Los tres muchachos y el etnógrafo pelacaras

A caballo entre la etnografía, la crónica y el cuento, esta pieza se adentra en las relaciones entre el etnógrafo y los jóvenes de una comunidad shipiba, sobre quienes el investigador se ha propuesto hacer su trabajo. Su inexperiencia y su ansiedad frustran el intento pero, al cabo, le hacen tomar conciencia histórica de las relaciones de poder entre blancos e indígenas, entre Norte y Sur.
De izquierda a derecha, los tres muchachos (Omar, Walter y Álex), retratados por el etnógrafo pelacaras, en el pueblo shipibo de Vencedor. 
Texto y fotos por Mono Blanco
Publicado originalmente en el número 195 de la revista Cáñamo, marzo de 2014. 
Carlos Suárez Álvarez me ha pedido que escriba sobre la relación que mantuvo con los “Tres Muchachos”: Omar, Walter y Álex, vecinos del pequeño pueblo de Vencedor, en la Amazonia peruana. Desde su punto de vista, la intención de mi relato debería ser la de mostrar cómo viven los jóvenes shipibos en una comunidad indígena alejada de la ciudad, así como las conflictivas relaciones que el etnógrafo entabla con sus informantes durante el trabajo de campo. Siendo él mismo protagonista de esta historia se considera carente de la distancia suficiente para ofrecer una visión objetiva (aunque no le guste mucho usar esta palabra), y de ahí su petición. Leí exhaustivamente su diario de campo, conversé con él largamente y además también tuve la oportunidad de viajar a Vencedor. 

Estamos los dos de acuerdo en que el origen de los problemas que lastraron desde un principio su posición en el campo pudiera radicar en cierto idealismo estereotipado sobre las comunidades indígenas, comprensible en un turista pero imperdonable en el investigador. “¡Paradisíaco!”, anotaba en su diario de campo antes de acostarse la segunda noche, refiriendo la sencilla amabilidad de la gente, el bello atardecer anaranjado, el tranquilo fluir del río Pisqui. “Vivencia extraordinariamente enriquecedora”, auguraba sobre lo que habría de llegar. 

A la mañana del tercer día, pletórico, comenzó la investigación y el desengaño. El jefe, un sexagenario pequeño y vigoroso, al ser preguntado por el número de jóvenes que había en el pueblo, contestó: “En este pueblo no hay jóvenes, se han ido a estudiar a otros sitios porque aquí no tenemos secundaria”. Carlos sintió una oleada de malestar. Unos meses antes, en visita preparatoria, había explicado en asamblea que la juventud era el objeto de su investigación, y había sido animado a quedarse allí; nadie le había advertido que no hubiera jóvenes. Sus ambiciosos planes se desbarataban; aunque le invadía el enfado, calló. Después rumiar su malestar durante toda la mañana, recuperó el optimismo cuando a la hora del almuerzo su anfitrión de turno (cada día le alimentaba una familia diferente) le aclaró que sí había jóvenes en la comunidad, y comenzó a enumerarlos, uno por uno.

En los días siguientes Carlos comprobó con alivio que sí había jóvenes de ambos sexos. Sin embargo, el alivio dio paso al pesar cuando se dio cuenta de que estos jóvenes no le hacían “ni puto caso”, castiza expresión con la que plasmaría su frustración. En su diario de campo registró diversos intentos de acercamiento que sólo encontraban por respuesta monosílabos disminuidos por un miedo atenazador y un rudimentario conocimiento del idioma español. Con las señoritas la relación presentaba una dificultad añadida, la sexual, así es que Carlos decidió dedicarse en un primer momento a los “Tres Muchachos”, que andaban siempre juntos, compañeros en la recién alcanzada pubertad.
Los Tres Muchachos, paseando por la playa en busca de sandías. De derecha a izquierda: Álex, Omar y Walter.
Por ser el vecino de enfrente, Walter, de trece años, fue objeto de una vigilancia obsesiva: desde la puerta de su casa Carlos registraba todos los movimientos del muchacho a la espera de la oportunidad para unirse a él en alguna actividad cotidiana. En una ocasión coincidió con él en la pequeña tienda del pueblo y aprovechó para preguntarle, como quien no quiere la cosa, si iba a estudiar secundaria ese año; Walter dijo “no”, y ya no le sacó más. En el segundo encuentro, también casual, en el local comunal, le preguntó que adónde había ido en la mañana (le había visto salir con sus padres por la parte trasera de la casa, con el machete), y él dijo que a por yuca, tirándose después un sonoro pedo. Carlos se interesó entonces por la caza y la pesca, y le pidió que le llevara algún día, a los que el muchacho asintió. La tercera conversación fue unos días más tarde; Carlos se había levantado francamente deprimido porque su investigación no avanzaba. En un acto de presencia de ánimo, cruzó la calle hasta la casa de sus vecinos, donde Walter se dedicaba a limpiar la escopeta del padre, y procedió al siguiente interrogatorio: 

          –¿Te gusta cazar? 
          –Me gusta. 
          –¿Qué cazas? 
          –Huangana, sajino (puercos de monte). 
          –¿Qué fue lo primero que cazaste? 
          –Sajino. 
          –¿No vas a cazar hoy? 
          –No tengo bala. 
          –¿Con cuántas balas sales? 
          –Cinco, seis, siete, ocho… 
          –Tienes buena puntería 
          –Sí. 

Llegado a ese punto a Carlos se le acabaron las preguntas. El intercambio, sin embargo, había sido el más extenso que hasta entonces había tenido con cualquier joven del pueblo. Carlos insistió al muchacho para que le llevara de cacería y se fue a desayunar, casi eufórico. Era un primer paso. Al día siguiente vio salir a Walter con su padre, cargando la escopeta. Por la tarde les vio regresar; habían cobrado dos piezas en su jornada de cacería. Se deprimió nuevamente. 

El tímido fornido Álex y el dicharachero Omar iban casi todos los días a trabajar al aserrío comunal. Cuando Carlos se encontraba con ellos por la comunidad, Álex se escondía detrás de Omar, que se encargaba de responder escuetamente a las preguntas, cada vez más teñidas de ansiedad. Carlos transcribió literalmente varias de esas “conversaciones”, que carecen de cualquier interés etnográfico.
Walter, a sus trece años, cargando tablillas en el aserradero comunal. 
Me cuenta Carlos que habría considerado aquella primera estancia en Vencedor un fracaso de no ser porque una mañana vio pasar por delante de su casa a Omar, cargado de pertrechos para la pesca, caminando hacia el puerto. Preguntó si podía acompañarle y Omar le remitió a su hermano mayor, Darwin, quien no puso inconveniente. Se acomodaron los tres en la canoa de tronco vaciado y enfilaron río abajo, hacia la cocha. Omar se dirigía a Carlos espontáneamente: señalaba árboles, pájaros, animales y sugería constantemente: “Saca foto, Carlos, saca foto”, lo que Carlos, complaciente y complacido, hacía. La función de Omar era manejar el motor, mientras su hermano Darwin lanzaba con escorzo olímpico la tarrafa, una red circular que pesaba ocho kilos y que exigía una musculatura poderosa. Sólo dos años separaban a los hermanos (14 y 16), pero Darwin ya tenía la consideración social de adulto, y no porque lo determinaran la edad o la musculatura. “Entre los shipibos”, explica Carlos, “uno se hace joven en la pubertad y pasa a ser adulto cuando, plenamente desarrollado físicamente y adquiridas ya ciertas artes de pesca, caza y construcción, establece una unión matrimonial y tiene descendencia. De hecho, aquellas personas que no se casan ni tienen hijos nunca dejan de ser consideradas jóvenes, así tengan cincuenta años. Y Darwin ya tenía su mujer y su hijita, y era capaz de pescar y cazar para ellas. De hecho, yo sentía que él, adulto, se relacionaba conmigo como si yo fuera joven, pues al fin y al cabo yo seguía siendo estudiante y no tenía familia, pese a que le doblara la edad”.   

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Unos meses después, cuando llegó a Vencedor por segunda vez, Carlos se dio cuenta de algo tan obvio que le resultó incomprensible no haberlo entendido en su primera estancia. “Estaba tan obsesionado”, recuerda, “con que me llevaran de cacería, que para mí era el máximo exponente de la actividad masculina, que no le presté atención al hecho de que en Vencedor la actividad masculina de esos jóvenes era el aserrío comunal. Eso me pasó porque yo llegaba imbuido de lecturas etnográficas que no decían una palabra sobre el trabajo en el aserrío, que sólo hablaban de actividades supuestamente tradicionales”. 

En ese hallazgo se atisba el comienzo la maduración de Carlos como etnógrafo: se libró de las ideas preconcebidas y comprendió el carácter cambiante de cualquier sociedad humana. El aserrío comunal, además, le brindaba una ventaja adicional frente a sus jóvenes informantes, pues no tenía que pedirles permiso, ni esperar a que le llevaran; era un lugar cercano al pueblo al que él podía ir solito caminando, y los muchachos no podrían escaparse, podría observarlos libremente. Y así hizo. Y su decisión rindió los primeros frutos.
En primer plano Álex, uno de los tres muchachos, trabajando en el aserrío comunal. 
A excepción del peligroso trabajo de aserrar las tablillas, Álex el tímido fornido, Omar el dicharachero y Walter el vecino esquivo, realizaban las mismas tareas que cualquier adulto del pueblo. El trabajo más habitual era el de cargarse a la espalda troncos de bolaina desde donde habían sido tumbados hasta el remolque del tractor, y luego desde el remolque hasta los pies de las sierras. Su musculatura estaba aún fortaleciéndose; en un par de años podrían competir con los mayores y cargar piezas de ciento cincuenta kilos. A Carlos le hizo reír la ocasión en la que Walter fue incapaz de cargar un tronco de mediano grosor. Atilio, el conductor del tractor, se burló: “Este muchacho poco fuerte. Mucha…”, dijo mientras hacía el gesto de la masturbación. “Mucha paja”. 

En el aserrío también conoció a Moisés, de catorce años, quien, oriundo de otro pueblo, había llegado unos meses atrás para trabajar la madera y ahorrarse una platita con la que sufragar los gastos del año escolar que se avecinaba. Algo similar había hecho el quinceañero Juan Luis, pero éste no buscaba el dinero para estudiar sino para irse a Iquitos de paseo. “Desde el momento en el que alcanzan la pubertad”, reflexiona Carlos, “estos muchachos pueden vivir de manera independiente si así lo prefieren; ni siquiera sus padres pueden imponerles una decisión; hay un respeto profundo por la libertad personal”. 

Un día fue especialmente afortunado. El motor que hacía funcionar la sierra se estropeó y a los Tres Muchachos les encargaron el acondicionamiento de la trocha por la que circulaba el tractor desde el aserrío hasta el pueblo. Bajo la coordinación del conductor, los jóvenes se dedicaron a retirar del suelo cualquier raíz que sobresaliera ligeramente, cortándola a base de hachazos o machetazos. Carlos hacía fotos, contagiado de la alegría con la que los jóvenes trabajaban, admirado de su pericia y habilidad hasta que al vecino esquivo Walter se le escapó el hacha, que llegó volando a los pies del asustado etnógrafo. Cuando concluyeron este trabajo, como el motor seguía parado, los muchachos se fueron con dirección desconocida; Carlos preguntó tímidamente adónde iban; Omar, desde lejos, le contestó cantando: “¡Vamos a la playa, oh, oh, oh, oh, oh!”. Tras dudar un instante, aunque no le invitaron, Carlos se unió a ellos, y se alegró de haberlo hecho porque cuando les alcanzó Omar le dijo: “Vamos ya, Carlos, vamos a comer sandía”. Pasaron por un cañabraval y salieron a la playa de arena blanca del río Pisqui. “Hermoso, ¿no Carlos?”, admiró Omar, contemplando el paisaje. Caminaron río arriba hasta la chagra de Walter, donde buscaron sandías maduras. Después desandaron el camino y se resguardaron del intenso sol entre las cañas bravas, donde la temperatura era fresca. Walter cortó un par de hojas de plátano, puso las sandías encima y comenzó a partir y repartir. Siguió una sinfonía de sorbetones, mordiscos, chupetones y exclamaciones de placer. “Muy rico”, “Bien rico”, “Madura”, “Bien madura”… y otra serie de placenteras celebraciones. Tras el banquete regresaron al aserrío, donde ya habían comenzado a trabajar.
Walter, buscando sandías en el sembrío familiar.
“Yo creí que a partir de aquel momento ellos me dejarían entrar un poco más en sus vidas, y sobre todo, que me llevarían a cazar, que era lo que yo consideraba más importante, pero no fue así”, cuenta Carlos. En las siguientes semanas les vio irse o llegar varias veces de cacería. Omar cazó dos sajinos y Carlos sólo se enteró, para su desconsuelo, cuando le vio tender las pieles en un bastidor, con el fin de secarlas para su venta. Aunque interiormente se sentía decepcionado, a ellos les ponía buena cara y les sugería, sin presionarles, que era muy importante que le llevaran de cacería. Pero en vista de que no había avance, decidió cambiar de estrategia: sería directo. Se encontró con Walter vecino y Álex fornido y les abordó con franqueza: “Es muy importante para mi trabajo que yo vaya al monte. Quiero ir con ustedes cuando vayan a cazar o pescar, me avisan el día antes y yo voy. Estoy haciendo un trabajo y necesito su ayuda. Por favor ayúdenme”. Los dos integrantes del trío poderío amazónico juvenil se gastaron al principio una risa nerviosa, pero ante la seriedad de su interlocutor dejaron de reír. “Creí que me los había ganado”, recuerda Carlos, “hasta que dos días después me enteré de que se habían ido de cacería nuevamente, sin mí”. 

Carlos manifestó su frustración a los adultos en varias ocasiones, con la esperanza de que intercedieran en su favor, pero tampoco así hubo resultado. Comprendió que era un asunto que se comentaba entre los vecinos cuando una mañana, una vecina le contó que habían matado a un hombre en un pueblo cercano. “Han pelado su cara”, precisó. Poco después la misma mujer le preguntó si los muchachos no querían llevarle de cacería. “No, no me llevan, ¿por qué lo preguntas?”, dijo Carlos. “El otro día los muchachos estaban riéndose…”. “¿Riéndose?”. “Sí. Tienen miedo. Dicen que si te llevan al monte les pelas la cara”. 

El Pelacaras, un ser atroz que viaja por los ríos de la selva en modernas naves y abduce a los lugareños para realizar extraños experimentos científicos con sus cuerpos, que abandona después en alguna playa, sin vísceras, con su aterradora firma: sin la piel de la cara. Según Antonio de Herrera, cronista mayor de Indias, los conquistadores españoles del XVI mataban indios para sacar su grasa corporal y aplicársela como remedio en las pústulas resultantes de la sífilis. Y esto devino en un mito para trascendiera la extraordinaria maldad de los españoles por lo siglos de los siglos de padres a hijos. “Yo no solamente era ante los ojos de los muchachos un viejo, ni simplemente un blanco”, explica Carlos, “sino que además era un potencial Pelacaras, y me tenían un terror atroz. Ese hallazgo le dio la vuelta completamente al significado de todo lo que había pasado hasta entonces. ¡Eureka!, me dije”.   

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Los tres muchachos cambiaron el aserrío por la escuela. 
En su tercera y definitiva estancia en Vencedor la ansiedad de Carlos desapareció. Hecho un recuento del material etnográfico obtenido en las visitas previas se sentía satisfecho. “Aquel último mes me lo tomé con mucha tranquilidad”. Una novedad en el pueblo le permitió un inesperado acercamiento a dos de los Tres Muchachos. Merced a los fondos de la cooperación internacional se había abierto un colegio de secundaria en la pequeña comunidad y tanto Omar el dicharachero como Álex el fornido estaban asistiendo. La escuela brindaba varios elementos de análisis muy interesantes. El primero era que establecía un espacio compartido por ambos sexos, algo que no existía fuera de las clases, donde muchachos y señoritas raramente compartían cualquier tipo de actividad, debido a los roles de género diferenciados. La profesora (mestiza, de la ciudad) insistía mucho en la idea de la igualdad de género sin darse cuenta de que su aplicación en un pueblo como Vencedor suponía una transformación radical, cuyas consecuencias exigirían un análisis detallado que no va a tener lugar aquí. En segundo lugar, Carlos percibió en los muchachos una actitud muy diferente a la que les distinguía en el aserrío o en la pesca, donde su comportamiento rayaba la adultez. En el colegio se volvían infantiles. “El sistema escolar retarda la madurez de las personas”, concluye Carlos. “Las instituciones escolares están basadas en la jerarquía, en el paternalismo, y forjan caracteres pasivos u obedientes”. 

Llegado a este punto Carlos dio por cerrada su investigación, y los últimos días se dedicó a conversar con los viejos sobre la juventud antaño (tan diferente). Por las tardes jugaba al fútbol: en el último año los muchachos habían pasado de jugar en el campo pequeño, con otros niños, a compartir la cancha grande con los mayores, y ya tenían suficiente confianza como para gastarle bromas a Carlos sobre su poca puntería o su torpeza tapando. 

Una tarde sucedió lo impensable: Carlos recibió la visita de Omar el dicharachero y Álex el fornido. Se sentaron con él en la cocina y se pasaron un buen rato conversando sobre esto y aquello. Álex llevaba unas gafas de sol de pasta blanca, y cantaba desinhibido una cumbia de moda. Les preguntó por Walter, al que no había visto últimamente, y le explicaron que estaba trabajando en un aserrío mestizo. “Creo que no quiere estudiar”, dijo Omar, “pero yo sí, para ser como usted”. “Esa confesión me sorprendió y me enterneció. ¡Resulta que al final me convertí en un modelo para ellos!”, dice Carlos. Pero hubo otra sorpresa aún mayor. Omar, después de contarle que había matado un sajino recientemente, se lamentó de que quería ir a cazar pero no tenía balas. “Yo tengo”, saltó inmediatamente Carlos, y añadió: “Cuando quieras nos vamos”. Efectivamente, al borde de su partida, Carlos salió de cacería con Omar. 

Pero ésa es otra historia, y tal vez sea contada en otra ocasión…

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