón formalmente el “jefe” de la formalmente establecida comunidad de Vencedor. Formalmente: una ley del gobierno peruano en los años setenta creó tanto las comunidades nativas (equívoco nombre) como sus autoridades (que sólo se mandan a sí mismas). Pero Juan también encajaba, a mi modo de ver, en la definición de Clastres: era un sexagenario vigoroso, resuelto y animado, con una experiencia considerable en el mundo de los blancos, dotes oratorias, y gran habilidad para la pesca y la chagra; Norma, su mujer, hija de los fundadores del pueblo, fue la primera vecina en atraerme a su cocina, su espacio de poder, y detentaba un conocimiento de medicina natural muy solicitado por los vecinos; ambos componían una pareja altamente respetada. 

Y eso fue así hasta que apareció el (no tan pobre) ingeniero (a joder, claro). Había viajado a la ciudad en compañía de Juan para tratar ciertos asuntos relativos a la empresa comunal. En una polémica asamblea salieron a la luz ciertas maniobras monetarias sospechosas de las que seguramente se habían beneficiado ambos. Y David Graeber habría visto restallar el látigo del contrapoder: los comuneros enfurecidos acusaron a ambos de robar y engañar, de traicionar la confianza otorgada por el pueblo. El ingeniero trataba de excusarse; Juan permaneció en silencio, consternado. Le dijeron muchas cosas pero a mí me llegó al corazón que le tildaran de “viejo caduco”, con la aprobación general. A las pocas semanas Juan dejó de ser jefe formal y su prestigio entre los comuneros menguó. 

Confieso que yo también comencé a mirarle de manera diferente.

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