PODER IILos avances de la desigualdad (y Olivia Newton-John)
Allá donde arrasan la naturaleza, repta la miseria. Allá donde establecen el paradigma democrático, medra la obediencia. Allá donde triunfan las empresas, nace la desigualdad. Y pese a todo, la gente de la selva se resiste a los designios del totalitarismo globalizante.

La empresa del marido de Olivia Newton-John financió el congreso del pueblo shipibo. Ni ella ni su marido se quedaron en el acto, pero aprovecharon para hacerse unas fotos con los niños, que luego se colgaron en la página web de la empresa.
Texto y fotos por Carlos Suárez Álvarez
Publicado originalmente en el número 208 de la revista Cáñamo, abril de 2015.
La autonomía es posible en aquellos pueblos de la Amazonia donde el bosque provee: los recursos naturales no son privados, los medios de producción y el conocimiento técnico están al alcance de todos. Esta autosuficiencia productiva desemboca en libertad, que se opone a la existencia de un vecino que acumule poder, en cualquiera de sus formas, y se eleve así sobre los demás. La igualdad se garantiza con mecanismos positivos (generosidad: comparto lo que no necesito) y negativos (la envidia que causa el robo, la difamación o la brujería: cuando quien acumula no redistribuye). Esta fórmula persistió durante siglos, tal vez milenios, pero se derrumba en cuestión de décadas porque el bosque sobre el que se asentaba resultó ser frágil.
Cerquita de la ciudad-cáncer de Pucallpa, San Francisco de Yarinacocha es un pueblo shipibo de dos mil personas y selva arrasada. La autonomía es imposible porque ya no hay recursos naturales y los nuevos medios de producción y el conocimiento técnico se consiguen con dinero en el mercado global (donde las personas se venden). Aunque existe cierta resistencia a la acumulación la generosidad mengua ante el dinero, mientras que el robo o la difamación o la brujería, no regulan como antes. Igualdad, libertad y fraternidad resisten, pero observan impotentes cómo se alzan valores y figuras de los nuevos tiempos: beneficio económico y jerarquía política, ricos y poderosos.
Pedro Amasifuén, vecino cuarentón de San Francisco, considera la “época de los convenios” el punto de inflexión. En su adolescencia, a principios de los ochenta, el territorio de San Francisco era aún rico en vegetación, pesca y caza. Después de la escuela ell muchacho cogía flecha, salía en canoa a la laguna y en un par de horas había pescado suficiente para toda la familia. En 1985 la industria maderera se materializó en San Francisco en forma de tractores y motosierras. Pasaban los grandes remolques cargando troncos que se enviaban a otro lugar para su transformación; y otro intermediario, y otro beneficio… ¡Hasta un señor de Seúl ganó dinero! Tal vez te parezca extraño que una gente que durante siglos había seguido una ética de la autolimitación hacia los recursos naturales, permitiera tal saqueo. Cuenta el antropólogo suizo Jürg Gasché en su indispensable obra Sociedad bosquesina, que las exigencias económicas del Estado (especialmente escuela), la nueva racionalidad religiosa y productiva difundida por los misioneros fundamentalistas, así como los comerciantes inescrupulosos, alentaron nuevas conductas predadoras. “Hay depredadores shipibos también, porque hacen convenio con los grandes madereros”, argumenta airadamente Pedro. “¡Y esos madereros que entraron! Cuando terminé el colegio ya sí nosotros los jóvenes opinábamos. Pero ya no hay madera”.
Sin embargo, es probable que el dinero obtenido con la venta de la madera fuera empleado por la comunidad en mejorar la escuela en la que Pedro se graduó como bachiller. Después, gracias a una beca de la cooperación internacional (qué buena gente), cursó estudios superiores en Iquitos. Y fíjate qué simpática paradoja: hoy, gracias a los conocimientos técnicos brindados por la sociedad jerárquica global, especializada productivamente (y responsable de la destrucción de la selva amazónica), Pedro se dedica, financiado por una ONG escandinava, a reforestar un pequeño parche de ese gran yerbero desolado que es hoy el territorio de San Francisco. Una trayectoria absurda para intentar volver al punto de partida: el bosque proveedor, ahora dependiente de los vaivenes financieros internacionales y los designios inescrutables de un bienintencionado jefe finlandés. En el milagroso caso de que el bosque recuperase su vigor, ya no proporcionaría autonomía.
Interrumpe nuestra conversación el alto parlante, que convoca de forma especialmente excitada a los comuneros para una reunión de urgencia. Pedro me traduce confusamente que un “gringo” proyecta construir un complejo turístico al lado del territorio de la comunidad; al parecer ha cometido una invasión territorial. Pedro se va a la reunión. Más tarde se anuncia la decisión tomada: hombres y mujeres, niños y viejas, deben congregarse a la mañana siguiente en la zona invadida para desyerbarla y delimitarla. En ese mismo espacio se mantendrá una reunión con el gringo a las ocho de la mañana. Reclama la presencia de todos los comuneros. También estarás tú presente, porque quiero que veas por qué en San Francisco no hay jefe que valga.

Un paseo hasta el fondo de la comunidad de San Francisco de Yarinacocha depara la visión de un pastizal donde antes abundaba la vida. No hay bosque proveedor cerca de la ciudad-cáncer de Pucallpa.
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En la selva amazónica nunca hubo comunidades indígenas o nativas; la aplicación de esta denominación tan extendida se debe a las fantasías de los blancos; a veces utilizo el término porque así es como se las considera legalmente en Perú, pero su realidad es muy poco comunitaria. El territorio de una “comunidad” no es ni mucho menos comunal sino individual o familiar: está repartido entre los vecinos, que hacen un uso privativo del terreno, lo transmiten a sus hijos a su muerte, lo donan a sus amigos si les da la gana, lo compran o lo venden al mejor postor (siempre y cuando sean también vecinos de la comunidad). El concepto de comunidad opera solamente en conflictos territoriales con actores externos; esta mañana grisácea lo va a comprobar el pobre (no tan pobre) y bienintencionado empresario danés Benny Loy.
El territorio de la comunidad de San Francisco es un rectángulo que comienza en la orilla de la laguna de Yarina, donde tiene 1.880 metros de ancho, y se prolonga 7.330 metros hacia la desolación. Benny ha comprado en buena ley una gran extensión de terreno adyacente a la comunidad para montar un negocio de turismo solidario, pero ha adquirido de forma dudosa un pedazo sobre la laguna que los comuneros consideran, inequívocamente, de San Francisco. Allí se han congregado un par de centenares de vecinos en la madrugada, han limpiado el lindero y reciben al gran danés y a su ayudante peruano, que reparten apretones de manos como si las tuvieran todas consigo.
La reunión comienza. Un anillo de vecinos se arremolina entorno al escenario en el que permanecen las tres personas designadas por la asamblea para exponer al invasor sus argumentos, que se reducen básicamente al “¡váyase usted de aquí!”. El joven Límber Gómez, tranquilo, apacible, con ropa de trabajo, es el primero en intervenir. Se lamenta del expolio territorial que ha sufrido históricamente su pueblo, presenta un título del Ministerio de Agricultura en el que se delimita de forma inequívoca la comunidad, y sentencia. “Nosotros ayer en la noche ya hemos tomado un decisión: darle un plazo de un día para que traslade usted sus cositas. No creo que le convenga a usted pelearse con nosotros”. A continuación revela que el origen de la confusión está en que a una maestra mestiza de la escuela, décadas atrás, se le ofreció un terreno para que hiciera su casa; ella lo tomó como regalo y quiso apropiárselo, registrándolo legalmente. Finalmente Límber habla de ecología, de la maldad contaminante de las empresas capitalistas, de la placidez bucólica de las comunidades, etc… Su intervención es recibida con aprobación por los circunstantes.
Sigue Manuel Gómez, cercano a los sesenta, ducho en oratoria. Habla con aplomo, y su intervención, comedida, insinúa consecuencias lamentables si Benny ceja. “Los indígenas somos como la paloma, pero prestos como la serpiente. Cuando nos atacan ahí sí. Pero la víbora que sea más venenosa, ésa no te ataca mientras que tú no la pises. Esto es nuestro. Ahí están nuestras huellas. Desde niño hemos bañado ahí, calatos. Nuestra tierra es nuestra propia madre, nos da alimento, nos da medicina, nos da vida y nos da protección. Y usted debe entender señor Benny Loy, que esta tierra es nuestra”. En el mismo tono comedido le pide que coja sus cosas y se vaya. Murmullos de aprobación. La tercera y última intervención corre a cargo de Secundina Cumapa, una lideresa shipiba muy activa políticamente, que se refiere a las normas internaciones que protegen los derechos de los pueblos indígenas y apela al buen entendimiento entre culturas para que desaloje.

El empresario danés Benny Loy, durante la reunión en la que disputó con los vecinos de San Francisco el terreno en el que pretendía construir el puerto de su complejo hotelero. Aunque su intención era arreglar el asunto únicamente con las autoridades formales, el pueblo no lo permitió: “La autoridad es el pueblo”, contestaron.
Benny Loy es un hombre fornido, con el pelo y la barba blanca. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho, a la defensiva. Aunque se adivina su disconformidad con lo escuchado, inicia su alocución con buenas palabras: hermanos, ayudar, no estoy haciendo esto por mi beneficio… No renuncia a su derecho, garantizado por un título de propiedad. Dice que no hay duda de que legalmente él es el dueño de ese terreno, aunque nada dice del título igualmente oficial del Ministerio de Agricultura que tienen los shipibos. Argumenta que ese pedazo es fundamental para poner en marcha su proyecto: será el puerto por el que ingresen los turistas. Enumera entusiasmado los beneficios que supondrá para para la comunidad: las artesanías que venderán las mujeres; la mano de obra local que hará falta.
Su discurso parece apaciguar los ánimos de la concurrencia. Tal vez haya quien se lo esté pensando. El ayudante de Benny, un mestizo que debe sabérselas todas, interviene en ese momento: “Queremos conversar con las autoridades de ustedes para llegar a una solución armoniosa, en beneficio para ambos lados, porque aquí nadie puede salir perjudicado, ni ustedes ni Benny Loy. Yo lo que les pediría a ustedes es que nos dejaran una semana para conversar con las autoridades y ellos serán los mensajeros para todos ustedes”. Lejos de convencer a los vecinos, la propuesta les exalta, tal vez porque han imaginado lo mismo que yo: que se llevarán a las autoridades a Pucallpa, que les invitarán a comer en un buen restaurante, que les deslizarán un sobre abultado… Que se replicará la corrupción galopante que aqueja a las sociedades complejas. La gente grita que no; nadie se va a quedar fuera de un asunto tan importante; nadie es menos que el “jefe” de la comunidad, una figura creada jurídicamente por el gobierno peruano. “Tenemos nuestra propia ley: la asamblea es la máxima autoridad antes de las autoridades”. Los comuneros rompen en aplausos y exclamaciones. “¡Es la población la que dice sí o no!”, exclama alguien con dureza. Y va más allá: “Además no tenemos nada que negociar acá”. Y arrecia el desprecio contra Benny y su adlátere.
A partir de este momento el tono de la reunión cambia. Los comuneros intervienen libremente para recordarle a Benny Loy una y otra vez que la única solución es que se vaya. El danés se siente agredido, dice que está en San Francisco por “amor” y se encuentra con “violencia”. Su tozudez encrespa los ánimos. Le acusan de que el hotel promoverá la prostitución y la delicuencia, le advierten de que si se le ocurre traer a la policía habrá batalla campal, alguien grita que ni Bin Laden les arrebatará el terreno, otro, sobre el resto de voces iracundas, sentencia: “¡Váyase a la mierda!” Los vecinos están tan enfurecidos que, a sugerencia de su ayudante, Benny Loy se retira del tumulto y conversa unos minutos con los portavoces del pueblo. Enseguida regresan y ocupan otra vez el centro del círculo. Se hace el silencio. “Ya hemos hablado de ello y para mí las cosas son… No estoy acostumbrado a la manera de cómo se hacen las cosas. Y claro, tampoco estoy en mi país. Y yo no quiero conflicto. Yo he venido aquí por amor, por eso he venido, para ayudar. Me parece que no vale la pena por un trozo de tierra”, dice el gran danés suspirando, con voz resignada. “Así que es vuestro”. Y el decir esto y la explosión de alegría es todo uno. “¡Bien!”. “¡Muy bien!”. “¡Hemos ganado!”. Los comuneros saltan, los niños corren, las caras ríen, las manos se chocan, y Benny Loy no puede dejar de contagiarse por la alegría, pese a que seguramente un par de horas antes esperaba un desenlace bien diferente.

Tras la reunión, Benny Loy no tuvo más remedio que ceder cualquier derecho sobre el terreno en disputa. La unión inquebrantable de los comuneros y la amenaza de boicotear su negocio fueron demasiado para el bienintencionado danés.
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Por la noche, ante un plato de sopa de pollo de engorde comprado en Pucallpa, comento la victoria con mi anfitrión, el médico vegetalista y empresario de la ayahuasca, Roger López, que se muestra orgulloso de la unión del pueblo. “Ahí estaba mi mamá, mi abuelita que llevaba un palo”, ríe. Paradójicamente, el “pueblo” no está tan contento con Roger. De la misma manera que el pueblo teme y combate la figura del “jefe” de la comunidad y las demás “autoridades” formales, en virtud de un secular individualismo por el que ningún comunero obedece o depende o delega en otro, tampoco ve con buenos ojos que alguien acumule poder económico, y Roger lo está haciendo. Los vecinos se reían de este emprendedor visionario cuando quince años atrás solicitó un terreno a las afueras del pueblo para montar un centro de medicina natural. El sueño se ha hecho realidad: Suipino, su albergue, tiene hoy una decena de cabañas y una extensa zona reforestada con plantas medicinales. Gracias a su determinación indoblegable, este hombre admirable recibe centenares de extranjeros cada año, que le dejan su buen dinerito, claro. Y con el dinero: los problemas.
El dinero no se comparte de acuerdo a la lógica de reciprocidad que caracteriza las sociedades bosquesinas y que, según Gasché, constituye otra piedra angular de la sociedad igualitaria. Recuerda Roger que en su infancia, cuando un cazador llegaba al pueblo con una buena presa, resonaba inevitablemente el grito: “¡Pihue moa!”. ¡Vengan a comer ya!, una invitación para que todos los vecinos acudieran a comer o llevarse una parte; al día siguiente, el que había dado recibía. “La reciprocidad generosa y la generosidad en la abundancia tienen un efecto distribuidor de la riqueza”, dice Gasché. Pero ahora en el San Francisco semiurbano, a nadie se le ocurriría gritar: “¡Vengan a llevarse la plata que he ganado con estos gringos!” La plata no se comparte, se acumula, y al hacerlo genera clases sociales y, por primera vez, jefes a los que sí hay que obedecer: Roger tiene una decena de empleados; ha asumido su papel de empresario con una naturalidad asombrosa. Como no hay redistribución en la abundancia de dinero, opera una regulación negativa: la envidia. Los vecinos hablan mal de Roger y tratan de boicotear su trabajo, por ejemplo, reclamando la tierra que en su momento le cedieron. Dice Roger, y lo dice con razón, que sus paisanos “no dejan trabajar”; les acusa de vagos y ladrones, y de recibir de ellos terribles maldades. La muerte de su hija en un trágico accidente de tráfico, la de su cuñada tras contraer dengue hemorrágico, fueron causadas por brujos envidiosos.

El chamanismo ayahuasquero es probablemente el único negocio que ha producido empresarios “ricos” entre los shipibos. Roger López, dueño del centro de medicina natural Suipino, cuenta que su éxito ha despertado la envidia de sus vecinos. Para Gasché la envidia y sus consecuencias (el robo, la difamación) es un mecanismo social para evitar la desigualdad.
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La sociedad amazónica, afirma el antropólogo francés Pierre Clastres, era una sociedad igualitaria: sin estado y sin mercado, es decir, sin jefe político con poder de coerción y sin empresas o personas dedicadas a producir por encima de las necesidades básicas con el fin de acumular excedentes (y por tanto poder). Critica el evolucionismo predominante en las ciencias sociales que postula que este tipo de sociedades se encuentran al principio de una línea evolutiva que habría de llevarlas a la forma más perfecta y desarrollada de los estados capitalistas occidentales. Sostiene que esto no ha sucedido debido a una incapacidad sino al “rechazo de las sociedades primitivas a dejarse anegar por el trabajo y la producción, por la decisión de limitar los stocks a las necesidades socio-políticas, por la imposibilidad intrínseca de la competencia, y en una palabra, por la prohibición, no formulada y sin embargo dicha, de la desigualdad”.
Pero la dinámica del estado y la economía de mercado lo asimila todo. Un buen ejemplo lo ofrece el primer Congreso Interregional del Pueblo Shipibo-Konibo, en el que participan “autoridades” (formales, legales) de distintas comunidades y que ha sido financiado por la empresa estadounidense Amazon Herb, que produce cosméticos naturales a base de plantas de la selva. El propietario, John Easterling, ofrece unas palabras para abrir el evento: que es un amante de la selva, que ha ayudado mucho al pueblo shipibo, poniendo plata para distintos proyectos y procesos, que este congreso es “muy importante para el mundo”. Su esposa es Olivia Newton-John, rubia como en Grease, que sube al escenario para cantar que somos una cadena y el sol brilla. Después, con un séquito de camarógrafos, salen del auditorio para posar junto a la laguna de Yarinacocha con niños y viejos shipibos vestidos con la indumentaria típica; las fotos las veré en su página web unos meses más tarde para informar de lo bien que se llevan con los indígenas. Después se suben al coche y se van para no volver a aparecer en este congreso tan importante para el mundo.
Dentro, ya han ocupado su lugar en el estrado del auditorio (y no se bajarán de él en dos días) los líderes. Son hombres ya en la madurez, que se formaron políticamente en los setenta, en el seno de la iniciativa SINAMOS del gobierno de Velasco Alvarado; se pretendía entonces que la gente de la selva alcanzara “niveles de vida compatibles con la dignidad de la personas humanas” (como si los indígenas vivieran cual animales). A partir de esa iniciativa surgieron asociaciones, sindicatos, federaciones… todo un tejido político y asociativo creado de donde no había más que autoridad familiar y relaciones de solidaridad entre vecinos. Ahora, esos líderes (no tan bosquesinos, me parece a mí) quieren dar un paso más. “Se debe buscar que el Estado peruano reconozca la nacionalidad del pueblo shipibo”, dice uno. “Vamos a tener un república amazónica”, festeja otro. Hay quien va más allá y pide de inmediato la institucionalización del pueblo shipibo: crear un consejo directivo, con un presidente y ocho secretarías, germen del futuro gobierno de la República Independiente Shipiba-Coniba. En quince años, estima otro, ya habrá entre los shipibos ingenieros petroquímicos, farmacéuticos, abogados, grandes empresarios. “No hay que dejar entrar las petroleras para que podamos sacarlo nosotros”.
Los ministrables se frotan las manos: qué lindo porvenir. También tienen el derecho de huir hacia delante y caer en el abismo con los bolsillos llenos y palabras de loor.